Cultura

Punto atrás

septiembre 19, 2020

Tres de Leila

Viernes por la mañana, y en mi agenda tenía escrito hacer un vestido, una actividad normal para dos amigas que estudian una maestría, escriben una tesis y, ¿por qué no?, diseñan, cortan y cosen.

En la tienda de telas las dos nos remitimos a cuando estábamos en el colegio y teníamos que ir por este tipo de material; Liliana lo recordó con una sonrisa; yo había olvidado lo que era ir por telas, porque jamás fui a comprar para mí, las pocas veces que lo hice era por mi abuela o con una amiga. Nunca mandé a hacer un vestido para las fiestas de XV, y no tengo la remota idea de cómo tratar con una costurera; mi relación se limita con los sastres para que arreglen el largo de un pantalón.

Si alguna vez tuve contacto con una aguja fue para hacer un bordado de punto cruz, una serie de manzanitas que pasaron por mi mamá, mi empleada Antonia y mi tía María. Tampoco olvidaré el intento de tejer una chalina azul, de la que era muy fácil reconocer los nudos de Alba contra el tejido perfecto de Antonia.

Más de diez años después, puedo presumir que cosí una tela en forma de vestido con un hueco para la cabeza, dos laterales para los brazos, y que tenía un patrón, es decir, un diseño.

Confieso que yo no lo diseñé; lo hizo Liliana, una amiga muy creativa; pero sí corté la tela, inserté el hilo en la aguja y, voilà, durante veinte minutos cosí, y me sentí personaje de El tiempo entre costuras.

Mientras cosía la tela, pensaba en lo espantoso que se iba a ver con la costura y en cómo iba a borrar las marcas del lápiz. Claramente, ignoraba que lo estábamos haciendo al revés, por detrás, y no por delante.

Creamos el vestido menos sexy de la faz de la tierra, con una tela pesada y caliente, el color de miren, ya llegué, pero con un estilo de principios de los ochenta muy definido: un fantasma naranja de Pac Man.