Los intelectuales, y el resto
octubre 01, 2020 | Roberto Yerena Cerdán

"Los intelectuales, esos necesitados de la inteligencia"

George Braque, El día y la noche

Vaya, a tantas formas de exclusión y selección sociales se le suma la existencia de un grupo de elite proclamado o autoproclamado como los "intelectuales". Seres inteligentes, antes que nada. Íntegros como pocos. Influyentes, tanto como lo quisieran. Concienzados, más que nadie. Comprometidos, hasta la médula. Sin embargo, para que no piensen que se les expulsa del Olimpo que se edificaron o que se les quiere exiliar del país (allá ellos si le quieren hacer caso a Paco IgnacioTaibo II), se debe reconocer que el manifiesto firmado por los seiscientos cuarenta y ocho ilustres de la vida pensante en México merece matices y descuerdos, más que un simple y contundente rechazo falaz.

La naturaleza y función social y política de los intelectuales resulta muy ambigüa y causa tantas controversias porque el concepto mismo sería –como alguna vez Fernando del Paso consideró uno de sus discursos– una especie de "embutido", pues resulta ser un sustativo y un adjetivo, a la vez; además de mezclar muchos ingredientes. Así que, si usted amable lector no reúne algunos de los destacables atributos para ser considerado un "intelectual" de altos vuelos, pues los exiliados resultarían otros. No del país, sino del mundo de las ideas, de la "república letras", de la única conciencia crítica válida. Porque la autocrítica, en el caso de algunos de los firmantes, sería como leerse la suerte entre gitanos.

En el fragor de las disputas en el interior de la intelligentsia mexicana, un escarceo lo protagonizó Enrique Krauze cuando escribió su artículo crítico "La comedia mexicana de Carlos Fuentes" (1988), que detonó airadas respuestas al cuestionar literaria y políticamente a un personaje intocable –que no intachable– de la vida cultural de México. Krauze "No entendía [de Fuentes] su modo de abordar la realidad ni justificaba, en suma, su actitud intelectual". Y lapidario, hizo saber que su incomodidad "ya no es [era] solo intelectual o literaria sino moral". Carlos Fuentes, ante las resonancias de aquel artículo, solo respondió que él se desayunaba a sus críticos. Y así se abrió un capítulo de estridentes divergencias entre liberales "puros" y una "izquierda murmuradora y retobona, que piensa poco y discute mucho. Una izquierda sin imaginación" –como la caracterizó Octavio Paz– en un momento en que México aún no transitaba a un régimen democrático, y que al tiempo sus posiciones llegaron a confluir y a coincidir ante el discurso seductor de un proyecto hegemónico como ha pretendido ser el neoliberalismo; por más que al hablar de ello escamoteen su naturaleza, estrategias y consecuencias económicas y sociales –propias de un capitalismo depredador– hoy puestas en cuestionamiento por la 4T.

Si en aquel artículo –tan prolijo como pendenciero– Krauze no tuvo reparos en llamar a Fuentes el "guerrillero dandy"; hoy ¿por qué su piel tan delicada reacciona ante la ocurrencia de ser identificados como intelectuales "fifís"?; concepto que puede ser tan ocurrencial como la caricaturización de López Obrador hecha por Krauze en su artículo "El mesías tropical" publicado, curiosamente, un mes antes de las elecciones del 2006. Para beneplácito de Krauze, AMLO no llegó a la presidencia en aquel momento. En cambio llegaron, sucesivamente, un presidente como Felipe Calderón y otro como Peña Nieto, que sin duda no contribuyeron a purificar el país; pero mucho menos a mejorarlo, como también sentencia el historiador, queriendo lograr lo que le molestaba tanto de Carlos Fuentes: que apabullara y apantallara, pero que no convenciera. Aquel no aún no alcanza, para sí, ni una cosa ni la otra.

Luego de la exitosa acometida mediática y gubernamanental a la campaña de López Obrador en las elecciones de 2006, la posterior renuncia de Juan Carlos Ugalde a la presidencia del Consejo General del IFE –otro comedido analista y consultor– fue compensada con un Proyecto que documenta el periodista de Proceso, Álvaro Delgado (noviembre, 2007), y en él aparecen potenciales aliados entre los que destacan Federico Reyes Heroles, Jorge Castañeda, Héctor Aguilar Camín, Rossana Fuentes-Beráin, Ricardo Raphael de la Madrid, Carlos Elizondo Mayer Serra, Leo Zuckerman, Santiago Levy, Pedro Aspe, Jaime Serra Puche, instituciones académicas privadas y un grupo destacado de empresarios y ejecutivos de Televisa y TV Azteca, para pertrechar al gobierno de Felipe Calderón.

Sería un acto de honestidad intelectual que recordaran la reacción que provocó en el núcleo del grupo de la revista Vuelta el apoyo oficial que recibió la revista Nexos para organizar el Coloquio de Invierno (1992). La ira de Paz obligó a que el "oleaginoso" Víctor Flores Olea –así lo apodó el poeta– director de Conaculta, renunciara a su cargo. Nexos respondió a la reacción del grupo Vuelta en un editorial donde aparecen palabras como conjura, escaramuza, jaurías, antiintelectualismo, vísceras, neoliberalismo ramplón, propias de un refinado espíritu intelectual. Años más tarde, en un extenso artículo publicado en Nexos, "Mi querella con Paz" (2015), Aguilar Camín polemiza con el poeta, pues resulta sencillo salir del pantano con las alas limpias cuando se discute con un difunto; y se le ve relajado en reuniones del Club de Banqueros y como conferencista en la Coparmex. Solo le falta ocupar una pintoresca tienda de Frenaaa en la plaza del Zócalo capitalino.

Francamente, solo ellos saben cómo han gestionado durante décadas –por lo menos desde los setenta– los tratos privilegiados y las distintos exilios de los favores del poder presidencial. Tanto que la clásica distinción que hizo Octavio Paz entre el intelectual –como Daniel Cosío Villegas– y el ideólogo –como Jesús Reyes-Heroles– y la norma de guardar la distancia del príncipe ya suenan obsoletas, porque el asunto se ha vuelto muy versátil. Es comprensible, por ello, que un inefable Jorge Casteñeda haya pasado de ser un izquierdista impostor y prescindible, a un malogrado secretario de Relaciones Exteriores en el sexenio de Vicente Fox. Y porque ahora resulta que al nuevo príncipe lo representan los medios de comunicación en una variedad de líneas editoriales y funciones de vigilancia acerca del ejercicio del poder presidencial, como jamás las ejercieron investigando y documentando los desaciertos y corruptelas de los gobiernos del anterior régimen.

Otro ejemplo de vocación conservadora lo representan el politólogo Carlos Elizondo Mayer-Serra y el ex presidente Ernesto Zedillo, quienes en sendos artículos publicados en la revista Este País, se muestran tan exhaustivos al caracterizar los regímenes populistas y, ¿adivinen?, lo asocien con el perfil de López Obrador, entonces en campaña y en pleno ascenso. Eso sí, el primero afirma que el concepto de neoliberalismo le resulta impreciso –tal vez solo a él–; y el segundo ni se inmuta al evadir su responsabilidad en la crisis de un proyecto fallido al que su gobierno en mucho contribuyó, y que solo el conservadurismo panista y el reformismo de Peña Nieto le dieron respiración de boca a boca.

Krauze y Aguilar Camín –dos personajes irreconciliados, pero que han cohabitado zonas compartidas de la cultura mexicana– son ahora, quién lo diría, los mártires de la intelectualidad que merecen que la sociedad mexicana se ocupe de ellos para desagraviarlos, luego de sus invaluables contribuciones a sus negocios editoriales y televisivos. No son, ni de lejos, el Émile Zola en el caso Dreyfus; ni los Berstein y Woodward del Washington Post en el caso Watergate. Nada nuevo que el espíritu de cuerpo de los bien pensantes no haya demostrado en la historia reciente de México conformando, a su modo, un gobierno paralelo y todos gozando de buena salud en la pantalla grande sin la menor restricción a su libertad de pensamiento y expresión, como debe ser.

Al margen de todo lo anterior, la agenda de problemas vigentes para la 4T dista mucho de estar resuelta; sin embargo, cabría esperar resultados que pudiesen evaluarse en un perspectiva equilibrada y justa que, sin duda, definirá el rumbo de un proyecto de nación, su pertinencia, gobernabilidad y legitimación de parte de los ciudadanos. Sea en las urnas; o en una plataforma de opinión pública verdaderamente democrática y plural, que evidentemente no existe. Al resto de la sociedad mexicana no le ha llegado la "Hora de opinar"; no degusta vino en el "Refugio de los conspiradores"; ni alterna desde su casa en "Tercer grado".

Frente a esto, la otra intelectualidad, la de la academia –la que también barre la agenda pública y afirma asumir compromisos sociales– debiera salir de su enclaustramiento y olvidarse por un tiempo, de rankearse en la meritocracia. Volver a la palestra a exponer y exponerse; para que sus indexadas investigaciones sirvan de contrapunto en un debate monopolizado por una corporación de agencias informativas.

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