Política

De la ideología "escondida" de México. Parte II

mayo 02, 2020

Está claro que altercar sobre el pacto federal por asuntos de distribución del dinero de los impuestos es inoportuno en medio de una pandemia y que las repercusiones, de continuar la cargada, incentivarían la riesgosa inestabilidad del país, lo que pone en entredicho la vocación democrática de sus promoventes, pues si los conservadores históricos pretendían mantener el statu quo, estos personajes han dado un paso más allá, a la guisa de la derecha sudamericana, y por ende han sido tildados de golpistas. Omiten, aparte, que existen los gravámenes estatales, que en varias entidades han disuelto o eludido cobrar en aras de una rentabilidad electoral. Es lo sucedido con la tenencia vehicular.

De tal manera, esta cuestión, pudiendo ser concertada en otro momento, se impulsa no con tintes, sino manchones políticos, evidenciados por el torpe amago de nombrar al ominoso Javier Lozano como vocero especial de la Coparmex. Pero en realidad son económicos, pues de las cúpulas empresariales la preocupación ante todo es el profit. A los acuerdos que habrán llegado a cambio son previsibles, mas aún insondables. Lo cierto es que aspiran a que el Estado solicite un préstamo para rescatar a las grandes empresas. Es lo cualquier mandatario neoliberal haría. Y el grueso de la comentocracia forma parte de este juego, al presentar su interpretación de la realidad con la misma acritud que sentenció la líder conservadora Margaret Thatcher para imponer el neoliberalismo en Gran Bretaña y el mundo: no hay alternativa (There Is No Alternative). Además, es lo que están haciendo los europeos, Estados Unidos e incluso países como El Salvador, ¿por qué no?

Primero, porque exhiben un característico deslumbramiento por lo exógeno y su desprecio por lo mexicano –verbigracia, las inexplicables quijotadas racistas del Bronco contra los sureños– y el país mismo. El asumir que de aquí no puede surgir una política distinta es un padecimiento latinoamericano implantado que da por sentada una inferioridad colonial. Un símil radica en quienes optaron por importar un príncipe europeo en el siglo XIX. El entreguismo ha sido desmedido y ha despojado al gobierno mexicano de posibles providencias para asegurar la soberanía. El sector energético y la banca rescatada y luego privatizada son ejemplos de ello.

Segundo, porque dicha idea de soberanía contenida en el pacto federal, ya vapuleada, se vería mucho más comprometida en caso de recurrir nuevamente a los créditos leoninos de organismos internacionales. He ahí que enseguida de recibir El Salvador 389 millones de dólares del FMI para la crisis del Covid-19, le fueron instruidas "recomendaciones" de ajustes fiscales, de naturaleza tributaria con alza en rubros como el Valor Agregado y los combustibles; a lo que el presidente autodenominado millennial, Nayib Bukele, aquel que ordenó fuerza letal contra los maras, accedió sin contemplaciones. Y si alguien duda que esto no es intrusión externa y que va en detrimento de los salvadoreños más pobres, queda invitado a darle seguimiento a los flujos migratorios hacia el norte del continente.

Tercero, porque ellos, quienes se ostentan como carentes de ideología y repudian la anteposición de la población pauperizada con los calificativos de populista e irracional a quienes se atrevan a hacerlo, afirman justamente que las ideologías son "reliquias" al igual el Estado y éste no debe intervenir, puesto que afectaría el comportamiento de reglas cuasi biológicas de egoísmo humano, incompetencia de las masas y de un mercado autorregulado que da a cada cual lo que merece. Mientras con alegría y fervor lo arguyen, seguros de que su posición aventajada es en virtud del mérito propio, por otro lado demandan endeudamiento público a su favor.

Si el Estado no sirve, ¿para qué lo invocan? Mejor dicho, ¿a qué intereses debería obedecer? Esta lógica, indiscutiblemente opuesta a la idea del bien común, los asocia a los conservadores de la historia, en tanto que estriba en su trasfondo la preservación del poder – y privilegios– para una nobleza local y en modo alguno para el pópulo "ignorante". En todo caso, así se configuran en la brújula política sus postulados prácticos, que no los electorales, ya que entonces esgrimen un discurso de centro ideológico.

La discusión del pacto federal es de gran actualidad, sin duda, sobre todo debido a que las reformas estructurales del "consenso" de Peña Nieto fueron sólo para aceitar el funcionamiento de un modelo económico y las necesidades de la actualidad pueden no estar apropiadamente representadas en el texto constitucional. El verdadero problema sería la adecuación normativa para conciliar la realidad jurídica con la realidad social; no obstante, el divisionismo que propala esta facción corporativa y su diseminación por la intelligentsia neoliberal para el descrédito del gobierno federal, es un asalto a la institucionalidad que han ensalzado ad nauseam.

Expresó Baudelaire: "el mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existe" y el dogma del neoliberalismo, cuya fuerza ideológica subyace en la cultura del consumo y la individualización, es decir, la negación de la sociedad, se oculta detrás de una supuesta inmanencia y se preserva condenando, estridente, cualquier enfoque que "se salga del huacal". De ahí que sea relativamente entendible que se tolere –o confabule– deslizar hacia la opinión pública ese desangelado discurso separatista en tiempos de Covid-19, en vez de acoger el humanismo que México precisa tras décadas de fragmentación y exclusión social.

Cierro con una sentencia del ilustre conservador Lucas Alamán, quien sostuvo que el Partido Conservador en sí nunca existió: "vamos a asignar su verdadero valor a los hechos y a las ideas; pero (...) antes que partidarios de tales o cuales ideas, somos mexicanos".