Política

Cambio de vía, de rumbo y de velocidad

abril 27, 2020

Ayer, en este espacio editorial se reflexionaba sobre la avanzada de connotados personeros del neoliberalismo advirtiendo del ascenso de populismos por la crisis mayúscula por la que atraviesa la humanidad entera. La pandemia ha paralizado la economía global, desnudado sus falacias y su aterradora fragilidad. El mundo después de esto no será el mismo, los globalistas y neoliberales lo saben sobradamente.

Pero, piedad, esto no debería extrañar a nadie. En los últimos 50 años ha habido por lo menos doce crisis económico-financieras que han advertido de forma creciente que el modelo económico basado en la idea absurda del crecimiento ad nauseam, la reducción del papel del estado como regulador de las distorsiones del mercado y el abandono del oro como referente del respaldo monetario conduciría a una crisis total sistémica.

Esta ha llegado de la mano de una epidemia particularmente contagiosa pero no necesariamente mortal. La clave está en evitar la concentración de contagios en un tiempo reducido; en alargar y allanar la curva. Los países que tomaron previsiones tienen mucho más probabilidades de absorber el impacto de mejor manera sin crisis hospitalarias ni de los sistemas de salud. Los neoliberales que se quejan del ascenso de populismos son los mismos que desmantelaron de forma completamente irresponsable por su fundamentalismo ideológico el sistema de salud pública del país.

Lo que hoy pasa es el resultado de decisiones tomadas hace casi 50 años, desde que en 1971 el republicano Richard Nixon abandonó el sistema monetario de Bretton Woods que establecía al oro como referente del valor de las monedas en general y del dólar en particular. Desde entonces ha habido muchas crisis por diversas causas que han revelado la fragilidad del sistema económico financiero sostenido con alfileres desde los 70.

De 1973 a 1974 el embargo petrolero impuesto por Arabia Saudita condujo en 1977 a la hiperinflación norteamericana; en 1982 se desata la crisis de pagos latinoamericanos que no se apacigua sino hasta 1985; en 1987 el mercado de valores cae la friolera de 22% en un día; un año después es la crisis del valor de los ahorros y el costo de los préstamos; en l994 el llamado efecto tequila, la devaluación del peso mexicano por la falta de reservas; tres años después, en 1977, la crisis financiera asiática; en 1988, Rusia sufre una crisis de capital a largo plazo; en 2001, el final de la burbuja puntocom por el periodo de crecimiento exponencial del valor de empresas vinculadas a Internet, una corriente especulativa muy fuerte iniciada en 1997; en 2007 se derrumba el mercado hipotecario norteamericano; un año después, en 2008, el pánico financiero por el precio del barril del petróleo que rebasó los 100 dólares; entre 2007 y 2010 una caída financiera global que sumergió a los Estados Unidos en una profunda crisis consecuencia de las medidas tomadas por la regulación monetaria, la disminución de beneficios de las entidades financieras impulsa a la búsqueda de mayores ingresos, la reestructuración del sector financiero empieza por expandirse a mercados emergentes donde la regulación no es tan exigente y se pueden realizar actividades que incrementen esa rentabilidad demandada por los accionistas; el 15 de septiembre de 2008 fue la versión moderna del crash del 29, y sus efectos persistieron durante todos estos años hasta que la pandemia desató la completa paralización económica.

El panorama para la especie humana es complejo, por decir lo menos. Una inflexión del sistema de convivencia social y económico completos.

Los tiempos que vienen son imprecisos, sí, pero tenemos tres certezas; la primera: habrá cambios profundos, en muchos casos traumáticos; la segunda: será temporal; pasará. Cómo salga la humanidad de ello está aún por verse.

La tercera certeza es que nada volverá a ser lo mismo, no hay vuelta a la normalidad porque la normalidad fue la que nos ha puesto en esta situación como especie.

Se precisa otro tipo de liderazgos, gobernantes atentos y sensibles a las circunstancias de los gobernados. En México los hay. México tiene uno gobierno de ésos. El globalismo se acaba, se muere en su frenesí depredador. Es tiempo de resolver problemas y de cambiar de paradigmas. Ésta es la perfecta coyuntura para hacerlo. Al carajo la competitividad y el individualismo. Son tiempos de relaciones solidarias colaborativas. De fortalecer el consumo interno, de sustituir importaciones y de rascarnos en la medida de lo posible con nuestras propias uñas. En ambos planos, en el interno y, luego, en el mundial.