Política

Destreza

abril 04, 2020

Desde hace décadas, desde la era del viejo priismo corporativo, la figura el fideicomiso se ha usado para crear una suerte de cajas chicas de uso discrecional. Por sí mismos, los fideicomisos son instrumentos útiles, pero su estructura y marco legal han permitido que los recursos públicos involucrados se ejerzan con poca transparencia y rendición de cuentas, lo cual propicia su uso discrecional y deja abierta una puerta para la comisión de actos ilícitos o de corrupción. Así pasó con el endeudamiento ilícito en Puebla bajo el esquema de fideicomisos, en donde los recursos provenían de la recaudación de impuesto de la nómina a favor de una empresa vinculada con un ex secretario de Hacienda, o el fideicomiso que se creó en Veracruz en 2016 para pagar el endeudamiento del gobierno estatal durante la gestión de Javier Duarte.

La historia negra de los fideicomisos tiene un referente que ha resistido todos los años como paradigma de la opacidad y eventual corrupción. Ahí está el caso del Fideicomiso Bahía de Banderas credo por Luis Echeverría en 1970 y que desde entonces ha sido fuente de denuncias por corrupción. Hasta mayo del año pasado, había la friolera de 835,000 MDP en diversos fideicomisos públicos, algunos de larga data. Fideicomisos que han sido la herramienta del Gobierno federal para esconder miles de millones de pesos para uso básicamente discrecional. Por el secreto bancario estas figuras ofrecen escasa información, lo que permite una deficiente rendición de cuentas".

Apenas hace un par de días los gobernados atestiguaban pasmados como el apagón económico mundial combinado con la caída en vertical de los precios del crudo mexicano colocaba al país en situación extraordinariamente delicada. El país fue dejado en condiciones extraordinariamente críticas luego de seis sexenios al hilo de gobiernos neoliberales obscenamente corruptos. A la esta condición de virtual bancarrota, se sumó un inexplicable cero crecimiento económico durante el primer año de gobierno. Luego, el último día de diciembre se da la noticia del corona virus 19. La pandemia se expande por Europa y Estados Unidos y, entre la histeria y la incompetencia del gobierno norteamericano y el del resto de los países europeos, salvo Alemania.

Mala cosa porque frente a un problema sanitario-económico de dimensiones oceánicas, los países industrializados del mundo son gobernados por incompetentes de escazas luces y mucha torpeza. Basta otear por la tragedia de Italia o España en la crisis sanitaria.

El gobierno mexicano parecía estar en el centro de la tormenta perfecta sujeto a vietnos y oleajes sobre los que no hay ninguna posibilidad de control y eventual apaciguamiento, excepto navegar con pericia en las decisiones que el país no puede eludir.

En la mitad de una astringencia mayúscula de liquidez pese a las previsiones tomadas para asegurar ingresos a pesar de que el petróleo castigara sus precios al punto de que sale más caro extraer el barril que su precio en el mercado.

El gobierno federal encuentra una manera harto curiosa de salvar la crisis: hacer uso los recursos de los fideicomisos que se ordenó extinguir por no considerarse estratégicos. La extinción de esos fidecomisos implica la recuperación para uso de interés público la friolera de más de 700 mil millones de pesos. El dato sugiere el tamaño de lo que el régimen anterior estaba habituado a robar. El jueves, el presidente ordenó, a través de un decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación, extinguir todos los fideicomisos públicos sin estructura orgánica y mandatos, la suma de los cuales representa la friolera de más de 250 mil millones de pesos.