Política

EL PARAISO DE LOS LOCOS Memorias de una libertaria (IV y V)

abril 25, 2020

IV

SEÑORAS, ¡A QUEMAR COLCHONES!

Lunes 20 de abril de 1959

Cada quien posee su propio incentivo de la memoria; aunque la mía cada día se deteriora más, no niego que tengo los propios bien definidos. Uno de ellos es el olfato. Ciertos aromas despiertan a mis demonios internos, a los que imaginé perdidos en algún callejón del laberinto de mi mente. Error aparecen de nuevo activando mi imaginación y los recuerdos regresan.

El olor a pan, por ejemplo, me hace volar a la panadería del abuelo, ese aroma dulzón de la leche y canela, lo agrio de la masa, o el olor de leña quemada del horno, sobre todo del calor confortante que emanaba en la entrada. Algo raro porque contrastaba con el calor sofocante del medio ambiente de la ciudad, pero cuando llegaba a la puerta de la panadería, el calor era distinto porque se acompañaba de todos esos olores.

Nos parábamos a distancia de la entrada principal, donde la abuela que atendía en la caja, pudiera vernos y le indicara por señas a Crisanta para que camináramos a la parte posterior, allá donde los clientes honrados no podían vernos. La sonrisa burlona de los "maestros" panaderos, su mirada turbia, el desgano y soberbia de Crisanta, que nos arrojaba al suelo una bolsa de pan seco, la limosna de la abuela, todo ese conjunto de buenos y malos recuerdos encierra el olor a pan para mi mente.

Creo que Valentina me recuerda a aquella mujer burlona, por eso cada que puedo finjo que no camino bien y le clavo mis uñas en el brazo hasta que observo en su rostro dolor. Hoy, muy temprano, le he pedido que me consiga el diario El Dictamen, ya no escucho sonar las campanas de la misa, son pasadas las ocho de la mañana.

Valentina me ofrece su brazo mallugado para bajar el ascensor y finjo que me duele un pierna, para apretarla fuerte, mientras atravesamos la calle rumbo al café de la Parroquia. Escojo una mesa junto a la puerta de entrada, en el área de los portales, para poder tener una mejor vista de las personas que entran y salen. Mientras esperamos para ordenar el desayuno, abro el periódico para enterarme de las noticias. Leo que el Comandante Castro sigue de visita en los Estados Unidos, ayer estuvo en el monumento a los héroes americanos. Por otra parte, el joven Dalai Lama visitó al primer ministro de India, y, vaya, una nota algo trágica, el buen Justino N. Palomares se encuentra viviendo al día y pasando penurias pues su esposa tiene cuatro meses de muerta. A Justino le llaman el último bohemio del siglo, pero, ¿de qué se puede quejar Justino?, nunca en su vida dio golpe, y que, ¿acaso la miseria y el olvido no son la presea de los bohemios? De bohemios y poetas se inundó la ciudad en 1922, aún recuerdo lo que publicaba Juan Rodríguez Clara, en "El arte musical". Juanito, aquel poeta enamoradizo que después se volvió luchador social.

Espero paciente a que se reúna "la nobleza jarocha", quiero localizar a "gato". Observo en plena avenida Independencia a una mujer humilde que aún trae su rebozo, camina a saltitos rápidamente, mientras su pequeña hija descalza lo hace más despacio, atrás de ella, con un vestido roído. Me recuerda mi infancia, cuando corría atrás mi madre. Mi madre, con su mirada ausente, caminando sin rumbo, con su rebozo que la cubría de sus pecados. Caminábamos por la calle de la Huaca buscando a sus amigos y benefactores en las cantinas, mientras yo aguardaba fuera y jugaba con mi muñeca mazorca. Mi madre tomaba y recibía algunos pesos para comer y seguir bebiendo. Yo caminaba atrás de ella, pasábamos frente a la iglesia del Cristo del Buen Viaje, atravesábamos los rieles del tren y los charcos de agua. La iglesia, aunque pequeña, se veía garbosa para una niña de seis años, con sus palmeras al frente y el yermo terreno, la calle de la Huaca y los terrenos que habían sido el panteón municipal.

El amor por los hijos cesa cuando el odio hacia el que engendra gana, no sé cómo explicarlo. A veces en la naturaleza lo observamos con los animales que dejan atrás a los más débiles, a los enfermos. A pesar de todo el dolor de mi madre nunca llegué a odiar a mi padre, o tal vez sí, no estoy muy segura porque la figura paterna siempre fue como el éter de mis sueños. Tal vez mis inquietudes fueron subsanadas por la seguridad que en su momento me dio el "profeta de la Huaca" y alguno que otro cliente, que tarde que temprano se volvió mi amigo.

Sin embargo, había casos en los que el odio se volvía una razón de vida, una forma de existir, sin la cual la gente se volvía menos que nada. Era el caso de una mujer que también apareció de la nada cierta mañana en nuestro vecindario.

Doña Gabina, sólo recuerdo ese nombre, porque nunca supimos de donde venía ni su apellido. Las mujeres de la vecindad -con ese instinto que nos caracteriza- respetaron su silencio y como la mayoría también cargaba lastimosos y negros pasados, se limitaron a pláticas intrascendentes que no pasaban de los buenos días. Ella llegó acompañada de una niña de brazos, que era su hija, de nombre desconocido. Doña Gabina me causó una gran admiración por cargar su pena con valentía y resignación, luego de enterarme cuál era su pesar. Aquella mujer me llamaba poderosamente la atención por la hora de la madrugada en que se levantaba para ganar su lugar en los lavaderos.

A la lucha por sobrevivir en aquellos patios había que agregarle también la lucha por los lavaderos. Era común que las mujeres pelearan por los mejores lugares, pero también por el jabón o el agua. Siempre existían disputas por una cosa u otra, que en ocasiones terminaban en feroces peleas entre ellas. Una mirada de desaire, la desaparición de una cubeta o una jícara, eran la excusa perfecta para iniciar una guerra. Las hostilidades comenzaban con las tradicionales indirectas, para seguir con las muy directas e infalibles "mentadas de madre" hasta llegar a lo que en México se conoce como "agarrarse de las trenzas", aprovechando que en aquel entonces estaban de moda las trenzas al estilo "Adelita".

El tiempo que viví en los vecindarios, jamás se llegó a perder una vida en estos combates, pues las contrincantes sólo rodaban por el suelo cacheteándose y jalándose de los cabellos, espectáculo que era la admiración de chicos y grandes, más de los grandes, porque como se revolcaban en el piso, se llegaban a ver escenas no aptas para los menores, cuando se arrancaban parte de la ropa.

-Se les veía hasta la garganta -decía el tío Tito.

Las peleas aumentaron cuando la población se triplicó y los dueños dividieron los ya por de sí reducidos cuartos, para meter más familias. Así en el patio de la "Vencedora", poco se podía hacer con los diez lavaderos estratégicamente colocados en el patio considerados para igual número de familias. Doña Gabina jamás tuvo algún altercado con las vecinas, como escribí antes, ella se despertaba de madrugada, ganaba el primer lavandero y tallaba, tallaba con tanto ímpetu que sangraba de los nudillos. Fui testigo de ello en varias ocasiones, pues me tocaba dormir debajo de los lavaderos y así pude compartir con aquella señora algunos de sus secretos.

En un principio pensé que Gabina era lavadora de ropa ajena, pero después me di cuenta que sólo lavaba la poca ropa de su hija, la suya, y cuando terminaba buscaba a quien lavarle con tal de hacer penitencia, pues me consta que ella trabajaba en el centro en una botica. Su dolor era tanto, que de esa manera expiaba sus pecados en la áspera piedra de los lavaderos, hasta ver los huesos de sus nudillos confundirse con el blanco de la lejía. El secreto le fue revelado a la "negra" Domitila, cuando la niña se le empezó enfermar y no había doctor que la aliviara. Como última instancia y ante el consejo de otra vecina, Doña Gabina acudió a consultar a la "negra", quien se percató que la niña tenía un mal congénito producto de un gran pecado.

Ahí nos enteramos que efectivamente la pequeña era fruto de una relación incestuosa y que el padre de ambas era un rico hacendado de la zona de Paso de Ovejas, que la tenía amenazada de muerte si se atrevía regresar a casa o comentar algo a la gente.

La pobre Gabina sufrió su mayor pesar cuando la niña murió a las pocas semanas. La "negra" le aconsejó que dejara el cuerpo de la niña para darle sepultura y que ella se fuera lejos de la ciudad para no volver a caer en las manos de aquel degenerado.

Gabina aceptó, pero antes quiso que la "negra" le diera uno de sus "menjurjes" más potentes para pasar a despedirse de su padre. Domitila se traía algo entre manos con los restos de la niña, porque se me hizo muy raro que se ofreciera para solucionar el asunto, sin necesidad de que Gabina regresara a ver al monstruo, jurándole a Gabina que eso lo resolvía junto con una amiga, que resultó ser María Cancino, quien se prestó para castigar al malvado.

Los trabajos más elaborados y difíciles se realizaban en la apartada casa de María Cancino, allá, por el rumbo del "médano del perro". En su jacal se hacían trabajos especializados a los, que sólo aquellas dos mujeres tenían acceso, pues la "Negra", en la vecindad, se limitaba a preparar remedios caseros que no pasaban de lavativas y cosas simples en las que yo la asistía.

Respecto a qué fue del cuerpo de la hija de Gabina, no quiero hacer conjeturas, lo que sí recuerdo con claridad es que algunos años después, andando con la "negra" de compras en el mercado de la ciudad, nos topamos con un lunático ya de edad, que al ver a la "negra" huyó despavorido dando gritos. A lo que ella sólo me comentó: - Mira ahí va el papá de Gabina.

Desayuno unos "huevos tirados", con un par de "michas" o bolillos, el pan siempre presente en mi vida. Mi café está servido, para completar el famoso "lechero" comienzo a golpear con mi cuchara el vaso de cristal, el tin tin tin tradicional para atraer a "las vacas" y que me sirvan la leche.

Hoy no estoy de suerte o el "gato" es el que la tiene, porque no lo veo, observo a todos los miembros de la mesa de la "nobleza jarocha", pero ninguno me reconoce. Al salir del café, escuchó una voz que se me hace conocida por la radio, la voz aguardentosa de Tres Patines, del programa: "La tremenda Corte". Ese personaje me recuerda vívidamente a Emilio Mundaya, el cubano que llegó un día a vivir a Veracruz ya en los años veinte. Sin oficio fijo, Mundaya recorría las zonas de mercados ayudando a quien se dejase. En la vecindad, nadie preguntaba los orígenes, lo mismo llamaban cubano al dominicano y chino a los filipinos.

Mundaya contaba con una ventaja muy especial que se requiere para estos rumbos del trópico, gracia natural, por lo que llegó a ser visitante habitual del patio de "San Salvador" y nadie en todo el tiempo que duró la visita le preguntó de donde venía, ni a qué se dedicaba o por qué estaba en Veracruz. En sí, Mundaya no tenía pasado, ni presente y, por lo que hacía, o mejor dicho, no hacía, mucho menos futuro. Eso sí, para la hora de la fiesta y ser "gorrón", o sea no pagar, Mundaya se pintaba solo, con su verborrea y forma de hablar dejaba perpleja a la gente. No se le entendía nada, un "Tres Patines" en toda la extensión de la palabra.

Se metió como dolor de muelas, poco a poco -diría el tío Tito- por la forma en que Mundaya un día pasó de ser un visitante habitual a vecino de todos nosotros.

Todo se debía a su gracia singular, lo mismo tocaba la guitarra que los bongós y entonaba canciones de la época. Con todas aquellas características no fue sorpresa que convenciera al "mudo" Aniceto González para ser su compañero del cuarto ataúd, algo digno de admiración por tres cosas: la primera, que en dicho cuarto sólo cabía una persona; segunda, que el "mudo" desconfiaba hasta de su propia sombra y, tercera, que el administrador "chato" Montero no se dio cuenta de que ya vivía otra persona en aquel lugar.

De aquella pareja, que se volvería famosa en los vecindarios, el único que valía la pena por sus ganas de trabajar era Aniceto, pues se dedicaba a hacer mandados en el mercado. Era un hombre de baja estatura, casi albino y de una gracia también singular, porque aunque no hablara sí se daba a entender con gestos y manoteos. Lo que mejor le salía a González eran las "mentadas de madre", era todo un experto en proferirlas, ahí sí que se le entendía. Desafortunadamente, desde la llegada de Mundaya, el "mudo" adquirió malos hábitos como volverse un experto en tranzas, de ahí que la pareja se volviera inseparable.

Cuando estalló la huelga inquilinaria, ahí estaban presentes el cubano Mundaya y el "mudo" González. Cuando la huelga general de 1923 también, aunque no pertenecieran a ningún sindicato, esos dos se aparecían en todos los mítines, marchas, celebraciones y conmemoraciones para ver qué ganaban. De hecho, Mundaya se volvió famoso por el incidente del Trianón, que después comentaré. Prefiero regresar al hotel, para tomar una ducha, el calor es insoportable, hasta las palmeras del zócalo lucen de un color cenizo, como si pidieran a gritos un poco de agua.

El baño me conforta, igual que los golpes a la puerta de Valentina, a quien le pido avise al chofer que pienso salir de noche a dar un paseo por la ciudad. Más descansada regreso a mi mesita de noche para seguir dejando constancia de los antecedentes de la huelga inquilinaria.

La burda solución de adelantarse a los hechos y crear un sindicato blanco de inquilinos del Presidente Municipal fue la gota que derramó el vaso.

A principios de febrero de 1922, el "negro" García organizó una asamblea popular en la biblioteca del pueblo para, según él, "matar víbora en viernes" y crear su propio sindicato.

El lugar escogido para la reunión fue la biblioteca del pueblo, un ex convento de los frailes franciscanos acondicionado para albergar los conocimientos y la memoria histórica de la ciudad, que como todos saben, fue saqueado durante la intervención americana de 1914.

El plan del alcalde era sencillo, reunir a la gente, dejar hablar a los que estaban aprobados, como Nicolás Sandoval y el Dr. Roberto Reyes, quienes le darían la razón para que se creara un sindicato. Ya tenían todo armado, hasta el mismo local de la unión de estibadores le daría asilo al sindicato.

Éramos unas ochocientas almas en aquel reducido lugar, con un bochorno de los mil diablos de aquella noche calurosa. Pero el ambiente cambió cuando Herón Proal tomó la palabra. Era la primera vez que yo escuchaba a ese hombre, que ya tenía su fama de luchador social, para unos, y para otros, de agitador y comunista.

Quedamos felices de poder escuchar de boca de Herón un sinfín de epítetos en contra de los ricos: que si eran "unos perros", unos "rabos pelones", que si había que dinamitarlos. Aquello, en mi opinión, fue una especie de comedia en la que la gente participaba con sus gritos y alusiones en contra de los burgueses.

Tanto fue lo que habló Herón, que aquella noche salió del mitin sin poder hablar, sólo a señas indicaba que se iba a su casa a descansar.

El 5 de febrero nos dirigimos al Teatro Principal para hacer nuestra asamblea, pero como el inmueble estaba resguardado por los policías, nos fuimos al parque Juárez, desde donde Herón se dedicó a echarle la culpa de todos nuestros males a los ricos y a los dueños del Dictamen, que porque según él era el famoso diario quien más tiraba a "relajo" todo el movimiento.

Incluso alguien propuso conseguir dinamita y volar en pedazos las instalaciones del periódico. El siniestro plan tomó varias horas de atención de la multitud, hasta que alguien propuso que regresamos al tema central, que era el movimiento inquilinario, el pagar las rentas que estaban establecidas en 1910 o de plano no pagar nada. Ahí empezaron a surgir los problemas, pues el muchacho José Cortés -quien trabajaba para el gobierno federal- insistía en que no debía existir otro sindicato y que mejor nuestro movimiento se fusionara con el que proponía el Dr. Reyes Barreiro, a lo que Herón contestó que no, que todos ellos, los ricos, sólo buscaban un "hueso" en la política, como el Dr. Reyes y el General Guadalupe Sánchez que quería ser Gobernador.

Herón conocía muy bien las reacciones sociales de la gente, habló de su honestidad y de que siempre marchaba con la cara descubierta y, para rematar en acto dramático, se quitó las gafas oscuras y mostró a los asistentes su único ojo bueno, lo que causó un tremendo efecto en los que ahí estábamos reunidos.

-Sí, señores soy tuerto –dijo y remató-, pero llevo dentro de mi pecho un alma que es todo amor y bondad al servicio de la humanidad, por la que estoy dispuesto a dar el otro ojo.

Ahí quedó integrada la directiva del naciente Sindicato Revolucionario de Inquilinos con Oscar Robert como Secretario General; Herón Proal, Secretario del Interior; José Olmos, Secretario del Exterior, que son de los que me puedo acordar.

También recuerdo que se convino lo siguiente: "Que todas las noches nos reuniríamos en el parque Juárez, se crearían comités en toda la ciudad, no acordaríamos con la autoridad, porque todas estaban vendidas al capital, se pagarían las mismas rentas de 1910, y si algún administrador no estaba conforme no se pagaría nada. En caso de intento de desalojo, los vecinos acudiríamos al auxilio de nuestro compañero en desgracia, de ahí la frase de dar "caballo, paseo y baño" al que cobrara las rentas.

Espero a que la luz natural desaparezca junto con el revolotear de los pichos, cuando ya la música y el bullicio en los portales crece salgo acompañada de Valentina hacia el automóvil. Le pido al chofer que conduzca hacia la avenida Guerrero, la zona de guerra de las mujeres malas.

Me siento nerviosa de pedirle al hombre que me lleve hacia allá. Valentina no entiende el motivo, ni qué significa, pero el chofer sí, sabe mucho más de lo que parece.

Recorremos lentamente la avenida Guerrero -sin necesidad que se lo pida, entiendo que le agrada la idea de "echarse un taco de ojo"-, aún hay mujeres ofreciendo sus servicios, algunas son muy jóvenes, ya ha pasado mucho tiempo, no reconozco a nadie, todas son nuevas.

La calle ha cambiado poco, el auto va dando tumbos porque está empedrada o, como se dice por aquí, está "enchinada", ya que a las piedras de rodada de canto de río le llaman "chinos" los "jarochos".

Para mi sorpresa veo a una de las famosas francesas, sólo que ahora luce como una anciana. Recuerdo sus frases cuando se ofertaba: tri cosas, tri pesos. El tiempo no tiene piedad y se conserva en su esquina habitual, ya no es la misma, ni tampoco el número de clientes asiduos, ahora hay más muchachos haciendo cola con la "platanera" que sigue con su oferta de ofrecer sus encantos por un peso.

Es cierto que fuimos las mujeres de la "vida galante" las que comenzamos con el movimiento de huelga. Hartas de ser explotadas por José María Montero, alias "el chato", y su cómplice, una mujer que le apodaban "la chiquirrosa". Estos sujetos trabajaban para los dueños de aquellas buhardillas, en su mayoría franceses y españoles. Pedían por aquellos cuartos la renta de una mansión, aquellas sucias pocilgas donde realizábamos nuestro oficio.

"El chato" y "la chiquirrosa" se decían administradores, pero era una manera encubierta de ser "lenón" o "apache" como se les decía en aquel momento. Los cuartos eran, como dije anteriormente, muy reducidos, en ocasiones sólo entraba el colchón y una palangana donde le dábamos la limpiada a nuestro cliente en turno. En aquel entonces no estaban de moda los condones, así que la única manera de saber si nuestro cliente estaba sano o no, era agarrar entre las manos su "aparato", exprimirlo y si salía algo fuera de lo normal pues nomás no le dábamos servicio. La palangana tenía algunos químicos recetados por la "negra" para tratar de desinfectar lo más que se pudiera.

Entre nuestro gremio existía una solidaridad espontánea, pero también una competencia férrea para mantener y atraer nuevos clientes. Algunas trabajaban en su atuendo y su cuerpo, otras le daban un toque de sofisticación a sus servicios como Carmelita Peña, que incluía la posibilidad de que el cliente escuchara la radio, aparato novedoso de aquellos años.

¡Pasa güero, tengo radio! -lo de llamar güero a todo mundo se dio después de la invasión yanqui de 1914.

Respecto a la solidaridad espontánea, me viene a la mente que después del incidente del Alambra y de la creación del Sindicato Revolucionario de Inquilinos, los dueños de los cuartos subieron las rentas. Fue a principios de marzo de 1922 cuando el "negro" Rafael García, un miembro del sindicato de estibadores, venido a más con su cargo de Alcalde de la Ciudad, quiso quedar bien con Dios y con el diablo.

Su falta de pericia política lo llevó a juntar el agua y el aceite, sin previamente hacer la correspondiente rebaja de las sustancias. La reunión se llevó a cabo en los cuarteles que estaban ubicados en la calle de Ignacio López Rayón, porque en aquel entonces el edificio del Palacio Municipal estaba a punto de desplomarse.

Las autoridades municipales, debido al mal estado del palacio, sesionaban donde se pudiese, desde el también dañado edificio de la escuela naval, pasando por un sencillo restaurante o cantina, hasta en casas particulares. Por ello no fue una sorpresa que las partes acudiéramos al diálogo a los cuarteles militares, aunque con cierto recelo, sobre todo porque nos citaban en donde estábamos rodeadas de puro soldado, aunque a casi todos los conocíamos por su primer apellido y ellos a nosotras.

Atravesamos en grupo el patio donde estaban las caballerizas, ante los gritos y chiflidos de la tropa, llegando a un viejo salón de reuniones en, como dije anteriormente, se llevaría a cabo el dialogo, pero hubo de todo menos esto último. Los aparentes dueños no eran otros más que los "prestanombres", o sea gente que se decía el dueño pero sólo fungían como administradores de los negocios turbios; los verdaderos dueños en su mayoría eran españoles y franceses, los cuales enviaron a la reunión a los famosos "administradores", que de esto último no tenían nada. Porque, insisto, Veracruz era la ciudad de "al revés", todo tenía un nombre que no correspondía a la realidad. Los dueños de los burdeles, no eran los verdaderos dueños, los administradores no administraban nada, porque en realidad eran unos viles padrotes, y las autoridades se hacían de la vista gorda, desde el sereno de la esquina, pasando por el gendarme, comandante, regidor y alcalde. En esta ciudad de "al revés", todos se escudaban en las leyes y reglamentos, cuando se trataba de chingar al prójimo, o como decía el tío Tito: -Pá los amigos lo que quieran; pá los demás, el reglamento. En balde servían los razonamientos, cuando la ley era la ley y había que acatarla, pero como me comentaba en alguna ocasión el "profeta de la Huaca", que la frase célebre de las autoridades durante el virreinato, respecto a los reglamentos y leyes, era "Se acata, pero no se cumple", la cual en mi entender me dejó muy claro que bajo ninguna circunstancia los descamisados jarochos y mucho menos las putas tendríamos la razón algún día.

La "chata" Ramírez, como siempre la más aguerrida, acusó a los presentes de encubrir a los verdaderos dueños de los prostíbulos clandestinos que eran gente conocida de la ciudad.

El Alcalde, por más que parecía ser neutral, demostraba su abierta preferencia por los administradores -padrotes- porque a cada rato interrumpía los alegatos de la "chata", aduciendo que la reunión era para llegar al acuerdo sobre el monto de las rentas y no por quien era el dueño legal de los cuartos.

La "chata" nos defendió magistralmente, alegando que eran inhumanas las condiciones en las que se prestaba el servicio, pues inclusive a un cliente ya lo había mordido una rata en las nalgas y algunos colchones estaban infestados de piojos, pulgas y chinches.

Los "apaches" comentaban que las ganancias eran magras y que no debíamos de quejarnos, porque no nos iba tan mal, ya que los hechos demostraban que nos podíamos mantener, tanto nuestros cuartos de trabajo como el alquiler de las casas que compartíamos con nuestras familias.

-¡No voy a llevar el trabajo a casa, pinche negro! -le gritó la "chata" al Alcalde.

-¡Más respeto, chata, que soy el Presidente Municipal!

-A mí me vales madre, negro; yo te conozco hasta la garganta y no eres más que un pinche estibador con suerte.

Más o menos con esas frases célebres y acusaciones se desenvolvió el resto de la reunión, pero se puso peor cuando el viejo Enrique Gómez, uno de los prestanombres de las cuarterías, intervino e hizo una serie de cuentas matemáticas, aduciendo que de lo que ganaba de treinta y seis accesorias había también que descontar las contribuciones al Ayuntamiento, así como los gastos de luz, agua y de utilidad nada más le quedaban como 4 mil 500 pesos mensuales.

Tal vez en su desesperación, el viejo Gómez no se dio cuenta que a esos 4 mil 500 había que sumarle no sólo las accesorias, que eran las casas que daban a la calle, sino los patios interiores, que eran otros tantos.

La sinceridad del viejo Gómez y su osadía por hablar de servicios que sólo existían en su imaginación, como el agua -en la mayoría de los cuartos había que andarla "lomiando" desde alguna de las fuentes públicas-. Junto con el acuerdo al que llegaron con el alcalde, de rebajar solamente $1.50 a las rentas, hizo que la sangre nos hirviera por esa clase de burla. Animadas por María González salimos a protestar a las calles, recorrimos la ciudad hasta llegar a la Huaca, donde un grito nos inspiro a todas:

-¡Señoras, a quemar colchones!

De esta manera comenzó la rebambaramba de prostitutas de 1922, y si bien no se llegó a quemar ningún colchón, porque el "negro" García pidió ayuda a la gendarmería y se tuvo especial vigilancia de la zona de tolerancia de Guerrero y en la Huaca por parte de las fuerzas del orden. Esto ocasionó que recurriéramos a la vía que creímos justa a la máxima autoridad: el Presidente de la República. María González que era la más lista y letrada, le envió un telegrama a Obregón, donde le contaba las injusticias de que éramos víctimas por parte de los explotadores.

El telegrama fue contestado a los pocos días -según por el mismo Obregón-, donde nos decía que todos esos malos hombres serían encarcelados, pero como pasaron más días y vimos que sólo era una "tantiada" y como no vimos claro nos lanzamos a la lucha. Adelantándonos a las acciones directas del Sindicato Revolucionario de Inquilinos fuimos las primeras en lanzar el grito de Guerra: "No pago renta" y orgullosamente fue en el patio donde yo vivía el de "San Salvador", acción que se fue contagiando a todos las demás vecindades, gracias a la solidaridad y organización de nuestro gremio, que sirvió como ejemplo para un movimiento mayor que tendría lugar en los meses siguientes y que situaría a la Ciudad de Veracruz en el escenario nacional e internacional. Me refiero a la Huelga Inquilinaria, la que estalló por la falta de pericia del Presidente Municipal y la astucia del que sería nuestro líder: Herón Proal.

El conato de huelga de nuestro gremio y la organización de un frente unido en los patios para acabar con los excesos de los administradores, debió de haber puesto sobre aviso a los dueños, éstos presionaron al alcalde, quien por su escasa preparación en los avatares de la política debió de haber manejado las cosas con habilidad. Sin embargo, no contaba con el olfato político que sí le sobraba al comandante militar Guadalupe Sánchez y al gobernador Adalberto Tejada, quienes fueron en primer plano los que movieron las piezas del ajedrez.

La corrupción siempre ha sido un mal para toda la sociedad, el que unos pocos traten de obtener ganancias sin el menor esfuerzo es cosa de todos los días, en el que debiera de ser el oficio más desinteresado y honesto, como es la política. Bueno, al menos esas eran las palabras del buen "Profeta", y se suponía que todos los líderes para eso luchaban, como en el caso de Jesús, que buscaba el bien para todos, y no hablaba por él, bueno al menos eso le entendí al padre Caspiano, aunque en los dichos los políticos hablan de una cosa y en los hechos se ven otras muy diferentes.

Las esperanzas puestas en un principio en el "negro" García tuvieron un buen fundamento, puesto que era un hombre que, como nosotros, procedía del pueblo. Con el tiempo comprendí las palabras de mis amigos los políticos. Pues hay algo en el oficio que corrompe, no importa si es rico o pobre el que llega, todos se van ricos o más ricos. Sólo había un caso que contaba el "profeta de la Huaca"; el de Domingo Bureo, quien fuera Alcalde de Veracruz y regidor quien, de acuerdo al "profeta", murió pobre porque o era muy honesto o de plano muy pendejo.

-¡"Estoy en Huelga no Pago Renta"!-

Sólo reconozco al SINDICATO REVOLUCIONARIO DE INQUILINOS y a nuestro representante y apoderado Heron Proal facultado por el Pueblo.

No admito insinuaciones de nadie y menos de los que traten de dividirnos.

Soy sindicalista de convicción, no convenenciero

Para el Avalúo, sólo reconozco la Comisión del SINDICATO REVOLUCIONARIO DE INQUILINOS

REVOLUCION PRO-COMUNISMO

Veracruz, mayo de 1924

Lo Rubrica quien Vive en esta Vivienda

Recuerdo los sermones del padre Caspiano, porque hablaba de algo que en su momento no entendía, que era la "racionalización del pecado", que si ando con otra mujer porque mi esposa no me entiende, que si robo porque soy pobre, o sea que la gente siempre tiende a racionalizar o justificar sus pendejadas.

Me gustaba oírlo, porque con el tiempo me di cuenta que él andaba igual, con sus sobrinas o sus ahijados racionalizados, hablaba de la voluntad de Dios y de que si la carne es débil.

En el caso de la patria también se utiliza esta forma de racionalizar las bajezas que se cometen en su nombre, y quiero aclarar que no soy yo la de las ideas, sino que éstas me las enseñó el "profeta de la Huaca".

Si bien es cierto, hay cosas que ya se me escapan de la mente por motivo de la edad o qué se yo, lo cierto es que si guardo especial recuerdo de algunas frases célebres, digo célebres, porque me gustaron mucho para anotarlas en mi fiel cuadernito que se volvió mi diario íntimo y refugio ante los embates de este problema de ausencias prolongadas de mí misma. Pues bien, una de esas frases la leí en El Dictamen, respecto a la imposibilidad de atender las demandas de los inquilinos por la falta de espacios habitables, y una de esas decía más o menos así: "Ante la imposibilidad de ocupar los castillos que suelen formarse en la mente, tenemos que resignarnos con lo que hay y pagar lo que nos piden por ello, empujados y urgidos por la necesidad".

¿Ocupar los castillos que se forman en la mente?, resignación, necesidad, palabras que se fueron acoplando en lo que creo era un gran vacío producto de mi ignorancia.

En aquella ocasión entendí cómo sobreviviríamos a tanta pobreza física y espiritual. Como las prostitutas más viejas seguían conservando el buen humor o las ganas de vivir, que muchas a veces estábamos por perder ante tanta miseria. El escape de ese castillo que cada uno tiene en su mente, porque la realidad nos muestra su feo rostro y la resignación es una meta que muy pocos alcanzan, a no ser que seas un santo o un pendejo.

Poco a poco la gente que apoyaba a Herón crecía, al igual que mi admiración por él. Así entre sus seguidores conocí al otro hombre de mi vida, Jordi Vilamajor, un joven catalán que acompañaba a su amigo y paisano Elías Palacios, juntos habían llegado a Veracruz como polizontes en un barco francés.

A los pocos días, en un mitin celebrado en el Parque Juárez subió por la escalinata Elías Palacios para dirigirse por primera vez a la multitud. El "galleguito" -como le apodaron los diarios- lanzó una arenga incendiaria contra los burgueses explotadores, y quiero confesar que a mí me importo poco el discurso, yo quedé prendada de su acompañante, otro "galleguito", ya mayor, de estatura regular y de ojos color de mar, que me hicieron ver lo bello de un amor que nunca había experimentado, eso fue lo que sentí cuando vi por primera vez a Jordi Vilamajor.

Ambos se decían recomendados por un diputado de izquierda español, que apenas había llegado a la ciudad. Con el beneplácito y autorización de Herón se acoplaron muy bien al equipo. Jordi era el hombre de las ideas políticas, Palacios era la acción.

Jordi me ayudó a llenar los grandes espacios de mi ignorancia, con conceptos que trataba de entender, para compartir con él sus sueños de una vida mejor.

Aquella tarde, Elías habló durante un buen rato sobre sus experiencias en Barcelona, y su enojo por cómo sus paisanos explotaban a nuestros "compañeros" con sus escaparates de ropa cara. El acierto de Herón Proal fue que supo rodearse de gente más inteligente que él y no temía reconocerlo. Así el movimiento se vio engrandecido por ideas y acciones de gente que tenía una capacidad enorme para nuestro movimiento social.

También es cierto que Herón tenía un carácter violento, pero creo que él se tomaba muy en serio el credo del anarquismo y eso se lo hizo ver a un inspector del trabajo que acudió a un mitin y tomó la palabra. Todo lo que decía aquel viejito de aspecto Porfirista era muy cierto, que no sólo los propietarios y administradores eran culpables, sino también las autoridades que se corrompían con los sobornos, que lo primero les daba para hacer y deshacer. El problema fue cuando el viejito habló de esperar a que se crearan leyes más justas, Herón no lo dejo terminar su frase, rápidamente le dio un empellón que casi lo hace bajar de cabeza por las escalinatas del parque. Mientras, Herón tomó la palabra y dijo que las leyes no valían nada, porque sólo estaban hechas para favorecer a los burgueses y a las autoridades para explotar a los trabajadores.

El movimiento creó una sección especial que aglutinó a nuestro gremio, las "mujeres libertarias", ahí conocí a María Luisa Marín, que llegó a los pocos meses de iniciado el movimiento. Gracias a ella aprendí con facilidad conceptos teóricos y me dio la confianza para que me encargara de hablar con las mujeres que aún no se afiliaban, acudíamos al mercado de Trigueros a convencer a las sirvientas de que se unieran al movimiento de huelga.

Subidas en la imagen de San Antonio de Padua de la fuente pública, le hablamos a aquella multitud. Algunas se detenían curiosas, otras seguían su camino con esos saltitos característicos de las mujeres de la sierra. Por lo que tuvimos que recurrir a otra forma de acción que nos dio grandes resultados, creando mejores cuadros y elementos como la camarada "Cuca" Paxtian, de quien hablaré posteriormente.

En aquellos rostros aprendí a leer los ojos colmados de resignación y en ellos vi reflejada la cruel cara de la ignorancia que las mudaba a lúgubres castillos edificados en sus mentes. Pero, ¿qué era lo que yo podía hacer?, no todas llegarían a renacer, como en mi caso, después de ser una proletaria de los arrabales de extramuros y prostituta.

Gracias a las "libertarias" se logró concretar la primera resistencia de un patio para no pagar la renta. Y ese patio por supuesto, como dije antes, fue el de "San Salvador", el que habitábamos la mayoría de las muchachas del gremio y lo más destacado de los vecinos que participaban del movimiento, como el "mudo" y Mundaya.

El movimiento creció y Herón pensó en extender la acción al campo. Así, con la ayuda de Úrsulo Galván, que había llegado unos años antes, se procedió a entrar en contacto con los campesinos.

Proal tenía un buen grupo de asesores, independientemente de ser nacionales o extranjeros, creo que estaba mejor asesorado que el Gobernador o el Presidente de la República: se contaba con peruanos, cubanos, americanos, españoles y el "profeta de la Huaca".

El movimiento inquilinario crecía día con día a pasos agigantados y estaba a punto de desbordarse, que era el miedo del Alcalde y el Gobernador, pero no deseaban provocarnos, pues ya el pueblo había probado lo que podía hacer en momentos de crisis, como cuando la invasión del catorce. Los jarochos eran gente de tomar muy en serio, podían ser los más grandes desidiosos del mundo pero a la hora de los "trancazos", ese era otro cantar.

El problema fue cuando Proal perdió el control de los anarquistas puros y de los simples "caballazos" se pasó a los ajustes de cuentas y se dieron los enfrentamientos serios, que como en el caso de nuestra vecina del sindicato resultaron en fatales resultados. La situación pasó a tomar rumbos internacionales, cuando los españoles y los gringos empezaron a presionar, no le quedó otra al "manco" Obregón que tomar más en serio al movimiento. La ciudad llegó a tener una epidemia de sindicatos, tantos y tan característicos nombres que el nuestro ya no resultaba una insensatez.

Unión de Veladores de la Terminal, Sindicato de Obreros Panaderos, Sindicatos de Abridores y Cargadores de Comercio, Liga Industrial de Electricistas, Sindicato de Molineros, Sindicato de Obreros y Albañiles, Grupo Antorcha Libertaria, Sindicato de Conductores de Carros, Sindicato de Obreros Peluqueros, Sindicato de Obreros Sastres, Sindicato de Obreros de la Fábrica de Hielo, Unión Mutualista de Choferes, y así como esos unos quince o veinte más.

Por eso no era descabellada nuestra organización ni la de los inquilinos, aunque algunos lo tiraran a "desmadre", como cuando propusieron: Sociedad Expendedora de Zuecos y Bolitas de Alcanforina, Sindicato de Vendedores de Tamales Rancheros, Alianza Femenil de Vendedoras de Horchata y otras vaciladas que la gente con su inventiva sacaba. Este puerto tan característico por su bulla, que según me he enterado le da ahora por proponer a candidatos tan disímbolos como una vendedora ambulante y a un poeta como Salvador Kuri Jatar, alías "Sakuja".

Todo esto le sirvió a Keaton para elaborar un ensayo acerca del "desmadre", para explicar de alguna forma el fracaso de la intervención americana de 1914, cosa que a mí me sirvió para explicar lo mismo pero acerca del movimiento sindicalista anarquista de los años veinte.

Recuerdo que Keaton me preguntaba a cada rato, inclusive en sus noches de insomnio, después del fracaso de 1914, cómo veía la situación, preguntaba todo para poder informar a sus superiores; creo que utilizaron hasta psicólogos para hacer un análisis serio de la población veracruzana, en particular del puerto, pues sólo siete meses bastaron para echar por tierra el proyecto de "americanización" del primer puerto de México, todo les salió mal, los "marines" se fueron corrompiendo, se fueron adentrando en el desmadre, los maestros no cooperaban, la población era un enigma.

En aquellos años de la intervención, mientras paseábamos por el malecón, me platicaba sus dudas, no entendía cómo una raza tan fuerte como los romanos, se fueron degradando hasta que en definitiva el imperio se desmoronó. "Los hispanos, ingobernables", como dijese Amadeo de Saboya, pero también sopesaba el 2 de mayo en Madrid, eso lo dejaba atónito, explosión, pasión, inconsistencia. Qué pueblo tan raro. Años después, durante la gran guerra, tuvo su experiencia directa con los italianos que se repetiría en la segunda gran guerra para vergüenza de los germanos que no entendieron que no deberían de confiar en los latinos.

Su experiencia sobre el tema latino le fue de mucha ayuda a sus jefes después de la guerra; de esta manera, a pesar de sus antecedentes fascistas, Franco se mantuvo en el poder y con esto se evitó otro 2 de mayo.

Después de su muerte me detuve a leer algunos de sus apuntes y con tristeza constate que el pobre murió sin llegar a entender a "los jarochos", era lo que más le dolía, porque no llegaba a ninguna conclusión, a pesar de haberse esforzado viviendo con una nativa, su conclusión fue contundente: a los jarochos, como a las mujeres, no había que entenderlos sino amarlos. Por mi parte, llegué a la conclusión de que Keaton quiso componer al mundo y por eso murió amargado.

La mayoría de mis amigos han muerto, tal vez sobreviví por incrédula, Jordi no creía en Dios pero creía en sus pensamientos, Keaton creía en el imperio, en la grandeza y el poderío de su gente. La consistencia del "jarocho", su esencia, no podía serles de utilidad, por eso necesitaban entender el "desmadre", la ausencia de madre pues, que se explica como la carencia de autoridad. La madre es una autoridad real en casa, de hecho los hogares latinos están basados en el matriarcado, el verdadero poder se encuentra en la madre, el padre es sólo una figura.

Creo que la mujer maltratada es aquella que vive su propio maltrato mental, ella se deja llegar a los golpes, no hay mujer valiente que no detenga con un sartenazo o con unas tijeras las humillaciones.

La mujer jarocha es paciente, su venganza es dulce, espera a que su hombre llegue a la edad del no puedo, el retorno a la primera infancia, para descargar entonces todo su poder.

Los mítines -o los "misters", como decía María López- eran un elogio al desmadre, el preámbulo de la fiesta en donde no podía faltar el famoso licor "Habanero Berreteaga" combinado con Zaraza Vargas. La sidra del gaitero, las picadas, gordas y tamales, porque también el alimento del jarocho forma parte del desorden.

Por eso me atrevo a decir que el Anarquismo no sobrevivió porque fue rebasado por el "desmadre", su filosofía no pudo competir con el libertinaje "jarocho", con la comunión de los locos.

V

1914

Martes 21 de abril de 1959

La campana del tranvía me despierta, me asomo al balcón y observo. Es temprano y el movimiento de personas empieza. Empleados de bancos, comercios, abarrotes, corren apresurados, sin darse cuenta que hoy es un día especial para esta ciudad, se conmemoran 45 años de la gesta heroica de 1914.

Sin embargo, para no herir susceptibilidades y de acuerdo a la política de buen vecino, nuevamente los eventos oficiales deben de pasar desapercibidos. Además el tiempo –bendito aliado del olvido- se ha encargado de desaparecer a los testigos, los pocos que quedamos ya casi no recordamos nada o más bien no tenemos ganas de hacerlo.

Pero en lo particular, debo realizar esta clase de ejercicios mentales, para mi bien, por lo que me esfuerzo por traer a mi mente aquel mes de abril de 1914. Tenía 13 años de edad cuando los "yankis" tomaron la ciudad a sangre y fuego. Si bien no fui testigo presencial, si recuerdo que desde los médanos, que nos aislaban de la ciudad, se podía observar el humo de las casas incendiadas y parecido a una tormenta se escuchaban los estruendos de las bombas, produciendo pequeños temblores que cimbraban nuestras cuarterías.

Aún hoy, me remuerde la conciencia al recordar que en aquel momento pensaba con alegría que alguna de esas bombas caería en la panadería de la abuela, ¡si!, las bombas "yankis" nos vengarían de la nobleza jarocha y su soberbia.

Cuando se lo confesé al padre Caspiano, me soltó un sonoro coscorrón que me dejo un chinchón de varios días, aunque después utilizó mi frase "nobleza jarocha" en varios de sus incendiarios sermones para referirse al pecado de la avaricia.

Lo cierto es que en esos dos días los burgueses porteños pagaron con creces su soberbia, mientras los desheredados de extramuros contemplábamos el castigo. Aquella mañana fue que conocí al que con el tiempo fue mi mejor amigo y protector, "el profeta de la Huaca". Era el peluquero del barrio, profesión bastante difícil, si consideramos que en aquel entonces el peluquero también era dentista y boticario. De él aprendí palabras "domingueras", que muy pocos en el barrio entendían como: "aristócratas", "burgueses", "proletariado", "explotadores".

"el profeta de la Huaca", creo que se llamaba Otilio o algo así, todos le decían "el profeta", o "el loco de la Huaca", pero creo que lo dejaré en "el profeta", pues lo de loco era bastante generalizado en aquel entonces por toda la comarca, pues cada patio y vecindad contaba su propios personajes característicos que formaban parte del imaginario popular: putas, vagos, holgazanes, locos o padrotes, pero eso si, no todas contaban con su propio profeta.

Era un hombre de edad avanzada, alrededor de uno ochenta años, de tamaño enorme -bueno, para mi estatura todo era enorme-, y a pesar de su edad, se mantenía erguido y tenía una mirada penetrante y fija, como de hipnotista.

Eso, sí, era un Hombre ilustrado y entendido de las cuestiones políticas, su pasado era un enigma, aunque después, con el tiempo, me confesó partes importantes de su vida y grandes aventuras que había vivido durante la guerra contra el Imperio de Maximiliano.

Desde que lo tuve cerca supe que sería un hombre importante en mi vida. Su manera de expresarse, sus aciertos que sólo el tiempo confirmaba, me dejaban, siendo una chamaca de 13 años, totalmente idiotizada.

Así las cosas, y regresando al asunto de las bombas. Niños y jóvenes subimos a un médano cercano a la playa de Hornos, desde donde pudimos observar la gran cantidad de barcos de guerra que se encontraban en la bahía, sin importar los consejos de los adultos que nos gritaban que no hiciéramos "bulto", pues corríamos el riesgo de ser confundidos con fuerzas federales por los "gringos" y nos barrieran a cañonazos.

Uno de esos adultos que nos gritaba, era "el profeta", quien a empujones nos obligó a bajarnos del médano. Aquella mañana los adultos estaban muy tristes pues les había tocado ver a los soldados federales abandonar la ciudad por el rumbo del paseo de los Cocos.

En la vecindad todos estaban nerviosos, se comentaba que la ciudad había quedado a merced de las tropas americanas, algunos vecinos como el "tío Tito" opinaban que había que irse para Alvarado porque allí sí había puro macho, comentario que ocasionó revuelo con la comunidad de tlacotalpeños que alegaban que eran más "cabrones", y entre ese y otros comentarios sobre la valentía de ambos pueblos se perdieron varias horas, hasta que intervino "el profeta" gritando, que se dejaran de "pendejadas" que todos los jarochos" no iban a permitir que la toma de la ciudad fuera un día de campo para los "güeros".

Efectivamente como bien dice el refrán: "Duele más el cuero que la camisa", y a pesar de que la ciudad nunca fue madre y siempre madrastra para sus desheredados, "los desarrapados de extramuros" estoicamente abandonaron la seguridad de los médanos y arrabales para luchar hombro a hombro junto a los burgueses para defender lo indefendible, poco después nos enteramos que, como predijo el "profeta", muchos vecinos de la ciudad y de los alrededores salieron a darle la "bienvenida" al invasor junto con los cadetes de la escuela naval.

Claro, que se cometieron excesos de ambos bandos, por un lado la fuerza innecesaria para llenar de bombas la ciudad y por el otro, ante la superioridad de fuerzas salió el ingenio "jarocho" que en el silencio de la noche se encargaban de desaparecer "yanquis" desprevenidos.

De hecho "el profeta" estaba entre los sospechosos de haberle rebanado el cuello a más de un "yanqui", que luego aparecían en el paseo de los Cocos con la garganta rebanada.

Días después de la retirada de los americanos muchos peluqueros se pararon el cuello diciendo que ellos habían dado muerte a varios de esa manera, cuando ingenuamente se iban a cortar el cabello, pero "el profeta" siempre guardó silencio de aquella afirmación.

Después de la toma de la ciudad, y ante la gran cantidad de muertos de ambos bandos, los servicios sanitarios de los "yankis" optaron por lo más practico, así que el olor a carne quemada fue impregnado nuestro santuario, si bien nos salvamos de los bombazos por estar retirados de la ciudad, no pudimos evitar que un viento del norte nos llenara los pulmones con el hedor de los cuerpos de los caídos que eran incinerados en la zona del muelle.

Tenía 13 años de edad cuando los americanos tomaron la ciudad a sangre y fuego.

Hasta la vecindad no sólo llegaba el olor a muerte, sino también las visitas indeseables, como la "cotorra", que para esas fechas era un "rayado" de la prisión San Juan de Ulúa, recientemente liberado para defender a la patria; pero el muy ladino prefirió irse a dormir a su casa que cumplir con su deber. No pasaron muchos días hasta que un batallón de "gringos" llegó a buscarlo, porque ya alguien se había quejado - conste que no fui yo.

Con la "cotorra" había que estarse con cuidado porque se decía que se robaba hasta él mismo. Ningún vecino lo quería cerca.

Una vez que se hicieron de la plaza y para evitar sorpresas, los soldados "gringos" cavaron trincheras cerca del "Médano del Perro" y algunos batallones se quedaron en la estación de "Los cocos", por si acaso se dejaban venir las tropas federales. "El miedo no andaba en burro", pensaron, pues si la gente común les había hecho estragos en sus tropas, cuanto más podían hacer el ejercito regular de Huerta mucho mejor preparado. Pero eso nunca ocurrió, la política prevaleció a la patria, y todos aquellos que estaban furiosos con el violento atentado a Veracruz prefirieron hacer mutis.

Las noches en los médanos se hicieron diferentes, potentes faros de los buques escudriñaban los médanos, por si las tropas federales se retractaban de su cobarde actitud. Pero eso nunca pasó, después de la resistencia de dos días, y uno que otro "gringo" desparecido en los arrabales o "venadeado" en alguna oscura esquina, pasaron siete meses con nuestros "invitados forzosos", quienes entre todo lo malo tuvieron algunas cosas buenas, como la organización de los servicios de salud y de recolección de basura.

A John Keaton, oficial del ejército de Estados Unidos, lo conocí a los pocos días del desembarco. Nuca me perdió de vista, sabía lo que yo sabía; y yo sabía o creí saber lo que él hacía. Todo era apariencia, en este mundo nada es lo que parece.

Durante su estancia en Veracruz lo acompañaba al mercado de Trigueros, le escogía la fruta y el licor que no estuviera adulterado o envenenado, para evitar que le dieran "toloache" y lo dejaran idiota. Creo que por eso se casó conmigo, me dio un estatus, me salvó de las garras de la muerte y con eso quedó sellado el pacto.

¿De la perdición?, ¿quién puede rescatarse por sí mismo? ¿Tiene que venir un Dios o aparecerse un ángel para librarnos de la perdición? No podemos con los demás, es como cuando alguien se está ahogando en un río, si tratas de salvarlo te abrazará y juntos perecerán, por eso primero hay que golpear al que se está ahogando, para que inconsciente pueda salvarse.

Keaton tenía una hermosa sonrisa, - mi güero era todo un amor. Aunque sólo fuera un amor pasajero, amor de conveniencia, no miento, nunca me trató mal, mientras yo hiciera mi trabajo y le dejara hacer el suyo. ¿Quedaré justificada? Ante quién, sólo soy una mujer, una mujer que fue prostituta. ¿Será mucho pedir?

- ¿Que cómo lo conocí?

Me queda claro que en esta vida no hay casualidades -y espero que en la otra también. Unas semanas después de la toma de la ciudad me encontraba afuera de mi cuarto, no recuerdo exactamente por qué, pero de seguro mi madre tenía algún amigo en turno. Era de noche y observé entre las sombras a un vago al que solo conocía por el apodo del "pirulo", venía acompañado de un soldado "gringo" y se dirigieron a una parte oscura de la vecindad.

Se me hizo raro que aquel soldado no llevara escolta, ningún "gringo" andaba solo por las noches, y qué decir del día, pues a cada rato desaparecía alguno. Se decía que iban a parar en algún terreno baldío o desertaban con una chamaca. También había casos como el de un tal oficial Rusell, que confundió a un humilde "jarocho" con bandera blanca con un sediento "güajiro" ávido de sangre americana y, bueno, eso no lo inventé yo ni es producto de mi patriótica mente, salió en el Excélsior un 5 de marzo de 1935, todavía guardo el pedazo de periódico, el caso fue conocido como la carrera de John H. Russell.

El verdadero motivo por el que el Capitán John Keaton anduviera sin escolta era porque no le gustaban las "chamacas", así que debido a sus peculiares preferencias, tendía a ausentarse de su campamento sin testigos molestos. No sé exactamente qué pensaba aquella noche -nunca me dijo- pero se confió demasiado, máxime que el "pirulo" además de hacer cualquier cosa por dinero, también lo hacía por placer y aquella noche no se conformaba con los dólares, también quería su parte de amor. A pesar de su experiencia en situaciones peligrosas, Keaton no se esperó el golpe traicionero que lo hizo perder el sentido, y cuando el "pirulo" estaba a punto de rematarlo aparecí yo con un sucio y viejo sartén que estaba en un lavadero y con el que lo convencí de no lastimar a aquel "gringo".

Al principio no sabía si hacia bien o mal, me sentí traidora, pero también pensaba que si se descubría aquel homicidio por las bobadas del "pirulo", los "gringos" borrarían del mapa nuestra vecindad y de la "Vencedora" no quedaría más que el recuerdo.

Afortunadamente, y ante las amenazas del "pirulo", los vecinos salieron a ayudarme, haciendo que el agresor huyera. Mi acto de valentía fue reconocido por todos, incluido el propio Keaton, de quien me volví su fiel asistente durante los siete meses que duró la ocupación. Más aún me tuvo en estima cuando le prometí no decir nada de sus preferencias y me comprometí a presentarle amigos, más dóciles que el "pirulo", que no era mi amigo ni iba para allá.

Al principio tuve miedo de las represalias del "pirulo", pero este desapareció como por arte de magia de la ciudad, aunque después me entere que la "cotorra" se había encargado de él por órdenes de Keaton.

Como dije, ese año el de 1914 fue muy especial para mí, pues conocí a dos de los hombres más importantes en mi vida y gracias al conflicto entre el magisterio jarocho y los americanos pude aprovechar al máximo las clases gratuitas del maestro Julio Montero, el director del Colegio Preparatorio, quien a salto de mata daba clases a quien quisiera escucharle. Mientras los "yanquis" se hacían "bolas" para poner en marcha el "plan educativo de americanización", que no dio resultado, pues la desidia y la inconstancia "jarocha" eran más que una garantía del fracaso del programa.

Es muy cierto que pocos mexicanos colaboraron con la administración municipal impuesta por los americanos, la mayoría fueron ciudadanos extranjeros que habitaban la ciudad, los "traidores", que luego fueron exonerados por Carranza, en su mayoría eran jóvenes de escasos recursos o viciosos como la "cotorra", o gente sin dignidad como el actor frustrado Antonio Villavicencio, quien fungió como inspector de policía durante la dictadura de Huerta y posteriormente fue el jefe de la policía secreta de los invasores -y aprovecho para aclarar que mi participación fue humanitaria, y por qué no negarlo, por la amistad y amor que surgió por Keaton.

Los americanos buscaban un pretexto para intervenir en nuestro país; como no les convenía ponerse con el imperio alemán, por lo del barco "Ipiranga", no se les ocurrió otra cosa que utilizar el suceso de Tampico, por cierto muy burdo, pues a todas luces ese incidente no ameritaba la toma de los puertos.

Algunos políticos americanos aseguraban que Veracruz podría servir para los proyectos expansionistas que se tenían planeados, pero había que salvar el obstáculo más importante que eran los mismos veracruzanos. Los extremistas abogaban por desaparecer del mapa a la población, y conste que esto no es invento mío, pues el mismo MacArthur -que le tocó estar en el puerto en el 14- con el asunto de Corea también quería hacer lo mismo con los chinos utilizando las bombas atómicas.

También conocí a Angelina Tapia, la briosa y dicharachera tortillera de la calle de Mariano Arista. Angelina fue famosa por haber matado a un soldado negro durante la invasión americana de 1914. Uno de los "marines" entró a su casa y mató a su marido, Angelina sin medir el peligro y llegando por la retaguardia con su enorme "metate", le propino tremendo golpe en la cabeza al "yanqui", atolondrándolo para después matarlo con su mismo arma.

Como Angelina hubo otras mujeres que participaron en la lucha, ya bien echándole a lo "yanquis" agua hirviendo, orines o mentadas, total también esas dolían.

Al leer los diarios de hoy, me percato que hacen poca referencia de todos esos héroes y se enfocan más en honrar a los jóvenes cadetes Azueta, Uribe y Pérez, pero también es cierto que mucha gente del pueblo dio su vida y parece ser que, como no eran de la "nobleza jarocha", se han quedado en el olvido. También existieron casos de valientes anónimos como Alejandro Sánchez, el "pelón", quien era un preso que estaba en las galeras de la guarnición cuando el Coronel Manuel Contreras formó su batallón con gente del pueblo, presos de la guarnición de filiación "villistas" y los rayados de San Juan de Ulúa.

A diferencia de la "cotorra", quien después sería policía durante la intervención, Alejandro "el pelón" Sánchez se desenvolvió con valentía al lado del coronel Contreras, escoltando a los cadetes de la escuela naval la noche del 21 de abril y posteriormente de regreso en la ciudad. "el pelón" Sánchez, con otros rayados, desde las azoteas del hospital de San Sebastián - hoy Aquiles Serdán- se dedicó a cazar "gringos". Las acciones de los francotiradores empezó a causar estragos en los "marines", provocando nerviosismo en sus filas, al grado que un destacamento disparara sobre la imagen de la Caridad que está en el frontispicio del Hospicio Gutiérrez Zamora.

"el pelón" y su grupo fue descubierto por un destacamento americano y a punto de ser pasados por las armas fueron salvados por el Dr. Manuel Valdés, administrador del hospital, quien los escondió en la sección de virulentos. Al no encontrar a los francotiradores, los "gringos" trataron de fusilar al Dr. Valdés.

Hay que aclarar que Alejandro Sánchez estaba en la cárcel no por ratero, sino por simpatizante del jefe revolucionario Francisco Villa, como él había otros más en las galeras de la prisión militar, próximos a enviarse a San Juan de Ulúa, pero los salvó la invasión, junto al coraje y valentía del Dr. Valdés.

Gracias a la ayuda de Jacinto San Miguel, "el pelón" y su grupo pudieron salir del hospital la noche del 22 a través de la cañería del Fraile y buscar refugio en los médanos.

"el Pelón" se quedó a vivir en el jacal de María Cancino. Entre ellos surgió una relación muy poderosa, pues se volvieron inseparables durante la ocupación. María le daba alojamiento a Sánchez y éste se encargaba de despachar a los "gringos" que María llevaba a su habitación. De acuerdo a lo que en alguna ocasión me contó Sánchez, los enterraban en el médano cercano y ni quien preguntara por ellos, porque la mayoría eran soldados rasos y negros.

Yo tenía mucho miedo que los descubrieran, de hecho el jefe de la policía secreta Antonio Villavicencio, por medio de la "cotorra", ya estaba sobre la pista, pero Keaton decía que era un correctivo para los soldados desobedientes, una especie de leyenda negra, para asustar a los demás soldados y acataran las instrucciones de no salir de la ciudad para buscar putas en los arrabales. Antes de morir, Keaton me confesó que en realidad mis amigos vivieron porque le convenía al ejército, pues reducían la nómina y se libraban de los indeseables.

Al terminar la ocupación, de María Cancino y el "Pelón" Sánchez, nunca se volvió a saber nada.

Otros personajes que ahora son tipos pintoresco de la ciudad también tienes su historia en estos hechos, como el pequeño Francisco Rivera Ávila, alías "Paco Píldora", que le ofrecía chicles a la tropa de una manera jocosa:

-"Chewing gun ten cents, post card ten cents"

Angelina Tapia me platicó durante los años 20 que ella había visto que la mayoría de los combatientes gringos eran de raza negra. Fueron los que entraron de lleno al combate y que después los cambiaron por soldados güeros para las fotografías.

Para evitar sorpresas, los soldados "gringos" cavaron trincheras por el "Médano del Perro" y algunos se quedaron en la estación de "Los Cocos", por si se dejaban venir las tropas federales.

No voy a negar que la ocupación de los "gringos" también trajo cosas buenas, los robos bajaron en su incidencia, las personas mayores hablaban que había regresado la "Pax Porfiriana", incluso hubo un buen manejo de las finanzas municipales, por lo que escuchaba de "el profeta".

Después de siete meses y en vista del poco éxito obtenido, los "yankis" dejaron el puerto a cargo de Don Venustiano Carranza, quien se decía Primer Jefe del Ejercito Constitucionalista. Este ejército entró a tambor batiente por el paseo de los "Cocos", al mando de Heriberto Jara Corona. Aquella mañana salimos todos a ver cómo los "gringos" dejaban sus puestos en el Médano del Perro y se replegaban hacia el muelle, mientras las avanzadas de Jara los observaban.

Un vez que el camino quedó despejado, el grueso de la caballería Constitucionalista hizo su entrada triunfal por el paseo ante el jubilo y algarabía de los vecinos que salimos a recibir a los libertadores. Después esa avenida se llamó Paseo de la Libertad. -hoy avenida Díaz Mirón.

Al poco tiempo llego el "barbudito Carranza" quien aparentaba ser un hombre bonachón, por las tardes caminaba por el paseo del malecón en compañía de varios de sus miembros del gabinete.

Veracruz se convirtió por segunda ocasión en capital de la república, para disgusto de algunos "catrines", que venían en la "bola", los que observaban con repulsión y extrañeza a los "jarochos".

Otros eran más agradables, se decían intelectuales, gente pensante como David Alfaro Siqueiros y Juan Olaguíbel, a quienes les encantaba perderse por los lupanares y cantinas del puerto.

Algunos chiquillos le pedían a Carranza que les aventara alguna moneda al mar para que se metieran a sacarla, tradición que hoy persiste en el paseo del malecón y que inició porque los chamacos ni la población en general confiaba en los billetes carrancistas.

Debido al problema con el cambio del billete, la gente se ponía más abusada y sólo recibían monedas de plata constante y sonante, incluso algunos ciudadanos, como los dueños del Café de la Parroquia, mandaron hacer sus propias monedas para sus transacciones.

La "bola" también trajo consigo máquinas novedosas que se dejaron ver por primavera vez en la ciudad, como algunos automóviles que raudos transitaban por la avenida principal, ocasionando que en una sola semana hubiera tres atropellados, transeúntes distraídos que no estaban acostumbrados sortear a los modernos aparatos. También fue una sorpresa escuchar el ruido de los aeroplanos -que habían sido adquiridos por los carrancistas a los americanos- y la gente se persignaba al observar aquellos "zopilotes de acero".

Ya estando casados, Keaton me confesó que los famosos aviones que le vendieron a Carranza eran obsoletos, que costaba más transportarlos de regreso que vendérselos como el "oro del moro" a Carranza, quien viendo la ventaja estratégica que tendría sobre Villa y Zapata no lo pensó dos veces y gracias al asesoramiento de Obregón le sacaron el mejor partido durante la campaña en Yucatán y contra los zapatistas. Claro que eso enormes "zopilotes de acero" no sólo causaron estragos en las tropas de Zapata, sino que provocaron terror entre los habitantes del puerto, quienes aseguraban que el final del mundo estaba cerca al ver aquellos sensacionales aparatos, sobre todo la gente que apenas acaba de llegar, porque algunos ya los habíamos visto durante la intervención de norteamericana de 1914.

Entre 1914 y 1915 la ciudad cambió bastante, respecto a las construcciones, tanto de los extramuros como en el mismo centro de la ciudad. De acuerdo a "el profeta de la Huaca", la idea era darle quehacer a la "bola" que venía con el "Barbudo", algunos sin oficio y beneficio, que se decían intelectuales. Pero como los más eran tropa, alguien le vendió la idea a Carranza que desde su oficina en el edificio de faros no se alcanzaba a ver el resto de la avenida, llamada hoy Serdán, así que lo que interrumpía la calle era un pedazo del convento de San Francisco Javier o Santo Domingo el Nuevo, porque de acuerdo a "el profeta" ese Convento había sido de los jesuitas. Cientos de hombres se dieron a la obra de derruir parte de aquel histórico lugar. De acuerdo a los relatos de los testigos, entre ellos Jacinto San Miguel, que siempre estaba atento a presentarse en ese tipo de lugares para encontrarse algo que vender, lo único que se pudo encontrar fueron restos humanos empotrados en la paredes y en el suelo restos de niños. Macabros hallazgos que no fueron del conocimiento del pueblo y que pasaron a formar parte de las leyendas de la ciudad.

Muchos miembros del gabinete no tenían la más leve noción de la historia de la ciudad y mal asesorados por "seudo intelectuales", empezaron a lanzar voces para convencer al pueblo de que debían destruir los antiguos edificios, tal fue el caso del General Agustín Millán, quien el mismo empezó a picar el edificio del palacio municipal alegando que "todo lo viejo debía desaparecer".

Afortunadamente su ejemplo no cundió y para su buena suerte, el palacio municipal solo quedó abandonado para que el paso del tiempo hiciera su trabajo ante la apatía de la población local que estaba desencantada de las promesas revolucionarias.

Así las cosas la "bola" duplicó la población de la ciudad en aquellos convulsionados años y ya para la salida de Carranza la ciudad de Veracruz tenía un serio problema de vivienda, incluso llegué a ver cómo en pleno Paseo de la Libertad mucha gente instaló sus casas de campaña para pernoctar. Esto no pasó inadvertido para aquellos que se quisieran hacer ricos de la noche a la mañana, así que empezó la construcción de patios de vecindad sin ton ni son, utilizando materiales de desecho y sobre todo con ganas de lucrar con la necesidad humana.

Mi madre y yo también nos vimos afectadas con tal situación, nuestro reducido cuarto fue dividido en dos para un empleado del nuevo gobierno constitucionalista y su familia, aunque al poco tiempo murió mi mamá victima de la cirrosis y tuve la libertad de abandonar aquel patio y refugiarme en la vivienda de "el profeta de la Huaca" que era más amplia mientras encontraba como ganarme la vida y rentar mi propio cuarto.