Pensar desde hoy
noviembre 19, 2020 | Ignacio Quepons

Ética, conocimiento y racionalidad

Son tiempos tan interesantes como extraños. Nunca habíamos tenido acceso a tantísima información científica, ni habíamos presenciado, muchas veces en transmisiones en vivo, a grandes expertos discutiendo por todas partes y casi a toda hora difíciles temas de ciencia médica. Hoy los científicos salen en la televisión con horario estelar, discuten en foros virtuales, se arrebatan el micrófono, elogian o desacreditan sus investigaciones enfrente de un público de millones de personas que han incorporado a su léxico, en poco tiempo, una variedad de expresiones y conceptos antes sólo de uso corriente de especialistas. El incremento de espacios públicos, gracias a las redes sociales y los dispositivos que permiten a miles de personas seguir en tiempo real seminarios, conferencias, incluso clases de filosofía (claro, no hay que olvidar que muchos deportes y conciertos están suspendidos, tampoco es necesario que desbordemos en optimismo). Sin embargo, los mismos espacios son plataforma del dogmatismo más recalcitrante, así como de escépticos que tejen complejas teorías de la conspiración detrás de los recientes acontecimientos roban nuestra atención.

Así, dado que estos tiempos además nos han entregado a un frenesí rabioso de autopromoción profesional, tal vez no esté de más recordar una obra clásica que cerraba los puntos de una ética de la creencia, me refiero a Creer, saber, conocer, publicada por primera vez en 1982 por el filósofo mexicano Luis Villoro. En su magna obra, destinada al estudio de las nociones de creencia, conocimiento y saber, en la mejor factura de lo que todavía se conoce como filosofía analítica, Villoro cierra sus reflexiones con una ética de la creencia. ¿Qué principios normativos deberían seguir los sujetos que aspiran a regular su comportamiento con respecto a la exhibición de sus creencias en el espacio público?

La ética de la creencia no se refiere a las creencias mismas, dice Villoro, sino a "los actos voluntarios que intervienen en el proceso de llegar a creer o en el de expresar lo que se cree", además, la validez de la ética descansa en la prevalencia del interés general sobre el particular, en particular, el asentimiento hacia la racionalidad comprendida como el ámbito de características que debe tener una creencia para llegar a ser conocimiento. Villoro comprende la noción de racionalidad en sentido amplio y es decisiva no sólo para el sustento y justificación de las creencias, sino para la justificación de las normas que regula la ética de la creencia. Dadas estas condiciones Villoro enuncia tres normas de la ética de la creencia que regulan el comportamiento de aquellos que quieren exhibir sus creencias no como meras opiniones sino como pretensión de conocimiento racional en el espacio público: 1) "Todo sujeto debe procurar para sus creencias una justificación lo más racional posible, de acuerdo con la práctica que esas creencias pretenden guiar y con el tipo de conocimiento que se propone alcanzar" 2) "Todo sujeto tiene el deber de atenerse, en sus creencias, a sus propias razones tal como a él se le presentan" 3) Todo sujeto debe obrar de manera que su práctica sea congruente con sus creencias".

La ética de la creencia tiene por objeto combatir, como señalamos al inicio, dos posiciones que ponen en cuestión la racionalidad: el dogmatismo y el escepticismo. Dice Villoro: "Tenemos una fuerte tendencia a hacer pasar por saberes nuestras opiniones inveteradas. El apresuramiento en el juicio, las ideas establecidas se ponen a menudo al servicio de nuestra arrogancia, para dar por verdades sabidas lo que sólo son opiniones personales." Y más adelante agrega "El fanático político o religioso está convencido de que su creencia es objetiva y merece adhesión universal: si alguien se niega a aceptarla, sólo puede deberse a su empecinamiento en alguna especie de maldad". Todo ello da lugar a la intolerancia que, de acuerdo con Villoro, cumple el papel de imponer y sostener un sistema de dominación, su característica es "atribuir el rechazo de sus doctrinas a motivos subjetivos y tildar de perversidad moral o política a la actitud crítica ajena" cerrando así un círculo en el que el dogmático no sólo exhibe creencias personales como conocimientos, sino que descalifica a quien no los comparte atribuyéndole esas críticas a los prejuicios del otro. Así, "la importancia libertaria de la actividad científica y del análisis filosófico: establecer los límites y fundamentos de un saber objetivo, frente a las creencias personales, permite revelar la maniobra del pensamiento dogmático."

Por otro lado, Villoro también critica la actitud escéptica del cientificista que exige justificaciones objetivas para todos los ámbitos del conocimiento, cuando, de acuerdo con su criterio, "la ciencia misma no puede plantearse el conocimiento de valores ni la elección de fines." Ambos son asuntos de una figura más amplia de racionalidad en la que Villoro, en un gesto próximo a la tradición aristotélica, incorpora lo que llama la sabiduría. Así, reiterando lo que ya había señalado Husserl, "Si la ciencia prescinde de todo juicio de valor, si aleja de sí todo interés vital e histórico, si permanece inconsciente a las actitudes y fines que dieron origen, corre el riesgo de convertirse en un conocimiento desligado del hombre concreto y su vida moral. Pero la ciencia tiene un valor moral justamente porque responde a intereses vitales de cualquier hombre y está al servicio de sus fines".

De este modo, señala más adelante: "El conocimiento sólo se obtiene al cumplir con las condiciones de racionalidad; estas implican la liberación de formas de dominio sobre las creencias que imponen los particulares. La ética de las creencias, al elevar a normas de acción las condiciones de racionalidad, enuncia justamente esos procedimientos de liberación." Así, Villoro apela a dar sentido a las bases de una la racionalidad abierta, comprendida como un bien común a la humanidad, y que constituye la condición de posibilidad de un diálogo reflexivo, crítico y fructífero.

Aunque no es una lectura precisamente fácil, tampoco es imposible para el lector atento, sin formación en filosofía. Para Villoro la filosofía, antes que cualquier ciencia acabada en realidad es una invitación a asumir una actitud crítica y reflexiva, ante la vida y ante el mundo.

El instituto de Filosofía les invita a continuar con la reflexión enviando sus comentarios al correo: pensardesdehoy@gmail.com

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