Política

Confinamiento y rapiña neoliberal

mayo 14, 2020

Tiempos de guardar, de guardarse. El confinamiento generalizado, la solución de quedarse en casa; para aquellos que materialmente puedan, por lo menos. Ante el riesgo de contagio comunitario, la expoliación neoliberal certifica sus verdades. Con sistemas de salud pulverizados, en los huesos, y la precarización laboral como telón de fondo, millones se han acostumbrado a jugar a la ruleta rusa. La cuarentena como lujo, ostentación social obligada para aquellos que se la puedan pagar. La crisis también discrimina; entre naciones y al interior de ellas. Los hay irresponsables, además; que niegan la pandemia, refutan lo evidente y acusan al otro, a los otros, para atenuar sus propias ansiedades. El coronavirus es una carpa enorme, que nos cubre a todos desde hace meses y bajo la cual viejas tensiones se vuelven más evidentes, acaso porque nos encontramos amontonados frente a ellas, aunque de hecho las veamos desde casa.

Alternando entre la mucha luz y la completa obscuridad resulta difícil aterrizar un debate público concreto y objetivo. A la subjetividad rampante, paralizante, debemos añadir ahora el miedo, que por supuesto obstaculiza aún más el diálogo colectivo. Sobre el impacto del virus la cantidad de información es abrumadora, aunque pasmosamente repetitiva. Un bucle narrativo que, como el agua estancada, asienta los sedimentos, cada vez más densos, impidiendo el sano flujo de un ánimo social mundialmente enrarecido.

De esto, del imperio de la estridencia y la falta de sustancia en la esfera pública, poco es nuevo, acaso sólo lo siguiente: la política pública de aislamiento social ha contribuido, muy paradójicamente, a generar un peculiar hacinamiento. Uno, que por ser virtual, afianza el imperio de la web como el único ágora que realmente validamos. Los servidores de internet a punto de reventar, los proveedores de streaming saturados. Angustiados, as ahí donde compartimos información –frenéticamente-, intercambiamos opiniones y buscamos representación en el ejercicio del poder. Solos, a kilómetros de distancia. Frente a una pantalla. Como lo hemos venido haciendo desde hace por lo menos veinte años. Aislados pero comunicados, conectados pero distantes.

Más allá de la naturaleza del virus, de su letalidad y alcances planetarios, diversas reflexiones deben generarse en torno a las condiciones políticas, económicas y sociales que el orden hegemónico mundial ha concebido para hacerle frente. Aquí, en nuestro pedacito de la carpa, la contingencia, con tanto encierro y reclusión, ha auspiciado brotes de un pus característico de la derecha mexicana, además de una estela de rancio tufillo golpista que anuncia las acciones coordinadas entre organizaciones patronales y gobernadores de la oposición. Avasallados moralmente, sin base social visible ni reivindicaciones legítimas que abanderar –que no inviten al rubor propio y ajeno-, los dueños del dinero y gobernadores panistas explotan la tragedia para avanzar, aunque sea unos centímetros, su agenda restauradora. Con el ímpetu de sus nostalgias señoriales, quienes se acostumbraron a diseñar instituciones para beneficio propio acuden a la zozobra de la pandemia con el único fin de recuperar privilegios esfumados, así como acrecentar y consolidar aquellos que aún mantienen pero que ven en riesgo.

La contienda política, vista como conflicto entre actores, ha representado siempre el escaparate ideal para demostraciones públicas de miseria moral, avaricia y todo tipo de mezquindades. Aún bajo esos parámetros, no deja de sorprender el cinismo con que los representantes de Coparmex, CCE, y otras patronales, con el concurso de sus corifeos acostumbrados, exigen que el país se endeude para inyectarle capital a sus empresas. Fieles a la premisa neoliberal de socializar las pérdidas pero privatizar las ganancias, quienes amasaron fortunas obscenas a partir del traslado de bienes del pueblo y de la nación a particulares, rentas monopólicas del estado en algunos de los casos, exigen la continuación de una política económica que finca la prosperidad de pocos en el sufrimiento de muchos.

Ante un auténtico cambio de régimen, no sorprende que estos actores repudien las conquistas democráticas que el pueblo de México ha ido concretando. Lo que si preocupa, y alerta, es el ánimo desbocado con que, mostrando absoluto desprecio por las normas de convivencia democráticas, se juegan en esta pandemia su todo o nada. Utilizan la actual coyuntura mundial, trágica, sin precedentes, para buscar minar las acciones de un gobierno democrático y popular, a sabiendas de la fuerte vocación transformadora del pueblo de México. Su desesperación los orilla, entendiendo su propia debilidad, ahora que el dinero ya no manda, a utilizar la tragedia de muchos como plataforma ideal para obtener las concesiones a las que están acostumbrados.

Es así, con la pandemia como escenario mundial, que diversos conflictos políticos locales se irán acentuando. En México, donde la gesta transformadora implica el desmantelamiento de un régimen neoliberal corrupto, la desaceleración económica, atribuible a la epidemia, sin duda contribuirá a intensificar añoranzas reaccionarias. Al tiempo que un gran porcentaje de la población mundial se enclaustra, por defensa propia, surge también el claro entendimiento de que este aislamiento social, en términos de esfera pública y debate, inició hace ya tiempo. Escribimos, hablamos y cuestionamos frente a una pantalla, desde hace décadas. El neoliberalismo ya nos había sacado de las plazas y de las calles, confinándonos a nuestras casas. Esa pandemia se llama hegemonía.