Política

La ocasión

mayo 02, 2020

Señala la ONU que las epidemias zoonóticas surgen y seguirán produciéndose por el desequilibrio ecosistémico creciente y los fenómenos asociados a él.

No son una conspiración ni una venganza de la naturaleza –aunque esto último se antoja pensarlo–, sino el resultado de una predecible cadena causal que, además, fue anunciada.

Basta recordar los devastadores incendios que asolaron la Amazonia en agosto de 2019. Incendios provocados para ganar tierras para la ganadería. Son consecuencia de un modelo de desarrollo que destruye la biodiversidad y arrasa las tierras de los habitantes originarios. Efecto Bolsonaro, le llaman.

En enero y febrero la mayor parte de los habitantes del Norte y el Sur global manifestaba una estúpida indiferencia hacia lo que creía que sólo afectaba a pueblos indígenas de territorios lejanos. No debería de extrañar especialmente; sucede que buena parte del mundo está gobernado por idiotas: Trump, Bolsonaro, Macron, Pedro Sánchez, Sergio Mattarela, Kim Jong-un, Nayib Bukele.

La ciencia sostiene que el salto de los nuevos virus al ser humano se produce por una serie de causas relacionadas entre sí: la destrucción de la biodiversidad, la deforestación, las condiciones insalubres y el despiadado trato a los animales tanto en la ganadería industrial de Occidente y Oriente como en la caza, el tráfico ilegal y los mercados húmedos asiáticos de animales vivos y la invasión del hábitat de los animales salvajes por asentamientos humanos. Más las industrias extractivas y explotaciones agrícolas y ganaderas intensivas, el cambio climático, el mal uso de los combustibles fósiles, la híper movilidad y una globalización que solo atiende al beneficio económico a corto plazo.

Con tal combinación de estupidez –neoliberalismo y patriarcado– no debería extrañar que la humanidad haya caminado derecho hacia la tormenta perfecta en la que está metida.

Conceptos como compasión, solidaridad y justicia, son desvalorados por el discurso y pensamiento neoliberal que, cínico, promueve el cálculo egoísta del homo economicus. El rational choice que, frente a los valores del cuidado y el principio de la precaución, propone la dominación y el principio del riesgo.

Podría aprovecharse el encierro para recordar que un ser humano no es independiente del otro, que no puede subsistir sin cuidados porque es extremadamente vulnerable.

Es improbable que todas las personas salgan de esta crisis con la convicción y la energía necesarias para cambiar este rumbo que conduce al colapso. Sin embargo, se va entendiendo ya que esa posibilidad está muy cerca y que la solidez de la normalidad sólo es aparente y puede desvanecerse muy pronto cuando está construida sobre pilares inadecuados.

La forma de impedir la repetición de cosas como esta pasa por deshacerse seriamente de la herencia y reflejos patriarcales, revalorando las tareas del cuidado hacia humanos, animales y ecosistemas, reforzando el carácter social del estado, defendiendo la sanidad pública y dejando atrás el modelo de desarrollo insostenible y de globalización neoliberal ecocida y genocida.

Hoy estamos en confinamiento debido a la deriva económica y social irresponsable de una voluntad de poder infinita en un mundo finito. Aprovechemos esta pausa forzada para escuchar otras voces, para pensar y explorar otro mundo posible.