Política

Plebiscito

octubre 21, 2020

En medio de la distópica pandemia que ha encerrado al planeta y ralentizado la economía del mundo. Con el sistema de salud desfondado por los gobiernos neoliberales, el país se acogió a la sana distancia como principal herramienta de contención de la pandemia.

Hubo quienes interpretaron el fin del neoliberalismo. Había razones para pensarlo. Aún las hay. Cada vez surgen signos de hartazgo por el mundo. Desobediencias civiles que reclaman primero el derecho a contacto humano y poco tiempo después el rechazo completo al neoliberalismo y sus lógicas profundamente autoritarias.

En México, exhibido sobre bases diarias en su completa corrupción. Tres narcogobiernos al hilo con el lerdo de Fox. No es poca cosa. Eso explica, ya sea ha dicho, la contundente victoria. Poco tiempo después, el presidente chileno Sebastián Piñera decretó el alza al transporte. El rechazo fue total. Piñera se asustó y sacó las tanquetas. Habrase visto el tamaño de imbecilidad autoritaria. En pleno Santiago de Chile un cuadro que no se veía desde los 70, pinochetismo reloaded. El neoliberalismo en toda su toda su crudeza, en su completa falta de empatía.

La respuesta ciudadana es referencial. A nivel mundial. La protesta estudiantil reprimida se convirtió en insurrección, y la insurrección en un levantamiento revolucionario que ha llevado a la inminencia de un plebiscito fundacional para redefinir las reglas del juego de la República. La primera revolución popular antineoliberal.

Una insurrección social que se caracteriza por ser horizontal, transversal, descentralizada y espontánea. Profundamente anarquista. Y lo que sucede en Santiago se replica en cada ciudad del país. En Chile el espacio público se convirtió en el espacio de las decisiones públicas tomadas en el interés público por el público. Sin autoridad y sin autoritarismos.

La propuesta permanente de decisiones públicas diseñadas colectivamente. Sin líderes, sin el peso de organizaciones corporativas. Soportada solamente por el peso definitorio de la responsabilidad individual. Nada puede ser más democrático que eso. La primera revolución popular antineoliberal.

Por la noche, las calles son borradas e intervenidas por las fuerzas públicas. Todas las noches. Sólo para ser retomadas a la mañana siguiente. Re apropiadas por la ciudadanía y vueltas a convertir en escenario de las decisiones colectivas. La resistencia es una fiesta, sí, pero sólo gracias a la contención de una primera línea de hombres y de mujeres que mantienen a los pacos, los carabineros, fuera y a la distancia del espacio de la revuelta, de la fiesta. De la clase de buen civismo.

No pareciera haber en el imaginario mexicano conciencia de la importancia de lo que se juega en Chile el próximo domingo con el plebiscito. No está de más estar atentos, hay quienes entienden el actual proceso chileno como un reflejo de la inflexión implícita en la llegada de López Obrador al poder. Pacífica.

Entre otras cosas, la insurrección/revolución ha sido la fuente inspiracional y el soporte para miles de expresiones de donde emergió un enorme universo en expansión creativa. En la música, en la poesía, en el cine, en la organicidad social. El domingo es la la fecha, la posibilidad de redefinir la razón de ser del Estado chileno.

Bien visto, hay cosas en esta larga distopía que son harto esperanzadoras.