Política

EL PARAISO DE LOS LOCOS Memorias de una libertaria (Ill)

abril 19, 2020

1908, HÁGASE LA LUZ.

Después del almuerzo me quedé dormida. En esta ocasión visitó mis sueños una figura que en los últimos meses se ha vuelto una obsesión: Jacinto San Miguel, "El hombre topo". Jacinto fue un buen hombre, cliente leal, enamorado de la directora del hospicio de la ciudad, la señorita Adelaida Guzmán. De baja estatura -lo digo yo, que llegaba al metro cincuenta- muy amable, servicial pero solitario. Pocos sabían a qué se dedicaba. Lo conocí siendo muy joven, cuando le ayudaba a la "negra" Domitila a elaborar sus "menjurjes" en el patio de la "Vencedora". Jacinto y Domitila no eran amigos, su relación era netamente de negocios, negocios turbios. La "negra" era una pionera en el concepto de diversificación empresarial, pues lo mismo hacía pócimas, hablaba con los espíritus que cambiaba monedas antiguas de oro y plata con sus amigos de los barcos extranjeros. Conocí a Jacinto cuando acudía a la casa de la "negra" a realizar sus negocios. Tardé años en hacerme de su confianza y enterarme de sus secretos, pero valió la pena. Jacinto era muy desconfiado, máxime que la "negra" Domitila acabó timándolo con lo que le quedaba de unas monedas de oro de la época de la Colonia. Los hallazgos de Jacinto le permitían vivir cómodamente en el cuarto que compartía con su hermana en el centro de la ciudad. Cuando el tesoro se agotó se vio en la necesidad de seguir recorriendo las peligrosas entrañas de la ciudad en busca de nuevos hallazgos.

En mi sueño, Jacinto con sus brillantes ojos negros, tez morena, pantalón café de gamuza y chaquetilla de cuero, reloj de bolsillo con una cadena de oro, me hacía señas para que lo siguiera en uno de sus amados túneles, aquellos que atravesaban la ciudad. En una mano llevaba una lámpara de petróleo y en la otra un pedazo de papel que yo interpreté como un mapa. Jacinto en mi sueño no me dirigió la palabra, sólo movía las manos y con la cabeza insistía a que lo siguiera a la parte más profunda de aquellos históricos pasadizos. El lugar estaba impregnado de un olor a sal y humedad, como si estuviera cerca de la playa. Podía ver, a pesar de la oscuridad, la cubierta de aquel pasadizo de ladrillo y sentir la humedad del piso hecho con piedra múcara.

Lo sigo sin poder alcanzarle por más que lo intento. Me quedo atrás mientras Jacinto y su linterna se van perdiendo en la oscuridad de aquel laberíntico y húmedo lugar. Trato de gritarle: ¡Jacinto, Jacinto, Jacinto San Miguel!, pero no me sale la voz, mi pesadilla se traga a Jacinto y su lámpara de petróleo.

Silencio, oscuridad, una mezcla deprimente.

Despierto sobresaltada por el ruido de una explosión. Me asomo a la ventana, los muchachos traviesos siguen colocando "petardos" en las vías del tranvía. La explosión sacude al carro que no está hecho para ese tipo de bromas.

Los tranvías, suspiro.

Tendría unos ocho años cuando iniciaron operaciones los primeros tranvías eléctricos en la ciudad. Hasta nuestra recóndita vecindad llegó la noticia gracias a un cartel robado por un vecino apodado la "cotorra", que anunciaba el día que empezarían a funcionar en Veracruz. La planta de luz y fuerza de Veracruz se inauguraba y con esto una nueva era daría comienzo. Claro, sólo en la ciudad porque nosotros, los "desheredados jarochos", no estábamos considerados en la primera fase del proyecto.

Enterados de la noticia gracias al cartel -que serviría como cortina de la ventana del cuarto de la "cotorra"- las vecinas, entre las que se encontraba mi madre, organizaron una peregrinación desde los médanos para entrar a la ciudad y observar con nuestros propios ojos aquel misterioso adelanto de la ciencia.

Respecto al cartel, quiero mencionar que causó controversia entre las vecinas, pues además de mostrar las imágenes de un tranvía que se movía sin necesidad de burros, una farola y las instalaciones de la planta de luz y fuerza que se encuentran en la zona norte de la ciudad, también aparecía un muchacho, que después supe era la representación del dios Mercurio. A mí en lo particular, siendo una niña, me recordó la figura de un santo, pues sólo le cubrían sus partes una especie de taparrabo que flotaba cubriéndole sus impudicias, como dijo doña Abad cuando vio el dibujo. Siendo la única vecina que se negó a asistir porque pensaba que podía aparecérsele el tipo del sombrerito con alas.

La permanencia en la vecindad de Doña Abad también sirvió para que el vecino incómodo que era la "cotorra", un tipo despreciable que se dedicaba a robar a los transeúntes despistados en la zona de los mercados, se viera inhibido a vaciar nuestros cuartos durante la ausencia de la mayoría.

Recorrimos el camino de siempre, entre los médanos, en una alegre peregrinación por encontrarnos con lo novedoso. Mientras nos alejábamos desde la cima de un médano, la "cotorra" nos gritaba con su voz aguardentosa:

-¡Adiós, viejas chimoleras!

La cita fue en las instalaciones de la termoeléctrica, a un lado de la estación de ferrocarriles en la zona norte.

Ese día fue de fiesta para todo el pueblo. A pesar de que llovió hasta las nueve de la mañana, la gente se mantuvo arremolinada cerca de los modernos carros. Lo que fuera a pasar, sería gran novedad, porque muy pocos sabíamos lo que era la electricidad, así la espera era algo intrascendente. Sin embargo, el tiempo siguió su curso mientras los ingleses, que operaban la compañía en la ciudad, tenían un almuerzo con sus familiares.

Debido a que la famosa electrificación no comenzaba, los niños nos desesperamos. Con toda nuestra inocencia recuerdo; que jugábamos saltando entre los charcos de agua al matarile rile ron. El juego consistía en formarnos en dos hileras de niños y niñas, frente a frente, nos tomábamos de la mano y acercábamos a los niños mientras entonábamos la canción, que era algo así:

Amo a Tom, matarile rile ron

¿Qué quiere, usted? -contestaban los niños-, matarile rile ron

Yo quiero un paje, matarile rile ron

Escoja usted, matarile rile ron

Yo escojo a Pedro, matarile rile ron

¿Qué oficio le pondremos?, matarile rile ron

Le pondremos albañil, matarile rile ron

Ese oficio no le gusta, matarile rile ron

Que pase a la olla para hacerlo chicharrón

Y a las doce de la noche nos daremos un sentón, matarile rile ron

Finalmente, después de la comilona, el jefe político del Cantón de Veracruz, que en ese entonces era José de Emparan, se dirigió al pueblo para inaugurar el sistema eléctrico.

Estoy segura que de aquel día nadie se acuerda de los discursos sobre la modernidad, como siempre pasa con los jarochos; las anécdotas para la posteridad comenzaron cuando la gente subió a los modernos tranvías que iniciaban su recorrido por la ciudad. Algunas vecinas se persignaron cuando vieron andar aquellos carros sin necesidad de mulas, decían que eso era brujería.

Otros, tuvieron ocurrencias jocosas, como el "tío Tito", un señor que se apellidaba Zamudio, que venía de Alvarado; era toda una institución en ocurrencias y dichos, él fue el que comentó en voz alta, en las barbas de uno de los conductores de los modernos tranvías, que la diferencia de los anteriores tranvías con los nuevos se debía a que antes los jalaban las mulas y ahora los conducían. Comentario hiriente y sarcástico que hizo reír a los presentes que por supuesto molestó al conductor.

También recuerdo que hubo muchos accidentados, bocas rotas y rodillas raspadas, pues la mayoría de la gente estaba acostumbrada a no pedir la parada para bajarse de los carros, queriendo hacer lo mismo con los nuevos, cosa que no era tan fácil porque la velocidad de los carros jalados por mulas y los de tracción eléctrica era muy diferente, lo que ocasionó que muchas personas resultaran sin dientes.

Los conductores lucían un elegante traje con una gorra que les daba una presencia distinguida, como de maquinista de locomotora. Uno de ellos era un hombre muy atractivo al que me acerqué para enseñarle mi muñeca hecha de una mazorca seca. Uno de los policías me dijo que no tocara la superficie del tranvía -como si lo fuera a ensuciar con mi pobreza-, pero el señor conductor muy amablemente acarició mi cabello de una forma que aún hoy extraño, en aquel entonces debí de haber tenido una seria falta de amor paterno, que sólo el "profeta de la Huaca" llenó años después.

El regreso fue alegre y hubiera sido un excelente día de no ser porque, antes de llegar a la iglesia del Cristo, ya nos estaba esperando Doña Abad junto con la "cotorra". A lo lejos eso preocupó a todos porque no era posible que esos dos estuvieran juntos bajo ningún motivo. La mala noticia era para Doña Domitila, pues Don Eneas, su marido, había sufrido un accidente.

Don Eneas era un señor chaparrito, en comparación con el enorme cuerpo de la "negra". Para describirlo tomaré como referencia algo así como a Don Regino Burrón, el de las tiras cómicas de Gabriel Vargas. Era un señor de baja estatura, de origen español, con un gracioso bigotito de raya en medio. El problema con Don Eneas era que tomaba mucho y entonces le entraba a "madrazos" por motivos insignificantes a la "negra" Domitila, algo que no es gracioso, lo acepto, pero en aquel entonces era digno de verse, pues ante tamaño de mujer, aquel hombrecito la ponía de rodillas al suelo a punta de cinturonazos. Era algo así como David y Goliat. A pesar de los constantes malos humores de Don Eneas, la "negra" lo adoraba.

La versión inicial fue que el "chaparrito" murió supuestamente atropellado por el "Alvaradito" -el tren de la ruta a Medellín, que realmente llegaba hasta Alvarado- y pasaba por la laguna de los Cocos. Esas lagunas, que surtían de agua a los arroyuelos Tenoya y la zanja, estaban a la altura de las calles que hoy se llaman Juan Enríquez y Díaz Mirón, de hecho ahí llegaba una estación del tren del Pacifico. Aquel fatídico día Don Eneas andaba como siempre cazando "pichichis" en la laguna de los Cocos, para venderlos en el mercado, de hecho la familia de la "negra" siempre tenía algo que llevarse a la boca y compartir gracias al tino de la vieja escopeta de Don Eneas.

Para esta peligrosa faena, Don Eneas se hacía acompañar de su compadre, el "indio Melchor", un nativo de la sierra de Puebla, a quien Doña Domitila no tragaba y sobre él recayeron las sospechas, porque según la "negra" Don Eneas siempre había sido "briago", y hasta "mariguano", pero jamás pendejo, por lo que la versión de que se cayó a las vías no tenía sustento.

El dolor de Domitila y su tenaz investigación por dar con el culpable me hizo reflexionar, a mi tierna edad, acerca del amor. Aquellos que dicen amarte son los que más daño te hacen, traspasa toda lógica, pues a pesar de los malos tratos que el difunto le inflingía Doña Domitila fue capaz de levantar en vilo al "indio Melchor" cuantas veces quiso y pegarle una tunda por no haber cuidado a su compadre como Dios manda.

No pasaron muchos días después del accidente para que del "indio Melchor" no se volviera a saber nada. Algunos hablaban que de la tunda que le acomodó Domitila le había quitado hasta el modo de andar, otros que la noche que desapareció fue porque Domitila lo "rasuró" dormido y lo enterró cerca de la casa de María Cancino, una famosa prostituta de una casa cercana al Médano del Perro, quien además era comadre de la "negra". La verdad nunca se llegó a conocer.

Los tranvías me traen esa serie de recuerdos, tanto porque me tocó presenciar aquella histórica inauguración del sistema eléctrico como por la solidaridad del vecindario en el lugar del accidente para, como se dice en el diario El Dictamen en su nota roja, "dar fe de los hechos". La curiosidad y la sincera solidaridad con la "negra" dio pauta para que nuestras madres y vecinos olvidaran el cansancio y con un esfuerzo sobrehumano -algunas cargando más de dos chamacos al mismo tiempo- regresáramos a marchas forzadas hasta la estación del "Alvaradito", en donde por horas -a mí se me hizo eterno- buscaríamos y recogeríamos los restos de Don Eneas. La cabeza fue lo último en encontrarse y fue gracias a un zopilote que ya se estaba dando un festín con los ojos del difunto.

Las sospechas, como ya dije antes, recayeron sobre Melchor, porque a pesar de ser compadres y quererse mucho, cuando tomaban alcohol -que era casi siempre- acababa de pleito porque Melchor cazaba más "pichichis" con su rudimentaria resortera que Don Eneas con su sofisticada escopeta reciclada de la guerra contra Maximiliano.

Con un instinto que ya hubiera querido Sherlock Holmes, la "negra" Domitila fue buscando evidencias, pues la policía brilló por su ausencia. No fue necesario que la "negra" invocara a los espíritus, pues lo primero que no concordaba es que Melchor se había bañado primero, antes de darle la noticia a Doña Abad, y según esta última, cuando lo observó, su cara tenía algunos rasguños y su machete siempre mugroso estaba también recién engrasado. La cabeza del difunto presentaba moretones en la cara y el lugar de su hallazgo distaba de las vías del ferrocarril por mucho. Además, para completar, el corte del cuello no era de las ruedas del tren, pues el cuerpo estaba partido a la mitad. Por deducción, Doña Domitila sacó en conclusión que al cuerpo lo habían puesto acostado en las vías y que la cabeza había volado primero.

Por nuestro aislamiento, la noticia no fue de interés para los diarios ni las autoridades. El asunto terminó en un sepulcral secreto de nuestro vecindario, como Melchor vivía sólo se dijo que se había ido de nuevo a la sierra -tiempo después, Miguelito Sotolongo me comentó que la "negra" le había dado unos centavos para que difundiera entre los vecinos esa versión y de aquel suceso sólo quedó alguna que otra letra sarcástica incluida -por mí, por supuesto- en nuestros juegos.

Al "Indio Melchor" por pendejo matarile rile ron.

Regreso al presente y observo el tranvía, se aleja sin novedad después de haber estallado el petardo. Veo cómo los chicos traviesos corren por el zócalo, son un par de bribones, parecidos a "petonito" y a "presa é pollo", cuando les daba por jalarle el "trole" al tranvía y dejarlo sin energía.

Hecho un vistazo por los alrededores, pero no logro ver a "gato" en su lugar preferido, cerca de los lustradores de calzado, de los "boleros", como les apodan en la ciudad. En las mesas del portal del Hotel Diligencias se encuentra la plana mayor de la "nobleza jarocha", de esos que todavía hoy se ufanan de haber nacido en intramuros, pobres pendejos, como antes dije, esos muros se los heredaron sus abuelos y aún hoy siguen pensando que lo que está fuera de la ciudad es lo peor.

Siento un profundo bochorno que los ventiladores de la habitación del hotel no pueden quitarme. Me ahogo aquí adentro, así que prefiero salir a tomar un poco de aire, le pido a Valentina que se aliste, quiero dar una caminata por el paseo del malecón. Camino lentamente, aunque sólo finja para poder tomar con fuerza el brazo de Valentina. Observo que algunos chicos de la preparatoria se pasean por el malecón, son del Colegio Preparatorio, una escuela de prestigio que conserva su disciplina militar. Un grupo juega a darse "pamba con picahielo", y me recuerda nuestros tiempos, cuando dábamos "caballo", o sea, golpear a un vecino o cobrador de rentas entre varios miembros del sindicato de inquilinos. El ritual denominado: "caballo, paseo y baño" consistía en estrujar, pasear por las calles principales de la ciudad y posteriormente, si bien le iba, meterlo a la playa para que se le quitara lo "sabroso", a cualquiera que estuviera en contra del movimiento inquilinario.

Hoy en día suena a salvajada, pero en aquellos días del año 1922 era cosa común el dar "caballo". No voy a negar que en alguna ocasión se nos pasara la mano, pero los incidentes graves fueron más bien durante los mítines, cuando algún provocador pagado por el gobierno se mezclaba entre nosotros para dividir el movimiento. Como pasó con una vecina del sindicato, o cuando se trataba de cuestiones personales y pasionales, que afloraban al amparo del movimiento. Como el caso de la señora Manuela Bretón, del patio el "Jazmín", pero esa fue otra historia, porque "Doña Lola", la mamá de "presa é pollo", le "traía ojeriza" por un asunto ajeno al movimiento inquilinario. Una tarde Doña Lola le pegó de navajazos a la señora Bretón mandándola a la Cruz Roja. Esa nota salió en el diario El Dictamen, pero la relacionaban con el movimiento, cosa que no fue cierto porque ambas damas se disputaban el amor de Don Ulpiano, que era marido de la señora Bretón.

En la mayoría de los patios hubo problemas que no pasaron a mayores, como el suceso del patio "las hortalizas", que estaba en las calles de Francisco Canal y Hernán Cortes. Ahí existía una peluquería llamada el Trébol, que atendía el bonachón de Luis Rivera. Un buen día, el administrador Ángel Durán llegó muy bravo a querer cobrar la renta y pedir le desocupara el local. Lo que no sabía el señor Durán era que Luis Rivera tenía una amiga en la sección de mujeres libertarias y hasta la misma casa de Durán nos presentamos un distinguido grupo de "damas" con nuestra bandera roja dispuestas a darle "caballo, paseo y baño" al atrevido cobrador.

El hombre estaba tan asustado que se encerró en su habitación y su madre desesperada, al no encontrar en nosotras respuesta, corrió a la comandancia para traer un regimiento de policías, y hasta un regidor del ayuntamiento, de apellido Ramírez, se presentó en el lugar para calmar las cosas. Gracias a que Ramírez era buen cliente de la Rosa pudo calmar los ánimos, no sin antes amonestar al señor Durán para que no se metiera con el fígaro de nuevo, a costa de que entonces le diéramos "caballo" entre todas.

Encuentro el malecón bastante deteriorado, hace falta mucho para invertirle al lugar. Ya no existe el viejo kiosco de la Atlántida, donde veníamos a escuchar música, comer un helado o tomar una Zaraza Vargas, ni tampoco el edificio de sanidad. No cabe duda que mis paisanos tienen memoria de ese material llamado teflón, no se les queda nada. Este lugar guarda historias maravillosas, desde aquí debió ser la entrada de los primeros españoles con Cortés a la cabeza. Tantos viajeros que pasaron por aquí, algunos ilustres personajes de nuestra historia: O´Donoju, Juárez, Maximiliano, Porfirio Díaz, Carranza, poetas como Amado Nervo y Luis G. Urbina en su marcha sepulcral. Todavía recuerdo esas fechas, porque fue motivo de gran alboroto venir hasta aquí, al malecón, a despedir todos juntos, burgueses y plebeyos a Don Porfirio Díaz.

Me llena de tristeza que en algún momento tendré que olvidar muchas cosas, entre ellas una fecha muy especial, el 31 de mayo de 1911. Aquel día no hubo excepción de los vecinos para hacer el viaje especial desde los médanos y arrabales para llegar a la ciudad y ver por última vez a Don Porfirio, en el muelle de sanidad o también llamado de la "T". Parece que fue ayer y aprieto más el brazo de Valentina, en esta ocasión no miro a sus ojos, sino hacia el muelle recordando que aquella visita no era de algarabía entre los adultos como la de los tranvías, los niños teníamos curiosidad por todo lo que se escuchaba de aquel viejito. Yo había madurado a la fuerza, porque mi mamá, ya para esas fechas no salía del cuarto porque se perdía en los médanos, desconocía todo y a todos y ella misma no se podía ver en el espejo porque se asustaba, gritando que era otra señora la que la perseguía a cada momento. Así los chicos más grandes, que éramos Miguelito Sotolongo y yo, cuidábamos de los pequeños. Llegamos a la ciudad desde temprano para ver salir al que la gente todavía consideraba el señor Presidente. Desde temprana hora la población se congregó en el muelle, y ya para medio día aquello era un hervidero de gente, desde los postes hasta el techo de los almacenes de sanidad estaban repletos de personas que querían despedir al caudillo.

Aquel hombre -un viejito, diría el más pequeño de nuestros acompañantes-, con su traje blanco y su sombrero de jipijapa de ala ancha había mantenido en paz un país que parecía imposible de ser gobernado; por cuarenta años aquel "viejito" -ahora lo parecía-, con su voluntad y la ayuda de la "medalla de Cortés", había consolidado un poder no visto en el México independiente.

A los "jodidos" -que fuimos los más durante el Porfiriato- nos tocó sentir y vivir el caos revolucionario y añorar, como decían los "viejos", "la paz porfiriana", porque la famosa revolución nunca dejó de tener y hacer pobres.

Así, aquel día, desde nuestro lugar en el muelle, pudimos ver al caudillo abordar lentamente el barco en compañía de su familia y del gobernador Teodoro Dehesa, quien después bajó muy angustiado, luego entendí el por qué, ante tamaña responsabilidad que le confirió el señor Díaz. Fue una despedida característica de los jarochos, había tristeza pero también alegría, como en casi todos los eventos que se supone deben de revestir cierta solemnidad, pues a pesar que se trataba de una despedida histórica, la banda militar de música no dejaba de tocar y la gente del pueblo de bailar. Así el caudillo de todos los mexicanos, el héroe de la guerra extranjera, subió al barco Ipiranga para no regresar más.

Algunos presentes aseguraban que Don Porfirio se fue llorando y otros, los más nostálgicos que pronto regresaría.

Una vez perdido el barco en el inmenso mar, la gente parecía tomar conciencia de la magnitud del hecho. El regreso de la mayoría a sus hogares fue silencioso, hasta los niños caminábamos impregnados de tristeza, parecía que regresábamos del sepelio de la mamá de Carmelita Peña. Una época terminaba para México y comenzaba una que parecía ser distinta y que lo fue.

Quiero aclarar por qué hice alusión al caso del sepelio de la mamá de Carmelita Peña. Siendo que la muerte, si bien era algo común en el vecindario y los sepelios semejaban más fiesta de cumpleaños -como dije anteriormente-, en los que la tristeza se opacaba por la música, comida, cantos, pero en el caso de la progenitora de Carmelita Peña fue distinto.

Me llena de tristeza que en algún momento tendré que olvidar muchas cosas, entre ellas una fecha muy especial, el 31 de mayo de 1911.

La historia es la siguiente. Carmelita Peña era una muchacha como de mi edad, pero nos diferenciaba el origen y sobre todo la supervisión de su madre, siempre limpia y educada. Doña Petrona, una señora viuda de origen español, siempre estaba al pendiente de que Carmelita asistiera al colegio y a misa todos los días.

A pesar de los intentos de la "negra" Domitila y demás vecinas por averiguar sobre la vida de la familia Peña, sólo salieron puras conjeturas; que si al señor Peña lo habían matado los gringos, que si los carrancistas, que si era espía alemán, en fin, una serie de habladurías que dieron como consecuencia que las Peña mantuvieran distancia del resto de los vecinos; según ellos, no éramos iguales, yo me imaginaba que se referían a la famosa "sangre azul", porque "jodidos" estábamos todos.

En fin, el día que murió Doña Petrona -no recuerdo si ese era el nombre-, Carmelita Peña recibió las constantes muestras de solidaridad del vecindario, las vecinas se acercaron sinceramente para ofrecerle café, tamales y otras, como Doña Abad, quien para esas fechas ya detentaba el monopolio en el barrio, por el asunto de los rezos para que el alma de la difunta llegara sin complicaciones al paraíso. Inclusive yo, a quien en lo personal Carmelita me era tan desagradable por su postura arrogante, del tipo de la abuela, llegué a brindarle mis condolencias, pero aquella muchacha estaba como ida. Entendí que era algo muy duro saberse sola en el mundo, así que no tomé a mal que no contestara nada de los ofrecimientos del vecindario, lo que se entendió como la aceptación tácita de aquella joven huérfana.

El caso es que de pronto, por la mañana, armó una "rebambaramba", cuando los vecinos quisieron cargar con la caja que contenía los restos de la señora. Carmelita se abalanzó como loca sobre el féretro gritando:

-¡No se la lleven, no se la lleven, déjenmela otro ratito, déjenmela otro ratito!

Eran tales los gritos suplicantes de aquella pobre chica, que los vecinos accedieron a dejarla otro "ratito". "Ratito" que se volvió "ratote", que se convirtió en un día completo, y si no es porque ya empezaba a apestar, los vecinos se dieron a la tarea de amarrar a la trastornada Carmelita a una silla, mientras los más corpulentos se llevaban el féretro a toda prisa a echarlo a la fosa común del panteón municipal, pues nadie supo si había dinero o no para el sepelio. Carmelita perdió la razón y se encerró en su vivienda por semanas.

Pasaron algunos años y la anécdota de "no se la lleven, déjenmela otro ratito" quedó grabada en el imaginario popular de chicos y grandes, y como los vecinos no perdonaban nada, no faltaban chamacos -que era lo que año tras año sobraba en la vecindad- que se burlaran de la pobre Carmelita, poniéndole el mote de "La no se la lleven". Inclusive durante las navidades, cuando todo debía ser paz y Armonía, la gente se entretenía componiendo versos para las "ramas" que era cada veinticinco de diciembre.

Las "ramas" son una tradición popular en Veracruz que consiste en vestir con adornos un pedazo de rama de árbol y cantar versos de casa en casa con una letra que decía más o menos así: A las buenas noches ya estamos aquí, aquí está la rama que les prometí, que les prometí venir a cantar porque mi aguinaldo me tienen que dar. Naranjas y limas, limas y limones, más linda es la virgen que todas las flores.

Después de esta introducción seguían versos para que la gente en sus casas les diera "aguinaldo" a la rama. Los versos regularmente hablaban de algo que sucedía en el cielo y que tenía que ver con San Pedro, por ejemplo: "Arriba del cielo rompieron un plato, el niño Jesús nació el veinticuatro".

Al término de esos versos y si la rama era satisfecha con su aguinaldo, se daban las gracias con otro verso, como: "Ya se va la rama muy agradecida porque en esta casa fue bien recibida" o, en caso contrario: "Ya se va la rama por todo el alambre porque en esta casa están muertos de hambre".

Claro que no faltaron algunos "bromistas", como el tío Tito, que compusieron algunos versos como el que decía: "Arriba del cielo hay una bola de nieve, por donde se asoma la no se la lleven", y ante las constantes indirectas -que se volvieron directas con el paso del tiempo-, Carmelita Peña optó por cambiarse de patio, pero como dicen por ahí, no pudo huir de su destino, pues a donde fuera, siempre había alguien que la identificara como "La no se la lleven".

Me imagino que la situación se tornó muy difícil para ella, porque con el paso del tiempo, y ya siendo adolescentes -creo que fue por el año 17, porque recuerdo que estaba muy de moda lo de la Gran Guerra - que Carmelita pasó a engrosar las filas de la chicas de la calle Guerrero, de la zona de fuego, y después también se volvió una mujer libertaria, connotada activista del movimiento inquilinario, aunque después supe que murió de cáncer, según me contó María López.

Esta tarde el regreso también se torna triste, el calor no me deja pensar bien, así que le pido a Valentina que aceleremos el paso y, encajándole las uñas -como ya es tradición- regresamos al hotel.

Los pichos ya no revolotean, la música inunda mis oídos, matarile rile ron.

También recuerdo que hubo muchos accidentados, bocas rotas y rodillas raspadas, pues la mayoría de la gente estaba acostumbrada a no pedir la parada para bajarse de los carros, queriendo hacer lo mismo con los nuevos