Política

La Gloria

julio 13, 2020

Quizá nadie sepa o a nadie le importe, sin embargo, en este mundo vivió una mujer inmensa. Muchas mujeres lo son, no obstante, jamás conocí a alguien como ella; intuyo, además, que dadas sus características extraordinarias, no volveré a conocer a nadie igual: se llamaba María de Lourdes Antonieta Jattar Rebolledo y dejó el mundo material la mañana del 23 de junio de 2020. Es posible que no le interese saberlo, después de todo, ¿quién era ella?, vivió en un lugar que podría parecer intrascendente, como la localidad de La Gloria, perteneciente al municipio de Úrsulo Galván, Veracruz. Por sus acciones y procederes, sospecho que así lo ha de creer parte del ministerio y la fiscalía responsables de llevarse, examinar y tratar su cuerpo, mas, ¿a quién le importa?, baste con que algún día experimenten una situación tan desgarradora en magnitud, que se vean obligados a cambiarse a sí mismos: servir implica actuar con compasión o no se sirve y se daña. Vívanlo, aun si es cuando les toque exhalar el último aliento.

Empero, ¿a quién le importa?, María de Lourdes fue un personaje excepcional y fue parida por otra mujer enorme. Descendiente de una familia decana, su madre contribuyó grande, activa e ininterrumpidamente al mantenimiento, así como al cuidado material y moral de la comunidad, con acciones que iban desde el pago de luz de la escuela, asumir gastos de la infraestructura del pueblo hasta poner orden y ejemplo en delicadas disputas, tal como lo hacen los verdaderos personajes célebres, con la diferencia de que de ellos nadie sabe: a estos seres humanos nadie les hace bustos, tampoco les ponen placas y ninguna calle lleva su nombre. Lo que los distingue, es que a éstos no les importa el reconocimiento social; basta la paz que te da la conciencia de hacer lo correcto. Su nombre era Andrea Josefa Rebolledo Martínez. Ambas, madre e hija, ostentaban altos e inquebrantables principios éticos y morales, así como un espíritu de lucha, valentía, conciencia social y capacidad de resistencia únicos incluso dentro de las circunstancias más injustas.

Mayu o Mayito, como le decían a María de Lourdes, fue una mujer que desbordaba alegría, picardía, benignidad, talante de entrega, dádiva y servicio en grados que no son de este mundo. Cuando alguien fallece, se estila la adjudicación de los más nobles valores al difunto, con la salvedad de que a casi nadie le horma la aureola: amaba a los animales no humanos como poco se ha visto. A su cargo estuvieron cientos, si no es que miles, que fueron rescatados y amados como pocos pueden hacer sin los recursos económicos; lo que hizo fue tan extraordinario en el nivel del amor y la compasión, que se vieron privilegiados desde camarones, peces, tortugas, iguanas, aves, cotorros, patos y gansos, hasta cerdos, vacas, becerros, gatos y perros, entre otros: en los espacios que fueron suyos, fueron sanados y cuidados con la capacidad propia de un bodhisattva o un Francisco de Asís. Su bondad incluía a todo tipo de plantas, sumado a una aptitud de comunicación interespecie magnífica.

Yo misma llegué a presenciar eventos mágicos. Uno de ellos podría comprenderse a través de su relación con un camarón de río, a quien, además, también tuve el privilegio de conocer personalmente. Un día, fui testigo de uno de los momentos en los que se comunicaban. Después de que ella emitiera un conjunto de sonidos que bien podrían calificarse de lengua, comenzaba a formarse una figura blanquecina que venía desde el fondo de un obscuro estanque; cuando el camarón llegaba a la superficie, empezaban una especie de conversación en donde lo único evidente para mis constreñidas capacidades era el cumplimiento completo de los requerimientos fundamentales de la comunicación; luego, a su término, ella le pedía un beso, él se asomaba desde la superficie del agua, se acercaba a su mejilla y se lo daba; ella se lo devolvía y él volvía a las profundidades.

Tal vez, entonces, sería posible decir que amar a otras formas de vida no humana sería más sencillo cuando, aunado, se sufrió por la descompuesta humanidad; no obstante, por los humanos ella fue capaz de más: dejó de comer por darle de comer a otros; le dio a otros lo que ella necesitaba; anteponía la carencia de los demás a la suya; el servicio social era un valor; el amor y la lealtad entre hermanos era absoluta; amó a sus sobrinos como hijos; no entendía el individualismo; el sacrificio no existía; el bienestar de los otros era el suyo; la felicidad de los demás era la propia; el sufrimiento, también; fomentar el crecimiento de los otros era una necesidad; el dinero era para ayudar; la maldad siempre tenía alguna justificación; pueblo chico, infierno grande; los chismes no reflejan la verdad; la comprensión hacia los otros era fundamental y el perdón era la ley; todo en concurso de modos que los seres pequeños calificarían por tonterías.

El final no refleja la vida luminosa de la que se sirvieron muchos; olvidarlo al término es fácil. ¿Cómo entender lo que hace un corazón que no es como el tuyo?, ¿cómo juzgar a una mente y a un espíritu sostenidos por criterios de medida y de justificación distintos y opuestos a lo que conoces?, ¿cómo calificar lo que supera tu comprensión del amor y la compasión?, ¿cómo valorar lo que supera tus capacidades? ¿Cómo aceptar que la vida no es justa? Si el juicio es humano, ella cometió errores determinantes: ¿por qué anteponía a los demás sobre ella misma?, ¿por qué prefería dar a otros que a sí?, ¿por qué elegir la pobreza material si podía ser distinto?, ¿por qué perseguir la riqueza espiritual?, ¿por qué no ir tras los abusadores, deudores, traicioneros, ingratos e hipócritas?, ¿por qué confiar?, ¿por qué servir y amar a quienes se aprovecharon?, la razón es compleja: su corazón no era como es el de la mayoría de los que habitamos este mundo vacío, desencajado y materialista. El desenlace fue el resultado de causas crueles; por tanto, ¿por qué importa?, importa porque el sufrimiento fue menor porque existió ella; importa porque sabemos que el mundo fue mejor por ella…

Más notas de Mónica Magaña-Jattar