¿Qué UV después del confinamiento?
mayo 28, 2020 | J. Enrique Sevilla Macip

Al momento que escribo estas líneas, la Universidad Veracruzana no ha publicado sus disposiciones con relación a la forma en que se llevarán a cabo las actividades académicas de cara al cierre del semestre febrero-julio de 2020. Lo único claro, por el momento, es que las actividades no se reanudarán el próximo 1 de junio, cuando concluya la Jornada Nacional de Sana Distancia. Sin embargo, todas las señales apuntan a que el semestre concluirá vía remota, con clases y actividades mediadas por plataformas electrónicas.

A partir de las opiniones que he recolectado en redes sociales de parte de diversos miembros de la comunidad universitaria (se trata, lo sé, de evidencia anecdótica y estadísticamente no significativa), tengo la impresión de que, contrario a lo que uno podría pensar, han sido los estudiantes y no los profesores quienes más quejas tienen sobre esta modalidad de trabajo universitario. Sea como fuere, en última instancia creo que la comunidad de la UV ha conseguido adaptarse con relativa rapidez a este esquema de trabajo, de modo que prácticamente todos los días se ofrecen varios eventos académicos vía plataformas de videoconferencias, a los cuales se suman las actividades que, ya sea mediante correo electrónico o también a través de dichas plataformas, los profesores coordinamos con distintos grupos de alumnos.

Desde luego, se trata de un esfuerzo encomiable de adaptación para rescatar lo que sea posible del semestre. Sin embargo, considero importante que todos tengamos claro que se trata de una situación de emergencia, y que aún consiguiéndose concluir las actividades de forma satisfactoria, mantengamos la insistencia en retomar, en cuanto sea prudente, el trabajo presencial. Ya se ha dicho mucho que, después de la pandemia de Covid-19, nuestras sociedades no volverán a ser las mismas – y por ende, tampoco nuestras universidades. Aunque esta aseveración se ha vuelto rápidamente un lugar común, algo tiene de cierto. Por ello, y ante los ejemplos que cunden entre algunas universidades europeas que ya han anunciado que sólo retomarán actividades presenciales hasta 2021 (en México, el CIDE ha hecho lo propio), estimo necesario hacer una defensa sólida, explícita, de la universidad presencial.

Desde el inicio del confinamiento ha habido voces críticas del modelo de educación en línea, aunque buena parte de éstas se han concentrado en las consecuencias económicas del mismo. Por un lado, se ha señalado que la insistencia en inundar a los alumnos con trabajo remoto es resultado de la insana obsesión con la productividad inherente a la lógica neoliberal que, independientemente de lo que diga el presidente, sigue marcando el compás al cual se mueven los engranes fundamentales de la sociedad. Por otro, hay quienes apuntan que la implementación de la educación remota profundiza las desigualdades, puesto que quienes tienen carencias estructurales (en este caso, dificultad o ausencia de acceso a internet) quedan automáticamente excluidos de la posibilidad de continuar con su educación durante la emergencia.

Estas críticas tienen razón y las comparto. Sin embargo, me parece que se trata de problemas coyunturales que, en el largo plazo, la capacidad de adaptación del ser humano junto con el cambio tecnológico permitirán superar. Es decir, el cambio abrupto en la forma de trabajar en la universidad puede generar molestia, ansiedad, y un consecuente descenso en el desempeño de alumnos y profesores. Con el tiempo, sin embargo, es previsible que nos acostumbremos a esa modalidad de trabajo y el desempeño recupere sus niveles previos aún en el nuevo entorno educativo digital. Asimismo, la progresiva expansión de la conectividad a internet permitirá el acceso a esas herramientas desde cualquier comunidad en un futuro no muy lejano. Seguirá habiendo desigualdades estructurales que se reflejan en el sistema educativo, como las había antes de la pandemia, pero el acceso volverá a ser potencialmente universal.

Y precisamente por ello, porque este experimento improvisado se mostrará medianamente exitoso (después de todo, habremos concluído el semestre desde casa), temo por la normalización de este nuevo modelo de universidad y de estudiante que estamos creando. Agamben, quien ha sido crítico (en ocasiones exagerado) de la gestión que los gobiernos del mundo han hecho de sus poblaciones frente a la pandemia de Covid-19, publicó la semana pasada una breve pero contundente filípica titulada "Réquem por los estudiantes" (https://cutt.ly/5yDZXOZ), en donde advierte que la migración de la universidad hacia el aprendizaje y actividades vía remota marca "el fin del estudiantado como forma de vida" – una forma de vida que habría durado diez siglos y que, después de este punto de inflexión, estaría dando el paso definitivo hacia su extinción.

Al calor del momento histórico en que vivimos, podría pensarse que el vaticino de Agamben es exagerado. Sin embargo, si la enseñanza que extraemos de estos meses es que, en efecto es posible llevar a cabo las actividades académicas con normalidad desde casa (porque sí lo es), temo que Agamben terminará por tener razón. Después de todo, será más barato para todos (disminuirá el presupuesto para aulas e infraestructura física, los estudiantes foráneos podrán quedarse en sus lugares de origen y estudiar sus carreras a distancia y por tanto, sus familias no tendrán la presión de gastar en viajes y manutención, etc). Habrá también la posibilidad – la hay ya – de tomar cursos con los mejores especialistas de cada disciplina aún si éstos se encuentran del otro lado del mundo (¿cuántas universidades de la élite mundial no cobran desde hace años por cursos a distancia?) sin necesidad de tramitar una visa estudiantil para el extranjero, buscar financiamiento y demás tribulaciones típicas del estudiante de intercambio…

A pesar de esas supuestas ventajas, o más bien como consecuencia de ellas, la universidad dejaría de ser ese espacio social, forjador de comunidad, para convertirse simplemente en un oferente de conocimiento bajo demanda a los individuos que lo soliciten. Se trata de una tendencia en marcha desde antes de la pandemia pero que, de consumarse una migración masiva a la educación en línea, se convertirá en dominante, en razón de ser. Ahora bien, pensando desde Xalapa, una ciudad cuyo corazón es precisamente la Universidad, la extinción de la forma-de-vida estudiantil la dejaría anémica, triste, vacía…

Ante tan grave encrucijada, resuena aquella pregunta que Lenin hizo célebre hace más de un siglo: ¿qué hacer? Yo, por lo pronto, por respeto a mis alumnos y compromiso con la UV, asumiré la responsabilidad que se nos ha encomendado a los profesores. Concluiré mis cursos vía remota y, en la medida de lo necesario, utilizaré las plataformas digitales para ello. Pero insistiré en asumirlo como una situación de excepción y, llegado el momento, me opondré con ahínco a cualquier pretensión de normalizar este estado de cosas. Eso también, lo haré por respeto a mis alumnos y compromiso con la universidad.

Twitter: @jesevillam

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