Los beneficiarios del miedo
diciembre 28, 2020 |

La víspera de Navidad la UNAM publicó un extenso documento sobre el covid-19. En él se sostiene que hasta el momento las medidas de distanciamiento social no han logrado detener significativamente la expansión de la pandemia y que por lo tanto las esperanzas se centran ahora en el desarrollo y aplicación de vacunas específicas que ayuden a lograr inmunidad en la mayor parte posible de la población mundial. Prácticamente todas las naciones del mundo que cuentan con un mínimo de infraestructura científica han dedicado esfuerzos a desarrollar vacunas contra covid-19. Eso incluye a México.

Ya se ha dicho en este espacio editorial que, en efecto, el coronavirus es contagioso pero que su letalidad está abrumadoramente asociada a las condiciones de salud previas de los infectados.

La cobertura informativa durante esta muy dilatada pandemia que paraliza al mundo y presagia escenarios de crisis económica y de ingresos sin precedentes ha hecho hincapié en el número de fallecimientos atribuidos a un virus que, en efecto, es harto contagioso.

Según todas las fuentes de información médica es contagioso; eventualmente precipita la muerte pero el desenlace fatal no está asociado tanto al virus como al estado de salud de la persona antes de contagiarse del covid-19.

En un país con cantidades obscenas de obesos, hipertensos y diabéticos, con una ingesta letal de alimentos procesados y con un consumo insano de bebidas azucaradas, es casi obligado acumular cantidades penosas de decesos por cualquier enfermedad que precipite una crisis como es el caso del coronavirus.

Todos los días se informa de muertes y nuevos infectados y se alimenta la expectativa salvadora de alguna de las vacunas desarrolladas por una u otra firma farmacéutica.

Las vacunas que se han desarrollado en tiempo récord están basadas en el ácido ribonucleico (ARN) que es el que participa en la síntesis de las proteínas y realiza la función de mensajero de la información genética. Está presente en todos los seres vivos bajo formas diversas.

La forma para obtener una vacuna con base en el ARN fue el motivo de investigación de la doctora Katalin Karikó durante toda la década de los 90. Fue rechazada por todos los corporativos farmacéuticos. El método propuesto por Kerikó es exactamente el mismo que ahora promueven Moderna y BioNTech. Por tal razón es dable suponer que se apropian sin más del trabajo de Karikó. Explican los que saben que el ARN es una molécula sin la que la vida no existiría. Es el mensajero encargado de entrar en el núcleo de las células, leer la información que contiene el libro de instrucciones genético (el ADN) y salir con la receta para producir todas las proteínas necesarias para vivir.

Las reservas que existen son legítimas porque es una tecnología nunca usada antes, además de la apropiación del trabajo de una especialista que había propuesto investigar el tema con un presupuesto de 10 mil dólares pero que la farmacéutica Merck se apropió.

La ganancia de las farmacéuticas por la pandemia es brutal y dentro de muy poco será obscena. Falta por ver lo que serán los costos del miedo porque toda esta compulsión y deseo por una vacuna exorcizadora de virus coronados décimo nonos pareciera estar sostenida más por el temor que por la relativa seguridad de una cura. Y eso no es el mejor método para aproximarse al conocimiento.

En estos días finales de 2020 habría que preguntar por qué nuestro entendimiento occidentalizado pasa tanta penuria para procesar la incertidumbre y la muerte.

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