Política

Covid-19

septiembre 09, 2020

La pandemia del coronavirus ha sido un muy dilatado momento para que el mundo se repiense. Como sociedad y como personas. Como humanidad. Una revisión de lo que personalmente se hecho por los demás, de lo que se va a hacer por los demás; porque eso que se haga por lo demás se hace también por uno mismo. El coronavirus no afecta por igual a todos. Llegó después de un modelo económico y político devastador que ha generado una desigualdad social y económica brutales. Un sistema que en su naturaleza misma está destruir los sistemas de seguridad social, de salud y de educación porque hace privados los servicios básicos, propicia empleos precarios, aumenta la informalidad y desde luego incrementa la migración.

Durante décadas se generalizó la precariedad como pocas veces antes en la historia moderna. Se hizo sistémica. Se extrajo más riqueza del país en 36 años de neoliberalismo que en los 300 años de la colonia.

Pero la pandemia, nemotécnica, nos ha venido a recordar que la humanidad es una. Que de estas cosas nadie se salva solo. Que todos estamos –como decía Xavier Zubiri– indigentemente volcados hacia los demás. Que el individualismo exacerbado del sistema olvida que sobre el planeta existe un destino común y que no hay forma de librarse de él. Ocuparse del otro es en realidad ocuparse de sí mismo. Cuidarse uno contribuye al cuidado de los demás. Eso es lo que ha hecho del primate humano la especie dominante en el planeta, pero no necesariamente la más exitosa.

Y a pesar de la corriente de pensamiento dominante en el sistema, la sociedad precede al individuo. En las crisis nunca hay forma de triunfar individualmente: o cooperan todos para librarla o nos condenamos todos.

El coronavirus ha traído la enseñanza de que nuestros cuerpos están exhaustos ya. Entre la parafernalia de la producción, de las comunicaciones, de los intercambios comerciales, de las relaciones entre personas, los cambios climáticos permanentes, el respetable completo está exhausto. Cansados todos, los cuerpos se están rebelando. El planeta está protestando frente a ritmos inhumanos que la raza humana ha impuesto a todos por las necesidades del capital. No las de la especie.

Si este tiempo no nos ha servido para recuperar las dimensiones perdidas –la conversación, la cercanía, la empatía, la preocupación por los demás, la necesidad de relaciones reales a escala humana– entonces estaremos condenados como colectividad.

Las paredes del encierro, físicas o psicológicas, no detienen los flujos que subyacen y que son lo más importante de lo humano. No detienen el amor ni los afectos ni la solidaridad.

Tampoco las enfermedades ni el narcotráfico ni la violencia. Ya va siendo el tiempo para entender que somos una raza biológicamente interconectada y también somos sociedades integradas y que no podemos aislarnos artificialmente.

A la devastadora globalización del capital debe oponérsele la globalización de la solidaridad, de la ocupación por el otro, del apoyo mutuo.

Necesitamos deshacernos de los modelos de reproducción social que conocemos e inventarnos un nuevo modelo de Estado en el que la producción, distribución y consumo no sean un juego de suma cero, donde uno pierde lo que otro gana. La maximización de la ganancia es una estupidez mayúscula. Por eso es que se necesita un Estado con la fuerza y la autoridad democráticas bien plantadas para regular los rendimientos económicos.

Es el momento de pergeñar las formas incluyentes e igualitarias para lograrlo, no que profundice las desigualdades y que soslaye las diferencias.

Como nunca son imperativos la solidaridad y la colaboración, especialmente con los más vulnerables. Tanto personas como países.

Hoy los gobiernos deben garantizar los derechos de los que no los tienen asegurados. Sea el acceso al agua o a los servicios de salud, a la información y sobre todo a la educación.

Existe un tremendo vacío de lo público a nivel global, prevalecen los intereses corporativos de las grandes empresas y del capital financiero; y no hay ni legislación ni instituciones ni gobernanza que garanticen el interés de los pueblos, el interés de la esfera del bien común.

Entonces los ciudadanos estamos obligados a presionar a nuestros gobiernos, para que garanticen la existencia de un sistema internacional que ponga por delante el interés y el bien universal, y no tanto el de los capitales.

Vivimos una coyuntura privilegiada que no debe dejarse pasar. Junto con la desgracia viene la oportunidad, junto con la crisis se pueden abrir nuevas posibilidades.