Política

EL PARAISO DE LOS LOCOS Memorias de una libertaria (X y XI)

mayo 30, 2020

X

VICTIMAS DEL 5 Y 6 DE JULIO

En México, si Caín no mata a Abel, Abel mata a Caín.

General Álvaro Obregón

Jueves, 23 de abril de 1959.

Algo pasó, estoy segura que la señora de los pelos grises debió entrar a mi habitación, el espejo está roto, mi mesita de noche volteada, los papeles regados por todo el piso. Valentina está agachada junto a mí consolándome, estoy llorando. La pobre de Valentina tiene un párpado rasgado, maldita mujer que no nos deja en paz.

-¿Se siente mejor, señora?

-Sí, Valentina, gracias; déjame sola.

-Pero, señora, ¿no quiere que llame al doctor?

-No es necesario; déjame sola por favor.

Trato de incorporarme, recojo lo que queda de mi cuadernito salva memoria. ¡Maldita bruja!, sigue presente en mi vida. Me siento en la cama, me alejo de los pedazos de vidrio y lloro. Lloro sobre estas líneas, cae mi humor líquido. Sí, estoy llorando porque lo extraño, no sé si a Jordi, o al Sr. Keaton, o a quien carajo, sólo sé que ya ha pasado mucho tiempo y las miradas, caricias, el calor de la compañía se pierden en el pasado, en algún lugar. Estoy olvidando aquellas sensaciones y juro por lo más sagrado que tengo, que es precisamente mi memoria, que no quiero que se pierdan. ¿Qué pasa conmigo?, ¿qué pena estoy cargando?

Hago un esfuerzo por recordar los momentos que vivimos juntos, quiero sentir aquella sensación que me hacía sentir viva, sus caricias, sus palabras, se me complica recordar, ¿qué es todo aquello de tierra mojada?, busco entre los papeles revueltos por la maldita loca, lo encuentro, lo leo, será que como dice el poema:

-¿Es todo?

Será que, como dijo el "profeta de la Huaca", soy yo la que está perdida en mí misma. Soy yo la que me extraño, la que me amo y me pierdo, no lo sé, me da pena reconocer que a mi edad sufro aún con estas crisis existenciales de quinceañera de rancho. ¿Qué es lo que realmente extraño?, ¿qué es lo que he perdido?, no lo sé, aún.

-¿Es todo?

Sin sentido, sin esperanza, tal vez por eso fui reclutada por estos que están más locos que yo. Ya no tengo más que perder, debo terminar el trabajo y que mi nombre se pierda en el olvido. El dinero ya no es problema, tampoco las ganas de sobresalir, ya no tengo a nadie. Recordar, esfuerzo supremo, todo en la vida requiere un esfuerzo, prefiero el estreñimiento, en fin, me viene a la mente el sermón del Padre Caspiano, ¿cómo era?: Hágase señor tu voluntad… o algo así, hace tanto tiempo que no voy a misa.

-Jordi, sí, Jordi, que no se me olvide.

-¿Habrá rezado Jordi antes de morir?, no lo creo, Jordi sólo le temía al olvido, porque ni Dios tuvo, o al menos eso pregonaba, estaba orgulloso de ser ateo.

-¿Mr. Keaton? -sí, el gringo, el maricón americano, mi esposo, que no se me olvide.

Tal vez debo dejar de escribir, a quién le importa lo que una prostituta haya hecho por amistad, ¿importa la amistad?, o ¿seré una tonta convencida de que el mundo será mejor cuando todos compartamos?; todos por igual, también los dolores, porque algunos cargamos más tiempo que otros. Sí, un comunismo universal, que incluya los pesares. Pero la realidad es otra, al fin y al cabo realidad. Con la calidad de compañeros que formaban la esencia misma del movimiento, era muy poco a lo que se podía aspirar. Para muestra un botón: el "faifas", quien decía que no podía confiar en una doctrina que tuviera por bandera una hoz y un martillo, porque nunca había trabajado, ni pensaba hacerlo. La "cotorra", quien no sabía nada de doctrinas o pensamientos, más que robar y tomar aguardiente. Doña Abad, a quien no le interesaba la forma, sino el fondo, que consistía en no pagar renta. Mundaya, o el alemán Eiseme Simons, para quienes el movimiento era una oportunidad para vivir sin pagar renta.

Los pocos que podían imprimirle sustancia y motivación al movimiento eran los viejos, y éstos, como yo ahora, ya estaban desencantados, por no decir cansados de luchar por aquel ideal supremo al que todos aspiramos: La justicia. Pero era más fácil encontrar al "Josticia" que la justicia misma. Y cuando hablo del "Josticia", me refiero a Eulalio Zamarripa, un gendarme vecino del patio el "Pensamiento", allá por la calle de Paso y Troncoso, que era muy conocido en la zona roja de Guerrero. Aquel Gendarme era de origen indígena, piel curtida y bigotes al estilo Cantinflas, pero eso sí, muy "derecho" en su actuación como representante de la ley.

Su cándido comportamiento en aquella zona llena de corrupción le hizo ser acreedor a nuestro respeto. Las muchachas siempre lo saludábamos cortésmente y sin vulgaridades. Su apodo se debía a que hablaba muy mal el español, pero en su afán por cumplir con su deber buscaba a quien le leyera el reglamento de policía y buen gobierno. Además de completar su formación policial con los consejos e historias del "profeta de la Huaca", quien le llenaba la cabeza con sus anécdotas republicanas de Don Benito Juárez, diciéndole que al igual que el indio de Guelatao, el buen Eulalio también podía llegar a ser alguien en la vida.

La anécdota de su apodo se debió a que cierta noche dos compañeras de la zona peleaban por las atenciones de un cliente habitual. La gresca se prolongó por varios minutos debido a las características de las contrincantes, que eran del tipo peso completo, ambas robustas. No habiendo poder humano que las separase, las dos compañeras se convirtieron en una especie de tornado que barría con lo que encontrara a su paso. Puestos de frutas y un mondonguero fueron sus primeras víctimas colaterales, después siguió un puesto de tamales cuya olla voló por los aires, haciendo peligrar a los mirones, pues uno de los anafres quemó a un niño. La situación se tornó más peligrosa al rodar ambas mujeres por la avenida y aunque en aquel tiempo no había el tráfico de hoy, sí, estaban expuestas a que las atropellara el tranvía.

Eulalio Zamarripa, que estaba en su rondín habitual, llegó a poner orden repartiendo macanazos a diestra y siniestra al grito de: -¡Ya llegó la josticia! El respeto que imponía Zamarripa, no tanto por su cuerpo -que debió ser de mi altura- , sino por su honradez y buenos servicios en la zona, le valieron para que ambas contrincantes se separasen, no sin antes amenazarse y recordarse a sus respectivas progenitoras.

Los cargadores y carretilleros de la zona de los mercados que habían presenciado aquella lucha no tardaron en bautizar a Eulalio como el "Josticia", apodo que llevó hasta el día de su muerte, ocurrido cuando intento hacer valer el mentado reglamento, pues quiso detener a un funcionario del Ayuntamiento que se orinaba afuera de una cantina. El funcionario le respondió que no había más reglamento o ley que la que imponía la voluntad de su revólver y ante la imposibilidad de defenderse -pues a Eulalio, en la Comandancia, sólo le daban una macana- recibió la descarga del contenido del tambor del revólver.

El sepelio fue muy triste, más que el de la mamá de Carmelita Peña, y lo digo porque me consta que Eulalio se había granjeado el respeto y amistad de todos en al zona roja de la avenida Guerrero. La anécdota para recordar de aquel sepelio corrió a cargo del claridoso tío Tito Zamudio, cuando el "profeta de la Huaca" intentó decir un discurso destacando las virtudes republicanas del buen Eulalio Zamarripa.

-¡Ya cállate, pinche viejo loco!, que por tu culpa se chingaron al "Josticia" -le gritó el tío Tito.

El "Profeta de la Huaca" intentó guardar la calma y proseguir con el discurso fúnebre, pero poco pudo hacer porque el tío Tito replicó con mayor fuerza.

-¡Que te calles, pinche viejo! Si no le hubieras llenado la cabeza de tantas pendejadas, este pobre cabrón seguiría vivo.

Pero murió en cumplimiento de su deber, queriendo hacer valer la justicia -murmuró el "profeta".

Entiendo que teníamos un gran pesar, y estábamos muy tistes por la muerte injusta de un buen hombre, consternadas, porque todas nosotras teníamos en buena estima a aquel hombre, que en más de una ocasión nos había ayudado en momentos difíciles. Por eso no me causó extrañeza que la propia María González se acercara al "profeta" para decirle en su cara unas palabras, que posteriormente anoté y guardé porque sentí eran muy importantes.

-Mira, viejo, si tú estás loco, nosotras no, ¿Sabes lo que significa la justicia realmente? Para mí justicia es que este pobre hombre recibiera un sueldo decoroso, pues todos los días arriesgaba su vida en estas calles, un uniforme y sus herramientas de trabajo. Mira, ni el sepelio cubrió el Ayuntamiento y lo venimos a dejar a la fosa común. No, "Profeta", si realmente quieres hacer el bien, no engañes a la gente, aquí no hay campo para la justicia.

El "profeta" guardó silencio, de ahí nadie volvió a hablar, sólo se escuchaba el ruido de la tierra cayendo sobre la humilde caja de madera.

María González tenía razón, la palabra justicia se volvió obsesiva en mi mente aquel día. Donde todo se volvió gris, el viento se dejó sentir con fuerza debido a la entrada de un potente norte que nos hizo retirar aprisa del cementerio.

Pobre Eulalio, ejercía su profesión con honradez y ahínco, a pesar del exceso de carencias que lo envolvían para cumplir con su deber. A distancia me sigue maravillando cómo aquel hombre compraba de su propio sueldo su uniforme, que siempre mantenía pulcro y aún ante la adversidad siempre se sentía orgulloso de poder ayudar y servir a los demás como policía. El buen "Josticia" antepuso todo a sus principios y, como dijo María González, se lo llevó la chingada.

El tío Tito alguna vez lo explicó de otra forma, a manera de fábula y poniendo de ejemplo los gallineros de su natal Alvarado me decía que en la vida había que esforzarse por ser gallina de las de "arriba", porque ésas se cagan en las de abajo.

Ejemplo prosaico pero muy válido, pues yo lo entendí con el paso del tiempo, cuando pude ver en vivo y en directo un gallinero. Efectivamente, las gallinas más fuertes buscaban el lugar más alto, por varias razones: una de las principales, supongo, que es para evitar a los "mapaches" y otros animales que merodean por la noche y que pueden llegar primero a atacar a las de abajo y luego se encuentra el tema del excremento, las del piso inferior siempre recibirán todo de las del piso superior. Ese ejemplo también sirve en el caso de los "pichos", que buscan su lugar para dormir en el Zócalo de la Ciudad. Los de las ramas de arriba cagan a los de abajo y éstos por último ensucian a los transeúntes distraídos que se sientan en las bancas.

De regreso en el tema de los movimientos de la tropa, como dije, la movilización y cambio de tropa de la guarnición de la ciudad, la llegada del general Guadalupe Sánchez procedente de Tuxpan, después de haber sofocado una revuelta de un militar rebelde, un tal Eusebio Gorozave, nos daban a Jordi y a mí muy mala espina, pero ningún dirigente del movimiento tomó medidas para evitar un choque con el ejército.

Por el contrario, envalentonados, algunos dirigentes apoyaron o se hicieron de la vista gorda con algunas tropelías de los sindicalistas que no tenían justificación -que sí lo fueron y hay que aceptarlo-, como el caso de la ocupación del Trianón, que se encontraba en prolongación González Pagés, propiedad de Manuel Alandro.

Ese edificio estaba en remodelación y fue el que el cubano Emilio Mundaya eligió para ser tomado por él y sus amigos, que incluía al "mudo" Aniceto González. Si bien es cierto que la población de la ciudad no estaba de acuerdo con la forma de actuar de los propietarios explotadores, en el caso del Trianón era diferente, porque el señor Alandro, era un señor de edad avanzada y contaba con la ventaja de ser una persona honorable y reconocida en la ciudad.

A los pocos días los invasores fueron desalojados y detenidos. Debido a los antecedentes de Mundaya, la burguesía jarocha exigía a las autoridades que se escarmentara al extranjero y sirviera de ejemplo a los demás agitadores.

Los métodos del Sindicato empezaron a salirse de control, algunos compañeros tomaron el movimiento con un sentimiento jacobino ultra radical, al grado de obligar a los inquilinos pacíficos y que pagaban sus rentas a unirse al movimiento, con la amenaza explícita de que de no hacerlo se les aplicaría la dosis de "caballo, paseo y baño".

Los miembros del sindicato que todavía guardaban algo de sensatez vieron con horror lo que estaba pasando. Ciudadanos pacíficos, como la señora Manuela Córdoba, que no se metía con nadie, fue salvada de milagro por cuatro gendarmes que llegaron en su auxilio. Los meses de mayo y junio fueron de mucha tensión, pero lo peor estaba por venir. Herón estaba a punto de meter orden con los radicales por los constantes atropellos a la población pacífica, lo que nos restaba popularidad, cuando aconteció un problema, que creo Proal no supo o no quiso controlar. Me refiero a su ira.

Ira que desató en contra de José Olmos, cuando este último, utilizando su derecho a disentir de los recursos económicos del sindicato, le pidió a Proal cuentas de las cuotas, que efectivamente Proal destinaba a una nueva sección del movimiento, el campesinado. Aquí, nunca quedó muy claro el por qué Herón quiso llevar la lucha al campo, a favor de quién. Con el paso del tiempo y la rebelión De la Huertista, se vio que el campesinado sirvió para apoyar a Obregón.

Jóvenes poetas, como el caso de Juan Rodríguez Clara, José Cardel y Úrsulo Galván, se acercaron al movimiento inquilinario para, desde ahí, conseguir recursos y apoyar la lucha de los campesinos en contra de los terratenientes, que eran apoyados por Guadalupe Sánchez. Lo que debió lavarse en casa trascendió en una escisión del movimiento que desembocó en los trágicos sucesos de julio.

El desacuerdo entre Proal y Olmos no era nuevo, pero se intensificó con la fundación de la colonia comunista, cuestión que para muchos moderados que integraba el movimiento era una "jalada".

Los moderados -muchos de ellos nativos de la ciudad- se basaban en el hecho de que primero debían lograr que en los patios existentes se introdujeran servicios básicos como agua y drenaje. No era posible irse a vivir a la selva, empeorando la seguridad de las familias que confiaban en el movimiento.

La decisión de apoyar a los compañeros campesinos no fue del todo acordada por la mayoría de los integrantes del directorio del sindicato.

Tal vez ahora entiendo un poco más lo que dicen es política. Pero a mis 21 años todo era nuevo para mí y por lo tanto lleno de misterio. Sin embargo, aún hoy en día me queda la duda si la historia comenzó o término aquel miércoles 5 de julio de 1922.

Aquel mediado de semana ya no se consideraba tranquilo. Como antes dije, el ambiente se tornaba ríspido con los movimientos de tropas. El regreso del General Guadalupe Sánchez y las órdenes dadas directamente por Obregón al Presidente Municipal de Veracruz para no permitir más desórdenes del Sindicato.

Entiendo que Herón estaba molesto con Olmos por el asunto de las cuentas del Sindicato, pero nunca imaginó que al señalarlo como culpable de los males del movimiento todo se vendría abajo. El "profeta de la Huaca" me comentó que fue un error táctico de Proal. No es lo mismo que las masas manifiesten su odio ante la intangible "burguesía" -que pueden ser todos- que lanzar un señalamiento directo hacia una persona en particular, esto mueve los resortes del populacho para acabar con el supuesto mal. Tan fácil como reducirlo al caso práctico de las piñatas, éstas representan el mal que hay que acabar, como los judas. La gente desfogaba su ira y sed primitiva de sangre en ese tipo de representaciones. Pero en el caso de Olmos era distinto, pues éste sí existía.

Como Robespierre, Herón sabía que su fuerza estaba en las palabras, en sus discursos incendiarios. Fue a mediodía en el parque Ferrer Guardia –conocido como Parque Inglés- cuando ante miles de seguidores señaló directamente a Olmos, acusándolo de traidor y vendido a los burgueses.

Los integrantes del Sindicato se miraron mutuamente, nadie se atrevió a contradecir a Proal, tal vez por miedo a que también fueran señalados. La máxima del líder anarquista: "Estás conmigo o contra mí", cobró vida en ese momento.

Aunque el cielo estaba despejado, se respiraba humedad en el ambiente, señal de que vendría un aguacero. Las horas fueron transcurriendo y el aglutinamiento de la gente en aquel lugar se fue intensificando con simpatizantes y curiosos. Para mediodía, el olor a humedad se mezclaba con el sudor de miles de mujeres, niños y hombres que gritaban sin cesar: ¡Viva el proletariado!, ¡Muera la burguesía!, ¡Viva la revolución social!, ¡Viva el compañero Proal!

Nuevamente, mi nariz me daba la razón y la pauta para sentir que algo estaba cambiando. Los vivas dejaron de ser primordiales para enfocarse en un solo "muera".

-¡Muera Olmos!, el traidor -gritó la "cotorra", subido en una de las bancas del parque.

-¡Que muera el malnacido! - siguió otra voz conocida, la del "faifas"

-¡Muera! -gritó la masa.

-¡Hay que encontrarlo y matarlo como a un perro! - enfatizó la "cotorra"

-Sí, como a un perro - gritó el populacho.

-¡Como a un perro! –gritó Doña Abad, mostrando un diabólico brillo en sus ojos.

Me gustaría aclarar que la definición "diabólico" brillo no la inventé ni me la contaron, yo misma la presencie. Pues Doña Abad estaba parada junto de mí, vendiendo tamales. De pronto, algo fuera de este mundo se apoderó de ella, porque dejó de ser aquella persona chismosa pero apacible que conocíamos, para convertirse en un ser siniestro. Sin medir el peligro, las consecuencias y mucho menos el abandono de su olla de tamales, se armó con un pedazo de tronco que tenía para la leña de su tamalera y adelantándose a los agitadores más conocidos, se subió de igual manera a una banca del parque y desde ahí, con un rostro ensombrecido y lleno de odio, arengó a la multitud.

-¡A buscar al maldito traidor! Busquemos a Olmos y matémoslo como a un perro -gritó frenética Doña Abad, expeliendo una especie de grumos blanquecinos que se le formaban en la comisura de la boca.

-¡Sí, a matar al traidor! –gritó la "cotorra", uniéndose a Doña Abad en la cacería.

Jordi, el Jordi soñador, el de las aventuras en Cataluña, volvió su piel transparente. Al tomarlo de la mano, sentí que estaba frío, tan frío como el mármol que trabajaba Olmos. Al mirarlo a los ojos, por primera vez observé en su rostro el reflejo del miedo. Ya no era un grito, sino miles, ya no eran personas, era una masa arrolladora que se precipitaba por las calles de la ciudad buscando a su presa. Casi todos los miembros de la directiva del sindicato se quedaron junto a Proal observándolo. Éste se mantenía erguido con los brazos cruzados, impávido, como si no le importara la vida de aquél que en su momento fuera su amigo.

-Conmigo o en contra de mí -susurró.

Tuvimos miedo ante la frialdad de aquel hombre que admirábamos, ante los futuros acontecimientos que jamás previmos, miedo a que estuviéramos equivocados. Jordi mantuvo mi mano apretada. Como si la cacería ya estuviera previamente armada, algunos niños que seguían los pasos de Olmos llegaron hasta el primer contingente que marchaba en busca del traidor, para avisar acerca de su paradero.

- ¡Está en ca è su hermana!, ¡está en ca è su hermana! -gritaban los chiquillos como si aquella declaración fuera parte del juego de las escondidas.

La casa de la hermana de Olmos estaba a pocas cuadras del Sindicato, en el patio del "toro". Los compañeros hicieron presencia hasta ahí armados de machetes, piedras y palos. Como era aún de día no hubo necesidad de antorchas encendidas para darle al momento un toque siniestro como película de terror. Por supuesto que Olmos tenía más miedo que todos nosotros, él era el cazado. Imagino que debió haber maldecido mil veces la hora en que se había metido a redentor de los pobres y debió extrañar no estar puliendo mármol o cincelando alguna lápida que no fuera la suya.

Gracias a una vecina de los Olmos que avisó en la comandancia del suceso, llegaron cinco policías en auxilio del maestro marmolista, los cuales de poco sirvieron porque, como llegaron echando tiros y bravatas, fueron desarmados y golpeados por la muchedumbre. La cosa pudo haber estado peor cuando, en su desesperación por salvar la vida, Olmos sacó un revólver para tratar de defenderse; para bien o para mal el revólver se encasquilló. Olmos y los policías estuvieron a punto de ser linchados -omitiendo la turba el tradicional paseo y baño-. Cuando llegaron en su auxilio las fuerzas federales, al mando del Comandante Militar Aarón López Manzano, el marmolista y los gendarmes se salvaron de morir mediante una horrible paliza.

Para esas horas del día la suerte ya estaba echada. Los esbirros del gobierno de Obregón trabajaban en desinformar a los miembros del Sindicato. Que si Olmos ya estaba muerto, que si Proal era un asesino, que si el Sindicato estaba dividido. No era necesario mucho esfuerzo para realizar la labor de desinformación, con dos o tres que trasmitían mensajes a las mujeres y a los chamacos todo se esparcía por la ciudad con una velocidad asombrosa. Aunado a lo anterior - creo que fue por el olor a sangre-, las masas frustradas por no darle su merecido a Olmos, fuera de control y azuzadas por los radicales marcharon frenéticas rumbo al parque Ferrer Guardia para darle cuentas a Proal de lo acontecido.

Junto con la muchedumbre también llegaron al parque las tropas federales del Coronel Aarón López Manzano, quien pistola en mano trataba de pasar entre los manifestantes para detener a Herón, con base en una rápida orden de aprehensión girada en su contra por el intento de asesinato de Olmos. Sin embargo, todo se complicó para ambos bandos. Aún hoy tengo la seguridad que fueron los mismos infiltrados quienes hirieron a los soldados que estaban al pendiente de darle seguridad al Coronel López. Entre ellos se encontraba el Teniente Valtierra, quien al estar cuidando la espalda de su jefe descuidó la suya y recibió de una mano cobarde y siniestra una puñalada en el cuello.

Valtierra soltó su fusil y se cogió el cuello emitiendo un agudo y terrible ruido que, junto con el potente chorro de sangre que baño a los asistentes, fue causa de que el Coronel López desistiera de la detención.

Rodeado por sus hombres, el Coronel López salió de aquella masa humana, mientras dos soldados arrastraban al Teniente Valtierra dejando un macabro rastro de sangre por el parque. Mientras la tropa cortaba cartucho y parapetados en sus camiones se alistaban a apuntar contra la gente.

La sangre había manchado la espalda del Coronel López haciendo creer a sus subordinados de que estaba herido, el mismo López pensó que así era. En el último momento tomó el control de la situación y ordenó a la tropa que se replegara. Ante la imposibilidad de detener a Proal los militares optaron por retirarse a sus cuarteles y dejar la detención para otro momento.

La retirada de la tropa ocasionó en los presentes una especie de locura colectiva. Doña Abad reía como una loca mientras la sangre del Teniente Valtierra escurría por su cara -fue la primera en estar cerca de él-. Algunos hombres de aspecto indígena tocaban la sangre del Teniente y se la embarraban en su rostro como una clara señal de ser símbolo de guerra. Aquella efímera victoria desató la conciencia frustrada de más de mil almas reunidas en el parque.

Sin embargo, pasado el éxtasis y retirados los soldados, nos percatamos que había muchos heridos, niños y mujeres lloraban por el susto de las bayonetas y los disparos al aire. La sangre de Valtierra ya no era la única pisoteada por todos en el parque.

Porfirio Sosa se encargó de dar las instrucciones para que la gente herida fuera a los hospitales cercanos y a la Cruz Roja. Proal seguía manteniendo una pose fría y distante, como que estaba posando para un cuadro, sin percatarse de lo ocurrido. María López cogió a "petonito" de la mano y a pesar de la insistencia del mocoso por quedarse a ayudar a su amigo, "presa é pollo" huyó del parque excusándose de que la situación era muy peligrosa para el niño. Por su parte Doña Lola se mantuvo cerca de las demás mujeres y niños, tomando de la mano a "presa é pollo", pero en la otra sosteniendo una piedra de molcajete.

Herón salió de su trance "napoleónico", no por los gritos y alaridos de los heridos, sino por los comentarios que le hizo al oído Porfirio Sosa. Las palabras -las cuales desconozco-, lo regresaron a la realidad, percatándose que la situación era grave. Un militar muerto y varios heridos, no era cosa que sus compañeros iban a dejar así. Aconsejado por el mismo Porfirio Sosa, se decidió marchar rápidamente a las instalaciones del Sindicato, mientras se elaboraba una solicitud de amparo para evitar que fuera detenido. Jordi y Elías decidieron fungir como guardaespaldas. Con la ayuda de María Luisa Marín, María González, Doña Lola y yo organizamos una escolta para nuestro mentor hacia el local del Sindicato. Entramos por la calle de Mario Molina, antes del Vicario, y doblamos en Landero y Coss. Una vez en las instalaciones del sindicato de inmediato mandamos al "profeta de la Huaca" con un escrito de solicitud de amparo a la Juez de Distrito, para que llegada la mañana, pudiéramos salvaguardar nuestros derechos. A las mujeres nos tocó la tarea de hablar con los grupos de inquilinos para que no se fueran a sus casas, que montaran guardia afuera del Sindicato y así evitar que las fuerzas federales se llevaran a Proal. Pero las cosas se siguieron complicando.

Proal y Sosa estaban muy cansados, sin embargo hablaron durante el resto de la tarde a las personas que se encontraban afuera del sindicato. Al caer la noche, la gente que nos acompañaba se fue a sus casas. Quedando aún así un nutrido grupo de personas, alrededor de doscientas o más, que hacían guardia a las afueras del local del Sindicato. Jordi me pidió que me regresara a casa, pero al ver que se quedaban otras mujeres como Doña Lola, María Luisa Marín, Margarita Varela y Elisa Juárez me enojé con él, pensando que se quería deshacer de mí, o que creía que aquellas mujeres eran más valientes que yo.

Como la cosa iba para largo, las mujeres nos fuimos hacia la cocina del Sindicato y empezamos a preparar alimentos, por supuesto que no para todos, porque no iba a alcanzar para los miembros que estaban afuera. En el interior del local éramos como unas quince o veinte almas. Con facilidad podíamos compartir los pocos frijoles que había en la alacena. Cuando salí de la cocina para servir a los hombres me percaté que en la puerta estaba Mateo Luna, uno de los miembros del sindicato que montaba guardia en la puerta principal y en una de las ventanas que daba a la calle de Landero y Coss estaba Elías Palacios, quien tenía en su poder un revólver, que luego averigüé era el que le habían quitado a Olmos.

Se presagiaba mal tiempo, además de la humedad en el ambiente, la marea empezó a subir, haciendo que el olor proveniente del drenaje inundara la pequeña habitación. Teniendo el mercado de pescadería tan cerca, el olor era penetrante. Unas nubes grises cubrieron el cielo entristeciendo aún más la tarde. Para agregarle un toque siniestro al ambiente, los zopilotes que deambulaban por los cielos se pararon frente al local del sindicato, en las cornisas de las bodegas del muelle.

Cerca de las doce de la noche se soltó un aguacero de los mil rayos. Se fue la luz y los pequeños que acompañaban a sus madres en el local no podían dormir por los constantes movimientos de los ahí reunidos. Algunos empezaron a llorar.

Le comenté a Jordi que mejor las mujeres con niños se fueran, pero él me dijo que no era una buena idea, porque si entraban los soldados se contendrían de matar a todos en caso de haber mujeres y niños. Al día de hoy su respuesta me sigue dejando helada.

El cansancio nos ganó a todos. Niños y mayores dormíamos, sólo sobresaltados por algunos truenos. No se si todos soñaban, pero mi sueño de aquel anoche no lo voy a olvidar; soñaba con Jordi, al que veía partir en un barco, mientras yo, como en el momento de la despedida de Don Porfirio Díaz, le decía adiós desde el muelle de la T.

Mi sueño fue interrumpido ya no por los truenos y relámpagos, sino por gritos que venían de la calle. Eran las dos de la mañana, tres grupos de soldados entraban en el perímetro para rodear el edificio del Sindicato, por la calle de Landero y Coss, también por Serdán y Gutiérrez Zamora. Los gritos se sofocaron por el estruendo de los balazos, después el silencio.

Pasaron algunos minutos que parecieron eternos. Mientras los reunidos en el local del Sindicato nos mirábamos unos a otros con la poca luz que daban unas velas y un quinqué de petróleo.

Una vez que el ejército aseguró la zona y limpió de testigos, se escuchó una voz ronca de tipo aguardientosa que se dirigía a nosotros.

-¡Los revoltosos del Sindicato, salgan con las manos en alto, están rodeados!

Esa voz se me hacía conocida, como la de casi todos los soldados y gendarmes. Esa era la del mayor Eulogio Hernández, quien dirigía la operación de aniquilamiento. La respuesta de los hombres del Sindicato fue atrancar puertas y ventanas, hecho que encolerizó al Mayor, quien ordenó que se abriera fuego sobre el local.

-¡Al suelo, al suelo! -gritaban los hombres.

Herón se lanzó al piso, mientras las balas traspasaban las ventanas y la puerta de madera. Mateo Luna, que estaba de guardia, cayó herido.

Aún recuerdo ese momento como si fuera un sueño difuso, las cosas parecían acontecer en cámara lenta, imágenes como la forma en que Doña Lola abrazaba a "presa é pollo". Las mujeres agachadas tapándose los oídos con las manos y algunos otros, como Jordi, que parecían rezar por la forma en que mantenían sus manos juntas, quedaron grabadas en mi memoria.

Después de la primera carga, un grupo de soldados se acercó a la puerta para abrirla a culatazos. Cosa que no pudieron hacer, porque Elisa y Feliciano Juárez, miembros del Sindicato, una vez pasada la sorpresa, se incorporaron del piso lleno de vidrios y madera para mantener firme la puerta con una gran tranca de madera. No me acuerdo cuánto duró el ataque, porque me tiré al suelo cubriendo a algunos niños que estaba junto a mí.

Pensaba en mi vida, mi madre, Keaton, el "profeta", Jordi. No podía hacer nada más, sólo se escuchaban gritos y balazos, no sabía donde estaba Jordi, todo era oscuridad.

El tiempo parecía detenido. Era aterrador el sonido de las balas que pegaban en las ventanas, los gritos de las mujeres, de los niños, el crujir de la madera de la puerta, los fogonazos de los rifles y los intentos de los soldados por echar la puerta abajo, parecían eternos.

Sí, parecía que el tiempo era eterno, hasta que Herón le pidió a Porfirio Sosa que hablara con el Mayor Eulogio, para pedirle garantías, a fin de salvaguardar nuestras vidas. Como pudo, Porfirio se arrastró hasta llegar a una de las ventanas y casi a punto de quedarse afónico, logró que el Mayor Eulogio lo escuchara. Los balazos cesaron, más no el llanto y grito de los niños y mujeres. Pude escuchar decir al Mayor que él garantizaba la vida de los ahí presentes.

-¡Que abran la puerta! - gritó el Mayor.

-Dice el compañero Proal que quiere negociar los términos de la rendición -insistió Porfirio.

-¡Qué rendición, ni que ocho cuartos!, aquí no estamos hablando entre iguales, venimos a cumplir una orden de aprehensión.

-Bueno, bueno –se mesuró Porfirio-. Queremos que nos garanticen nuestros derechos, nuestra integridad.

-Tienen mi palabra -contestó el Mayor –

-Dice el compañero Proal que debe ser por escrito – agrego Porfirio.

-Dígale al compañero Proal que se vaya a la chingada, o abre la puerta o la abrimos a balazos.

Yo tenía ganas de hablar, de decirle a Proal que tuviera cuidado, que Eulogio no era de fiar, porque era conocida en toda la zona roja de Guerrero su adicción a la marihuana. En lo personal, una vez lo vi azotar con un fuete a dos soldados ebrios gritándoles que fumaran marihuana y no tomaran alcohol, porque la marihuana les daba valor. No tuve que asesorar al líder, creo que él también conocía como se las gastaba Eulogio.

La puerta se abrió.

Un grupo de Soldados rasos entró atropelladamente, apuntando a todo lo que se moviera. Inclusive, el mismo "presa é pollo" se orinó en los pantalones cuando un soldado le apuntó con la bayoneta calada a la altura del cuello.

-¡Las manos a la cabeza! -gritaba un oficial muy parecido al "Josticia"

-¡Manos a la cabeza, carajo! -insistió un subordinado.

Todos procedimos a incorporarnos lentamente, algunos tenían sangre en la cara por los cristales, otros en los pies.

-¡Manos a la cabeza! -gritó el oficial de nueva cuenta.

-¡Herón Proal!, está detenido por orden de la máxima autoridad, por los delitos de homicidio y sedición -gritó Eulogio, quien fue el último en entrar al local, cuando todos estábamos con las manos en la cabeza.

Todo parecía que había acabado, al menos yo me hice a la idea de que pronto el Gobernador Tejeda abogaría por nosotros y saldríamos, como siempre, bien librados de aquello -aún no sabíamos lo que había pasado afuera-; sin embargo, no me imaginé, que el atrevido de Elías Palacios, escondido en uno de los roperos de la habitación, saltaría sobre el Mayor Eulogio, con la pistola que le habían robado a Olmos. Para nuestra fortuna, la pistola seguía encasquillada y Porfirio Sosa actuó rápido desarmando al lunático, antes de que nos cocieran a balazos.

-¡Malditos traidores, ustedes también son pueblo! -les gritó Elías Palacios.

Un soldado se encargó de silenciarlo con un cachazo. Herón no quiso seguir la misma suerte y, para asombro de todos, se quedó callado todo el trayecto.

Salimos lentamente con las manos puestas sobre nuestra cabeza. Aún llovía, la luz estaba cortada. Sin embargo, el rayo de un relámpago iluminó dramáticamente la calle. Solo bastó ese fogonazo de luz para que pudiera ver a la gente tendida en el suelo. Gente muerta tirada en la calle y los soldados apilándolos rápidamente en unos camiones.

-¡Adelante, adelante! -gritaba un soldado- no volteen, no volteen o me los quiebro.

El soldado nos picaba de cerca con su bayoneta, mientras nos ordenaban que subiéramos a uno de los camiones.

Otro relámpago iluminó la noche y aproveché para voltear. Una vez subida en el camión, de nuevo sólo un instante, pude ver a cientos de personas tiradas por la calle de Landero y Coss, frente a un terreno de la aduana que daba al mar. Los elementos se aliaron con los asesinos para borrar su marca nefanda. El fuerte torrencial limpió la escena del crimen.

Las mujeres y niños fuimos separados del resto; en otra esquina, los hombres fueron conducidos a otro camión. Otro relámpago iluminó uno de los canales abiertos que llevaba agua rumbo a la bahía. El color del agua era diferente, parecía negra, pero era sangre. Los canales abiertos, que desembocaban el agua de lluvia entintada a la bahía, arrastraban la esencia de nuestros sueños.

Antes de salir a mi destierro el "profeta" me comentó que el agua con sangre alebrestó a los tiburones de la bahía, y que por eso no se habían encontrado muchos cuerpos.

Cuando los camiones emprendieron la marcha misteriosamente regresó la luz eléctrica a la cuadra, las farolas del alumbrado recobraron su vigor, el agua cesó, todo, como dije, parecía aliarse a los asesinos.

Estaba clareando el día cuando llegamos a los cuarteles de Ocampo y Rayón. Ahí nos volvieron a separar los soldados a punta de bayoneta. Mujeres y niños de los hombres. Nos formaron en el patio. Por más que quería encontrar a Jordi no pude hacerlo, mi corazón empezó a sentir una sensación extraña. Tampoco pude ver a Elías Palacios, todos los demás miembros del Sindicato estaban formados enfrente de nosotros. Casi a medio día salió el famoso López Manzano para decirnos que estábamos acusados de sedición en contra del supremo gobierno y de homicidio por daños y lo que se acumulara.

Además del homicidio de Valtierra se nos imputaba el del gendarme Domingo Ramos, que según había muerto en el enfrentamiento del 5 y 6 de julio.

Los líderes del Sindicato, plenamente identificados, fueron enviados al Penal de Allende de inmediato. Los demás seguíamos parados a pleno sol, mientras se hacía una selección más exhaustiva de los otros miembros y simpatizantes del Sindicato.

La mayoría de los soldados que se iban metiendo en las filas, y señalando quién se iba o quedaba, me eran desconocidos. Tenían pinta de lacandones, y recordé que eran los que recientemente habían llegado a la plaza. Su comportamiento era decidido, como si realmente conocieran a quiénes eran parte del movimiento. La razón era sencilla, y la descubrí antes de subir a uno de los camiones. Por increíble que parezca, la "Cotorra" y el "Faifas" -quienes habían sido apartados previamente del grupo de detenidos- estaban en la oficina del Comandante -yo pude verlos-; solamente así se comprendía la selección tan certera de los soldados.

Esa mañana quedó claro quienes realmente estaban comprometidos, el miedo -como siempre- cuarteó la poca convicción de los involucrados en la lucha. Fui testigo de escenas patéticas, que aún hoy me revuelven el estómago. Hombres fornidos arrodillados, suplicando por su libertad; mujeres que se las daban de honestas ofreciendo favores y servicios, que hasta nosotras las prostitutas consideramos indigno.

Otro caso curioso fue el de Doña Lola y "presa é pollo"; ambos fueron liberados esa misma mañana. Mientras que otras mujeres, no tan jóvenes y niños más pequeños que Elías, fueron remitidos al penal.

Mientras escribo esto una angustia se apodera de mi corazón. Jordi, aún hoy pienso en ti. Siento un mareo y malestar, voy al baño de mi habitación, descargo el estómago, no puedo evitar que me sigas doliendo, igual que aquel día. Regreso a seguir con este martirio.

Las prostitutas más aguerridas de la zona roja de Guerrero fueron enviadas al penal, mientras que otras compañeras eran sacadas a empujones de las filas, y a gritos los soldados les indicaban la salida. Mi caso fue peculiar, no se si fue el destino o la mala suerte, pero a punto de salir le pregunté a uno de los oficiales por Jordi, esto al parecer le molestó y me regresaron a la fila que estaba abordando uno de los camiones. Ahora entiendo que ya sabían lo que había pasado con Jordi y pensaron que les iba a dar mucho dolor de cabeza. Al estar caminando rumbo al camión que nos llevaría al penal, muy claro escuché a un oficial decirle al soldado que estaba inspeccionado a una compañera:

-A esta déjela irse soldado, que no podemos quedarnos sin putas; Veracruz sin putas, es como un jardín sin flores.

Si los esbirros de Obregón pensaron que con meternos a la cárcel se acababa el movimiento inquilinario estaban muy equivocados. Desde el Penal Ignacio Allende Herón siguió con la resistencia a través de un nuevo sindicato, único en su especie. El sindicato de presos.

¿Será acaso el amor, una tarea para acostumbrarse a la soledad? Me acostumbré a ese Dios, que me quitaron y después necesité. No lo niego, lo necesité con todas mis fuerzas, tal vez fue la costumbre. Pero a veces tengo miedo de ya no acordarme de su rostro, de ya no extrañarlo; que difícil es esto. Qué difícil estar sin Jordi, estar sin Dios, estar sin nada y seguir viviendo.

La estancia en la cárcel no me espantaba, en nuestro gremio era algo común pasar por la de "cuadritos", que era la cárcel municipal, los cuarteles o el Penal de Allende. La vida de una prostituta es así, ya sea como visitante o huésped, tarde o temprano desfilas por esos lugares, debido a que no falta un gendarme que quiere hacer cumplir el reglamento por falta de su "mordida", o por un cliente, que se hace la víctima de robo con tal de no pagar los servicios.

Sin embargo, no es lo mismo cuando llegas al penal por agitador social, ahí las cosas cambian. En nuestro caso, los primeros meses fueron difíciles, hasta que la misma sociedad fue haciendo presión y el gobierno de Adalberto Tejeda pudo intervenir a fin de que no siguiéramos incomunicadas.

Debido a que hubo otro muerto en una marcha para conmemorar a los caídos en julio, creo que fue por noviembre cuando las medidas se fueron suavizando. Herón no cesaba en su labor organizativa y enviaba a cada rato cartas al Presidente Obregón. Como veía que no eran atendidas nuestras demandas organizó un sindicato de presos -el primero en su tipo- haciendo del Penal Ignacio Allende el gran centro neurálgico de los patios de vecindad de la ciudad.

Convertido el penal Ignacio Allende en la "madre de todos los patios", cantábamos la Internacional, colocamos banderas rojas y organizamos un gran baile rojo, en donde el danzón prevaleció sobre otros ritmos. Sin embargo, como está la fecha, siento una gran angustia al no saber de Jordi, ni de Elías Palacios, más de Jordi por supuesto, pero pensaba que estaba a salvo.

Cuando nos permitieron las visitas, el primero en ir a verme fue el "profeta de la Huaca". No me pudo dar detalles del paradero de mis amigos, pero me comentó que la ausencia de pruebas de la matanza fue debido a que el agua con sangre alebrestó a los tiburones de la bahía y que por eso no se habían encontrado cuerpos.

-Se atragantaron de bolcheviques -decía la nobleza jarocha.

La segunda visita fue la de María López, por su rostro sabía -como hasta hoy- que me haría daño si me daba detalles, sólo me comentó que pudo ver el cuerpo de Jordi en la plancha de la morgue del hospital donde trabajaba. Lo encontraron unos pescadores, dos días después de los hechos, flotando cerca de la bahía.

Como nadie se atrevió a reconocerlo, o dar detalles de su identidad, el diario sólo reportó que había aparecido flotando el cuerpo de un español. En aquel momento una rabia inmensa se apoderó de mí y le reclame a López su falta de humanidad.

-¿Qué querías que hiciera, picolina? Estos meses han sido duros para todos, los soldados vigilaban las vecindades y arrancaban las banderas rojas, todo aquel que simpatizara con el movimiento, era encarcelado o desaparecido.

Recordé que tenía razón, ella tenía que velar por su hijo, era suficiente el que rescatara las pocas pertenencias de mi cuarto. Pues los administradores, al saberme en la cárcel, habían alquilado rápidamente mi espacio a una familia, sacando mis pertenencias al patio, donde los vecinos sin corazón se las habían repartido, sólo López pudo rescatar mi libreta con mis recortes, sabía que era lo que más me importaba.

Uno de los papeles estaba en muy mal estado, pero era el más importante, el poema que Jordi me había compuesto: Tierra Mojada, de ahí que me lo aprendiera de memoria, memoria que hoy me falla, Tierra mojada en fin.

Nadie quiso o pudo hacer nada, mi corazón ya lo sentía cerca, pero a la vez lejos. Sus mismos paisanos se quedaron callados, su cuerpo fue a parar a la fosa común. ¿Qué pasó con todos nosotros?, con aquellos que nos arrancamos a Dios de los labios, y sólo adorábamos la verdad de nuestros corazones.

Pasado el tiempo, el mejor aliado, dicen, para estas cosas del amor, dejé de soñarlo tanto. A veces lo soñaba, sí, no lo niego, pero ya no seguido, después fue mucho menos, hasta que dejé de verle a cada rato por las calles. Hoy, aquí, los mismos lugares que recorríamos, pero ya no temo encontrarlo, ni recordarlo.

Lo reconozco, estoy aterrada, las lágrimas vuelven a mojar estas hojas, es algo muy fuerte. Regreso a las fórmulas aprendidas en mi niñez, a lo que me enseñó el padre Caspiano. Mi último recurso, clamo a Dios, sí, a ese que dejé para aferrarme al libre pensamiento, pero lo reconozco, hoy estoy derrotada. Dios mío, arráncame esto que me quema. Es una maldita bestia la que me arranca el alma, como si fueran gajos de una fruta, sí, así lo siento, como si fuera una mandarina. Cuidado con lo que pides, y heme aquí, a punto de dejar de pensar en ti, Jordi.

Entiendo que mi narración se vuelva aburrida para el lector, como dicen, muy cursi, pero si alguna vez han sentido algo tan fuerte como la necesidad de renunciar a lo que más se ama, con tal de que el amor prosiga en otro lado, con otra gente, entonces me entenderán. Tus manos, Jordi, tus ojos, tus ganas de vivir, pero más que nada tu sonrisa.

XI

LA CAÑERÍA DEL FRAILE

Viernes, 24 de abril de 1959.

Despierto sofocada por el calor. De nada sirve el ventilador de techo en la habitación. Amanezco envuelta en las sábanas, como si fuera una momia egipcia. Nunca se me quitó la manía de enredarme en las sábanas, aunque hiciera un calor de los mil diablos. A Keaton nunca le fue extraño, porque donde vivíamos en los Estados Unidos esto era normal por el frío.

Pero la verdadera razón por la que me envolvía tenía que ver con un trauma de mi adolescencia. Mi cuerpo ya había empezado a cambiar cuando a mi madre se le ocurrió conocer a un nuevo amigo. Un gigantón musculoso al que le apodaba "chepalú", trabajaba en el muelle. Al principio fue bueno el trato. Mi madre dejó de tomar y se dedicó a atenderlo. Por consejos paternales del sujeto, dejé de dormir en donde me cayera la noche, me pusieron un catre dentro del cuarto, junto a la pequeña cocina. Para mi fortuna, en la noche de los sucesos entró un fuerte viento del norte que hizo bajar la temperatura, así que busqué una sabanita roída para taparme y sin querer me envolví como taco. Ya tarde, el maldito sujeto llegó ebrio e invitó a mi madre para que lo acompañara a seguir bebiendo, no se si en verdad mi madre cayó ahogada de borracha, o sólo fingió que estaba dormida, pero yo salvé la "honra" enrollándome más en las sábanas y por más que quiso meter mano "chepalú" no pudo.

Por los gritos, algunos vecinos encendieron sus luces, pero solo la "negra" Domitila se acercó a ver qué pasaba y gracias a su insistencia mi madre aparentemente recobró el sentido y dijo que yo era un argüendera.

Aquella noche dormí en la cocina de la "negra" y al otro día le expliqué lo que había pasado. De "chepalú" no volvimos a saber nada.

Muchas veces traté de entender aquella acción de mi madre, el por qué no hizo nada, pero ahora creo que es una especie de trauma, queriendo desquitar en mí el odio que sentía por la abuela.

Mi madre perdió toda fe, las ganas de vivir -si es que alguna vez las tuvo-. Las enfermedades empezaron a invadirla y en este sinuoso camino de la redención, por medio del sufrimiento, terminó perdiéndose por los médanos y viendo arañas por todos lados, hasta que finalizó sus días victima de la locura y la cirrosis.

Con una infancia así era normal decir que la estancia en la cárcel no me espantaba, como dije antes para las mujeres de nuestro gremio -las famosas horizontales-, es algo habitual. Así las cosas, desde el penal Ignacio Allende, Herón organizó un singular sindicato de presos, hostigando a las autoridades federales con cartas y peticiones para que nos sacaran del paraíso comunista con barrotes.

Todos los sectores del gobierno sabían que el liderazgo de Herón era indiscutible. Desde el penal organizaba obras revolucionarias para educar a la gente de los patios. Para diciembre de 1922 era tanta su popularidad en la ciudad que mandó a imprimir unos retratos autografiados, tipo almanaque, donde deseaba un feliz año a sus simpatizantes.

Herón transmitía a sus seguidores ese entusiasmo y ánimo de seguir en la lucha, a pesar de la matanza del 5 y 6 de julio, la deserción, traición y sobre todo, la "aplanadora" del gobierno de Obregón, a quien le sobraban recursos para destruirnos.

Una de sus crueles acciones -sabiendo que contábamos con asesores extranjeros- fue la expulsión de aquellos que tuvieran antecedentes de ser "rojos". Así, León Felipe y muchos otros intelectuales, trabajadores y gente de bien, que no pudieron comprobar su ciudadanía, tuvieron que abandonar el país.

Dato curioso, uno de los negros "peregrino" -hermano de "Toña la Negra"-, que era más mexicano y jarocho que las "picadas de mole", sufrió junto con Miguelito Sotolongo de esta disposición; ambos fueron deportados a Cuba, pero a los pocos meses salieron rumbo a los Estados Unidos, de ahí se regresaron a Veracruz en un ferry.

Como las autoridades no podían doblegar ni comprar la conciencia de Herón, el presidente Obregón pensó que la mejor manera de romper con el movimiento era trasladando a nuestro mentor a la Ciudad de México, pero aún en su ausencia las Libertarias lideradas por María Luisa Marín seguimos en la lucha.

En 1923 le dimos la bienvenida al hermano de nuestro guía moral, Enrique Flores Magón, y en su honor se montaron escenas de dos de sus obras: Tierra y libertad, Verdugos y víctimas. Esta última tuvo gran aceptación entre nuestro gremio.

Al finalizar la obra, un grupo de niños formaron un coro y entusiasmaban a la concurrencia. Eran como los niños cantores de Viena, versión jarocha. En honor del líder anarquista recién fallecido, a la zona de viviendas allá por la calle del panteón se le bautizó como la colonia Ricardo Flores Magón.

Sin embargo, las cosas no mejoraron con todo y nuestra liberación, pues la navidad de 1923 fue la más triste, porque quedé desilusionada de todo aquello por lo que según luchaba. Aún estaban frescos en nuestra memoria los trágicos sucesos de julio del año anterior, para decirlo en términos más sencillos, Jordi me dolía con sólo pensarlo.

Acababa de pasar la huelga general y la ciudad parecía que recibiría al año sin novedades, sin embargo, el candidato a la presidencia, Adolfo de la Huerta, llegó de visita a la ciudad y se declaró en abierta rebelión contra el "manco" Obregón. En aquellos días parecía que las rebeliones serían cosa de nunca acabar. En menos de diez años habíamos visto desfilar a varios caudillos, y todavía se cantaban los versos del vale Bejarano sobre la ruptura Carranza-Obregón que yo anoté muy bien:

Carranza perdió en campaña con Obregón.

Luego, luego

le salieron nueces vanas;

por tratarlo con desapego, lo vio

vestido de lana y creyó que era borrego.

Por cierto, y para que no quede duda de quién fue el vale Bejarano, quiero aclarar que su verdadero nombre era José Piedad Bejarano, famoso versador y decimista de Alvarado, quien entre otras cosas fue conocido por hacerle ver su suerte al bardo veracruzano Salvador Díaz Mirón, cuando este último quiso medirlo pidiéndole un verso con la palabra de indio, a lo que el vale contestó:

Alguien por decir rindió,

se equivocó y dijo rindio,

no sé si es error o no,

pero es consonante de indio,

como usted me lo pidió.

De aquella memorable reunión entre el hombre de pueblo y el bardo, se dice que al no recibir de Don Salvador ni una triste moneda por su conversación, el vale le dijo:

Como voy de retirada,

mi deber es avisarte,

como no produces nada,

lo mejor será dejarte,

porque está de la chingada,

vivir del amor al arte.

Así las cosas, y volviendo al tema de la rebelión de Adolfo de la Huerta, la mayoría -ilusos- pensábamos que era la oportunidad para acabar con Obregón, pero, cuestiones de la política, a Tejeda le dio por apoyar al "manco" y a Guadalupe Sánchez por eliminar a los jóvenes líderes agrarios.

Era un secreto a voces que Obregón se había vendido a los intereses americanos; luego me lo confirmó el propio Keatón.

No pretendo dar clases de historia, sólo hablaré que cada quien tomó su bando y a pesar de que los militares en su mayoría estaban con De la Huerta, los americanos -y sus recursos- se inclinaron a favor de Obregón y ahí acabó todo.

Después del desastre de Esperanza, en Puebla, donde Guadalupe Sánchez fue vencido, la Ciudad de Veracruz, quedó sin fuerzas militares que la protegieran y esto ocasionó que el Almirante del buque de guerra Richmond, donde venía Keaton, se metiera en la bahía para prepararse al desembarco de los marines.

Me dio mucho gusto volver a ver a mi amigo, pero su misión era muy clara, necesitaba acercarse a los líderes del movimiento para evitar un probable saqueo de la ciudad y, mientras llegaban las fuerzas de Obregón, se mantuviera el orden en la ciudad. Esto fue posible solo gracias al General De la Huertista Camerino Arrieta y en los bomberos de la ciudad, quienes se encargaron de controlar los ánimos de "la chusma bolchevique" -como nos apodaban.

Quiero ser sincera, ya le había puesto el ojo a una tienda de ropa que estaba en la calle de Independencia, y los comentarios de otras chicas del gremio eran similares, estaban listas para entrar en acción o al menos sacar provecho de la situación. Afortunadamente, las cosas no pasaron a mayores, porque al retirarse en orden las tropas de Arrieta los bomberos de la ciudad se dedicaron a hacerla de gendarmes y garantizar el orden.

De todos estos sucesos, de revueltas, invasiones y demás, el único que sacaba provecho era Jacinto San Miguel, quien conocía a la perfección las entrañas del centro histórico de la ciudad, gracias a la que se conoce como la Cañería del Fraile.

Se cuenta que el agua potable era introducida a la ciudad desde las lagunas cercanas, a través de una serie de túneles que realizó el fraile Pedro Buceta, en el siglo XVIII. Tan bien hecho fue el trabajo que esos túneles, durante años, sirvieron para que Jacinto se enterara de todo lo que pasaba en la ciudad. Jacinto dio con estos al tratar de hacer una letrina en su casa. Los utilizó durante años para espiar a la ciudad y a su gran amor, la joven directora del hospicio Adelaida Guzmán. Las aventuras y correrías de San Miguel pronto se volvieron más serias y, para la mala suerte de muchos de nosotros, apuntó en un diario sus impresiones de todo aquello que descubría.

Quiénes se vendieron al enemigo, quién era doble espía, a donde habían ido a parar las llaves de la ciudad y la medalla de Cortés. Todo estaba anotado en su diario, en aquel cuaderno que quedó en su cuerpo petrificado. Fue encontrado cuando se realizaban las obras de reparación de la fuente del Hospicio.

Tenía tiempo que no sabía nada de Jacinto San Miguel y no me preocupé hasta que los "jefes" me comentaron del personaje que hacía muchas preguntas en Veracruz acerca de todos estos sucesos.

Ya estando en Veracruz pude averiguar con mis contactos que, efectivamente, un albañil le entregó a uno de los doctores del Hospital Serdán el diario de Jacinto y éste se lo regaló a "gato". La información que contenía el diario era comprometedora, San Miguel había anotado desde el nombre de las compañeras públicas, que también habían servido a los americanos, incluidas mis actividades y las de Keaton, durante el 1914 y 1924, hasta el asunto de las llaves y la medalla.

-¡Ah, qué tonto Jacinto! -es una lástima no tenerte de frente para hacer algunos experimentos con las recetas de la "negra" Domitila.

La ciudad y sus alrededores estaban llenos de curanderos y brujos. Los brebajes producían desde una sencilla diarrea hasta demencia total. Herón Proal en persona fue víctima de uno de estos brebajes, llegó al local del Sindicato sudando frío, decía que se sentía mal y empezó a delirar. Sin pensarlo dos veces corrí como loca hasta la esquina de la calle de la Amargura, tomé un burro prestado, que estaba mal parado, y como pude me traje a cuestas a la "negra". Domitila, quien logró sacarlo de aquel trance con un café bien cargado y unos polvos de su propiedad, la "negra" levantó en pocos minutos a Herón.

-¿Por qué eran importantes las llaves de la ciudad?

Las llaves de la ciudad y su leyenda habían sido transmitidas de generación en generación, desde el siglo pasado. Uno de los involucrados en este secreto era mi amigo, el "profeta de la Huaca", quien en persona había vivido en aquellos años y sabía del simbolismo que encerraban, su contorno y sobre todo la marca que estremeció a Maximiliano. Era una señal de lo que le deparaba, y que sin embargo supo disimular para no preocupar a Carlota.

Se decía que varios brujos y gente de conocimiento habían participado en su diseño, que serían las llaves de la ciudad. Quien la poseyera tendría dominio sobre la misma. Por ello, después de la partida de los emperadores, las llaves quedaron celosamente resguardas por la Tesorería del Ayuntamiento y después, en el museo de la biblioteca del pueblo, donde desparecieron en 1914.

A simple vista parecía un diseño romántico, algo singular, pero viéndolo detenidamente, era una espada damasquina que atravesaba de arriba abajo una corona, en particular, la corona de un príncipe. Un mal presagio para el joven monarca, quien no esperó mucho para marchar hacia Orizaba, pretextando el mal tiempo en Veracruz.

Las llaves eran dos, para la pareja imperial. Ambas eran de plata, con revestimientos y adornos en oro. En el mango principal se encontraban el escudo de la Villa Rica de la Verdadera Cruz, otorgado por Carlos V, en 1523. Las llaves estaban en el pequeño museo de la biblioteca del pueblo, de ahí las tomé, para entregárselas a Keaton utilizando uno de los ramales de la cañería que pasa por abajo del antiguo convento.

Todo lo que pudiera sonar a descabellado, ahora me suena normal. Después de tantos años y haber visto tantas cosas que ahora sonarán a burla, puedo decir que no era nada anormal el robo de piezas consideradas como mágicas o que tuvieran ciertos atributos. Como la imagen de la divina pastora o las llaves que presagiaron la muerte del emperador. Me consta que Keaton trabajó arduamente en conocer todo lo que implicara asuntos paranormales, y no era el único. Durante la gran guerra el enemigo también trató de hacerse de secretos mágicos para combatir, digamos, en términos coloquiales el mal de ojo del otro. Mi trabajo, en un principio, era de intérprete y gancho para acercarnos a los brujos. Mi conocimiento de la zona, mis características jarochas, daban la confianza a los hechiceros, para poder acceder a los conocimientos de venenos que al lado de Keaton fue mi rama principal de investigación.

Viajé con el equipo de Keaton por medio Sudamérica. Nos internamos en la selva del Amazonas, conocimos cosas inimaginables. Llegué a conocer el gran surtido de venenos para toda ocasión con el que contaban los jefes. El preferido era el "toloache", porque embrutecía la gente y era como un castigo en vida para el miserable que se cruzaba en el camino. Era mejor morir, aunque fuera en una semana, con una toxina, que vivir como un muerto para siempre.

Es cierto que soy la heredera de la "negra" Domitila, y que conmigo tiene que desaparecer todo el conocimiento, pues hay mucho daño de por medio. Quiero aprovechar este espacio de lucidez para hacer un comparativo de la fuerza del discurso de Herón, de sus gestos, el movimiento de sus manos el timbre de su voz, con Eva Duarte, a quien escuché en unos de mis viajes a la Argentina; sentí nostalgia de sus discursos, es, como decirlo, como cuando dejas de ver un gran amor y las palabras o gestos de otras personas te lo traen de regreso.

Así, la señora Duarte me recordaba en sus discursos a Herón, y tal vez es coincidencia, en palabras o letras, como decía el "profeta", nada es coincidencia, pero Perón, con la "H" es Herón y ella también hablaba del peligro de la burguesía y amaba a sus descamisados como en su momento Herón amó a sus jarochos.

En esta historia no hay quien puede decirse dueño de la verdad, los propietarios y sus descendientes hablaron horrores de Herón, los inquilinos y sus descendientes lo vieron como el luchador social que fue. Él es el ser tangible de toda esta historia, tal vez mis amigos fueron imaginarios y nunca existieron, pues soy una mujer desquiciada, que le da por crear historias al amparo de una imaginación excepcional. Tal vez hablaba con fantasmas, con espíritus. María López o el mismo viejo "profeta" tal vez no existieron.

Puedo decir que también Jacinto San Miguel no existió, pero sería una mentirosa, Jacinto sí me mostró los intrincados túneles.

El señor Keaton también debió ser tangible, claro, tal vez sin ese nombre.

Después de que surta efecto el "toloache" le he pedido a María López que no tenga compasión, que se olvide de mí, por su seguridad y la de su hijo, así que por ellos le he cambiado el nombre, me gustó llamarla María López, pero bien se puede llamar de otra manera.

Cuando todo acabe saldré a la calle a vagar, lo que hagan o traten de hacer de mí no me importa. Podré vestir estrafalariamente, ponerme mis collares de perlas falsas, tal vez me llamen "perlita" o como sea, ya no importará. Entre tanto loco, tal vez pase desapercibida y es que de igual manera nunca existí, y nadie de los jefes me extrañara, si es que existen los jefes.