Política

El paraíso de los locos. Memorias de una libertaria (VI y VII)

mayo 03, 2020

VI

LA INTERNACIONAL

Martes 21 de abril de 1959

Almorcé en el restaurante del Hotel Diligencias. Sé que no debo recargarme el estómago, pero esos pulpos a la veracruzana estaban para chuparse los dedos. Valentina ya no me dice nada, esta harta de mí -quién no-; bueno, es recíproco, así que cuando se levanta para ir al baño sin que se de cuenta le escupo su sándwich con "patatas" –estúpida, rió-. Además de los pulpos, le compro a los vendedores ambulantes, que pululan por la zona de los portales, cacahuates con chile y queso tipo Oaxaca con rajas de chile verde. Para completar mi pecado, hago la combinación perfecta de licor Habanero 1930 de Isidoro Hoyos con Zaraza Vargas.

Tanta revoltura son las causantes de que por la tarde sueñe nuevamente con las imágenes que me heredó el "profeta de la Huaca". Ahora es la fortaleza de San Juan de Ulúa. En mi sueño recorro las celdas donde debió de estar preso Jesús Arriaga, alías "Chucho el Roto", el bandido generoso que robaba a los ricos para ayudar a los pobres. De todas las historias que me contaba el "profeta", las del bandido generoso, me encantaban por estar impregnadas de romanticismo y aventuras. El viejo peluquero contaba que había conocido a Arriaga en un mesón que se llamaba La Carreta, en la calle de Miguel Hidalgo, que se hicieron tan amigos, que juntos cometieron algunas acciones justicieras en contra de los burgueses.

Mi mente quedó impregnada de aquellas imágenes y en ocasiones sueño con aquel lúgubre castillo. Recorro celdas, pasajes secretos, el edificio del Gobernador, donde Carranza instaló las oficinas del poder ejecutivo, hasta llegar al muro de las argollas, desde donde podía sentir la fuerza del viento del norte que lanzaba contra mi cara gruesas gotas de agua salada.

No sé con exactitud el significado del sueño, porque físicamente nunca estuve en aquel lugar tan terrorífico. Pero en sus relatos, el "profeta de la Huaca" aseguraba que había estado prisionero en el castillo y que sabía muchos de los secretos que aquel lugar albergaba.

Las historias que este hombre contaba parecían no tener fin, y aunque muchos las tomaban a broma, en algunas pude escarbar en aquel terreno de conocimientos y enterarme de cosas, que se mantenían en secreto porque nadie se atrevía a preguntar al respecto.

Ese era el chiste de un "secreto" -decía el "profeta" - que nadie lo sabe, porque jamás preguntan nada.

- Los secretos de la ciudad de Veracruz se mantienen como tales, porque a la gente no le interesa saber -decía el "Profeta"-, pero yo los tengo, tal vez sea el último que sabe muchas cosas del puerto; otros, como Jacinto San Miguel, no los buscan, los secretos los encuentran o, como en mi caso, son confiados, porque ya no tiene caso guardarlos.

Yo fui la receptora de todo aquello y Keaton supo sacarle provecho, después entendí que era una ventaja increíble, que uno pueda saber las cosas que otros ignoran, no porque te de sabiduría, sino porque te da poder. Algo que Keaton siempre buscaba, poder de controlar a los demás, teniendo como base el conocimiento de su pasado.

Al principio me parecía cosa de magia; ahora, con el paso del tiempo me doy cuenta que no se necesitaba ser brujo o, como decía María López, tener "tres dedos de frente" para comprender que quien conoce su pasado, puede dirigir su presente y construir su futuro, porque quien no conoce nada de nada, quedará siempre ciego y como dicen por ahí: para un barco sin rumbo, cualquier puerto es bueno.

El conocimiento de lo que pasa a tu alrededor, la propia vida, su gente, sus tradiciones, alimentos y edificios. Como en el caso de los patios, los cuales contaban con vida propia. El centro de la ciudad no era la única que albergaba en su estructura vida -por estar hecha en piedra de coral-. Los patios aglutinaban a un conglomerado de vecinos de varias partes de Veracruz, del país y el extranjero. Poblanos, cubanos, alvaradeños, tlacotalpeños, españoles, alemanes, lo que más sobraba eran los chamacos; en aquel entonces había que proporcionar ciudadanos después de la revolución.

Algunas mujeres, sobre todo las esposas de los que tenían trabajo fijo en el muelle o en el puerto, les decían las "escopetas", porque siempre estaban cargadas y detrás de la puerta. No había nada que se pareciera a la planificación familiar, sólo Amparo del Castillo era la encargada de ayudar a las mujeres que no querían seguir manteniendo bocas, sobre todo aquellas que como nosotras, las prostitutas, no podíamos lidiar con ese compromiso.

Cuando los "gringos" abandonaron el puerto y Veracruz se convirtió en capital de país allá por diciembre, el crecimiento fue impresionante.

Ya existían propuestas para hacer crecer la ciudad, pero algunos ambiciones empresarios no fueron como los fríos ingleses y desoyeron los consejos de construcción.

Algunos de los patios proletarios estaban hechos a imagen y semejanza de los vecindarios ingleses. De hecho, los planos y medidas estaban en pulgadas; sin embargo, insisto, cuando los ingleses se retiraron ante el caos revolucionario, algunos españoles se apersonaron a hacer negocio de las necesidades. El crecimiento de la ciudad hacia el sur y suroeste, en todas direcciones, inclusive con los terrenos ganados al mar allá por la playa de los Hornos, hizo que desparecieran las pequeñas cabañas de pescadores, los restos del mocambo donde vivían los negros y se fundaron colonias como la Ricardo Flores Magón y la población de la Huaca creció rápidamente, perdiendo la esencia de sus orígenes.

A pesar de haber estado rodeada de niños durante mi vida en los patios, muy vagamente recuerdo haber jugado con ellos, a excepción de Miguelito Sotolongo, con quien si no jugué exactamente -porque nos dedicábamos a sobrevivir en aquellos médanos-, al menos tuvimos una amistad muy bonita, de esas que todo niño tiene, llena de anécdotas y aventuras.

Sotolongo siempre aspiró a encontrar un tesoro para sacar a su madre de la pobreza, pues su padre era un cubano al que se le veía más en fiestas que en su casa. Por eso Miguelito se aventuraba a recorrer toda la playa, desde Collado hasta Mocambo, buscando el tesoro del pirata Lorencillo. También quiso encontrar el tesoro de la Condesa de Malibrán y le ayude en sus recorridos de aquellas ruinas de la Hacienda, allá por la laguna de los Cocos, en donde para nuestra sorpresa sólo encontramos restos de niños enterrados en las paredes.

Aquel dramático suceso me causó tanto miedo que preferí dejar sólo a Miguelito Sotolongo en aquella búsqueda de los tesoros. Lo cual no le agradó y me dejó de hablar.

Con el paso del tiempo Sotonlongo se dedicó a acompañar al "negro peregrino" cantando serenatas, después me enteré que se fue a México con "Toña la Negra", donde tal vez siga, quien sabe, le perdí la pista a mi amigo de la infancia. Por lo que respecta a "presa é pollo" y a "petonito" los conocí ya siendo una persona adulta.

Al poco tiempo de cambiarme al patio de "San Salvador", con mi protector "el profeta", me inicié en la prostitución. Con la ayuda de Aurora la "Chata" Ramírez, y debido a que un lugar había quedado vacante, en la calle de Guerrero, con la muerte de la "alacrana" a manos de un cliente resentido e ingenuo, quien desconocía donde almacenan su veneno estos animalitos, me quedé con el cuartucho de la difunta, que ya había pagado por adelantado. La "Chata" Ramírez le hizo creer a la administradora que me apodaban la "chiquirrosa", que yo era sobrina de la fallecida, que venía de muy lejos y por eso no me conocía. Así que gracias a eso, no tuve que pagar renta por tres meses, mientras me hacía de clientes habituales y podía solventar los gastos del alquiler.

Los muertos me seguían echando la mano, no tardó mucho tiempo para que Don Goyo un contemporáneo del "profeta" pasara a mejor vida. Con el apoyo nuevamente de la "chata" conseguí pasarme al cuarto del difunto con todo y pertenencias que no eran muchas, - me costó varias semanas poder deshacerme del olor a alcanforina y orines. El administrador, el famoso "chato Montero" me lo dejó más barato porque el hombre había estado en agonía varias semanas y la gente decía que en ese cuarto había espíritus chocarreros. No me sentí fuera de lugar en aquel gran vecindario, pues conocía a todos, eran los mismos amigos del barrio de la Huaca y sus alrededores, así como mis colegas que trabajaban en la calle de Guerrero.

La vida en el patio de "San Salvador", ubicado en la Calle de la Huaca y Valentín Gómez Farías, no distaba mucho de los demás vecindarios, también populares, como el del Jazmín, que se ubica en la calle del mismo nombre, hoy llamada Primero de Mayo en honor a los mártires de Chicago. Como dije anteriormente, en todo los patios pululaban los niños, en aquel entonces no estaba de moda lo de la planificación familiar, y después de la Revolución lo que el país necesitaba era aumentar la población.

De todos los niños que conocí, los que me dejaron un grato recuerdo por sus ocurrencias y anécdotas fueron: Elías, alias "presa é pollo", y "petonito", el hijo de María López.

En sí, las anécdotas de "presa é pollo" y "petonito" son varias, pero me gustaría traer a colación el por qué del apodo del primero. Creo que era el año de mil novecientos veintiuno, cuando a Doña Lola se le ocurrió que en la Ciudad de México podía encontrar una mejor forma de vida para ella y una cura para su hijo Elías, que a cada rato se ponía malo de ataques epilépticos. Las vecinas solidarias apoyaron la idea de Doña Lola, y me consta que fue Doña Julia Hermida la que se ofreció a cuidar del pequeño Elías en su ausencia.

Claro que la solidaridad de Doña Julia no era desinteresada, a cambio del apoyo de cuidar a Elías Doña Lola aceptó dejar que dos parientes de la primera se quedaran en el pequeño cuarto para desahogar la vivienda de los Hermida, que más parecía un refugio de conejos que una cuartería, por el gran número de personas que lo habitaban.

Me permito aclarar que, además de estas condiciones, Doña Lola le dejó también algunos centavos a la señora Hermida para imprevistos.

En un principio, todo era miel sobre hojuelas; quiero decir que los Hermida se desvivían por atender a Elías como huésped distinguido pero, como decía el tío Tito, "el muerto y el arrimado a los tres días apesta". La anécdota que da pie a esta historia comenzó por lo mismo. A los pocos días de la partida de la mamá de Elías, Doña Julia elaboró un rico mole que fue la delicia de aquella "tribu", cuyos integrantes en número aproximado de diez convivían hacinados en aquel pequeño cuarto.

Doña Julia, su marido, su hermano "Andobas", su cuñado el "Faifas" -un bueno para nada- y una "marimba" de hijos, de los cuales sólo me acuerdo de uno que tenía parálisis en la piernas y al que apodaban "Boby"; claro, olvidaba que había que sumar al buen Elías, quien cándidamente dormía en el suelo de su propia casa porque el "Faifas" y el "Andobas" le hicieron creer que así se compondría de su mal, por las propiedades curativas del centro de la tierra.

Pues bien, el pequeño Elías debió haberse impactado con aquel guisado con pollo de Doña Julia, porque desde aquel día no dejó de pedirle con insistencia: ¡Doña Julia, quiero presa é pollo!

Durante unas semanas se escuchó a Elías pedir su "presa é pollo", hasta que los vecinos fuimos testigos de un acontecimiento. Un grupo de mujeres estábamos lavando en el patio cuando Elías se acercó a Doña Julia, creyendo que perduraba aquel amor y pensando que aún era el consentido de la familia, insistió por el asunto de la presa de pollo.

-¡Doña Julia, quiero presa é pollo!

Creo que ese día Doña Julia se había peleado con su marido, motivo por el cual la respuesta fue aparatosa y contundente:

-¡Mira, chamaco, si quieres presa é pollo que la vaya a comprar tu pu… madre!

Los antojos del pequeño Elías concluyeron con aquella frase lapidaria y, meses después, cuando regresó Doña Lola, con las manos vacías, pero cargada de espíritu bullanguero - sin querer comentó que recorrió todas los salones de baile de la Ciudad de México durante una posada con amigos, y del trabajo nada- se encontró con la novedad que a su hijo la vecindad lo había bautizado con el mote de "Presa é Pollo", el cual llevó durante el resto de su corta y singular vida. Me atrevo a decir lo de singular porque se pensaba que "Presa é Pollo" viviría muchos años, no por el apodo, sino porque en varias ocasiones había desafiado a la muerte saliendo bien librado. Su mamá contaba que de pequeño cayó en un pozo, que lo había mordido una víbora, incluso yo misma fui testigo de su milagrosa recuperación durante la epidemia de peste en el puerto del año 1920.

Recuerdo como si fuera ayer, que allá por mayo de ese año se detectó el primer caso en un niño que presentaba un bubón en la axila, de ahí pá lante la noticia corrió como pólvora y el gobierno federal mandó a un tipo mal encarado para hacerse cargo de la situación.

De mal recuerdo para muchos vecinos de los patios fue la actuación del Dr. Octavio González Fabela enviado del gobierno federal para combatir la epidemia, pues en su tozudez mandó a quemar patios enteros, mercados y bodegas, incluso aisló dramáticamente a los pacientes sospechosos de haber contraído el mal enviándolos a las afueras de la ciudad cerca de "la casamata" y a los enfermos declarados los remitió a la Isla de sacrificios donde pasaban las de Caín. Muchas familias pobres – como siempre al perro más flaco se le arriman las pulgas- ocultaban a sus familiares enfermos para que no sufrieran este aislamiento.

Ni los lunáticos y vagos que pululaban por la ciudad se salvaron, fueron detenidos bañados y rapados por las fuerzas del orden, la ciudad vivió una situación similar a la invasión de los americanos con la excepción de que la cuarentena declarada provocó que no entraran ni salieran productos, dañando la economía de los pequeños comerciantes.

El Dr. González Fabela llegó a declarar a los reporteros que la ciudad estaba ni mandada hacer para la proliferación de la peste.

Para analizar a las ratas el gobierno ofrecía 10 centavos por cada animalito, de ahí que "Presa é Pollo" no midiendo el peligro se aventurara a cazar roedores por los mercados, lo que provocó que pasado unos días se temiera que había contraído el mal.

Mucha gente se manifestó en contra de las drásticas medidas tomadas por el Dr. González Fabela, se organizaron marchas de rechazo que fueron el preámbulo de lo que vendría más tarde. Afortunadamente para el galeno - A quien ya le apodaban el moderno "Nerón" por aquello de andar quemando todo lo que se le pusiera en su camino- y para la población en general a finales de junio de ese año la epidemia cedió y ante la presión popular - incluso los vecinos de los patios cercamos a los Cocos querían linchar al Nerón– se dosificaron la drásticas medidas. "Presa é Pollo" logró sobrevivir al terrible mal, sin embargo lo que no pudo hacer el pozo, la víbora o las ratas lo vino a hacer un tranvía allá por el año 23.

Con tales antecedentes se desarrolló el Movimiento Inquilinario de 1922 y la huelga general del año siguiente. Hoy, a la distancia, pienso que todo aquello fue más un carnaval que un movimiento social efectivo de demandas y explico en breves líneas porqué.

En la ciudad sobraban "intelectuales" extranjeros de izquierda que buscaban en México la tierra fértil para que germinara sus ideales, sin embargo a la salida de Carranza las cosas retornaron a su estado normal; y digo normal porque las ideas seguían llegando a través de los distintos visitantes que venían por mar.

De los visitantes extranjeros los que sobresalían por su extremismo eran los catalanes, que traían su filosofía anarquista y experiencias en combate gracias a Ferrer Guardia. Si no me equivoco, fue por el mes de febrero de 1922 cuando llegó el buque francés Lafayette que traía un diputado español y líder socialista, un tal Marcelino Domingo, quien no aguantó mucho tiempo en el puerto y salió rumbo a la capital, dejando en la ciudad a los polizontes Jordi y Elías, a quienes ya me referí antes.

También llegó un "gachupín" de unos cuarenta años, llamado León Felipe, a quien conocí en el barrio de la Huaca. Era un jodido sin un centavo en la bolsa, que optó por dedicarse a bibliotecario. León Felipe era muy bueno para los poemas y contendía con el "profeta de la Huaca" en la cuestión del pensamiento profundo. Con quien no confraternizó fue con Jordi y Elías Palacios a pesar de ser paisanos, creo que, como aquí en México, allá no todos los españoles se consideraban como tales. León Felipe no duró mucho en la ciudad y se marchó a Estados Unidos.

Quiero agregar que tanto para mí como para muchos de mis paisanos en aquella época nos daba igual decir "gachupín" que "gallego" a todo aquel que procedía de España, sin importar que fueran de otra región como los catalanes o vascos, a los que bastante les molestaba que se les etiquetara como "gallegos".

Jordi era el más grande de nuestro grupo, Elías rondaba, como yo, los veinte años y ambos se decían discípulos de Francisco Ferrer Guardia, o al menos de sus ideales, porque tiempo después los dos bribones confesaron que en su vida lo habían conocido, aunque en las arengas siempre hablaban de él como un tipo de mesías.

Para ese entonces mi cuerpo había cambiado, era una chica guapa de 21 años, de senos firmes y caderas anchas. Vestía lo mejor que podía gracias a mis ingresos y buen gusto -cuestión de herencia, creo yo- porque, a pesar de mi profesión, no me gustaba vestir vulgar.

Aunque ya no vivía por el rumbo de la zanja seguí manteniendo mi relación de amistad con la "negra" Domitila, a quien religiosamente acompañaba a misa en la Iglesia del Cristo del Buen Viaje. La "negra" se había convertido en una madre para mí, pues a la muerte de mi progenitora me refugié en su figura, la admiraba por ser una artesana de los "menjurjes"; desde el "toloache" para hacer perder la razón, hasta brebajes de amor para retener al ser querido.

Con el paso del tiempo y a la desaparición de la bruja María Cancino, la "negra" ocupó su lugar en el estrado de los grandes brujos de extramuros. Gracias a ella aprendí algunas pócimas y sobre todo uno de sus principales ingredientes secretos, que era lo que ella llamaba "agua bendita". Este ingrediente consistía en recoger el agua que escurría del bajante del techo, donde la tía del Padre Caspiano colgaba la ropa interior. Yo se que suena a burla o algo blasfemo, pero yo con estos ojos -que algún día se comerán los gusanos- observé cómo Domitila se lavaba hasta la cara con aquella agua.

Así como ese ingrediente había muchos otros; como la tierra de panteón, el pelo de un pelirrojo, gorriones, gatos negros. Por cierto, otra de las anécdotas de "presa é pollo" tiene que ver cuando le encargué, por orden de "Domitila", uno de estos animalitos y el pendejo chamaco confundió a uno de estos felinos con un zorrillo, confusión que le costó traer la pestilencia y dormir en el patio de la vecindad.

Cuando Keaton escuchó mis historias respecto a estos brebajes quedó muy interesado, al grado que años después fue un experto en venenos no clasificados de la CIA.

Regresando al tema de los patios, recuerdo que cuando empezó la huelga de inquilinos en 1922 se instruyó a los miembros del sindicato que se hicieran en cada patio de un silbato, cosa que no costó trabajo conseguir porque nuestros amigos los estibadores del muelle nos los proporcionaron. Estos silbatos servían para poner en alerta a los vecinos cuando llegaban los administradores a querer cobrar la renta.

Los gritos que se escuchaban por aquel entonces eran: ¡El pueblo, unido, jamás será vencido! y ¡Mueran los propietarios burgueses de mierda!

La señal de auxilio era el sonido del silbato, al mismo acudíamos todos los vecinos, miembros del Sindicato y agregados como "Mundaya" y el "mudo" para ayudar a los compañeros en problemas, inclusive aunque no fueran miembros del sindicato, como pasó con Doña Abad, que después de ser una apática resultó una de las más fervientes defensoras del movimiento cuando le convino.

A María López la conocí durante los mítines del Sindicato, ella era de mi edad y vivía en el patio del "Pensamiento", también cerca de la Zanja. Hicimos buena amistad, aunque ella no se mezclaba con nosotras, pero en la algarabía de las fiestas de los patios, que en eso se transformaban los famosos "misters" - como ella los llamaba- todos nos "tolerábamos".

Ella era una mujer muy luchona, madre soltera, apoyaba al grupo de Amparo del Castillo y sus hermanas: Inés y Titi, quienes con el tiempo se convirtieron en lideresas de un sector social del PRI (Partido Revolucionario Institucional).

A la larga, la lealtad de María López le hizo acreedora a unos terrenos y una base como trabajadora de planta en el Hospital General, donde aún trabaja. Al hijo del desliz de López -no recuerdo su nombre de pila- le apodaban "petonito". Un chamaco sumamente travieso y vivaz cuyo apodo era un eufemismo para decir que el chamaco era "prietito", y por eso el mote. Como yo soy muy franca diré que la verdad de prietito no tenia nada, pues a mi gusto el chamaco era como decía el tío Tito: "Más negro que la noche en que se perdió la marrana".

No es que quiera ser cruel, tal vez porque yo no tuve hijos y quién sabe cómo pudieran salir, pero siempre fui honesta y no me gustaba andar con rodeos, lo que es feo es feo aquí y en China.

María López era una mujer reservada, pero con el tiempo me gané su confianza y me contó que habían llegado de Tlacotalpan a buscar mejor modo de vida, pues después de la Revolución, la Perla de Papaloapan dejó de serlo para convertirse en un lugar sin futuro. La famosa Tlacotalpan de Díaz, en honor a Don Porfirio, fue perdiendo importancia por el caos post revolucionario y sus ingenios dejaron de ser un aliciente para la población, así que el pueblo exportó a sus mejores hombres y mujeres.

Sin más familia que "petonito", María López se dedicó a la venta de dulces tradicionales, como las "cocadas" que vendía en las dulcerías de la ciudad. Con sus pocos ingresos fue sacando poco a poco al chamaco hasta que se convirtió, según ella, en un hombre de bien.

Regresando al tema de las reuniones del Sindicato, quiero agregar que siendo la ciudad de "al revés" los organizadores de los mítines comunistas concluían sus reuniones acordando cosas superfluas, como la organización de los preparativos para las reuniones de navidad, el día de la Virgen, fiestas patronales y religiosas o quién se encargaría de la organización de la rama o el "viejo" para el aguinaldo, que nada tenían que ver con el objetivo principal; sin embargo, todos reconocían que debíamos mantenernos unidos y hacer frente común al problema primordial que eran "las rentas elevadas". Claro que como el asunto era de tendencia "anarquista", nunca llegamos a un acuerdo a ese respecto y las reuniones terminaban como dije antes, solucionando cosas intrascendentes como quién se haría cargo del ropón del niño Jesús, claro, al finalizar cada reunión era obligatorio que todos entonáramos la Internacional.

Cantábamos la Internacional, adornábamos los patios con banderas rojas y creo que hasta con luces cubiertas con celofán rojo. Después se quedó la tradición de que las que trabajamos en el talón pusiéramos un foquito de color rojo fuera del negocio.

Respecto al Gobernador Adalberto Tejada, quiero decir, que a pesar de lo que se decía en el movimiento, para mí nunca fue santo de mi devoción, igual que Guadalupe Sánchez y sus muchachos, sólo puedo decir que eran buenos clientes, pues pagaban con plata y no molestaban con requerimientos especiales.

Hablo de los requerimientos especiales, aunque sé que no debo de escribir acerca de estos, por lo el secreto profesional, me gustaría hacer mención de que éstos tenían una tarifa mayor, como en el caso de Justino Ramón, cuyo requerimiento extraño -aunque la palabra extraño dejé de usarla desde hace tiempo, creo que se oye mejor preferencia-. Consistía en pegarse a mi pecho solamente. Pagaba el doble del servicio por mantenerse como un crío chupando y chupando de manera desesperada. Nunca me produjo daño, pero sí llegaba a molestar su insistencia de estar de esa manera. Gracias a Justino degustábamos unas suculentas viandas y los mejores licores que llegaban al puerto. Era un hombre soltero y dadivoso que vivía solo.

Me contaba que su madre había muerto cuando él era pequeño y también había llegado con los carrancistas. Creo que el tipo era de Puebla, lo recuerdo con cariño porque yo nunca fui madre y entre las muchachas me jugaban bromas cuando lo veían llegar, porque me decían que ahí venía mi crío.

Aprovechando que estoy escribiendo todo esto me quiero confesar. De las preferencias especiales también recuerdo a un viejito muy lindo. Don Eladio, tendría como cien años, pensaba yo, pero ese amable viejito me hizo muy feliz, porque nunca se propasó, es más, yo en alguna ocasión le quise agradecer todas sus atenciones como pensaba que debía y él se sintió ofendido. El servicio era a domicilio. Don Eladio tenía una quinta muy bonita en la avenida de la Libertad. Era un hombre solo y acaudalado que no tenía familia y cada quince días iba yo a su casa a platicar con él, en eso consistía el servicio; platicábamos de la vida, de sus tiempos, de cómo era todo de ordenado en la época de Don Porfirio. Cuando llegué a ver las películas de Joaquín Pardavé me acuerdo a cada rato de Don Eladio, porque era igualito al artista.

Respecto a los militares, Tejeda y sus muchachos no eran tan remilgosos en estos temas del sexo, teniendo en cuenta que más que militares eran animales políticos y sabían que el tiempo de los generales estaba pasando de moda y se ponían las pilas, dejaban a un lado el honor militar para entrarle a la batalla de los "cañonazos de cincuenta mil pesos". Por eso se me hizo raro cuando, después de traerse un "tira y afloje" con el "manco" Obregón, se le unió para acabar con De la Huerta. Luego regresó a lo mismo y fue hasta con Elías Calles cuando se dedicó a comer curas, quemar iglesias y tratar de demoler medio Veracruz en aras de la modernidad.

Pero me queda muy claro que las convicciones en México no encuentran la tierra fértil que es necesaria, digo, también hablo por mí. Así, toda la pureza de aquellas filosofías o doctrinas son trastocadas y adecuadas al puro "estilo mexicano", por eso no me extrañó, cuando en una entrevista Herón Proal se autodenominó como un "Comunista a la Mexicana".

Digo, por un lado atacábamos a los explotadores, alabábamos la figura de Lenin y entonábamos los cánticos marxistas en los patios con aquellas cancioncitas punzantes que rezaban así:

Los curas, los papas y los jueces de la religión,

acabarán su vida de infames leguleyos,

y segarán sus fueros la Revolución.

ó

Soy inquilino y no pago renta,

así lo manda papá Proal,

y al que pague le dan caballo,

para que no la vuelva a pagar.

Muchos hombres se aprendían con devoción las letras, como el tío Tito, que siempre tenía nuevas ocurrencias, y sobre todo las que atacaran a los religiosos, porque sabían que hacían enojar a las damas de la "vela perpetua", que como en el caso de Doña Abad, que hacía tremendos corajes cada vez que el "tío" Zamudio citaba a Góngora con aquello de:

Cura que, en la vecindad, vive con desenvoltura

¿Para qué le llaman cura si es la misma enfermedad?

Pero en el año de 1922 las cosas no llegarían al grado de la guerra cristera de los años 30, todavía la convivencia en la ciudad se podía decir que fue más o menos armónica entre el clero y el naciente proletariado bolchevique jarocho. Como dije anteriormente llegaba diciembre y, los mismos que habíamos entonado esos cantos rojos, le rezábamos a la Virgen y luego en Navidad pedíamos posada paseando en un burro a la Virgen y San José. Tal vez nos podríamos catalogar como comunistas a la veracruzana.

Respecto a las tonadillas comunistoides, eran cantadas por todos los inquilinos en huelga y en ocasiones, los chiquillos pedigüeños la tarareaban por las calles, haciendo enojar a los ricos españoles, que tomaban su descanso en los restaurantes de los portales.

Cuando algunos chamacos como "Presa é Pollo" se dieron cuenta que podían chantajear a los "gallegos" ricos de la ciudad a cambio de unas monedas para mantenerlos callados, pasando de restaurante en restaurante por los portales, acechando a ver a quién le molestaban los cánticos revolucionarios.

Alguna vez leí un libro de una viajera inglesa que visitó Veracruz por esas fechas, creo que se apellidaba Camerón. Hace un fiel retrato de lo que se vivía y vive actualmente en los portales de la ciudad. El libro se llama México en Revolución. Referente al tema de los pedigüeños, aún hoy hay que abanicarse por un lado y por el otro negarse ante tanta gente que pide o vende algo. Entre todos mis apuntes, tengo por aquí una nota que me gustó:

"Veracruz es totalmente bolchevique. Pasan y vuelven a pasar muchos ciudadanos pobres con apariencia de estar muertos de hambre, por lo delgado y ojerosos que son y, durante el tiempo que permanecimos en la mesa, hubo un constante recorrido de mendigos, lisiados y léperos, que extendían sus sucias manos para pedir limosnas y a quienes uno debe darles algo, aunque sólo sea un pan o un poco de comida, pues de otra manera una piedra llegaría volando en nuestra dirección."

En el mes de marzo de 1922 había gran entusiasmo por parte de los inquilinos, pero sobre todo las chicas del gremio estábamos muy motivadas por los logros y reconocimientos de nuestras actividades por parte del Sindicato. De hecho, unos días después de la marcha en contra de los hermanos Cangas, donde nos dedicamos a gritarles frente a su despacho hasta de lo que se iban a morir, nos dirigimos al Hotel Diligencias donde escuchamos a José Olmos, Porfirio Sosa y al propio Herón, quien con sus palabras nos dio un profundo orgullo, sabíamos que alguien se fijaba en nosotras como personas y no como simples objetos.

Ustedes merecen un voto de confianza del comité del huelga y de todos los habitantes de Veracruz -dijo Herón desde uno de los balcones del Hotel Diligencias-, porque fueron las primeras en decretar la huelga que hoy ha tomado proporciones gigantescas.

Abajo lo escuchábamos con gran entusiasmo, a pesar del ruido y desorden que armaban los borrachos y las señoras que llevaban a sus hijos como si aquello fuera parte de un circo.

- "El sindicato rojo de inquilinos les abre los brazos y les llama con todo cariño: sus queridas hermanas".

Esta definición hizo reír a la mayoría, lo que a Herón molestó, y a nosotras nos hizo entrar en razón que no todos estaban con nosotras y siempre seríamos las desheredadas, unas parias y no, como decía Herón, la carne de explotación de los burgueses.

A pesar de las burlas, las mujeres "libertarias" seguíamos firmes en nuestros propósitos de lucha y solidaridad con el Sindicato, sobre todo con el apoyo de la recién llegada María Luisa Marín, una chica de la ciudad de México que vino a engrosar las filas de las libertarias y que se convertiría en pareja sentimental de Herón.

Desafortunadamente, funestos presagios se veían venir con la intromisión de gente pagada por el gobierno para romper la unidad del movimiento. Aquí quiero aclarar que si bien es cierto las actividades del Sindicato en ocasiones no eran pacificas, éstas constaban solamente de una buena "madriza", o como decíamos dar "caballo", igual a la que le dimos al "Chato" Montero o a los hermanos Cangas. No había pasado de ahí, sin embargo, las cosas se pusieron al rojo vivo cuando a mediados de marzo ocurrió el asesinato de la Viuda García de Torres.

La señora García de Torres -no recuerdo su nombre de pila- era una respetable anciana vecina del sindicato, su departamento estaba en el segundo piso. Su muerte nos impactó a los que la conocíamos de años por ser una mujer muy respetada en la ciudad, estricta y de costumbres extravagantes, como la de bautizar con el nombre "Alí" a todos los perros que tenía.

Quiero aclarar este punto, así que me explicare mejor. Cuando yo era pequeña, conocí el caso de la señora García Torres por boca de mi madre, quien, cuando vivía en intramuros, se la había presentado la abuela. Según mi madre, desde ese entonces, la señora Torres ya tenía años de viuda, su marido, fue un español que había servido como diplomático en Marruecos. Poco se sabía de su vida sentimental, pero algunos aseguraban que no había sido muy buena en aquel lejano país, otros decían lo contrario, que algún amante musulmán la había embrujado. En fin, la viuda García siempre se hacía acompañar de un perrito llamado "Alí". En la fecha que yo la conocí, como por el año de 1912, debió ser el cuarto "Alí" el que la iba acompañando, porque según iban muriendo -ya sea de manera natural o por algún mal vecino que se los envenenaba- la señora García les seguía poniendo "Alí" a sus perros, aunque éstos fueran hembras. Pues bien, a mediados de marzo las cosas se calentaron, no sólo por la onda de calor que azotaba el puerto, sino por los malos ejemplos -de acuerdo a las autoridades- del movimiento que se extendía por todo el estado y a nivel nacional.

En Xalapa, como en Orizaba -donde no había problemas con la vivienda-, se gestaban huelgas de inquilinos. En la Ciudad de México y Guadalajara hasta muertos hubo por los enfrentamientos entre los manifestantes y autoridades. El poder de Herón crecía, ya lo había demostrado al entrar y salir del Penal de Allende, donde luego nos volvimos clientes habituales todos, gracias a la fuerza de sus seguidores, que éramos miles, nos apersonábamos a las afueras para exigir su liberación

El miedo del "negro" García, por perder la Presidencia Municipal, lo hacía dudar qué partido tomar. Por su parte, la presión del gobierno español no se hizo esperar gracias a que el "Chato" Montero -cuando le convenía era súbdito español- se quejaba en el Consulado a nombre de la comunidad española de las tropelías de las que, según él, sin razón, estaban siendo víctimas.

Regreso al caso de la Viuda García Torres, quiero decir que esos lamentables hechos se dieron por culpa de "presa é pollo" –independientemente de que la viuda nos lanzara los orines de "Alí" desde el segundo piso, ya la mayoría la conocíamos-, quien durante una manifestación del Sindicato se subió al balcón de su casa a colgar una bandera roja. El sexto o séptimo "Alí" -acepto que desconocía qué número llevaba- salió al balcón a ladrarle al intruso; "presa é pollo", asustado, lo pateó ocasionando que la Viuda García se pusiera fúrica. Empezó a insultar al chamaco, como éste no le hizo caso y a fuerza colocó la bandera en el balcón, ésta le soltó un macetazo, que le hizo perder el equilibrio y caer encima de la multitud. Para suerte de "presa é pollo" el golpe con la maceta sólo lo aturdió -aunque después le aumentaron sus ataques epilépticos, que lo llevaron a la tumba al caerse del tranvía. Víctima de un ataque de ira, o más bien encabronada, como diría María López- la viudita dejó de lado la cortesía diplomática aprendida en sus viajes y se dispuso a lanzar macetas como si fuera confeti.

Y como violencia genera violencia, una de las macetas hizo blanco en el hijo de un poblano matalote que sin pensarlo dos veces le descargó su arma a la señora, según para espantarla. Antes de huir el poblano, llorando alegaba que jamás le había atinado a algo estando sobrio, pero en esta ocasión dos proyectiles hicieron blanco en el pecho de nuestra vecina.

Luego, todo fue confusión, el hermano de la viuda -el señor García, por supuesto- presa de la desesperación, sacó una vieja escopeta del tiempo de la independencia y disparó a la multitud, con tan mala puntería, eso sí, que sólo hubo algunos heridos por los perdigones y por supuesto "presa é pollo", quien inconsciente fue llevado por Doña Lola a las instalaciones de la Cruz Roja, que funcionaban en los bajos del derruido Palacio Municipal sobre la calle de Lerdo.

Desde aquel día el General Guadalupe Sánchez buscaba un buen pretexto para encerrarnos. Por desgracia, aquella muerte no fue la única que le achacaron al movimiento. A partir de ese mes, los ataques de instigadores y esquiroles enviados por el gobierno proliferaron, sobre todo aumentó la compra de conciencias por parte de las autoridades dentro del mismo Sindicato y en sus agremiados para romper la unidad del movimiento.

Los desmanes ocurridos en la ciudad de Guadalajara en esas mismas fechas sirvieron como un excelente pretexto para que, junto con la muerte de la Viuda García Torres, nos hostigara la policía y el ejército. Unos días después, las autoridades federales decretaron que todos los extranjeros sin documentos serían expulsados del país

Eso puso nervioso a más de uno en el movimiento, que, como el cubano Mundaya, había sido identificado como miembro del sindicato. Presuroso Mundaya empezó por buscar mujer para casarse y a punto estuvo de convencer a María López, pero ésta prefirió dejar las cosas por la paz, porque aunque necesitaba de un apoyo para ver crecer a "petonito", sabía que Mundaya no cubría ninguna de las características que se requieren para ser un buen marido, o como diría el Tío Tito, sólo cubría los requisitos para ser Rey del Carnaval.

López después se justificó diciéndome una de sus frases celebres: "para tener un pedazo de chorizo, no es necesario cargar con todo el marrano".

Otra que también estuvo a punto de caer en la redes del romántico Mundaya fue Doña Lola, quien a su regreso de la Ciudad de México, sin éxito, volvió a tratar de ganarse la vida vendiendo manteca de cerdo. Ante la oportunidad y haciendo mutis de la fealdad de "presa é pollo", Mundaya se apersonaba todos los días en el cuarto de Doña Lola para hacerle la ronda y convencerla de que se casaran.

Mundaya hacía hasta lo imposible para contener su desprecio por "presa é pollo", incluso lo llevaba a pescar al muelle, lo que hizo se distanciara del "mudo" González, a quien se le veía triste andando por las calles. De ahí que el "tío" Tito Zamudio fuera el primero en afirmar que la relación entre el cubano y el "mudo" no era del todo profesional, asegurando que Mundaya le había enseñado a decir algunas palabras al mudo como la "a" y la "i", y otras que parecían como gemidos, cosa que sólo hacía reír a Doña Lola y por supuesto enfurecían a Mundaya.

VII

LA CULPA ES DEL DANZÓN

Miércoles, 22 de abril de 1959.

Hoy es una mañana clara. La noche fue diferente porque los fantasmas me dejaron descansar; mas no así la inflamación de colon, producto de mis excesos con los antojitos jarochos. Cómo extraño a María López, mi fiel amiga, cómo no hacerlo, si en Valentina no puedo confiar porque es capaz de traerme del mercado otra cosa que no sea "cola de caballo", que es muy buena para desinflamar el intestino.

Me conformo con un alka seltzer que Valentina me trae a regañadientes, no dudo me escupa el agua y yo no lo note por las burbujas, bueno, yo también haría lo mismo si estuviera en su caso. Me entra de nuevo el apetito y el antojo, así que bajamos a desayunar al Café de la Parroquia.

Valentina, aparte de recordarme a Crisanta, me enfada por su "agringamiento", la muy ladina es más mexicana que un nopal, pero como ya tiene mucho tiempo viviendo en los "Unites", se cree parida por el mismísimo Tío Sam. Con desagrado me acompaña a desayunar, sabe que me molesta que pida sus Hot Cakes con harto tocino y una Coca Cola.

Si viera lo que yo sufrí para acostumbrarme a esa clase de comida, claro que, ahora asisto casi diario al Café de la Parroquia del portal, aunque los dueños tengan por mascota a una rata en la cocina, disfruto mis "gordas" y "picadas", acompañadas de mi lechero y mi Zaraza Vargas donde remojo mi pan.

De la Zaraza Vargas se dicen muchas cosas, que su sabor tiene un secreto independientemente de la fórmula, según, traída de Francia. Entre las leyendas que corren de boca en boca, se dice que el peculiar sabor se debía a Elio, un enanito que trabajaba en la fábrica de la avenida Allende y que por las noches se metía desnudo a bañarse en la tina del refresco y eso es lo que le daba su peculiar sabor. Otros dicen que se debe a que no lavaban bien los envases y se suelen encontrar hasta patas de cucaracha, eso sí me consta, pero aún así es mi refresco preferido.

Será cualquiera de éstos el secreto, pero lo que si sé es que hay que tomarla bien fría, porque al tiempo sabe a medicina.

Le pido a Valentina que me traiga El Dictamen para enterarme de las noticias.

-¿Por qué sigo comprando El Dictamen?- Bueno, la respuesta es simple, además de ser el único diario local, que, acaso ¿no somos dulces enemigos?

Sigo pensando que ésta es la ciudad de "al revés". Dentro de los festejos para conmemorar la gesta heroica de 1914, los presos del Penal de Allende tuvieron un convivio con canciones españolas, acompañados de María Huguet, la estrellita veracruzana, junto con Perlita, la reina de los gasolineros.

¡Bah!, las cosas no han cambiado en todos estos años, ¿o sí?, acaso no tuvimos nuestro octubre rojo en el penal, donde celebrábamos muy al estilo bolchevique, pero nosotros éramos luchadores sociales y no delincuentes comunes.

En los deportes, las cosas siguen igual con Santos Amaro, las Águilas blanquean a Los Tigres. En el plano internacional Irak cae en manos rojas, mejor ojeo el magazine con las caricaturas del Tío Barbas dibujado por Fola.

Sé que a mi edad no debo recargarme el estómago, aunque Valentina me lo esté repitiendo no la escucho, ya se parece a Keaton con sus regaños. Para darle un poco de dolor, le digo que debo dar otro paseo por el malecón para bajar el desayuno. Se queda muda, me deleito sabiendo que debió de haberse quedado callada, le pido el brazo del martirio para levantarme.

El Castillo de San Juan de Ulúa se ve tan cercano, tal parece que pudiéramos pasar caminando. Me acuerdo de mis sueños lúgubres, pero también de la "cotorra", aquel nefasto personaje, quien después de ser cliente habitual de aquel recinto fue uno de los beneficiados con la liberación, no sé a qué se debió, porque era un tipo peligroso. Algunos dicen que sabía mucho y había colaborado con los "gringos" llevando muertos a la Isla de Sacrificios. Que conocía algunos secretos como yo, sobre quienes colaboraron con el invasor y querían que se quedara en el olvido.

La "cotorra" regresó al patio de la vecindad y se dedicó a lo que ya sabía hacer muy bien, robarle a la gente; sin embargo, alternó esta actividad con la de soplón y "oreja" de los carrancistas primero; después, de los obregonistas, y así sucesivamente cambiando de bando, cuando el mejor postor ofreciera algunas monedas para seguir manteniendo el vicio del aguardiente.

Herón desoía los consejos de Jordi de eliminar a los soplones y hacer demostraciones de poder. Herón no era un tipo siniestro como lo han querido hacer parecer, era un hombre con convicciones sólidas, el si creía en lo que estaba haciendo.

Jordi y Elías Palacios eran tipos extremistas, creían que con muertes se solucionaba todo, como una especie de reinado de terror, que Herón se convirtiera en el Robespierre jarocho. Pero Proal no tenía la madera necesaria para ser un líder sanguinario. Recuerdo que la muerte de la Viuda García Torres, vecina del sindicato, le consternó mucho y ni qué decir con los sucesos del 5 y 6 de julio, lo dejaron sin habla.

Los "orejas" estaban a la orden del día, la "cotorra", el "Faifas", y el numeroso grupo de vividores, encontraron en el movimiento inquilinario su filón de oro para no trabajar y vivir de "gorra". Eran las rémoras del movimiento, causaban más daño que bien; aparte de que no aportaban ideas o trabajo, sí iban y llevaban información a los cuarteles.

¿En quién podías confiar? Al paso del tiempo, Herón se volvió muy sensible y esquizofrénico, tal como Stalin, veía traidores por todos lados. Claro que no se equivocó con Olmos. El marmolista José de Olmos, como cualquier judas, sólo fue el viento, el verdadero culpable era el viento, la túnica negra archivada en el guardarropa de la historia como bien escribió León Felipe.

Jordi estaba convencido de que el movimiento no tenía futuro, porque faltaba esa esencia que según él debía tener el jarocho, el compromiso. En lo que se equivocaba era que creía que los elementos estaban en el ambiente, como un tipo de peste, algo que los incitaba a traicionar los ideales del movimiento. ¿Sería el danzón?

Yo me percaté que su desencanto comenzó con aquella marcha por la avenida Principal. Nos habíamos reunido cientos de personas, convocadas por el comité del Sindicato, cuyos miembros estaban en un balcón del Hotel Diligencias. Herón habló sobre el mismo tema que, poco a poco se iba desgastando, la explotación del proletariado y la importancia de la huelga de inquilinos.

Abajo la gente se amontonaba esperando saber a qué hora sería la repartición gratuita de tamales y pulque, pero, claro, no faltaban los vendedores de aguas y helados que hacían su "agosto", pues fue una tarde calurosa.

En aquello días estaba de moda un danzonete que rezaba así: ¡Sí, dásela!

Cuando Porfirio Sosa, pidió la palabra, Herón siempre respetuoso del sentir popular, les preguntó a los asistentes:

-El compañero Porfirio Sosa pide hacer uso de la voz, ¿se la damos?

Al unísono, y como resorte los de abajo respondieron:

-Sí, dásela.

Algunos aplaudieron y otros empezaron a bailar, mientras Herón y los compañeros se asombraban de la gran facilidad que tenían los jarochos para jugar cuando las cosas eran serias.

Por más que trataba Herón de llamarlos al orden, los asistentes a la marcha siguieron bailando y haciendo guasa del famoso danzonete.

Jordí se percato de tropicalidad del movimiento y recuerdo muy claramente que exclamo:

-¡Merde, estamos perdidos!

Propiedad comunal, propiedad privada, muy pocos entendíamos eso del comunismo y la mayoría estábamos más enterados de la moda del danzón, que recientemente había llegado de Cuba para quedarse, dejando a un lado las famosas fiestas del fandango veracruzano. La verdad, al principio le entré al movimiento inquilinario por "relajo", como bien decía el Herón "las cosas nos las tomábamos a relajo".

Para ser franca, ni todos entendían bien lo que era el comunismo, ni la mayoría eran ateos o aspiraban a serlo, y por supuesto, ni todos eran experimentados terroristas. Alguna vez el mismo Jordi me confesó que en su vida había visto a Ferrer Guardia, y apurado Elías Palacios sabía leer y escribir. Que se habían venido de España porque allá para vivir tenían que trabajar.

Cuando no se trataba de "relajiar" eran las revanchas las que movían las acciones, como cuando José María Montero, el "chato", casi fue muerto a golpes por los vecinos del patio de San Salvador. Fue por abril cuando al "chato" se le ocurrió ir a cobrar la renta, cosa que estaba prohibido por el sindicato. Doña Coti, una señora que apenas si escuchaba, no entendía lo que el "chato" tanto reclamaba, así que fue golpeada por éste, lo que ocasionó que las señoras del barrio chiflaran pidiendo ayuda.

Al "chato" le dieron "caballo". Golpeado salvajemente junto con un policía -al que en mala hora se le ocurrió ir en su auxilio- fueron paseados por las calles principales hasta el balneario de regatas, allí fueron bañados en chapo y cubiertos de plumas. Estos acontecimientos pusieron en alerta a la comunidad española y metieron a más de uno en serias dificultades para que la sangre no llegara al río, entre ellos estaba el poeta Alfonso Reyes, quien a la sazón era diplomático acreditado en España y a quien se le recuerda más por sus poemas que por su labor diplomática.

Propiedad comunal, propiedad privada, muy pocos entendíamos eso del comunismo y la mayoría estábamos más enterados de la moda del danzón, que recientemente había llegado de Cuba para quedarse, dejando a un lado las famosas fiestas del fandango veracruzano.