La ruta crítica hacia la rectoría
junio 22, 2021 | Roberto Yerena Cerdán

La Junta de Gobierno de la Universidad Veracruzana organizó el 17 de octubre de 2019 el Coloquio Gobernanza y Participación Universitaria. El motivo celebratorio fueron los 100 años de la Reforma de Córdoba y la Conmemoración de los 50 años del 2 de octubre de 1968. El debate que se generó en ese contexto poco o nada tuvo que ver con tales fechas significativas, porque ambas lo rebasan. Más bien, el asunto que estaba en la mesa era la polémica derivada del Anteproyecto de Ley Orgánica que la Universidad Veracruzana había enviado al Congreso Local, previa aprobación en el pleno del Consejo Universitario General (CUG) del 13 de mayo de 2019, como memoriosamente lo recuerda la rectora Sara Ladrón de Guevara quien, con "pesar", deplora que las opiniones recientemente vertidas en medios locales por algunos miembros de la comunidad universitaria le resultan irrespetuosas, ya que el CUG, como máxima autoridad de la UV, ejerció sus facultades inapelables.

En aquel momento, la junta de gobierno fue muy cauta al no convocar a una discusión que gravitara explícitamente en torno a la democratización de los órganos de gobierno de la UV, incluyendo el ejercicio de la autonomía universitaria, la elección del rector, la naturaleza de la propia junta, la auditoría de los recursos financieros, una evaluación seria del sobrevalorado Modelo Educativo Integral y Flexible, y la limitada capacidad de debate y reflexión que ha caracterizado a un disciplinado CUG que enmudece ante una agenda universitaria que debería ir mas allá del orden del día que le es propuesto por la rectoría. Se debe reconocer que en la UV prevalece una actitud timorata y una inexplicable complicidad para no discutir asuntos que conciernen a la esencia misma de una universidad y que solo se ventilan en corrillos donde, eso sí, todo mundo dicta conferencia.

En el mencionado coloquio hubo una intervención del maestro Rolando Cordera, quien lanzó dos argumentos lapidarios que cancelarían cualquier intento de democratización al interior de la UV. Para él, en una universidad autónoma no existe una instancia más eficiente y legítima para la elección del rector que la Junta de Gobierno de la cual, por cierto, fue integrante externo. La otra sentencia fue que la universidad –al parecer, esta y cualquier otra– es una institución basada en jerarquías, sin precisar de dónde o de quiénes proviene tal emanación. Poco faltó para que dijera que una casta o élite deben dirigirla sin reparos. ¿Quiénes están en la cima de las jerarquías? ¿Los académicos sobre los administradores, o a la inversa? ¿Los investigadores sobre los docentes? ¿Los científicos sobre los humanistas y creadores? ¿La meritocracia que se ve en las aguas de Narciso? ¿La imagen apantallante sobre la sustancia? Ni qué decir de la subvaloración de los trabajadores de confianza, administrativos y manuales que constituyen la base de la pirámide.

Como sea, la discusión acerca de la necesidad de dar un sentido democrático a las decisiones que atañen a la organización y funcionamiento de la UV no parecen estar en la agenda, no solo de los insinuadores aspirantes a la rectoría, sino de la comunidad universitaria en general. Democracia, ¿para qué?, se han de preguntar, cuando los distintos órganos directivos de carácter académico poco pueden influir en el diseño de sus propias prácticas institucionales, siempre vinculadas a incentivos externos y a las rígidas directrices de las áreas académicas. Y esta condescendencia tiene mucho que ver con la trayectoria de la UV en el escenario político estatal; un factor decisivo que opera como mecanismo de control y que hoy exige de los universitarios una revaloración crítica para saber dónde se está situado en el horizonte de la educación superior.

En la etapa no autónoma resultaba muy sencillo enviar a cualquier encargado de despacho en el gobierno del estado en línea directa a Lomas del Estadio. Roberto Bravo Garzón fue una mandarín con pretensiones intelectuales y arrebatos porriles que tuvo la fortuna de contar con recursos financieros ingentes, tantos como para crear dependencias y grupos artísticos como se le ocurrieran. Su álter ego de aquel entonces, Rafael Arias, nunca concretó sus aspiraciones de convertirse en rector y, por un momento, se refugió en grises oficinas del gobierno estatal y en la fantasmagórica Fundación Colosio, para luego dedicarse con fervor a la investigación ignota.

El siguiente elenco de rectores transitaba como si nada entre el gobierno, el PRI y la máxima casa de estudios sin que nadie cuestionara los perfiles y la falta de raigambre en la universidad. Desde la época de Bravo Garzón, los sucesivos rectores –Héctor Salmerón, Carlos Aguirre Gutiérrez, Salvador Valencia Carmona, Rafael Hernández Villalpando y Emilio Gidi– prohijaron una camada de burócratas administradores que se reciclaban cada período y resultaban harto conocidos en la comunidad universitaria, pues eran ellos quienes gestionaban eficientemente los acuerdos con los sindicatos y resolvían a discreción diversos trámites y la asignación de recursos económicos que incluía la creación de plazas, otorgamiento de becas, viajes al extranjero y la mediatización de dirigentes estudiantiles –dígase porros.

El crecimiento exponencial de la UV en sus primeros 50 años de existencia encontró a la llegada de Víctor Arredondo Álvarez un cambio derivado de la entrada en funciones de la Junta de Gobierno, sin que ello significara que el proceso fuese transparente y equilibrado frente a aspirantes que venían de la vieja guardia universitaria y buscaban reagruparse. Arredondo resultó el candidato recomendado por el presidente Ernesto Zedillo, frente a lo cual la autonomía resultó un chiste que no hizo reír a nadie. Tal fue el caso del maestro Octavio Ochoa Contreras, quien en aquella contienda fue destapado comedidamente para el cargo por el mismo Raúl Arias y el doctor Ricardo Corzo, los tres ya insertos e inmediatamente reabsorbidos en la nueva gestión universitaria. A partir de este desliz, Octavio Ochoa se convirtió en un personaje tétrico y petrificado al servicio de los actos oficiales que requieran su presencia y en un ejemplo de sobrevivencia en las frías oficinas de la rectoría.

El Dr. Raúl Arias seguro se sorprendió a sí mismo al quedar como rector interino por un año, y posteriormente haber logrado dos rectorados consecutivos, para lo cual puso en juego sus diversas habilidades en el manejo de los distintos elencos de los que se puede echar mano para mantenerse en el tablero, incluyendo la posibilidad –malograda, por cierto– de direccionar el siguiente periodo a favor de un allegado como Porfirio Carrillo Castilla, quien fuera su secretario académico, dejando colgados e indignados a más de un aspirante a posiciones en el organigrama universitario; porque indiscutiblemente miembros del sector interno de la junta de gobierno actuaron como fieles de la balanza a favor de una candidata como la doctora Sara Ladrón de Guevara cuyas virtudes inopinadamente se potenciaron, siendo realmente desconocida por los despistados miembros externos –como ocurre con cualquier otro aspirante– por lo que requieren ser cabildeados dado su origen ajeno y su limitada claridad deliberativa, pues no se trata de una simple evaluación curricular. La ventaja es que así se gana la voluntad del rector en turno y un lugar en el palco.

Víctor Arredondo, acostumbrado al boato de una rectoría que ensalza a quien la ostenta y a capitalizar las posibilidades de hacer negocios, pretendió reelegirse pero –¿quién lo diría?– la que fuera su secretaria académica lo superó en el ánimo de la Junta de Gobierno, aunque no de manera unánime.

Sustraerse de esta mínima historia que traza cierta tendencia al interior de la universidad y concebir a esta como un plácido territorio del pensamiento científico y humanístico y el compromiso social, no resulta un simple romanticismo, sino una torpe ingenuidad de quienes se atrevan a asomar la cabeza y levantar la mano sin distinguir los claroscuros de esta institución. Los aspirantes, cualquiera que sea su condenada suerte, se encontrarán con un aparato de poder que requiere copar y utilizar a favor cualquier cantidad de puestos directivos, auténticas joyas para las trayectorias universitarias de quienes se sumen gustosos al proyecto. Nada más real que las contradicciones e intereses larvados entre cierta especie de académicos iluminados que, en el caso de los presumibles aspirantes, se traducen en enfoques y discursos completamente divergentes, como si cada quien pensara una universidad distinta. No perciben lo mismo hasta que no logran concretar sus aspiraciones, y a partir de entonces la disciplina se vuelve norma, y los únicos que resultan "híbridos" son los propios candidatos: mitad arrogancia, mitad sumisión.

Lo primero que debería hacer el próximo rector o rectora –por escrúpulos y compromiso con la legalidad– sería evitar la práctica nefasta y tramposa de heredar funcionarios que, al dejar de serlo y sin contar con antecedentes en la UV, obtienen algún acomodo en institutos anodinos, creados a complacencia y que, gustosos, les dan cabida en la nómina sin haber mediado convocatoria, perfil y concurso alguno y, francamente, sin ser necesarias sus dudosas aportaciones; sobre todo cuando se habla de transparencia y rendición de cuentas.

Una universidad debatiente, discordante, plural, abierta al pensamiento y la razón se impondría antes de ser capturada por una nueva tecno-burocracia que no es capaz de sustraerse de los parámetros que homogeneizan a las instituciones de enseñanza superior en sus formas de gobierno, asfixia presupuestal, estrategias educativas, evaluaciones externas, profesiones preeminentes y colgadero de medallas al mérito.

Volviendo al maestro Rolando Cordera, ¿cómo explicar, entonces, de dónde proviene la sustancia jerárquica de una universidad, si en 1971 en la Universidad Autónoma de Nuevo León se impuso un militar como rector y esto desencadenó un suceso como el jueves de Corpus? Para algo deben servir la historia y la defensa genuina de los principios democráticos; así sea para que los moderados gradualistas muestren tantita coherencia y ganen credibilidad. La ruta crítica funciona en las ingenierías; pero en este contexto sucesorio es simple astucia que, como decía Jorge Edwards, es una forma de inteligencia más bien sospechosa.

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