Política

Exégeta neoliberal

abril 08, 2020

Una revisada en cualquier hemeroteca electrónica del mundo del perodo de 1929 a 1933 da luces sobre la circunstancia por la que pasa la especie humana con el apagón económico. La única diferencia es que hoy no hay un sólo país que se libre de ser afectado en su línea de flotación, o por debajo de ella.

El quiebre de la bolsa de Nueva York en 1929, fue el evento que junto con el peso opresivo de la deuda de guerra impuesta a Alemania en 1918, llevaron al poder al nacional socialismo alemán y a la Segunda Guerra Mundial. Fue precisamente ese desastre económico por el que los diseñadores del mundo de la post guerra crearon dos instituciones económicas multilaterales, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Ambas instituciones tenían, entre otros propósitos, evitar la monitorización y las burbujas especulativas para lo cual pusieron como base el patrón oro. La convertibilidad estable oro al dólar por casi tres décadas dio la estabilidad necesaria para reconstruir la devastada Europa y la economía mundial.

De los años 40 a los 70, la observancia de tal acuerdo permitió un progreso sin precedente, la incorporación de las mujeres a la normalidad del trabajo asalariado profesional y a la educación universitaria. Baby boomers le llamaron a los niños que nacieron en los años 50.

En plena Guerra Fría y con el fantasma de la aniquilación nuclear en cualquier momento, los baby boomers conocieron un bienestar y progreso sin precedentes. Estabilidad y progreso que estaban basados en que los intercambios mundiales y la resolución de las controversias económicas partían de la estabilidad de las convenciones monetarias que establecían las reglas del juego. Eso cambió en 1971. El presidente Richard Nixon hizo caso a Milton Friedman, abandonó la convertibilidad del dólar al oro. Eso llevó a serios desajustes en el Sistema Monetario Internacional: la aparición de una fuerte inflación debido a la expansión desmedida del crédito.

El Sistema Monetario Internacional se transformó en un sistema de tipos de cambio flexibles, donde los tipos de cambio de las divisas oscilaban según el juego de la oferta y la demanda. Tremenda estupidez que permitió mayor maniobrabilidad de los bancos centrales para imprimir dinero según estimaran oportuno. Lo cual ocurrió. El caos.

Las medidas tomadas por el gobierno mexicano para lidiar con el desgarriate en el que estamos metidos están fuera de la lógica convencional del sistema neoliberal. Antes que salvar e inyectar dinero público a salvar empresas, voltea las prioridades y las primeras acciones se enfocan en proteger a los asalariados.

Esto afecta y asusta profundamente a quienes se empecinan en creer que el Estado debe ser un mero administrador y no un conductor y participante de las políticas y procesos económicos.

Algunos exégetas del neoliberalismo con pedigrí académico, Denise Dresser, por ejemplo, se desgarran las vestiduras y desgañitan por las medidas antisistémicas tomadas por el presidente López obrador. El lunes pasado la comentarista académica publicó y dijo en la radio que el Presidente "en lugar de presentar un plan de emergencia ante la crisis del coronavirus… En vez de reinventarse… decidió alabarse. Frente a un patio vacío, un fiel reflejo de su aislamiento intelectual, reveló los pecados que terminarán golpeando a su gobierno y lastimando al país: la soberbia, el orgullo. La obcecación que –según Von Clausewitz– es una falla de temperamento; un tipo especial de egoísmo que exige genuflexión a los demás. Y eso es lo que ha logrado el Presidente con su plan no-plan: colocar a México de rodillas".

Toda esa retahíla prosopopéyica obedece a que la historiadora parece no procesar variables como responsabilidad social, solidaridad, empatía. A que el gobierno se rehúse a solicitar deuda antes de tratar de hacer frente a lo que viene con recursos propios, que los hay. El presidente ha dicho no estar cerrado a la posibilidad de generar más deuda pero no antes verificar si es posible hacerlo con recursos propios. Lo cual tiene sentido.

El dinero que se inyecta a la economía es por la vía del consumo, protegiendo en la medida de lo posible a la población más vulnerable por medio de pensiones. Interviniendo en la economía creando infraestructura. Eso es reparto del ingreso. Cosa que en exégetas viscerales, como la mencionada politóloga doctorada en la aristocrática Universidad de Princeton, es natural que su visión del mundo sea por los filtros de Milton Friedman que exime al Estado de la responsabilidad del bienestar de los gobernados para acotarlo al de administrador y facilitador de seguridades para el mercado. Justo la visión del mundo que ha concentrado en uno por ciento de la población mundial 82 por ciento de la riqueza planetaria. En fin, que a veces la línea entre mezquindad y cretinismo es tenue.