Plebiscito interior
junio 15, 2020 | Jose Enrique Sevilla Macip

No es ningún secreto que la vida política mexicana ha entrado de lleno a una dinámica bipolar. Dicha bipolaridad subyacía nuestro sistema político desde hace varios años, pero incluso durante la elección presidencial de 2018 y los meses posteriores, había todavía en la conversación pública espacio para los matices. Esto ha dejado de ser así en los últimos meses, y durante la semana pasada el presidente se encargó de dejarlo claro de forma explícita al menos tres veces.

Dijo, durante su gira en el sur de Veracruz y a propósito del tuit de Enrique Krauze en el que idealizó al gobernador de Jalisco como un émulo contemporáneo de Mariano Otero por oponerse a la Federación, que era momento para todos de tomar partido. Estamos con la transformación del país (con él), o estamos en contra. Posteriormente fue la publicación del documento que supuestamente delinea la conformación de un bloque opositor a Morena por parte de todos los partidos políticos, organizaciones y personajes desafectos a López Obrador. Y finalmente, en otra declaración, el presidente expresó su deseo de transitar hacia un bipartidismo compuesto "por el partido liberal y el partido conservador", recurriendo a esos decimonónicos apelativos que tanto le gustan.

En principio, lamento el afán de atizar el antagonismo, aunque lo entiendo en tanto necesidad política en una coyuntura crítica como en la que ha ingresado México durante el primer semestre de 2020. A propósito, sendos comentócratas -empezando por el propio Enrique Krauze – se han referido a la distinción amigo-enemigo planteada por el jurista alemán Carl Schmitt, no tanto por su utilidad analítica para entender el momento mexicano (que la tiene y de sobra), sino para aprovecharse de las afinidades políticas inconfesables de Schmitt y hacer una crítica fácil al presidente. Porque sí, Schmitt fue simpatizante abierto del nacionalsocialismo alemán. Ahora, descalificar su obra en función de esa militancia más que de sus argumentos concretos es un error que sus críticos han repetido por décadas.

Porque al final, por más diálogo o negociación que pueda desplegarse en la arena pública, llega un momento en que los participantes deciden una frontera entre uno y su contrincante. Y eso, inherentemente, no tiene nada de malo. Hay posiciones negociables, y hay otras que no. Lo que ocurre sencillamente es que, en las coyunturas críticas, son las posiciones no negociables las que avanzan al primer plano, y por ello demandan la toma de partido entre dos alternativas mutuamente excluyentes. Estas coyunturas son peligrosas desde luego, porque abren la puerta a escenarios impensables en condiciones de normalidad institucional. Con todo, su desenlace no necesariamente está determinado de antemano, y es perfectamente posible transitar, una vez pasada la coyuntura crítica, a un estadio de mayor civilidad política entre adversarios, donde la transigencia vuelve a ser una opción consuetudinaria.

Pienso todo esto, obviamente, porque está en todos los noticieros, periódicos y mesas de discusión. Pero también porque, todavía inmersos en la pandemia de COVID-19 y apenas empezando a avizorar las consecuencias de la debacle económica que viene, es inevitable dudar de los propios límites de tolerancia ante las dificultades y los fracasos que está enfrentando el actual gobierno federal. Y lo digo, claro está, porque voté por el hoy presidente y su partido.

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Desde hace meses, abundan en redes sociales testimonios de diversas personas públicas externando su desilusión ante el gobierno de López Obrador – principalmente en función de los recortes a instituciones educativas y culturales, la acogida de personajes controversiales o de plano impresentables en el seno del oficialismo, o la creciente importancia de las Fuerzas Armadas en tareas que escapan a sus responsabilidades legales. Dicen que "no votaron por eso". Pero lo cierto es que, si somos sinceros con nosotros mismos, lo suficiente para asumir nuestra responsabilidad política, es que sí votamos "por eso". Cierto, difícilmente hallaremos a alguien que diga explícitamente que votó deseando una reducción al presupuesto de cultura. Pero si de verdad pusimos algo de atención a la campaña, el voto por López Obrador fue siempre el voto por un cambio de régimen. Y eso es lo que estamos viendo.

Quizás las consultorías que han tomado el control de las campañas electorales durante las últimas décadas nos saturaron con candidatos que se llenaban la boca hablando de "cambio", al punto que la palabra perdió todo sentido. Pero hoy, qué duda cabe, las cosas están cambiando. ¿Es el cambio que cada uno de los 30 millones de votantes de López Obrador esperábamos? Difícilmente. Pero el cambio está ocurriendo y, por lo tanto, surgen algunos miedos ante la incertidumbre de los derroteros que habremos de seguir. Miedos, me atrevo a decir que comprensibles, puesto que lo que hemos visto durante estos primeros dos años de gobierno ha sido principalmente la labor de demolición del régimen de la transición mexicana. Es decir, estamos en ese espacio intermedio entre uno y otro régimen que, a decir de Gramsci, representa ese claroscuro donde surgen los monstruos. De momento, vale preguntarse: ¿somos corresponsables de esta destrucción? Sí, y más vale asumirlo con responsabilidad.

Una coyuntura política crítica exige, entonces, decidir. Y esa decisión debe tomarla cada uno de los ciudadanos, aunque no nos guste. Hasta aquí creo haber dejado en claro mi posición. Ante la exigencia del presidente, y porque sostengo que dicha exigencia está fundada en las necesidades de la coyuntura nacional, refrendo mi decisión de 2018 y asumo la responsabilidad, como ciudadano, de aquellas políticas que comparto cuanto de aquellas que personalmente desapruebo. Es, de hecho, a propósito de estas últimas que una pregunta aún más difícil. ¿Hasta dónde caminar con el presidente? ¿Cuántos desacuerdos con su forma de ejercer el gobierno exigen renegar de la afinidad ideológica? ¿Cuántas políticas públicas fallidas o improvisadas? ¿Cuántos disparates discursivos?

No lo sé, ni creo que en la posibilidad de establecer una línea roja claramente discernible. Pero preguntárselo no es baladí. Al menos para alguien que, como yo, es incapaz de desplegar la fe militante de algunos sectores del obradorismo. Escribió alguna vez José Vasconcelos, con aguda intuición, que las revoluciones las comienzan los idealistas y las consuman los criminales. Me aventuro a decir que esto ocurre, precisamente, porque en algún momento – más temprano que tarde – esos idealistas se desilusionan con el desenvolvimiento de los acontecimientos y terminan por desertar, por volver al bálsamo del mundo de las ideas, abriendo paso a los criminales que, sin escrúpulos y con los pies bien plantados en la realidad material, tripularon el movimiento únicamente en función de sus ambiciones personales. ¿O es simplemente que los idealistas se convierten en criminales? Tampoco tengo respuesta, al menos todavía. Hacer política es decidir, sí. Y hacer buena política es enfrentar las consecuencias de las propias decisiones. Mi decisión de hoy está tomada. ¿La de mañana? Ya se verá…

Twitter: @jesevillam

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