Política

ECP*

junio 10, 2020

Hacia el fin del neoliberalismo, o el de la especie

Las economías del mundo, especialmente las del mundo desarrollado, enfrentan desafíos monumentales por la pandemia de Covid-19 y sus impactos. Un bloqueo sin precedentes instrumentado por los gobiernos para contener al virus ha desatado tanto una crisis de medios de vida derivada del cierre generalizado de negocios y la actividad económica como las esencias autoritarias de gobiernos que se ostentan como democráticos. Esto en el mundo y en el país, desde luego. El caso del gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, oscila entre lo referencial y lo cómico.

Pero si proteger vidas es lo imperativo, así como se planea la reactivación de actividades por la densidad de población, su posibilidad de contagio y la virulencia local, entonces se debería incluir los pasos que la sociedad –las sociedades del mundo y sus gobiernos– deben considerar para prevenir el hambre, la desnutrición y la miseria en una escala que la civilización humana no ha visto en décadas, en el mejor de los casos.

Durante casi cuarenta años, los países de todo el espectro del desarrollo conocieron sólo un mantra para la gobernanza económica: independientemente de las circunstancias, el mecanismo del mercado proporcionaría las soluciones. Sostenían que el juego de la "mano invisible" corregiría la peor de las inestabilidades por que el mercado tenía el poder de corregirse a sí mismo. Mantra que vino de Washington en la forma de consenso entre corporaciones muy poderosas y sus patrocinadores en el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. El objetivo único era ampliar el alcance de las corporaciones multinacionales a través de las políticas de liberalización económica, privatización de los activos productivos del Estado creados y pagados por los contribuyentes y la globalización de las economías, esencialmente para permitir que las finanzas internacionales fluyeran con libertad y mayor influencia.

El único resultado significativo del Consenso de Washington fue que siguió aumentando la desigualdad dentro y entre los países. La participación de los salarios en el valor agregado total de las fábricas se fue al mínimo histórico o, dicho en de otro modo, los salarios se depauperaron consistentemente año con año mientras que las ganancias de los capitalistas ascendían a niveles sin precedentes.

A nivel global, más del 90 por ciento de la fuerza laboral no tiene seguridad laboral –y ni hablar de seguridad social– de la que puedan depender en tiempos más duros. La explotación severa de los campesinos (casi el 90 por ciento de la comunidad agrícola total) por parte de los intermediarios que gobiernan los mercados agrícolas ha amenazado durante mucho tiempo con hacer de la agricultura una ocupación inviable. Curiosamente, los responsables de las decisiones económicas en todas las esferas públicas tenían poca o ninguna preocupación de que una crisis en el sector agrícola pudiera empujar a los países del mundo en desarrollo a una situación de extrema inseguridad alimentaria.

A pesar de las varias protestas por el mundo, rara vez fueron escuchadas por las élites gobernantes y buena parte de las clases medias. Este lado jodido de la sociedad somos y hacemos ha sido expuesto por la pandemia. La difícil situación de las decenas de millones que llena el espacio mediático mundial no son más que crónicas de la miseria que éste sistema económico dominado por el mercado ha acumulando sobre los asalariados en una variedad obscena de formas.

Lo irónico es que este sistema de explotación ha florecido en un ambiente de política democrática. Pero una democracia donde la gente solo proporciona legitimidad a los que gobiernan. Pero los gobernantes neoliberales han gobernado por y para los dogmas, el fundamentalismo de mercado; y esto es una ideología que va contra las personas que eligen el gobierno.

El Covid-19 ha cambiado la realidad económica de las últimas décadas de dos formas: uno, ha llevado a un colapso completo del mercado que estaba impulsando la economía y la política, y, segundo, y más importante, salvo un par de excepciones, los actuales gobiernos se están enfrentando directamente con las miserias de las mismas personas que los eligieron.

Esto ha creado una situación sin precedentes, en la que los gobiernos deben abordar la difícil situación de la persona en la calle; cuanto más tarden en responder, más lejos estarán de volver a cualquier apariencia de normalidad.

La respuesta de los gobiernos debiera ser doble: primero, a corto plazo salvar vidas y medios de vida afectados por la pandemia y el cierre, y, segundo, deben dar un paso atrás al modelo económico que mantiene una parte abrumadoramente grande de la clase trabajadora y los pequeños productores en un estado de miseria casi absoluta sin reservas ni resistencia. La distribución equitativa de los beneficios económicos. Justo el empeño de este gobierno federal.

*Es Cosa Pública

leopoldogavito@gmail.com