Política

Democracia universitaria o paria paribus

junio 16, 2020

Se nos dice que es momento de una nueva normalidad o incluso realidad, y eso no podría ser más cierto. Las circunstancias ya han mutado y no volverán a ser iguales, por imposición o por ventura. Ante ambas posibles motivaciones, lo mejor es una conciencia ética colectiva y una amplia actividad incluyente en los cambios y las decisiones que hayan de definir el rumbo. Tomarse en cuenta para todos los terrenos a fin de precaverlos de tentaciones autoritarias —como dicen en las esferas analistas— y, por supuesto y en especial, en las comunidades universitarias no ha de omitirse esta coyuntura potencial de predicar con el ejemplo, dado que se trata de los espacios formativos que tendrán incidencia directa en el enfoque profesional que encarará los retos para el futuro de la humanidad.

Si en el mundo de la so-called "democracia liberal" imperaron el carrerismo y una interpretación utilitaria de la educación, y asumiendo la premisa sine qua non de buscar que esa nueva ruta social no reproduzca los viejos vicios que condujeron a la calamidad; particularmente los organismos educativos especializados en "política" —pensada en la acepción de la Antigüedad, que supone un compromiso común, en un condensado de todo aquello en torno a lo "público" y lo "social"— como laboratorios de la realidad, son baluarte de la politización ciudadana y la introyección de valores profesionales a practicar. Cuestiona al respecto Heinz Dieterich: si la corrupción de la abogacía es por todos conocida, ¿qué enseñan las instituciones dedicadas a ella?

Los miembros frescos de la ciudadanía vienen de las escuelas y su desempeño en sociedad en buena medida depende de lo ahí aprendido, de manera que si bien prepararlos con ejercicios democráticos siempre debió ser una exigencia, sobre todo en las del ámbito público, más ahora, cuando enfrentamos un hito de incertidumbre pospandemia. Estos espacios deben promover la vocación y el libre intercambio de ideas, y desprenderse de dogmas, grillas y otros "-ismos" que socavan en el estudiantado tanto las expectativas como la creatividad —indispensable para el desarrollo humano—, de la que, denuncia Oli Mould, se distorsionó el sentido con tal de perpetuar la rentabilidad de la "domesticación del talento" y, por ende, la precarización laboral y la desigualdad, por medio de propaganda consumista.

"La práctica hace al maestro", afirma la sabiduría popular. Y cultivar una visión de mundo democrática y justa empieza dentro de las instituciones académicas —sí, claro, se incuba en el núcleo familiar, pero no vamos a entrar a lo del huevo y la gallina—, de modo que para ello, deben evitarse a toda costa retóricas como la "autonomía de gestión escolar" de la glorificada reforma educativa de Peña Nieto, que implicaba en realidad, de forma exclusiva, una socialización del gasto escolar y consiguientemente la lucrativa intervención de empresarios "bondadosos" en el sostenimiento de dichas instancias. Esto, porque todo mundo sabe que las elecciones de consejeros estudiantiles son absolutamente inanes, una pantomima.

A los que exaltan los contrapesos institucionales y deploran los encubrimientos —que derivan en escándalos como el #MeToo de la UV— así como la intromisión del gobierno y asuntos partidistas, habría de interesarles un ejercicio consciente de democracia participativa que irrumpa en los rancios esquemas elitistas. Regatear el que debería ser un derecho de las comunidades universitarias es confirmar la presunción de superioridad ante masas ignorantes e incorregibles.