Desconocíamos a lo que nos enfrentábamos. Historias de la primera línea de batalla contra el coronavirus
mayo 25, 2020 | Edgar Escamilla

En esta primera entrega compartimos la historia de Saraí M. una joven enfermera, madre de familia, quien ha tendido que tragar su propia sangre y vómito antes que quitarse su equipo de protección para evitar contagiarse; quien ha visto a sus compañeras romperse, doblarse ante la ansiedad y frustración que les genera el uso del equipo y el ver como lentamente se pierde la vida de sus pacientes. En virtud de la intensidad y la sensibilidad de los testimonios recabados, se optó por resguardar la identidad de nuestras fuentes y las ubicaciones de sus centros de trabajo; sin embargo, en este ejercicio encontramos una constante en todos ellos y es la ansiedad y el estrés bajo el cual están viviendo los profesionales de la salud durante esta contingencia

Saraí M.

Cuando todo esto comenzó estuvimos trabajando y recibiendo pacientes sin equipo de protección personal (EPP). No sabíamos en realidad a lo que nos enfrentábamos y no teníamos un protocolo establecido, todo el mundo estaba a la expectativa, bajo mucho estrés y tensión.

A pesar de que ya tenemos tiempo que empezaron a llegar los pacientes, continuamos bajo ese estrés porque aún desconocemos muchas cosas.

Cuando se abrió un área provisional para atender a esos pacientes, fue la primera vez que me proporcionaron un intento de EPP y que nos enfrentábamos a lo que vendría.

Fueron más de 12 horas, entramos solo una compañera y yo para atender a cuatro pacientes, entre ellos uno intubado y otro muy delicado pero sin apoyo ventilatorio.

Ella y yo teníamos que mover al apoyo ventilatorio para evitarle úlceras por presión, el hombre de complexión robusta, mi amiga y yo todas chiquitillas, como podíamos lo hacíamos.

Otro paciente presentaba diarrea, evacuaba como tres veces por hora y nosotras debíamos movilizarlo. Nos costaba mucho comunicarnos con él, porque no lograba escucharnos con claridad, le hacíamos señas, gritábamos, pero parecía que los esfuerzos eran nulos y eso te hace sentir mucha impotencia. No podía comunicarme con mis amigos de guardia y no sabía lo que ese hombre postrado, solitario, enfermo y con dificultad para respirar podía estar sintiendo.

La guardia transcurrió, bajo el cubrebocas, goggles y caretas en un espacio cerrado, sin ventilación, sin tomar agua, sin comida, sin ir al baño. A las dps de la mañana yo ya no podía ver a través de los goggles y no era porque estuvieran empañados, la vista se me nublo por completo.

Comenzó a sonar la bomba de infusión y yo no alcanzaba a ver que pasaba, le siguió el ventilador a sonar, era una total desesperación; no sabía si le estaba pasando algo y yo no podía hacer nada, solo me acerque a la cama, tome la mano y le hablé, pedí a Dios que me ayudará y trate de mantener la calma, se acercó mi compañera y le pedí me diera las lecturas de la bomba y el ventilador para poder regularlo y solo así logramos ajustar las cosas.

Por mi mente pasaba: ¿Me quito la careta? ¿Me contagio? ¿Espero? ¿Y si por esperar se me muere? Es un dilema terrible entre lo que debes o no hacer. Esos fueron mis minutos de ansiedad y desesperación.

Cerca de las cinco de la mañana mi compañera que hasta ese momento se había mantenido con calma, se quebró. Solo la vi levantarse y dar vueltas y vueltas en nuestro pequeño pasillo mientras la escuchaba decir:

¡Ya no puedo más! ¡Me voy a quitar esto, no puedo respirar, necesito salir... Saraí, me lo voy a quitar! Se ponía en cuclillas, se paraba y repetía esto cantidad de veces. Ella es asmática y el N95 ya no le permitía buena recepción de oxígeno. Salimos ese día pero la resaca por deshidratación nos duró tres días y el dolor de cabeza dos más.

La primera vez que murió una señora fue en choque, llegó, vimos la tomografía y sin duda era Covid, así que la aislamos como pudimos, pero desgraciadamente falleció. Tuvimos que emplayarla mientras a mi solo se me hacía un nudo en la garganta.

Miré a la señora y pensaba: murió sólita, ya nadie la vio ni pudo despedirse de ella... y todavía la hicimos como un pollo de supermercado en refrigerador, nadie debería terminar sus días así.

En la última vez q entre al área Covid lloré de miedo, de tristeza, de frustración, de impotencia de todo...

El turno iba con el estrés normal, pero traer todo me provocó sangrado nasal y como no puedo quitarme nada -porque no hay más que un EPP por turno-, yo solo sentía el olor y el sabor del hierro en mi garganta mientras me decía a mi misma: "no pasa nada".

Mientras eso pasaba en mi, un paciente de nuevo ingreso desaturaba y se le iniciaba protección de la vía aérea, intubábamos al paciente y tratábamos de mantenerlo a salvo, mientras solo Dios sabe lo que pasaba por cada uno de nosotros.

Enseguida el paciente de frente comenzó con dolor y también hacíamos todo lo posible por calmarle la molestia.

Entre ajustes de tratamiento e inicio de infusiones a esos pacientes que eran los más delicados mi cuerpo no aguanto más:

Mi estómago qué trató de aguantar no pudo más y me vomité; me vomité dentro de mi mascarilla, quise quitarme todo pero sabía que sería imprudente, pensaba en que si yo me contagiaba quien vería a mi hijo, en que no podía contagiarme y estar como todas esas personas aisladas, a quienes tal vez ya no vuelvan a ver nunca más.

Me imaginaba en el peor de los escenarios y con todo lo peor de mundo me trague mi propio vómito. Lloré, lloré detrás de esos goggles...

Porque quisiera hacer más, darles más; quisiera poder ayudarlos a comunicarse con los suyos, a despedirse.

Hace poco un paciente falleció y en la noche me pidió que le regalara una hoja para escribir un mensaje de despedida para su esposa.

"Me quiero despedir, porque a las siete me voy a morir" y así fue, a las siete de la mañana cayó en paro cardiaco y no salió... Lo vi irse, fui la última con quien habló. Aunque el corazón se me parte y los ojos me lloran, no alcanzo a comprender su dolor.

Y no, él no andaba en la calle, no andaba en fiestas, guardó en lo que pudo su cuarentena. Desgraciadamente era de la población vulnerable y mientras alguien más se divertía, él pago los platos rotos. Él, su familia, yo y muchos como yo.

Y así como yo a todos los que hemos entrado varias veces se nos ha quedado un pedazo de vida ahí. Son experiencias que te marcan y que se llevan parte de tu alma, de tu esencia.

En lo personal tengo dos meses y medio sin ver a mi hijo y así varias compañeras han tenido que dejar a sus niños con sus abuelos para no ponerlos en riesgo, paro aún así tenemos una ventaja: nosotros podemos verlos o escucharlos a distancia, los pacientes fallecen sin poder despedirse de sus seres queridos. (Foto. La Tercera.com)

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