Dolor
septiembre 08, 2021 |

El fallecimiento de Enrique González Pedrero habrá de producir melancolía en parte importante de los simpatizantes de la 4T y en la gente de buenos sentimientos. Especialmente a quienes están en la categoría de la tercera edad.

El maestro González Pedrero fue y seguirá siendo un referente de un proyecto de país que una malhadada combinación de frivolidad, imprevisión y egotismo arruinó la tarde del primero de septiembre de 1982, cuando José López Portillo nacionalizó el sistema de pagos nacional. La banca privada.

La consecuencia de eso fue que los organismos financieros multilaterales –Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial– impusieron condiciones que el país no tenía condiciones de librar. El boom petrolero de la segunda mitad de la década de los setenta por el descubrimiento del yacimiento de Cantarell se había ido por el caño.

El FMI y el BM habían dejado a un lado el patrón oro por la decisión norteamericana de abandonar los acuerdos monetarios derivados de la Segunda Guerra Mundial para que nunca volviera a presentarse una crisis como la de 1929-1933, la quiebra de la bolsa que trajo una mega recesión mundial que condujo a la carnicería de Segunda Guerra Mundial.

En 1971, el presidente Nixon rompió los acuerdos al abandonar el patrón oro como referente del valor de las monedas, lo que permitía valorar la fortaleza de una moneda nacional por la fortaleza de su economía y su capacidad de producir riqueza. El sistema bancario/financiero privado mundial había dado con la forma "generar riqueza" incorporando al sistema dinero inexistente, "los futuros".

La decisión del "cachorro de la Revolución" fue la entrada invasiva del neoliberalismo con Miguel de la Madrid Hurtado quien se decantaría por Carlos Salinas de Gortari. La historia que siguió a eso es el desastre. Desde hace 40 años los hombres y mujeres que nacieron en ese tiempo no conocen de este país más que sus crisis. Nadie que tenga menos de cuarenta años conoció lo que fue el Estado de bienestar creado por los regímenes revolucionarios.

El nacionalismo revolucionario construido por el priísmo heredero de la Revolución. La frivolidad lopezportillista fue la entrada a rajatabla del neoliberalismo que se estrenó en Latinoamérica a sangre y fuego con el golpe contra Salvador Allende en Chile en 1973 seguido de Argentina el 1976.

Chile fue el laboratorio del neoliberalismo y la llamada escuela de Chicago. Los Chicago Boys que en tropel arribaron a Chile abanderados por Milton Friedman tenían el deliberado propósito de terminar con el keynesianismo, padre de la economía de bienestar y artífice de la recuperación económica norteamericana de la Gran Depresión.

Fueron las políticas económicas de John Maynard Keynes las que hicieron de Estados Unidos la potencia que permitió a Europa abrir el segundo frente a los nazis. El Plan Marshall con el que se reconstruyó Europa y la economía mundial luego de la segunda gran guerra.

Fue la economía keynesiana con la que le mundo vivió casi tres décadas prosperidad económica. La que permitió a las mujeres estudiar una carrera universitaria en los Estados Unidos y la que impulsó el milagro económico mexicano. El país crecía a tasas del 10 por ciento anual.

González Pedrero fue heredero y constructor de ese modelo de país. Había un priísmo autoritario y con vetas de corrupción, pero ni pálidamente se acercaba la naturaleza y volumen de esa corrupción a la exhibida por la cáfila de neoliberales que suscedieron en retahíla a De la Madrid Hurtado. Desmantelaron al país por casi cuarenta años. En seis años el gobierno de Calderón, el pequeño, asesinó más mexicanos que el gobierno de Pinochet en casi dos décadas. No poca cosa.

González Pedrero, embajador, director del FCE, diplomático, escritor prolífico, gobernador de Tabasco, fue maestro de varias generaciones las cuales aportaron varios personajes públicos desparasitados. Fundador del PRD cuando el fraude que impuso a Carlos Salinas.

La República tiene razones para la nostalgia. La de González Pedrero fue una buena vida, y también una buena muerte, tuvo la alegría de atestiguar de lejos la reconstrucción de la República.

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