EL PARAISO DE LOS LOCOS Memorias de una libertaria
abril 12, 2020 | Miguel Salvador Rodríguez Azueta

La vecindad del mar queda abolida:

basta saber que nos guardan las espaldas,

que hay una ventana inmensa y verde

por donde echarse a nado.

Golfo de México, Veracruz (fragmento)

Alfonso Reyes

No engañas a nadie, eres honesta, íntegra, perfecta; anticipas tu precio, te enseñas; no discriminas a los viejos, criminales, tontos o de otro color; soportas las agresiones del orgullo, las acechanzas de los enfermos; alivias a los impotentes, estimulas a los tímidos, complaces a los hartos, encuentras la fórmula de los desencantados. Eres la confidente del borracho, el refugio del perseguido, el lecho del que no tiene reposo.

Canonicemos a las putas (fragmento)

Jaime Sabines

PARALELA AL SIGLO

Joven y veracruzano se es sólo una vez en la vida.

Lo primero pasa, lo segundo no.

Agustín Lara

Ciudad de Veracruz, sábado 18 de abril de 1959

A este día le llega su fin. Como a mi vida, mi historia. Es ahora o nunca, debo decidir cómo terminar la misión, no porque esté convencida -como siempre, actúo por instinto-, tal vez por agradecimiento o compromiso, jamás he sido amante de las convicciones.

¿Cómo empezar, o más bien para qué empezar?, nadie creerá esta historia, creo que el tiempo se encargará de borrarla de la faz de la tierra, tal vez por eso me animo a escribirla. ¿Comenzar por el final?, ya casi todo está listo. En fin, el día se va cerrando, lo sé, no porque la luz se esté desvaneciendo, aún está claro, lo anuncian los graznidos de cientos de aves que buscan pernoctar en algún lugar, en los pocos árboles que hay en la Plaza de Armas de la Ciudad de Veracruz. También hay otras señales inequívocas, el inicio de la fiesta, la música, el bullicio, la gente que concurre a los famosos Portales. La luz natural llega a su fin, se encienden las farolas y la música de las jaranas y marimbas anuncian el inicio de la noche jarocha, mientras los pájaros desesperados buscan su espacio, un pedazo de rama donde soñar, si es que las aves tienen derecho a dicho placer o martirio, dependiendo del ánimo del soñador.

Abro de un solo golpe las cortinas, observo detenidamente el exterior, son muchos los pájaros revoloteando. La mayoría son los llamados "pichos", una especie de cuervo, pero de menor tamaño, menos amenazantes que los "nopos", así les apodan los jarochos a

los zopilotes.

Son casi las 6 de la tarde, regreso a la mesita de noche donde se encuentra mi libreta salvadora de la memoria. Una libreta vieja, de pasta dura, de las que usan los contadores, en donde escribo mis vivencias y guardo los recortes de periódicos que me ayudan a anclarme con mi pasado. Le restan pocas hojas en blanco, así que debo de ser breve y terminar de la mejor manera posible.

Bien, me doy cuenta que casi todo está en su lugar, pero hace falta un final, no necesariamente tiene que ser feliz, y bueno, como soy originaria de la ciudad "del revés", terminaré por el principio.

Soy Manuela Barrios, nacida a extramuros de la Ciudad de Veracruz, en los nacientes arrabales, un 26 de agosto de 1900 y hoy hospedada en la habitación 105 del Hotel Imperial. Llamada Acamapichtli, en honor al primer rey azteca.

¿Hotel Imperial?, resabio anacrónico de los malditos burgueses -río.

El sonido de la música se intensifica, la marimba, la jarana, las voces, las ventas, los pregoneros, más música; son los portales de la ciudad, esa que nunca duerme, donde la locura acecha en cada esquina.

Desde la mesita, vuelvo la mirada y observo la punta de los árboles, es el mes de Abril y varios lucen sus copas "pelonas". Puedo apreciar claramente a los "pichos" revoloteando. Suspiro y recuerdo lo poco de la biblia que me enseñó el Padre Caspiano.

"Fijaos en los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni granero y Dios los alimenta" -o algo así; sin embargo, aquí cada quien busca un espacio, por mínimo que sea, para poder dormir, y el que llega tarde se queda en las ramas pelonas.

¿Pelonas?, sí, casi vacías, como aquellas buhardillas que se alquilaban en los años 20 en la ciudad, hechas con pedazos de madera de pino americano y teja de Marsella, que servían de lastre a los barcos, cuartuchos estrechos, más parecidos a ataúdes que a casas, sin cobijo para el viento y cuyo monto estratosférico que se pagaba de renta fue el motivo de aquellos aciagos días del año 1922.

-¡Malditos burgueses! -y vuelvo a reír.

Me observo al espejo, la vida ha sido dura, y más lo he sido conmigo misma, no llego a los 60 y parezco una anciana de 80.

Desde el espejo se puede apreciar el Palacio Municipal, ya está en mejores condiciones, dicen que fue rescatado en los años 30, qué bien, porque ya era una ruina cuando salí de Veracruz. Volteo y observo la Catedral, su torre, desde donde espiábamos siendo niños a los huéspedes del Hotel Diligencias. El famoso hotel, desde este lugar no alcanzo a verlo, me levanto y lo observo por un buen rato.

-¡Pinches burgueses!

Cosas de la vida, hoy me encuentro donde siempre quise, donde añoraba toda la chusma, en la habitación 105 del Hotel Imperial. Ya no me amedrenta el lujo, pero esa sensación de rabia la sigo conservando, tal vez pueda alegar mi edad para justificar a la gerencia algún recuerdo que deje en sus paredes o en esta cama donde seguro durmió el "manco" Obregón. Desde aquí arengó a los burgueses en nuestra contra; sí, sigo siendo de alma proletaria.

-¡Pinches burgueses! -y ahora por lo menos escupo esta pinche alfombra

obrados motivos para odiarlos, a aquellos que representan a los "explotadores": el "manco" Obregón y el "turco" Calles desaparecieron a mis amigos, a la gente que me amó y yo amaba. ¡Qué!, ¿acaso las prostitutas no tienen corazón? ¡Están bien pendejos!

-¡Pinches burgueses!

Recorro la habitación minuciosamente, como si quisiera grabarme el recuerdo de cada rincón. Entro al sanitario, la bañera es más chica que mi recámara de Nueva York, pero, ¿qué importa?, es más grande que el cuarto que habitaba en la calle de Valentín Gómez Farías, en el patio de "San Salvador". Las cuarterías aquellas, qué tiempos.

Retorno al espejo, ya no está la señora opaca y mal encarada; así que debo apresurarme, cada día soy menos útil para lo que quieren los "jefes".

Mis ojos azules ya no tienen el mismo brillo, mi piel sigue blanca pero ahora cubierta de pecas, como "huevo de totola" -diría María López, esa mujer y sus ocurrencias campiranas-. Las pecas recorren mis hombros, manos y pechos; hoy flácidos y caídos. Las nalgas también han sucumbido al efecto de la gravedad y el tiempo. Mi cabello ensortijado, ahora está lleno de canas. No quiero pintarlo, dicen que las sustancias son venenosas, ¡vaya cosas de la vida!, darme a mí consejos de venenos.

¿Qué gano con arriesgar el pellejo? Ahora que soy burguesa, con suficiente dinero para pagar esta habitación, y mil más, gracias a la herencia del buen Mister Keaton, que Dios lo tenga en su gloria, ¿Qué gano con regresar al origen? Como bien decía María López: "De chica cirquera y de grande payasa". Qué sabia era esa mujer, pero ¿será acaso locura? Esta locura que permea mi sangre jarocha o mi convicción comunista. Creo haber dicho que no poseo convicciones, así que será mi instinto comunista o más bien mi carácter anarquista, eso sí lo creo. Desde pequeña las leyes me importaron un bledo. Que más da, aquí estoy, en este caluroso manicomio con vista al mar.

Nacida con el siglo, ex prostituta -si alguna vez me jubilé, ya lo he olvidado- ex luchadora social, mujer enamorada y guerrillera, esa soy yo. Aunque ahora vista de burguesa y me apoye en un bastón con mango de marfil.

Los graznidos de las aves se mezclan con la música. Regreso a la ventana, el sonido de la marimba, la danzonera, todo este bullicio me lleva al pasado; ese que se aferra como sanguijuela al alma. Observo detenidamente uno de los balcones del Hotel Diligencias y me parece observar de nuevo a Herón Proal, María Luisa Marín, Porfirio Sosa… ¿Quién más?, los nombres se van borrando junto con los rostros, no puede ser.

Me esfuerzo por recordar los nombres de los compañeros, me angustio. ¿Qué está pasando conmigo? Respiro hondo, vuelvo a respirar con tranquilidad, no puedo irme ahora, esto es el final con el principio, debo quedarme. Me recuesto; la cama, como mis ideas, está fría. Recuerdo que no soy mujer de cama sola ni de noches de ausencias. Respiro profundo, cierro los ojos, escarbo en la oscuridad de mi mente…

¡La picolina! Ya lo recuerdo, ese era mi apodo. Así me puso el capitán de un buque italiano y todos pensaban que era por ser menuda de tamaño, pero el italiano sabía algo acerca del "more ferarum", hacerlo como las bestias, o de perrito como vulgarmente se dice.

"La picolina". Me río. Miss Keaton, ¡por favor!, así estoy registrada en este elegante hotel. Hay pasados tan fuertes, que son cargas difíciles de llevar en hombros; y el de prostituta no es tan pesado como el de comunista hoy en día, como bien pintan los diarios del mundo, y Veracruz no puede ser la excepción. Aquí está el periódico El Dictamen sobre mi cama. "mi dulce enemigo", anuncia en su primera plana, que todo lo que sea rojo está en contra de los trabajadores y la patria, declara Fidel Velázquez. Se va con todo contra Agustín Sánchez Delint, líder de los electricistas, y Vicente Lombardo Toledano.

Recorro la cama pesadamente. Ya no estoy en edad para ir de un lado a otro con la agilidad de "la picolina". Cierro los ojos y busco entre las sábanas, respiro despacio buscando un olor en particular. . . Tierra mojada.

Los recuerdos regresan, parece que las palabras en su voz se repiten sin cesar.

Tierra mojada, hueles a tierra mojada…

¡Jordi! Abro los ojos y me incorporo rápidamente sin acordarme de los achaques en la espalda. Busco en la mesita de noche la libretita salvadora, donde anoto todo lo que creo importante para no irme completamente.

Tierra mojada

Aspiro profundo…

Tierra mojada… aspiro de nuevo.

Tierra mojada… ¡es todo!

Pero, ¿es todo?.. ¡sí!, ¡es todo!

Pero, ¿es todo?, presente y pasado.

Tierra mojada… aspiro de nuevo.

Extranjera sensación, diluvio en mi cuerpo.

Aspiro… contemplo tus ojos tristes.

Tierra mojada, a ti, a mí.

Independencia, camino, avenida, calle, sonrisa.

Tu ojos, tu vientre, lo nuestro.

Perdido… ¿Quién eres?

Tierra mojada…

-¡Sí!, se llamaba Jordi, Jordi Vilamajor. El catalán que me convenció de que era la mujer de su vida, corta, pero era la suya.

Mr. Keaton fue el hombre de mi otra vida, la que dejé en Estados Unidos. Los demás no fueron hombres sino clientes. Definitivamente el hombre de mi vida fue Jordi, Jordi Vilamajor.

Ya no hay duda, los nombres regresan… como yo a la ventana a observar nuevamente a los pichos revolotear, como escribió Alfonso Reyes, "las sombras de los pájaros danzan sobre las plazas mal barridas. Hay aletazos en las torres altas". Los graznidos van cesando, disminuyen porque las aves son las únicas que duermen mientras el sonido de la música jarocha se incorpora al ambiente.

Bendita ciudad de "al revés", mientras unos duermen otros despiertan, cuando unos ríen otros lloran. ¿Quién quiere dormir cuando de golpe regresan los amigos, aunque sea en sueños?, el poder de revivir a los muertos mediante la imaginación y el recuerdo de los momentos importantes de la vida. Tal vez hoy que me vaya con ellos, o me dejen más tiempo, no lo sé. Esto que me pasa es parte de un furioso destino que se niega a dejarse vencer con oraciones o súplicas.

Estoy convencida de que el destino, o al menos el mío, no tiene predilección por nadie, es y punto. Mi madre abusó del alcohol, las drogas y la vida. Me abstuve de lo primero y disfruté lo segundo con mi cuerpo como herramienta de trabajo. Sin embargo, ella se fue y me dejó a cargo de su cuerpo. Cómo entender que el destino ahora se quiera cobrar conmigo la misma factura.

Ahora sí, ¡ahí están en el balcón del Hotel Diligencias!, son los integrantes del Sindicato Revolucionario de Inquilinos: Herón Proal, el "viejo dinamitero", el "Rasputín jarocho", el "ojo de cebo" y mil apodos más. Encabezan la manifestación Porfirio Sosa, María Luisa

Marín, Olmos, el "traidor", Elías Palacios, todos están ahí, incluida yo: "la picolina", acompañando a María González, una líder de las mujeres libertarias, de las mujeres públicas, aquellas que iniciamos el movimiento, las que somos hermanas de los revolucionarios, las que "damos caballo", esas, sí, de las que no tenemos duda de nuestra conducta, porque somos putas, pero honradas.

Regreso al presente cuando el hombre que me interesa, mi "objetivo", pasa frente al hotel. Ahí está ese joven de pulcra presencia; camisa de ruidosos colores, pantalón blanco, zapatos bicolor, sombrero elegante. Quiere aparentar ser un "jarocho", pero no lo es -se requiere constancia en la inconstancia para aspirar a serlo-. Hace preguntas, muchas, saluda esperando ser saludado. Sus preguntas inquietan a la gente. Quiere saber todo, todo sobre la medalla, las llaves, el acervo histórico del puerto, su pasado. Para los "jefes", eso no debe preguntarse, el pasado es el pasado, bueno o malo, pasado es.

Las llaves, el cuadro de la Virgen de la Divina Pastora. ¿para qué las quieren ahora?, ni los jarochos las extrañan, tal vez si les quitaran el mar se darían cuenta al día siguiente y protestarían, pero esas cosas, ¿para qué les sirven?, no les quiten la música, el carnaval, su paz.

Poeta, escritor, reportero… a todos los conozco; este no pertenece a ninguno de ellos, ¿estará por su cuenta?, quién lo sabe. ¿Será un nuevo adalid protector del pasado? ¿A quién le interesa su pasado? ¿A ti, Manuela? ¡No!, a mí en lo particular me estorba, porque cada vez me acuerdo menos de él. Mi pasado me duele.

Bien, la instrucción es que "gato" -como le han llamado los "jefes" por curioso- sea eliminado. No sé si lo haré con gusto o no, lo que si sé es que lo haré antes de irme por completo. ¿Cuánto me tardaré?, no lo sé. ¿Cómo lo haré?, no lo sé, es tan gracioso, que creo vivirá para contar historias que nadie creerá, como la que estoy escribiendo ahora. Vivirá como cualquier otro lunático que habita en esta ciudad, como el Mariscal y su mundo lleno de diamantes y aventuras militares.

Tocan la puerta… es Valentina, mi servidora doméstica que me acompaña desde hace varios años. Ella sabe de mis requerimientos especiales. Esta noche es buena, el joven betunero tiene algunos tragos de más y el dinero es también un buen motivador. El muchacho tendrá unos veinte años, justo lo que requiero, la juventud que se agota a cada instante, cada mañana, con la partida de las imágenes, con la pérdida de los sueños, el cuerpo se va quebrando y ahora lo que me sobra es solamente dinero. Por eso conozco el valor del mismo, así que sólo puedo acertar a decir mientras observo al joven betunero:

-¡Pasa!

El dinero puede comprar experiencias y la mayoría de las veces sensaciones placenteras. Así aprendí a vender mi cuerpo, mi herramienta de trabajo, como el viejo "profeta de la Huaca" cuidaba sus tijeras y su peine, así yo mi cuerpo. No tenía otra cosa, o no sabía que la tenía, hasta que Jordi aró mi mente sembrando las dudas y la abonó con nuevos mundos por mí desconocidos y Mr. Keaton terminó por cultivar todo aquello. Tal vez, como decía María López, me compliqué el camino y sólo debí ser una mujer como cualquiera; sin embargo, heme aquí: mujer ilustrada, salida de los pantanos lúgubres, azotada por el destino hasta convertirse en una madame, en una señora de la alta sociedad. Sin hijos, sin familia, sin Dios, ahora las cosas han cambiado, tengo que comprar sexo, jamás pensé en el amor, solamente cuando amé a ese bribón soñador de Jordi.

En fin, todo acaba como el calor de este joven betunero, como el revolotear de los pichos.

Las fotos del día