Política

Celebrantes

mayo 11, 2020

Puestos en condiciones singulares por el asunto de la pandemia, pasó el Día de las Madres. De forma diferenciada, desde luego, pero muy probablemente ayer fue un día en que muchas de ellas no pudieron estar con sus hijos. En cualquier caso, ayer necesariamente tuvo que haber sido para la inmensa mayoría de los celebrantes y las celebradas una celebración atípica, salpicada por premoniciones y de miedos sofocados.

Con la mayoría de los lugares cerrados por la emergencia médica, queda desear solamente que los festejantes hayan hecho la tarea para celebrar sin poner a trabajar a las celebradas. El encierro por relativo que sea, implica el anhelo acumulativo del contacto con el otro.

Las mujeres, las creadoras naturales de espacios benéficos para sí mismas y para los demás, fueron celebradas ayer en su condición de madres. Una celebración que puede imaginarse como contradictoria, el anhelo de querer estar juntos mezclada al temor de estar juntos.

Para no variar, vino a caer sobre las mujeres. Al fin y al cabo, en este país de edipos no resueltos, el Día de la Madre es una fecha harto significativa. Para bien, y para mal. Y aquí se antoja detenerse en esa carga subyacente y patriarcal en la celebración a la madre. La "jechu", la jefecita. Hoy, buena parte de las madres del planeta son madres solteras; sea porque se divorciaron o porque decidieron parir solas y criar a los hijos sin padre porque –con demasiada frecuencia– el varón simplemente no se hace cargo. La pandemia ha puesto a buena parte de la Humanidad en modo reflexivo. La reflexión suele correr por una de dos vías, dependiendo del humor: se piensa en la fatalidad de los eventos y de las consecuencias que el frenón de la economía tendrá a corto y mediano plazos.

Lo que pasa es el resultado de la estupidez de dar a las monedas como referente de valor un bien de consumo, el petróleo, que depende su valor de aspectos tan volátiles como el mercado: la oferta y la demanda. Es de locos.

Si salimos de ésta será porque fuimos capaces de rehacer –reinventar es un concepto más preciso– una sociedad basada en valores colaborativos, no de competencia. No individualistas al punto de borrar toda consideración colectiva. Que es mucho de lo que se ve en estos días de extremistas de derecha estadounidenses, mientras protestan por el encierro desde el miedo o desde la negación de una fenomenología que produce enfermedad y cadáveres.

En cualquier caso, igual no será mala idea revalorar seriamente la estupidez de la existencia y el dominio del patriarcado. Ya que vamos desbocados en el despedorre mundial por el abandono de una racionalidad económica con un referente estable, el oro, igual se aprovecha el viaje para desmontar la mentalidad que nos metió en este desgarriate, el patriarcado.