Polarizaciones
agosto 05, 2021 |

En la racionalidad convencional, eso que suele ser el sentido común del sistema, la democracia es un ejercicio donde el pueblo, los gobernados, van y votan por sus representantes frente a quienes serán responsables del gobernar, a quienes también eligieron. Racionalidad en la que suele olvidarse que aquellos que están en poder tienen también un inmenso poder e influencia para moldear las expectativas y deseos de quienes los eligen. A eso se le suma el poder de los medios de comunicación masiva convencionales que suelen alinearse cuando el poder les garantiza sus privilegios o con cualquier otro actor que lo haga. Hasta hace muy poco tenían el poder casi omnímodo de la comunicación y, en consecuencia, del poder de convencimiento. Esa especie de simbiosis entre medios de comunicación y el poder ha servido entre otras cosas para mantener la narrativa de la impunidad. La sociedad nacional ha visto en estos años un gobierno que funciona bajo una lógica distinta, cómo se construye una narrativa que se sale de la caja de control de los esquemas unilaterales de comunicación, para saltar a un espacio donde la narrativa se construye colectivamente. Esto es, en las redes sociales.

En curioso, pero incluso en un espacio virtual que puede ser y es manipulado por intereses adversos, la comunicación del gobierno de la República permea sin filtros hacia los gobernados. No poca cosa en un tiempo de manipulaciones mediáticas convencionales y no convencionales. Es precisamente la razón por la que autoridades del actual INE eran tan empeñosas en cancelar las mañaneras los días previos a las elecciones. Ellos, como sus patrones, están bien apercibidos del poder de comunicación de las mañaneras. Marca la agenda de forma directa, todos los días. Pese a los bots y las penosas intervenciones de los responsables de dejar al país en condiciones de desastre. Y si eso no bastara, una pandemia que prácticamente paró mundialmente en seco la economía, la insania neoliberal, para entrar en una inflexión en que perfilará un mundo pospandemia completamente distinto. Eso, si hay una pospandemia, porque en la lógica instalada no se tardará en llegar a una variante omega, la última letra del alfabeto griego.

La mayor parte del sistema ha entrado en una lógica en la que los protocolos y candados de seguridad para la autorización de fármacos han sido olímpicamente ignorados. Eso ha sido posible por una precondición creada artificialmente: el miedo.

El miedo es biológicamente útil para efectos de sobrevivencia, pero cuando con base en el miedo se suprime el sentido común, las cosas ya son peligrosas. Es justo lo que han hecho las autoridades mundiales de salud al autorizar vacunas por emergencia, reventando por el eje los más elementales principios de responsabilidad. Mientras eso sucede crece la polarización o, más precisamente, las polarizaciones. Porque ahora el mundo se debate entre afirmaciones, creencias, simpatías y posturas excluyentes, y no solo frente a la pandemia.

El encierro ha significado un cambio sustantivo en la socialización. Ya era una tendencia de unos años para acá, pero a más de una año de esta circunstancia atípica el planeta está dividido en posturas excluyentes y descalificadoras. Desde la locura a rajatabla que ha sacado a decenas de miles a las calles en protesta por las restricciones en Francia, hasta el referéndum y el congreso constituyente en Chile presidido por una ciudadana mapuche. Son lógicas opuestas al discurso del miedo impulsado por las farmacéuticas que ha propuesto incluso vacunar niños. De ahí la postura del gobierno mexicano en el sentido de "no estar sometidos, sujetos, subordinados a que las farmacéuticas sean las que nos digan: falta una tercera dosis, una cuarta dosis, falta que se vacunen los niños". Hay que ver científicamente si es necesario. Al fin y al cabo la tarea de cualquier CEO de corporación farmacéutica es obtener ganancias para sus accionistas, no la salud.

Ya va siendo tiempo como gobernados tal vez de ensayar con otra aproximación distinta a la emergencia sanitaria. Pese a la inducción al miedo de la OCDE.

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