Política

Chance

mayo 25, 2020

Hace casi dos meses que en el país cumplimos con base en la responsabilidad individual, ciudadana, la instrucción general de quedarse es casa. Para la persona concreta, el régimen de aislamiento social ha traído complicaciones, desde la ansiedad hasta el insomnio. Por otro lado, el apagón económico nos permitió asomarnos a la idea de que otro mundo es posible; que basta con que atemperemos nuestra presencia como especie, que cambiemos del paradigma depredador competitivo, al paradigma aportador y colaborativo.

El mundo vive una tragedia mayúscula de la que no hemos visto aún el asomo de sus repercusiones. Las pérdidas económicas son y serán mayúsculas, lo que impactará en el empleo y el bienestar de millones de personas.

Saliendo de esta crisis, el sistema tratará de reconstruirse con la colaboración de la mayoría de las personas por el deseo volver lo más pronto posible la normalidad. No pasará, no hay retorno posible a la normalidad porque, ya se ha dicho, la normalidad misma estaba mal y de origen. La locura neoliberal de enriquecimiento obsceno de una pequeñísima minoría sobre los hombros y a costillas de millones de personas empobrecidas en distintos grados ha terminado. El sistema se rompió y eso lo precipitó una pandemia.

El neoliberalismo fracasó pero no ha muerto y tratará de reconstruirse. Para los mexicanos, sin embargo, esto nos da la ocasión espléndida de reescribir los acuerdos sociales. Tenemos como sociedad nacional la espléndida coyuntura para reescribir las reglas, las prioridades como sociedad, los acuerdos legitimadores. De hacer respetar el artículo tercero y el 123 de la Constitución. Que un salario mínimo alcance para un trabajador y pueda dar vivienda, alimentación, salud, educación y esparcimiento a su familia, como dice la Carta Magna.

El mundo está de cabeza y es incierto, son tiempos de ver hacia dentro, de vernos como país, colaborar entre nosotros para generar bienestar personal y social. Reconciliarnos de preferencia, pero si eso no fuera entonces, tolerarnos temporalmente, mientras el peligro pasa.

Las cosas ya no serán igual. Y más nos vale. Pero como sociedad podemos decidir cómo serán, redefinir nuestros modos y nuestros valores. La circunstancia, eso sí, nos invita a examinar lo esencial. Los ajustes no son suficientes. Lo vemos desde los años 80. El problema es sistémico.

A la crisis sanitaria subyace una posibilidad real y muy probable: la extinción masiva de la vida en el planeta. La amenaza que hemos construido es existencial. A diferencia de una pandemia, por severa que sea, un colapso ecológico global tendrá consecuencias inconmensurables.

Es el momento como sociedad de cambiar de paradigma. De modelo de sociedad, de consumo, de formas de producir riqueza, de distribuirla.