Política

Fuera del pensamiento convencional

abril 07, 2020

Hace pocos días el filósofo Enrique Dusell publicó un artículo en el que reflexionaba sobre lo absurdo del modelo de reproducción económica capitalista: la lógica de la ganancia como compulsión para el medro de los accionistas de las grandes empresas de bienes o servicios. En tal artículo sostiene que estamos con la pandemia y el apagón económico mundial, atestiguamos un momento de significación histórica mundial. Por ahora, lo más probable es que no midamos su rotundo sentido como signo del final de una época de larga duración, el neoliberalismo, y el comienzo de otra nueva edad a la que ha llamado transmodernidad. La última empresa medieval de impacto mundial fue la invasión europea de América. Con ello nació la modernidad y la imposición del interés y visión eurocentrista del mundo.

Pero los valores positivos de la modernidad fueron degradados y distorsionados por la empecinada indiferenciade los efectos negativos de sus descubrimientos y sus continuas intervenciones en la naturaleza.

La modernidad eurocéntrica basada y justificada por el absurdo religioso de considerar al hombre con el derecho de hacer su voluntad con los bienes para adueñarse de ellos: echoles Dios su bendición y dijo: creced y multiplicaos, y henchid la tierra, y enseñoreaos de ella, y dominad a los peces del mar, y a las aves del cielo, y sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra.

El capitalismo exponenció la ya muy severa incomprensión de lugar de la especie humana en el concierto del planeta. Las afectaciones han sido mayúsculas, la huella del hombre en la corteza planetaria es calamitosa. Las islas de plástico en los mares, por ejemplo. La más grande hasta el momento es la isla de basura en el Pacífico, pero hay otras cuatro repartidas en los demás océanos a excepción del Ártico y el Antártico. La deforestación es masiva, y la industria extractiva del petróleo hace años utiliza el fracking como técnica barata y muy redituable de explotación. En buena medida es lo que explica la guerra actual de los precios del crudo.

Entre la pandemia y el apagón económico mundial el planeta confinado está pasmado y temeroso del futuro inmediato que es harto incierto. El apagón económico, ya recesivo, y la crisis de liquidez planetaria posibilita y seguro alentará la multiplicación de otro tipo de relaciones económicas. Más colaborativas, más empáticas. No es la competencia sino la colaboración lo que hace sentido y da viabilidad a la especie humana. Es tiempo de ir experimentando otro tipo de relación económica. Una basada más en la colaboración que en la competencia, lo que implica que no necesariamente tal relación comercial esté monetarizada. Bien puede establecerse con base al trueque y el intercambio de bienes por servicios o al revés. En la región Xalapa-Coatepec-Xico existen varios proyectos económicos con características singulares: son negocios legales bien establecidos pero cuyas reglas de funcionamiento interno son completamente distintos a la lógica normal de los negocios. Desde luego que se trata de obtener beneficios, pero no a costa de lo que sea. Estos negocios son especialmente conscientes de los costos medioambientales y están seriamente comprometidos en abatirlos. Es un entendimiento del mundo fuera de la lógica de la competitividad y el individualismo a lo pendejo. Habrá que poner atención y aprender. El Gobierno de la Republica decidió atacar el problema de fondo, no pedir créditos en la medida de lo posible y recurrir al mercado interno para mantener la economía funcionando. Se trata de producir bienes para el bienestar, no sólo para la satisfacción de necesidades que no se tenían antes. Es cambiar de paradigma toda vez que el modelo de estas cuatro décadas es un fracaso. Mayúsculo.

Las cúpulas empresariales tienen algunas objeciones a lo dicho por el Presidente en el tema de la recuperación económica. Está bien tenerlas, y se pueden discutir, que es lo que pasará.

Estos son tiempos extraordinarios, singulares, que exigen soluciones ingeniosas y no necesariamente ortodoxas, básicamente porque sabemos por repetidas experiencias que los pagadores de las crisis suelen ser los más pobres.