Política

La suspensión de la seriedad

septiembre 07, 2020

Una de las más importantes y originales obras de la ensayística filosófica mexicana es La fenomenología del relajo, de Jorge Portilla. Escrita hacia 1949, aunque publicada de forma póstuma con otros ensayos en 1966, primero en editorial Era, y más tarde por el Fondo de Cultura Económica, por Luis Villoro, Francisco Flores Olea y Alejandro Rossi, hoy en día es casi inconseguible. El ensayo, un poco olvidado, reporta una influencia temprana en autores como Salvador Elizondo, quien menciona el tema en su Autobiografía precoz, y que presumiblemente conoció el ensayo inédito por su amistad con Portilla. Su desarrollo es también contemporáneo al famoso Laberinto de la soledad, de Octavio Paz, próximo a "Perfil del hombre y la cultura en México", de Samuel Ramos, así como otros que se interrogaron por la identidad del mexicano. A pesar de su relativo olvido, este ensayo filosófico parece asomarse en este tiempo en el que es hasta sano no tomarse ciertas cosas demasiado en serio.

¿De qué se trata pues la obra a la que da tan extraño nombre su autor, La fenomenología del relajo? En realidad, más allá del título jocoso y la referencia al relajo, esa "burla colectiva reiterada y a veces estruendosa que surge esporádicamente en la vida diaria de nuestro país", se trata en realidad de una reflexión de corte existencial acerca del sentido de la libertad y la manera en como afrontamos los valores. Portilla pertenecía, como señalan los editores de su obra, a una generación de intelectuales que comprendían la tarea de la filosofía como "iluminar racionalmente la circunstancia que nos toca vivir, esclarecer el mundo en torno para comprendernos en él", pues sólo así "podría crearse una filosofía mexicana auténtica, nacida del esclarecimiento de la propia realidad". De este modo, y en medio de la grandilocuencia con la que se lanza este llamado a hacerse cargo de las circunstancias, Portilla señala sin más que "para la razón no hay tema pequeño" y "en el campo de la realidad no hay nada que pueda tenerse por absolutamente aislado y falto de significación". Por este motivo, él propone una experiencia próxima a la cotidianidad, el relajo, para iniciar su disertación filosófica.

Para Portilla el relajo es una forma en la que los mexicanos afrontamos o, más bien, nos desdecimos de la responsabilidad con la vida. El valor, lejos de cualquier consideración idealizante, es pensado simplemente como correlato de actitudes y acciones consecuentes con lo que en cada caso importa. El valor, por otra parte, para tener lugar en la experiencia, requiere como su escenario la seriedad. Así, la enunciación de un momento decisivo, como el asentimiento de los novios en una boda, es algo que exige respeto, una seriedad que pueda incluso conmover a más de uno hasta las lágrimas. Si alguien en ese momento comenzara a reírse sin motivo aparente, y no sólo eso, sino que su risa, a lo mejor extraña o incómoda al principio, resultara por algún azar contagiosa al punto de hallar a dónde hacerse, porque nadie puede contener ya las carcajadas, ni el juez, digamos, la circunstancia cambiaría de signo por entero: ha sido suspendida la seriedad, revelando así la fragilidad del valor. El relajo, por tanto, es a un tiempo la revelación de que los valores son vulnerables, pues no sólo requieren del "espíritu de la seriedad" sino que exigen que esa seriedad sea sostenida por quienes proyectan el valor. Así, los valores no se sostienen en tradiciones y leyes talladas en piedras, sino en la libertad de la comunidad. El relajo no hace más que poner de manifiesto la fragilidad de los valores, su propia contingencia y su asiento en la libertad humana. Sin embargo, el rasgo negativo y profundamente nihilista de lo que Portilla llama simplemente "el relajiento", y a nosotros nos da por llamar ironista y otros eufemismos de altos vuelos posmodernos, es su profunda soledad: no se toma nada en serio, no cree en nada, destruye a la menor provocación la seriedad de las circunstancias y exige la complicidad de sus contemporáneos.

Si bien Portilla "luego de una caracterización de relajo y su distinción con respecto de otros comportamientos afines como el chiste, lo cómico y el chacoteo" es profundamente crítico con esta disposición a que nada importe, se sirve de esta propensión muy del mexicano para poner en entredicho los valores, suspender la seriedad, comparándolo con el llamado "apretado", que cree en valores irreductibles, absolutos y definitivos. El problema del apretado, una expresión que casi no se usa ya, ni siquiera es su extrema seriedad, sino que se trata de una seriedad que oculta la otra cara sin la cual los valores no tienen sentido: la libertad.

El apretado asume los valores heredados como si hubieran sido tallados en mármol por una fuerza divina frente a la que no cabe más que obediencia ciega, sin embargo, los valores no descansan en ser asumidos como dados sino en elegirlos, comprometernos con ellos, y esto quiere decir también, en cierta medida, inventarlos, en el sentido de Sartre. Así la otra cara del mismo miedo del relajiento que no se compromete a nada es el que no quiere reconocer que sus valores se sostienen en su libertad, y no reclaman compromiso sino sólo obediencia. Tanto los relajientos como los apretados, casi los "cronopios y famas", por usar la expresión de Cortazar (aunque su libro, no hay que olvidarlo, fue publicado un poco después) niegan, de acuerdo con Portilla, la libertad como fuente de sentido de todo valor. Por tanto, la fuente de lo que importa no es la solemnidad y la mera tradición; muchas veces el humor y los momentos en los que se suspende la seriedad revelan que los valores en realidad son frágiles y por tanto pueden ser reemplazados, reinventados o asumidos, siempre desde el horizonte de la libertad.