ECP*
enero 14, 2021 | Leopoldo Gavito

Municipales

La pandemia ha expuesto la naturaleza humana. Por un lado la entrega y agotamiento del quienes están en primera línea de contención; en el lado opuesto a los que les vale un pito y se revientan de fiesta o vacaciones a la primera oportunidad. Lo vimos durante las primeras fases del distanciamiento hasta la fecha. Y, pese a su irresponsabilidad, si acaso, tienen razón. Uno, porque ellos deciden sobre su salud; dos, porque nadie, y mucho menos el Estado puede atentar contra su derecho a la libre movilidad.

Se cierran parques, punto harto discutible, con la peregrina idea de, supongo, desalentar las reuniones y los contactos excesivos entre grupos de personas en un espacio abierto de esparcimiento, cosa que es completamente discutible, pero no perseguir que las personas hagan uso de los espacios públicos.Entre esos dos extremos un amplio abanico especímenes mostrando diversas gradaciones de miedo a la muerte que se refleja en no pocos obsesos de la salud que corren por los lugares donde se suele hacerlo, espacios abiertos, parques, zonas arboladas o por las carreteras locales usando un cubrebocas. Un franco abuso de la estupidez proto suicida toda vez que los perplejos "fitneadictos" no se ventilan y mucho menos oxigenan –que es el propósito– por correr respirando sus propias exhalaciones de dióxido de carbono. Solamente hay una alternativa a la explicación basada en la estupidez: el miedo. La gente, gobernados y gobernantes, tienen miedo. Y se entiende, nadie, o casi nadie mejor dicho, tiene prisa por morirse.

Pero las sociedades cristianas, pese a compartir una narrativa macabra basada en la muerte y el dolor como conceptos virtuosos de sacrificio, son sociedades que tienen problemas serios para procesar la muerte. De ahí las plañideras que se alquilan por hora para ir y llorar en algunos velorios donde el muertito, o no era bien querido, o no tenía suficiente parentela alrededor para que se notara el dolor causado por su irreparable pérdida.

Los católicos mexicanos, a contrapelo de su afamada familiaridad jocosa frente a la muerte, la procesan mal.

Y bueno, se entiende que nadie, salvo condiciones extraordinarias, la desea o tiene prisa por morir. Pero una cosa es eso, y otra endilgarle el miedo propio al de al lado y en un exceso de paternalismo imberbe, sugerir que se limite la entrada a los establecimientos comerciales a los mayores de sesenta años; hasta donde sé, porque en un descuido también tienen prohibido entretenimientos como el cine, con todo y sanas distancias.

No sé quién fue en el municipio fue el que sugirió que se pueden pagar servicios o ir a un supermercado hasta los sesenta años menos un día. Porque si se tienen sesenta, entonces se les impide la entrada porque son "órdenes del municipio". Porque eso es lo que dicen, que son órdenes del municipio que prohíbe la entrada y si lo permitieran los multarían.

Si eso fuera cierto, alguien en el municipio padece de una capacidad sinapsis muy limitada. Estulticia, le llaman.

¿Acaso suponen en el municipio que los adultos mayores no tienen vida propia? ¿Que no consumen comestibles, abarrotes? ¿Piensan, si acaso, que todos los mayores de sesenta años tienen a algún familiar, empleado, esclavo, dispuesto a hacer sus compras? ¿Dónde suponen, quienes hayan sugerido desalentar el acceso a sitios públicos confinados a los mayores de 60 años, que van a pagar, o comprar o maldita la cosa esas personas? Por dios, eso es limitar las libertades de los adultos mayores. ¿Por protegerlos? Piedad. Seamos serios. Es una inmensa tontería sugerir limitar la movilidad y uso de servicios públicos y comerciales a los mayores. Eso es fascismo gazmoño con pretensiones paternalistas. En el mejor de los casos, porque en un descuido es simple y llana limitación intelectual. Pendejismo, pues.

¿De dónde se abrogan el derecho de limitar los derechos de movilidad de los adultos? Ahora, si lo sugirió el municipio y dejó a criterio de los establecimientos comerciales su instrumentación, sin reglas del juego claras es mucho peor, porque entonces no tienen ni soca idea de qué es gobernar. Que las instrucciones, incluso las sugerencias, de autoridad tienen que ser claras y con procedimientos puntuales verificables, no al libre criterio de los actores que las instrumentarán.

*Es Cosa Pública

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