Manuel Buendía: el héroe y la estatua
julio 25, 2021 | Lorenzo León Diez

Jacques Lacan escribió que la realidad tiene una estructura de ficción. La realidad como ficción es la que cobra efectos de verdad para el psicoanálisis pero –también- para la política como lo demuestra el caso de Manuel Buendía, el legendario periodista que el documentalista Manuel Alcalá pone en nueva actualidad en netflix.

Y es que esta noción analítica de la personalidad cae como un molde o una gabardina imaginada (la icónica prenda del detective del cine noir) sobre un cuerpo que el sujeto que la porta sabe que vive su pensamiento sin cuerpo. (Me van a matar, era una frase que repetía a sus amigos, pero tendrá que ser por la espalda, como fue).

Manuel Buendía imaginaba su vida precisamente como un personaje de novela negra y el documental ofrece todos los elementos históricos, pero sobre todo personales, para que un escritor de buena talla cree su biografía que será, precisamente, la comprobación del aserto lacaniano: la ficción cobra efectos de verdad porque la verdad es una ficción perfecta, artística. Es por eso que la literatura se anticipa al psicoanálisis ¿por qué? porque la escritura fija el símbolo, y Buendía se asumió siempre como un símbolo que era temido y admirado como es precisamente el signo mitológico.

Manuel Buendía inventó una escritura porque era un lector formidable de la redacción periodística. ¿Cuáles eran sus fuentes? Era la intriga de los miles de lectores que todos los días leían al despertar esas historias del periodista negro, no un fantasma writer, sino un cuerpo físico que jugaba fantasmáticamente a ser conciencia ciudadana.

Es por eso que su personalidad une tantos elementos que ofrecen un fresco monumental de los años 70s, el tiempo de la guerra sucia en México y Centroamérica, el tiempo en que gobernó el penúltimo presidente de la Revolución Mexicana, si aceptamos, como lo dijo el siguiente presidente, que López Portillo fue el último de esta serie de líderes emanados del curso institucionalizado de las revueltas militares y civiles (y no se equivocaba realmente el que se imaginaba Quetzalcóatl, pues dejaría en el poder al primer representante del iniciático y desastroso neoliberalismo: Miguel de la Madrid).

Manuel Buendía fue un protagonista destacado de la violencia política bajo la que cayó él mismo y que ahora ha inundado México, esa compleja combinación entre los cárteles de la droga, los sicarios contratados por las agencias del imperio, los políticos asociados con los señores de la guerra rural (como el memorable Rubén Figueroa), entre otros integrantes de la mafia en el poder, como tan bien lo conceptualizó el presidente López Obrador.

¿De dónde sacaba su información Manuel Buendía? ¿Por qué siempre decía cosas nuevas? O sea, ¿por qué era tan buen periodista? Y él lo explicaba: todo está en los periódicos, lo que yo hago es fijar las partes, recortarlas, clasificarlas y formar catálogos de acontecimientos que el tiempo mismo se encarga de coherentizar …es un método de lectura, selección, clasificación y presentación unitaria. Sencillo ¿no? Tan simple que su escritura resultaba explosiva.

Manuel Buendía al salir de un seminario eclesial se metió de reportero de nota roja. Allí nació periodísticamente hablando. Y su talento lo puso pronto al frente del diario de nota roja por excelencia: La Prensa y luego subió hasta ser comunicador oficial del malhadado regente Martínez Domínguez, al que el presidente Echeverría atribuyó la segunda matanza callejera luego de la de 1968, que había planeado y ejecutado él mismo: la del 10 de junio de 1971.

La relación entre la plaza, el palacio y el balcón que presentamos en Ciclo Literario 138 para analizar el gobierno de Calles y Cárdenas, tiene aquí otra resonancia en la alucinante escena del Palacio Nacional, cuando el presidente Echeverría sale al balcón para ser aclamado por miles de personas reunidas en la plaza para "desagraviarlo" y quitarle toda culpa de ese atentado de "los emisarios del pasado", contra el pueblo de México.

Es alucinante también que dos de esos personajes que participaron en acontecimientos tan aciagos de traición a la patria (si comprendemos que la patria somos los que caminamos en las calles) estén aquí: Echeverría, en su casa (afortunadamente ya sin la pensión millonaria que cobró durante décadas) y Manuel Barlett Díaz, un "animal político impresionante", como lo califica Carmen Aristegui en la entrevista que le hace el documentalista Alcalá.

Uno y otro ejecutaron actos que el film devela y fija como un referente de nuestra actualidad, pues Barlett es acusado de haber sido el que ordenó secuestrar el archivo de Manuel Buendía por la Dirección Federal de Seguridad, una vez que el periodista fue ejecutado y yacía aún en la banqueta.

¿Era importante ese archivo? En lo absoluto. Allí no había nada que no fuera público. Los analistas de esa temible DFS al mando de otro personaje que salió no hace mucho de prisión, José Antonio Zorrilla y quien purgó su condena en silencio, sin denunciar la red criminal de la que formaba parte, no encontraron ninguna información que no fuera la de un pensamiento sin cuerpo: las noticias ordenadas de un régimen basado en la aprehensión de opositores, la tortura de quienes protestaban y se resistían al autoritarismo y la corrupción, la desaparición y los asesinatos ocultos y públicos de centenares de personas en lo largo y ancho del territorio nacional.

Buendía era un personje que se codeaba con intelectuales en su célebre junta llamada "Ataneo de Angangueo" Era un periodista y un escritor como ellos, con una diferencia, traía una pistola en el cinto y sabia dispararla.

Buendía, como los periodistas de nota roja de aquella época, formaba parte del gremio de la policía. En efecto, era fácil que a quienes cubríamos los ministerios públicos, las procuradurías y los juzgados, el semefo y las cárceles, nos dieran una placa.

Muchos periodistas y fotógrafos no solo reportaban para sus periódicos sino también para las agencias policiacas. Echeverría y Barlett mantenían una estructura donde la información periodística, la vigilancia y la denuncia se combinaban. Pero había un rebelde, un sujeto con un imaginario diferente al común de los que comúnmente recibían los famosos embutes, y ese era Buendía.

El documental de Alcalá está bien investigado y estructurado, sorprende ver a amigos de aquella época, como José Reveles, en acción discursiva, recordando lo que era ese tiempo tan peligroso para todos.

La ficción y la realidad se condensan irónicamente en una estatua de cemento, donde el representado lleva en sus manos unos papeles que dicen Red Privada. ¿Así era la imagen que tenía de sí mismo Manuel Buendía, la de un héroe? Sin duda, pues los héroes perecen, los criminales sobreviven (lo siento, pero esta cita es de Hitler).

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