Política

Pandemia, crisis y oportunidad

julio 12, 2020

A estas alturas de la pandemia parece ocioso hablar de la brutal manera en que la infección transformó la forma de vida, la convivencia y la estabilidad social del planeta entero. Es sabido porque millones de personas viven en carne propia tal situación, que de paso vino a cebarse en los países y comunidades más pobres del planeta, donde América Latina y el Caribe se han convertido en una de las zonas críticas de la pandemia de Covid-19.

La epidemia halló campo fértil en nuestros países con estructuras de protección social débiles y socavadas por decenas de años de implantación de un neoliberalismo depredador, que sepultó conceptos como los de estado de bienestar o de protección medioambiental; hizo presa a cientos de miles de ciudadanos que no cuentan con la protección estatal suficiente para cuestiones de salud pública, todo ello, en medio de profundas desigualdades económicas y una población empobrecida.

En tal situación, la Cepal advierte que el Covid-19 provocará en la región la peor recesión de los últimos 100 años y estima que provocará una contracción del 9.1 por ciento del producto interno bruto (PIB) regional en 2021. Esto podría aumentar el número de personas en situación de pobreza en América Latina en 45 millones (hasta llegar a un total de 230 millones de personas), y el número de personas en situación de extrema pobreza en 28 millones (para alcanzar un total de 96 millones de personas), poniéndolas en riesgo de desnutrición.

El informe denominado El impacto del Covid-19 en América Latina y el Caribe establece un desalentador y oscuro panorama para una región que experimentó un número significativo de crisis políticas y protestas en 2019, el aumento de las desigualdades, la exclusión y la discriminación en el contexto de la pandemia afectará negativamente el goce de los derechos humanos y los avances democráticos; y agrega que dicha "situación, de no atenderse, podría eventualmente derivar en malestar social y disturbios. Antes de la pandemia, el modelo de desarrollo de la región ya enfrentaba graves limitaciones estructurales: elevados niveles de desigualdad, limitaciones de las balanzas de pagos y exportaciones concentradas en sectores de baja tecnología, lo que se manifestaba en crisis cambiarias y de deuda recurrentes, bajo crecimiento, altos niveles de informalidad y de pobreza, vulnerabilidad al cambio climático y a los desastres naturales, y pérdida de biodiversidad. Los indicadores sociales negativos se veían –y se continúan viendo– agravados por las tasas extremadamente altas de homicidios y de violencia de género, incluido el feminicidio".

No obstante, encuentra una ventana de oportunidad para transformar el modelo de desarrollo de América Latina y el Caribe y, al mismo tiempo, fortalecer la democracia, salvaguardar los derechos humanos y mantener la paz, en consonancia con la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Sin embargo, la cosa no es esperar a que la situación se componga por sí misma, pues es sabido que los costos de la desigualdad en la región se han vuelto insostenibles y recomienda abordar las causas profundas de la desigualdad, la inestabilidad política y los desplazamientos.

Estas medidas, a su vez, exigen el establecimiento de pactos sociales para dotarlas de legitimidad y apoyo, un firme compromiso de lucha contra la corrupción y la delincuencia organizada, así como una presencia efectiva, responsable y eficaz del Estado en todo el territorio. La tarea, en nuestro país, difícil de sortear en condiciones como las que vivimos, reclama la concurrencia de esfuerzos de todos los sectores de la sociedad, exige alejarse de mezquindades, odios y resentimientos, y plantear la lucha política no desde una visión suma cero sino pensando en un futuro en que la destrucción del adversario implica la aniquilación del proyecto de nación.