Política

EL PARAISO DE LOS LOCOS Memorias de una libertaria (VIII Y IX)

mayo 23, 2020

VIII

EL PARAÍSO DE LOS LOCOS

Hoy no quiero dormir la siesta o, como dicen por estos rumbos, "echarme un coyote". Prefiero salir a dar una vuelta por mi viejo barrio.

Valentina suspira cuando le ordeno que no me acompañe, como decía el tío Tito: "ya me tiene hasta la madre" con sus muecas. No es pendeja y no insiste en acompañarme.

Pido al chofer que de algunas vueltas por mi antiguo barrio, recorremos la calle General Juan Prim, pasando por la Huaca hasta llegar a la calle Ricardo Flores Magón. Mucho ha cambiado el barrio, ya no hay dunas, la calle está empedrada de "chinos", muchos comercios se han instalado, casas de mampostería, las calles empedradas, el drenaje cubierto, definitivamente las cosas han cambiado, aunque los patios siguen ahí, firmes con el paso del tiempo.

Pasamos por la calle Uribe y ahí esta el patio de la "Vencedora", no me atrevo a pedirle al chofer que se detengan, no quiero entrar, no quiero. Me niego a regresar totalmente al pasado, sólo estoy probando y además vine a otra cosa, que no se olvide la misión con los "jefes".

En una de las esquinas va saliendo María López de la tienda de la "zanja", la reconozco, mi vieja amiga de armas, el tiempo la ha dejado casi igual, creo que tiene mejor salud que yo.

-¿María?, ¿María López?

María dudó por unos escasos segundos, miró detenidamente hacia la ventanilla del auto desde donde le hablaba y abrió sus pequeños ojos, más de lo que acostumbraba.

-¿Picolina?, ¡hija de la chingada!, vieja cabrona. ¿Dónde te has metido?

-¡Tú, pinche vieja cara de lora!, sube, sube, tenemos que hablar.

Como algunos saben, en Veracruz y algunas zonas de la costa esta forma de saludarse parece ofensiva, pero en realidad es la más calurosa y natural. De hecho, me acuerdo de una clásica anécdota alvaradeña que contaba el tío Tito Zamudio. Decía que en aquel pintoresco lugar, en alguna ocasión, quiso remediar el léxico de sus habitantes, así que, se multaría con 25 centavos a quienes profiriesen esas palabras. Cuentan que dos viejos amigos de las zonas aledañas, que desconocían el reglamento, se encontraron en el mercado de Alvarado.

-¡Pinche compadre!, ¿cómo ha estado, hijo de la chingada?

De pronto, un policía cercano, de los que casi nunca se encuentran, digo, tan cerca cuando en realidad se necesitan, los encaró.

-¡25 centavos de multa!

-¿Y este pendejo, compadre? ¿Tú lo conoces?

-¡50 centavos -agregó el policía!

-¡Ah, chingá! –replica el otro compadre.

-¡75 centavos! -aumentó el policía.

Ya para ese momento uno de los compadres entendió de qué se trataba el asunto y tomando la palabra le dijo a su compadre:

-Mire, compadre dele un peso a este pendejo y que vaya a chingar a su madre.

Pienso que es bueno ejemplificar y decir las cosas tal como son, si es que alguien llega algún día a leer estas líneas, no piense que esta es una biografía de una puta arrepentida que quiere expiar sus culpas a destiempo. Para nada, como decía María López cuando se refería a las viejas mochas que se la pasaban todo el día en la Iglesia: "Cuando ya no nos quiere el diablo, nos entregamos a Dios". En mi caso puedo asegurar que mi vida pudo haber sido inútil, pero divertida y si escribo esta memoria es por la única y valida razón de que estoy perdiendo la mía.

Respecto a las groserías que entienda, el que se considere casto lector, no es con el ánimo ni de destruir nuestro bello idioma, simplemente así hablamos en Veracruz, claro, los proletarios, porque los burgueses hablan peor.

Volviendo a mi encuentro con María López, la muy hija de la chingada -perdón-, mi vieja amiga subió al auto y me contó que seguía trabajando en el Hospital Serdán como afanadora. María López, siempre agradecida, me habló de lo mucho que la líder del sindicato del Hospital Amparo del Castillo había hecho por ella. A la fecha contaba con dos terrenos -en casa del diablo, sí, pero de su propiedad- allá por la costera y otro por Malibrán. Al fin un patrimonio propio, después de tanto sufrimiento, más su cuartito de renta congelada en el patio del "Pensamiento", donde aún vivía con el bueno para nada de "petonito".

María aceptó de muy mala gana mi invitación de ir a comer al restaurante Villa del Mar. Quería que fuéramos a su casa, pues tenía que dejarle hecho de comer a su hijo. Cosa que me molestó mucho, porque ya era todo un hombre como para que lo siguiera consintiendo, pero en fin, como yo no tuve hijos, no entiendo eso de andar solapando esta clase de comportamientos.

La convenzo con el compromiso de que mi chofer se encargará de llevarle unos cocteles y un cartón de cervezas al bueno para nada de "petonito", cuyo verdadero nombre salió a relucir: Sergio.

Pedimos una mesa con vista al mar. Como no está Valentina, no hay necesidad de fingir que no puedo caminar bien, así que me abro camino en medio de la arena, sin necesidad del bastón, para tomar un buen lugar debajo de una palmera. Qué recuerdos del salón de baile, de aquel balneario, cosas de nuestra juventud. Sin embargo, nos viene a la mente un recuerdo singular, que juntas vivimos, la fundación de la Colonia Comunista, allá por los terrenos de los Pocitos en el noroeste de la ciudad.

Para el mes de abril ya había más de cien patios en huelga, alrededor de treinta mil almas que se negaban a pagar la renta de sus viviendas, y eso sólo en la ciudad. María tiene algo que me pertenece, sin embargo las dos guardamos silencio sobre Jordi, así que, sin que lo nombremos, nos acordamos de aquella jornada épica.

El primer recuerdo es sobre Elías Palacios y su rabieta porque el susodicho se la pasó maldiciendo todo el camino al dueño de la zapatería "el pelón", porque se le rompieron sus zapatos nuevos a medio camino. Ambas reímos. María todavía recuerda -bendito don- aquella zapatería ubicada en la calle Serdán número 9, con todo y sus anuncios graciosos:

"¡Póngase chango!, para andar de vacilón y ahuecar el ala a ratos; hay que ponerse zapatos de la casa del pelón". Reímos con gusto.

La cita de la épica jornada fue en el parque Juárez de la calle de López Rayón, muy temprano, respondiendo al llamado de Herón Proal llegamos las mujeres, quienes, precavidas como siempre, llevamos nuestras reservas de agua y comida, mientras algunos hombres lo único que llevaban para el camino era aguardiente.

Aquí me gustaría agregar un dato importante respecto al famoso lugar de encuentro del Sindicato. El parque Juárez antes de 1910 se llamaba parque Infantil y estaba justamente en la desembocadura de la avenida Zaragoza y calle López Rayón. Ese parque fue elegido para albergar el monumento a Don Porfirio Díaz, de hecho, la construcción del pedestal estaba casi concluida cuando inició la Revolución; a su alrededor había cuatro águilas, una de ellas voló durante el cañoneo de 1914 y cayó parada. La figura de Don Porfirio nunca fue colocada y se cuenta que la fundieron. En su lugar se colocó una de Don Benito Juárez, de ahí que se quedara el nombre del benemérito.

María López me regresa al presente sólo para recordarme que cada quien pagará lo que consuma, haciendo una leve revisión en su bolsa, para ver cuanto trae. Finjo que me enojo y le digo que esas son "pijilladas", frase acuñada por la misma López, cuando se refería a alguien muy tacaño. Sonríe y ordenamos un ceviche de pescado y dos cervezas bien frías.

Brindamos alegremente y seguimos recordando las anécdotas de aquel histórico primero de mayo de 1922. Ataviadas con blancos vestidos, protegidas del candente sol con grandes sombreros de guajiros, que sólo dejaban al descubierto nuestras largas trenzas al estilo de Adelita revolucionaria. Caminábamos mientras entonábamos los himnos revolucionarios, blandiendo banderas rojas. Herón marchaba a la cabeza con los miembros del consejo de huelga, luciendo una impecable camisa y pantalón de manta blanco, portaba sus lentes oscuros; mientras marchaba se detenía un poco para abrazar a los niños de la comitiva que le presentaban, incluyendo a "Petonito". En tanto la remilgosa de María Luisa Marín trataba de ganar terreno adelantándose para marchar al lado de aquel hombre que para nosotras era intocable.

López me recuerda que algunas personas llegaron tarde a la cita, porque hubo un paro general de labores y servicios con los tranvías, así que no había manera de llegar a tiempo para los que vivían fuera de la ciudad.

El parque Juárez antes de 1910 se llamaba parque Infantil y estaba justamente en la desembocadura de la avenida Zaragoza y calle López Rayón. Ese parque fue elegido para albergar el monumento a Don Porfirio Díaz

A este respecto le hago referencia a mi amiga de lo que en alguna ocasión Keaton me comentó sobre los elementos esenciales que llevaron al fracaso a nuestro movimiento. Uno de ellos fueron nuestros mismos métodos de acción directa, pues nuestras acciones ocasionaron incomunicación y desabasto, perjudicándonos enormemente, tanto a nuestros propios miembros, como en la simpatía que tuvimos en un principio con el pueblo.

Éramos un centenar de almas recorriendo las dunas y nopaleras fuera de la ciudad. Al frente, nuestros mentores; Herón no quería que se le considerara un líder -aquí no había líderes, decía, y remataba: esto es pura democracia comunista- algo que por supuesto muy pocos entendían-

Las mujeres cargaban a los chamacos con entusiasmo, como si aquella épica jornada fuera un día de campo cualquiera. Sin embargo, muy pocos se percataban del peligro, pues aquellos médanos estaban infectados de coyotes, alacranes y víboras, sin contar con la escolta siempre incómoda de cientos de zopilotes que nos seguían a discreción desde las alturas.

Hacemos una pausa en nuestro viaje al pasado para saborear el rico ceviche y aprovecho para traer a colación a un enamorado de López, que fue el alemán Eiseme Sismón, quien se había incorporado al movimiento en represalia porque su casero, un gendarme abusador, le había subarrendado su cuarto del patio el "perfume" metiendo dos familias más a vivir en el ya reducido espacio.

López tose, fingiendo que se le fue un pedazo de chile verde y se pone roja. Me río de sus cachetes colorados y le pregunto qué fue de aquel enorme extranjero. Mi amiga se hace la disimulada o, como dijese el tío Tito, hace lo que mejor sabe, hacerse pendeja y prefiere seguir tocando el tema de la fundación de la colonia comunista. Entiendo que López siempre fue discreta con sus relaciones, máxime que "petonito" era o es muy celoso. Así que regresamos al tema de los niños que iban en la marcha. Los llantos de los más pequeños eran acallados por las tetas de las madres, que sudaban por todos lados; la leche debió de ser la más amarga para aquellas criaturas.

Prefiero no seguir tocando temas íntimos que desagraden a mi amiga -ya conozco su carácter y es capaz de dejarme a media comida hablando sola-, así que dirijo la charla hacia algo que también es digno de recordar, ya que si la caminata pareció eterna, más lo fue el discurso del compañero Proal.

Después de subir y bajar dunas la comitiva llegó a un lugar conocido como los Pocitos y Rivera, distante más o menos como tres o cuatro kilómetros al noroeste de la ciudad y gracias a que era una zona elevada se podía observar la misma, así como el mar. Una vez instalados y antes de colocar la primera piedra de nuestro paraíso comunista - piedra, que por cierto no pudimos encontrar por estar todo cubierto de arena-, Herón habló nuevamente de los burgueses y las autoridades, pero en esta ocasión se dirigió dramáticamente a la multitud y, señalando a lo lejos la ciudad, dijo que había que dejar el puerto, que apestaba.

Como buen líder, creo que vio en nuestros rostros el cansancio y la fatiga, así que se apresuró a terminar su profético discurso y al carecer -como dije antes- de piedras el lugar, la comitiva optó por colocar un pedazo de rama que traía como bastón Doña Abad. Por último, las libertarias nos agrupamos en torno a nuestro líder y un fotógrafo local, que también estaba agotado por la marcha y la carga de todos sus implementos, nos tomó la foto de rigor.

La marcha de regreso fue dramática por los estragos del sol y la falta de previsión de unos compañeros que no llevaban agua. Algunos tuvieron que recurrir al grupo de la "cotorra" y sus alegres borrachines, que llevaban dotaciones extras de caña. Otros no tuvieron tanta suerte al regreso, sufrieron desmayos y alucinaciones, como Doña Abad, quien de repente empezó a gritar que Herón era el Mesías, el enviado de Dios para salvarnos, y de ahí que la locura se volviera colectiva, pues otros decían que era Moisés o Abraham.

El tío Tito comentó al respecto que: "los que no conocen a Dios, ante cualquier barbón se hincan", cosa que no agradó a los miembros de Sindicato, pero a Tito Zamudio no le importaba que sus dichos incomodaran al mismísimo gobernador, era un hombre que no tenía pelos en la lengua.

María López interrumpe el recuerdo para pedir otra ronda de cervezas, ya está entusiasmada con el relato, la veo muy contenta y parlanchina.

Sí, la gente empezó a confundir a Herón. Se debió a que en su discurso prometió como un mesías acabar con los perros burgueses y a repartir en vez de peces y panes, tierras para todos los presentes, con la condición de que sembráramos nuestro propio alimento.

-No habrá lugar para los vagos -dijo Herón a la multitud.

-Creo que ese grito decepcionó a más de la mitad, que estaban acostumbrados a vivir de "gorra"-comenta María López mientras bebe su cerveza.

Le di la razón a mi amiga y recordé lo que había leído en un libro de Arturo Bolio, que todo aquello fue una ilusión. La mayoría quedó desencantada cuando escuchó la palabra trabajo y que no habría lugar para los vagos. Ahí, en ese momento, la "cotorra" y su comitiva de teporochos emprendió la graciosa huida.

-Cómo reímos –dije.

Incluso el mismo tío Tito emprendió la "graciosa huida" no sin antes hacer alusión a una de las tantas leyendas de la ciudad de Veracruz, referente a "simplicio", un tipo flojo, de tiempos de la ciudad amurallada, al que hacen alusión las madres cuando uno de los hijos era perezoso. Se decía que la madre de "simplicio" le suplicaba que hiciera algo con su vida, incluso que fuera a misa:

-"simplicio", en la gloria hay un bautizo. ¿Qué no quieres ir allá?

-Ay, mamá, si la gloria quiere verme que venga la gloria acá.

Labios partidos, ojos inyectados, la jornada de aquel primero de mayo rumbo a nuestra colonia a nuestro paraíso quedó oscurecida por los trágicos eventos que vendrían a darse en los meses siguientes, pues ya el gobierno estaba operando el rompimiento del movimiento infiltrando agitadores profesionales en nuestras filas.

Los comprometidos y convencidos, que no fuimos la mayoría, regresamos a las cinco de la tarde. Bajando por las dunas, aún con el cansancio y la arena metida hasta las orejas, recorrimos triunfantes la avenida principal y llegamos de nueva cuenta al Hotel Diligencias, subimos los miembros del comité al balcón oficial para dar la noticia al pueblo de la fundación de nuestra nueva colonia.

Herón elogió el beneficio de vivir en aquellos parajes selváticos, pues el oxígeno haría bien a la gente y no tendríamos que seguir viviendo al lado de los burgueses porteños que sólo nos explotaban. Parte del discurso fue sintetizado por los periodistas del diario El Dictamen. Yo guardé celosamente, como hago con todo lo que me mantenga en la realidad, esa parte del discurso pintoresco, pero conmovedor:

"Vámonos de esta ciudad que apesta; vámonos de Veracruz, donde los burgueses nos están explotando; vámonos de aquí y quédese el llamado heroico puerto, con su cocaína, con su heroína y con su marihuana y que buen provecho les haga".

María me pide que le muestre el pedazo de hoja amarillenta que guardo entre los apuntes de la libretita salvadora de mi memoria. Lo lee con detenimiento, me la regresa y bebe otro sorbo de cerveza.

-Veo que aún la conservas, con todos esos recortes y anotaciones.

-Si amiga, y gracias a ti que la rescataste de la jauría.

-Sabía que te serviría algún día.

-Gracias.

Después de repetir aquel discurso en el Hotel Diligencias, Herón hizo un recordatorio de los mártires de Chicago, por ser precisamente primero de mayo el día de su conmemoración. Esto provocó que la gente siguiera abandonado la manifestación, pues aún la población recordaba la invasión del catorce y todo lo que oliera a norteamericano no era bien visto para los jarochos de cepa.

María López recuerda que ella se regresó a su casa al terminar el discurso del Hotel Diligencias, porque a "petonito" le había dado calentura por la insolación. Al término del discurso, Elías Palacios, Jordi y yo nos regresamos caminando por la calle Independencia hacia el parque Juárez. Luego, exhaustos, llegamos a dormir a las instalaciones del Sindicato.

-Aquello llegó a ser un lindo sueño -dice María López- nuestra colonia comunista.

-El paraíso de los locos -le digo, mientras sorbo un poco de cerveza.

Ambas reímos hasta que las lágrimas se nos escurren. ¿El paraíso de los locos?, no suena mal, considerando que todo el esfuerzo, aquellas brillantes ideas y la estructuración de filosofías de vanguardia en el movimiento social sólo quedaron en un sueño.

Desafortunadamente, los agitadores pagados por el gobierno ya estaban trabajando en otros lugares del país. Si bien es cierto, aquel primero de mayo fue tranquilo en Veracruz, al día siguiente no enteramos por El Dictamen que en ciudades distantes, como Guadalajara y la misma Ciudad de México, el mal ejemplo jarocho había cundido y la conmemoración de los mártires de Chicago había terminado en sucesos trágicos.

En el estado, en una ciudad tranquila como Orizaba, donde para colmo no había problemas con la vivienda, un grupo de miembros del incipiente sindicato de inquilinos de la ciudad había golpeado a un propietario y a un gendarme. En la capital de Xalapa, ante el discurso incendiario del senador Heriberto Jara, un grupo de manifestantes golpearon a una persona.

Todo este "cáncer jarocho", como decían los burgueses, se extendió de tal manera a nivel nacional que pronto el Presidente Álvaro Obregón llamo a su presencia al "negro" García, y como el miedo no anda en burro -lo que hayan hablado aquellos personajes aún es un misterio-, decía el "profeta", no hay quien aguante un cañonazo de cincuenta mil pesos. Ese mismo mes, el "negro" García regresó a la ciudad con instrucciones concretas y precisas: ¡Cero tolerancia!.

Le explico a María López lo que en su momento me comentó Jordi, que el Gobierno Federal consideró que ya era hora de acometer a los rijosos. El movimiento inquilinario en Veracruz se extendía con rapidez a otros lugares de la república y ponía en riesgo los intereses extranjeros. Algunos reconocidos sectores de la oligarquía presionaban para que Obregón terminara con nosotros de una vez por todas, antes que el "cáncer "jarocho" cundiera por todo el país, así.

El "profeta" decía que la buena acogida del movimiento por parte del proletariado jarocho se debía a que cualquiera le gustaría vivir "gorra", o sea gratis, sin pagar renta, pero también era cierto que nadie cuida lo que no es suyo ni le ha costado. Esa fue una profecía muy cierta, pues las rentas congeladas provocaron lo que sucede hoy en día en el centro histórico: patios de vecindad abandonados, gente hacinada y descuido de sus inquilinos.

-Yo no entiendo de política, por eso me abrí a tiempo -dice María López, mientras se limpia la nariz con un pañuelo que saca de su pecho.

-No, pero si pendeja no eres. Entonces por qué te has beneficiado con ella -le contesté.

-Bueno -respinga María mirándome a los ojos-, ese es otro cantar, no es lo mismo andar en los "misters", dándole por su lado a los líderes, y otra cosa es exponer el cogote, dándole "caballo" a los ricos.

La respuesta de María está basada en lo que Keaton llamaba pensamientos convencionales, pero pasado el tiempo me doy cuenta que lo más sencillo es lo que más verdades encierra. Es cierto, aquella mujer había logrado grandes avances en su vida y a pesar de no ser millonaria, poseía algo que muchos de nosotros no tenemos. Paz.

-Si pendeja, no soy, "picolina" -me dice López mientras nos levantamos de la mesa.

Al poco tiempo del regreso del "negro" García de la Ciudad de México nos dimos cuenta que las tropas federales iniciaban movimientos extraños. Daba coraje que no habían enfrentado a los "gringos", pero sí se iban a poner con nosotros a los cocolazos.

Con la conducta pro-oficialista del presidente municipal, sujetos como el "chato" Montero se armaron de valor, pues mandaron a cortar la luz de varios patios con la anuencia de las autoridades.

Las señales de que algo malo se gestaba en contra del Sindicato eran muy claras. Agitadores profesionales, llegados de la Ciudad de México, fueron descubiertos en la ciudad, como un tal Juan Ramírez Gómez, que estuvo a punto de ser "paseado" por miembros del sindicato por andar hablando mal de Proal.

También los cambios en la guarnición de soldados de la ciudad eran señal de que algo se tramaba en las altas esferas de la política. La guarnición completa, gendarmes que ya conocidos fueron trasferidos a otro estado; llegó a la ciudad un destacamento de soldados de Chiapas. El mismo jefe del destacamento, Aarón López Manzano, dejó de frecuentar a sus amigas de la calle Guerrero.

La verdad era que el objetivo y plan de acción de Herón Proal dañaba intereses poderosos. El concepto de triunfar sobre los propietarios, a través del boicot de suministro de alimentos y cierre de cantinas, para sustituirlos por escuelas, era algo muy radical para, como decía el padre Caspiano, "la sodoma tropical", incluso para muchos de los miembros del sindicato como José Olmos.

Frente al restaurante nos espera el chofer, tengo la sospecha, por la cara que trae, que se tomó algunas cervezas con "petonito", no dudo que ese "simplicio" le haya invitado a tomarse parte del cartón.

María López insiste en darme dinero para pagar su parte de la comida.

-Pinche vieja, por qué no pagas mejor todo -me río, y le digo que para la otra ella me invita, sólo así se calma; es una mujer estricta en este sentido, es "derecha" como decimos por aquí.

Sé que miento, pues estoy segura que esta será la última vez que nos veamos. A esa mujer le agradezco muchas cosas, a pesar de que la hago enojar con recuerdos como el de su enamorado alemán. Ella no menciona en absoluto lo de Jordi, aunque sabe que es algo que tengo muy adentro, ni siquiera lo insinúa, sabe que me lastimará.

Me pide que la deje en la esquina de su casa, nos tomamos de la mano, no hace preguntas de mi enfermedad. En todo el tiempo que estuvimos juntas jamás hizo referencia a nada de lo que ella sabe me lastima, sin embargo, mete su mano en la blusa y saca su bolsa. Pienso que va insistir con lo del dinero, pero, en vez de billetes me entrega un pedazo de recorte de papel periódico sin decir nada, sólo lo aprieta en mi mano, yo no aguanto más y le pregunto:

-¿Su rostro, María?

Mi amiga sabe a que me refiero, no me responde, aprieta el recorte de periódico a mi pecho y me mira a los ojos fijamente.

-Déjalo en paz, "picolina", en paz.

Me suelta la mano y camina aprisa rumbo a su casa.

-María López, Dios te bendiga –es todo lo que alcanzo a decir. Se aleja.

Por último, las libertarias nos agrupamos en torno a nuestro líder y un fotógrafo local, que también estaba agotado por la marcha y la carga de todos sus implementos, nos tomó la foto de rigor.

IX

LAS LIBERTARIAS

Al entrar a la habitación del hotel, lo primero que observo es la cara de amargura de Valentina. Tiene mala planta, como no le dije donde iba y menos le autoricé que almorzara, la muy pendeja tiene hasta ojeras.

Finjo que no me doy cuenta. Me meto al baño para enjuagarme la boca, he de traer un olor a marisco de los mil rayos. Se me ocurre contarle de la comilona que me he dado, pero no lo hago, prefiero hacer las paces.

Para que se le quite el enojo, le digo que vamos a tomar un café y ya por ahí aprovechamos para que coma algo.

La verdad tengo mucha sed, el marisco y la cerveza es mala combinación para mí. Traigo una especie de cruda de pronóstico reservado.

Como decía el tío Tito: "Fingir demencia y hacerse pendejo", para no verle la cara a Valentina, aprovecho para echar un vistazo y cuál es mi sorpresa que logro observar a "gato". Está comprando un billete de lotería en el "gato negro", un expendio que está en la esquina de la calle de Miguel Lerdo, bajo los portales del Café de la Parroquia.

Cruzamos miradas en el momento que se sienta en una mesa contigua a la mía, del Café de la Parroquia. Joven, hermoso, alto para mi gusto, grandes manos como de pianista, limpio, ojos verdes, sonrisa pícara. Me da las buenas noches. Pobre… es una lástima que se tenga que morir por preguntón.

Estoy convencida que la gente no quiere saber la verdad, la verdad no te hace libre, te hace más infeliz. Por eso, el joven investigador no tiene futuro, pero es muy guapo para morir, es como Jordi, podríamos cambiar, podría no morir.

Ha de pensar que soy una vieja libidinosa o una anciana rica en busca de aventuras, pobre diablo, pero en fin, con discreción sigo sus movimientos.

Ya es tarde para seguirle echando algo al estómago. Pido mi Zaraza Vargas y una "micha" que remojo en el refresco, recuerdos de la infancia. Mi manía de remojar una "micha" o "cojinillo" -como se le llama al pan blanco o bolillo en la ciudad-, se remonta a mi infancia. En aquellos años de inicio de siglo era difícil poder disfrutar de una bebida como la Zaraza Vargas. Fue gracias a un antiguo amigo de mi madre, el señor Florentino Delfín, que pude disfrutar de esta singular bebida.

Don Florentino era albañil de profesión, pero debido a ciertos problemas con un antiguo jefe, había perdido el favor de sus clientes, lo que le llevó a subemplearse como "boquetero" -abría boquetes en los terrenos contiguos a las casas que robaba.

Desafortunadamente para él y afortunadamente para sus víctimas, aquella labor nunca era concluida por su falta de pericia o mala suerte. Antes de lograr su cometido, Don Florentino era sorprendido por los propietarios o algún curioso que daba aviso a las autoridades. En su último intento fue detenido y enviado a la cárcel municipal por robo, donde fue condenado a un año de prisión.

Don Florentino comentaba que aquellos días fueron un infierno en la cárcel municipal, por lo que faltándole once meses y días para salir, se dio un intento de motín, una tarde de abril de 1910, comandada por un tipo a quien le apodaban el "matador", junto con la "cotorra", que ya era cliente distinguido de aquella y otras cárceles.

Los amotinados aprovecharon el momento en que los guardias introducían el rancho para amagarlos. Gracias a la intervención de Florentino -quien pensó que la evasión no tendría éxito y todos acabarían en el paredón-, el motín fue sofocado sin mayores problemas, lo que le valió un premio por su acto valeroso. Las autoridades municipales lo recompensaron con la conmutación de su pena y cien pesos mensuales mientras durara la administración municipal.

Su popularidad y el reconocimiento de las autoridades hicieron que Don Florentino cambiara su forma de vida. Recibió el dinero mensualmente, pero también se dedicó a su trabajo original, que era la albañilería. Un día nos invitó a mi mamá y a mí a desayunar en el Café de la Parroquia. Nos dijo que podíamos pedir de todo, para mí fue uno de los mejores días de mi vida, pues comí y bebí hasta quedar con una panza de perro de rancho, que después me ocasionó problemas, pues no pude dormir.

Pero el destino suele tener algunas sorpresas desagradables, cuando Florentino ya había cambiado su modo de vida y era estimado por vecinos y conciudadanos, ocurrió la sublevación del "Sobrino del tío", la de Félix Díaz en octubre de 1912. Aquella semana, en la que el "Sobrino del tío" tomó por asalto el Palacio Municipal, se dieron algunas adhesiones espontáneas, sobre todo de los malandrines como el "matador" y la "cotorra", que se pusieron a las órdenes del insurrecto.

Cuando fueron liberados, aprovecharon para tomar venganza y el cuerpo de Florentino apareció flotando en la laguna de los Cocos, cosido a puñaladas.

Como el asunto del "Sobrino del tío" no prosperó y se rindió en el mismo Palacio Municipal, el "Matador" y la "Cotorra", pensando en las posibles represalias, regresaron por propia voluntad a su celda. Aún hoy existe la puerta de la prisión, llamada de "cuadritos", porque los gruesos maderos de los que estaba construido se alineaban en ángulos rectos formando cuadros en vez de ser barrotes. Por eso existe el refrán popular que reza: "la vi de cuadritos" o "me hicieron la vida de cuadritos".

Como no había pruebas del asesinato de Don Florentino, pero sí de su adhesión a la insurrección del "Sobrino del tío", ambos personajes fueron enviados a San Juan de Ulúa como castigo. En ese lúgubre lugar el "matador" no aguantó ni un año y murió al poco tiempo, pero la "cotorra" vivió lo suficiente para seguir siendo parte de esta historia

Mientras me deleito con la "micha" remojada en Zaraza Vargas, trato no perder de vista los movimientos de "gato". Para colmo, a Valentina se le ocurre hacerme plática, ya no aguanta las ganas y me pregunta donde anduve hoy.

Casualidades de la vida, al responderle pasa frente a nosotros "gato".

-¡Ay, Valentina!, no seas preguntona, recuerda que la curiosidad mató al gato.

El joven sonríe y nos hace una caravana con su sombrero.

Afortunadamente llegó su club sándwich, algo parecido a una torta pero americana; como está muerta de hambre, deja de hablar para dedicarse a su comida.

La campana del tranvía me distrae, dejo los pasos de "gato" para observar al conductor, espero que sea mi amigo, el joven apuesto. Efectivamente, él viene conduciendo el vehículo y se detiene justo enfrente de donde estamos sentadas, bajan varias mujeres indígenas, con su rebozo y mercancía para dirigirse a los portales. Una de ellas viene acompañada de una pequeña como de seis años -aunque en algunas razas son engañosas, luego resulta que tienen como 12 años- . La niña no la toma de la mano, la sigue porque la madre o hermana -no se qué sea- carga varios bultos de mercancía, pero la chiquilla la sigue de cerca, a pasitos cortos, como si fueran brinquitos.

Me recuerda mi infancia, es como una fotografía antigua, que se me quedó grabada en la mente.

Las mujeres atraviesan la avenida Independencia, algunas se detienen y persignan frente a la Catedral. Las demás, tal vez libres pensadoras, siguen su camino para empezar su venta a los asistentes de los portales.

-Mujeres, mujeres -murmuro, mientras me doy cuenta que Valentina se atraganta con los trozos de pan y una Coca Cola.

Me vienen a la mente las acciones de las " libertarias". Fue por el mes de junio de 1922 cuando quisimos romper con el yugo de la moderna esclavitud impuesta por los burgueses a las mujeres del servicio doméstico de la ciudad. Desde las seis de la mañana, el grupo comandado por María González y María Luisa Marín acudimos al mercado para hacer conciencia en las mujeres que concurrían a dicho lugar para hacer las compras y abastecer la casa de los burgueses, a esto le llamábamos acción directa.

-¡Matemos de hambre a los burgueses! -fue el grito de guerra de María Luisa Marín.

La idea de María Luisa era aumentar los problemas de los burgueses mediante la alteración de su vida familiar. Esto en teoría era sencillo, había que sindicalizar a las trabajadoras domésticas, por eso aquello de "Matemos de hambre a los burgueses".

Desafortunadamente muy pocas, por no decir ninguna, hicieron caso de nuestro llamado a la libertad. La mayoría eran mujeres indígenas que apenas hablaban el español y otras que tenían muchos años de estar al servicio de las casas se consideraban ya parte de la familia.

Como las cosas no iban bien, a María González se le ocurrió la idea de decomisarles las canastas con los víveres y así obligarlas a acompañarnos al local del sindicato, para que se afiliaran a cambio de devolverles sus cosas.

Una vez en el local de sindicato las convencíamos para que firmaran su afiliación al movimiento. Después, algunas de nosotras las acompañábamos a las "casas grandes" para informarles a sus patrones que a partir de la fecha sus empleadas domésticas contaban con ciertos derechos, como recibir medicinas, un día de descanso a la semana y acudir al llamado del sindicato cuando se les requiriera.

Un caso especial que me tocó vivir como "libertaria" fue con Refugio Paxtian, alias "cuca", quien al principio parecía no hablar español, ni entender nada sobre el movimiento, pero resultó más viva que todas nosotras. No solamente logró ganarse los derechos, sino que con el paso del tiempo se convirtió en dueña de la vivienda al morir su patrona.

Recuerdo que acompañé a "cuca" a una elegante casa que estaba ubicada en la calle de la Condesa. Ahí atendía a su patrona, una señora que me recordó a mi abuela por el color de su piel y mirada soberbia. Tenía nariz puntiaguda, muy al estilo de los españoles, y recuerdo que, por el tipo de pelo, usaba seguramente peluca porque era una señora de edad avanzada. La señora había pertenecido a la alta alcurnia de la ciudad, a la "nobleza jarocha", no recuerdo su apellido, pero sí que se llamaba Concepción, porque Refugio le hablaba muy reverentemente como Doña Concha.

La casa era muy elegante, hasta por dentro, tenía un gran piano y muebles antiguos, todo olía a lavanda y se encontraba muy limpio, no era una casa muy grande, aun a pesar de ser de dos plantas. De los tiempos porfirianos, a Doña Concha le quedaba, como decía el tío Tito: "el pedo y el relinchido". Para ese tiempo, sólo se mantenía de los recursos que un hijo que se había ido a vivir a la Ciudad de México le mandaba.

Me pasé un buen rato haciéndole notar a Doña Concha de los derechos de "cuca", pero la señora parecía más bien ida e interesada en hablarme de sus ancestros y de lo mucho que habían hecho por Veracruz. Ahora lo reconozco, a mí no se me da eso de la política, por aquello del discurso, yo soy una mujer de acción.

Así pasaron los minutos, que se me hicieron horas, y no llegábamos a nada concreto con respecto a los derechos laborales de "cuca". Doña Concha cambiaba la conversación y me daba una cátedra de historia porteña, de sus ancestros y la importancia del arraigo. De hecho, llegó el momento en que se fijó detenidamente en mí y me preguntó de dónde era yo, porque no parecía de esta zona.

-Soy originaria de la ciudad, señora.

-¡Ah sí! ¿De qué familia?

-De los Barrios –contesté, tajante.

-Barrios, Barrios, ¿del panadero Agustín?

-Sí, señora, era mi abuelo -contesté, sonriente, como si aquella respuesta me fuera a beneficiar por ser reconocida como una de sus iguales.

¡Dios mío!, así que tú eres el triste producto que llevó a la muerte a tu abuelo.

Aquella expresión llena de menosprecio y soberbia me hizo dejar de ser la persona que trataba de ganarse el respeto con palabras elocuentes. No recuerdo las palabras exactas, pero sí que tuvieron éxito.

-¡Mire usted, pinche vieja copetona! -le grité exaltada- aquí venimos a arreglar un asunto concreto, que nada tiene que ver conmigo. La cosa es sencilla, o le da por las buenas a "cuca" los permisos y servicios que le estamos pidiendo, o los conseguimos por las malas.

-¿Me estás amenazando niñita?

Ahí no me pude contener más, saqué de mi rebozo una navaja, que siempre llevaba para aplacar clientes necios, y se la puse en el cuello.

-Yo no soy ninguna niñita, pinche vieja loca.

-¡No, no, hijita, pérate, que sólo estaba jugando!

-Qué jugando ni qué la chingada, o me cumple, o se atiene a las consecuencias.

-No, cómo crees, hijita, que no le voy a dar a cuquita mi apoyo, si es como mi hija, ella puede entrar y salir cuando quiera de la casa.

-¿Y mis medecinas? -preguntó "Cuca", haciendo que hasta yo volteara a verla, porque no había emitido una palabra desde que habíamos llegado.

-¿Qué dices, ingrata?

-¿Ingrata? ¡Ni madres! Aste dijo que ahora todos semos hijos y no entenados; así que me va a tener que dar todo lo que la señito dice, o yo mesma me la despacho con el cebollero que tengo en la cocina.

Al igual que su patrona, me quedé sorprendida con la actitud de "cuca", quien no sólo logró, como dije anteriormente, quedarse con la casa, a la muerte de Doña Concha, sino que se convirtió en una líder importante de la comunidad indígena a la que pertenecía. Con el paso del tiempo se afilió al PRI y obtuvo la concesión de varios locales comerciales en la zona del malecón.

Después de las acciones de afiliación de las Libertarias, que no prosperaron como pensábamos. Vino la propuesta de la Huelga del voto a finales de junio, que le dio al traste a las propuestas del Gobernador y del Gobierno Federal para hacerse de Diputados afines a sus intereses.

Como miembro de las Libertarias, una de las últimas acciones en las que me tocó participar, después de salir de la cárcel, fue en la Huelga General de 1923, en apoyo de los compañeros electricistas. Las acciones directas de nuestro gremio volvieron a tomar fuerza. Aquella huelga fue memorable, porque hubo desbasto de hielo, pan, tortillas, vino la reanudación de la afiliación a las servidoras domésticas y hasta el cierre forzoso de restaurantes y cantinas. Desafortunadamente, esta huelga no tuvo el impacto y simpatía popular que esperábamos; el desabasto de pan, tortillas y el cierre del tradicional Café de la Parroquia -en donde, por cierto, los panaderos huelguistas pusieron "patas pa’rriba" el negocio del viejo Menéndez - hizo que la gente pidiera a gritos que la huelga terminara porque no podían disfrutar de su "lechero" y sus canillas, cuestión de tradición, creo yo.

El tintineo de una cuchara pegando en el vaso para atraer al mesero me trae de regreso. "gato" se ha ido. Los portales se encienden con la música, la noche se acerca, me lo recuerda el graznido de los pichos que empiezan a revolotear.