Política

Recuperar la política

marzo 20, 2020

Hemos navegado en los ríos caudalosos de la crisis de la democracia en el orbe, los mismos que han desembocado en el océano de populismos, neo nacionalismos y una marea atípica que ha desdibujado los polos de la geografía de las ideas políticas.

La tinta ha corrido como río en temporal buscando el causante del desbarranco democrático, que lo mismo tiene residencia en Washington, que Brasilia, Londres, Caracas, Ankara, Ciudad de México y múltiples y diversas capitales. Evidente que en la crisis de la mayor herencia grecolatina a todas las latitudes, la democracia que inició en el ágora y hoy reta al mundo real en la era digital, muchos han olvidado repensar la misión del oficio político en tiempos de crisis. Sin duda se puede hacer política como actividad transversal a cualquier tipo de régimen, so riesgo de ser un Quijote en solitario o hasta de perder la vida. Los casos de grandeza en la personificación de la política pueden ser exitosos, pero sin heredar y profundizar una institucionalidad fuerte, lo logrado se derrite como el hueso y tejido del que fue jefe político. ¿El oficio político antecede al andamiaje institucional o éste permite la genialidad política?

Estas líneas se ocupan de la política en la democracia. Si la democracia sin adjetivos profundizó Enrique Krauze, la política, más allá de abstracción, parece ser silueta sin dirección. Se ha llegado al extremo de hacer política combatiendo a la política; excluyendo y satanizando el instrumento de excelencia de los demócratas, que es el debate. El oficio del político vive en la nebulosa incertidumbre y en lo que parece una eterna condena: "Fuera los políticos de siempre", "no votes por un político, vota por un ecologista". "un magnate para la presidencia, el no robará", "sin duda el país sería más desarrollado con un capo poderoso al frente" y la lista interminable evoca una novela entre la ficción, el surrealismo y el terror. El tan cacareado establishment es el blanco perfecto para después evocar con pecho inflado un ancien regime como el gran culpable de todos los males. ¿Y después que viene? ¿Seguir lanzando culpas ajenas que llegan al pecado original? ¿Incendiar la pradera en las estructuras de la democracia representativa para neocaudillizar el poder? La política como vocación, de la que tanto escribió Max Weber, se convierte en pieza de museo, los agentes políticos por naturaleza que son políticos de tiempo completo se pierden en el mar de decepción y entre la confusión y el olor a la "rancia política", nuevas liturgias de los "no políticos" crean nuevas ruinas sociales. Sin contrapesos, el poder busca recuperar parcelas como si los movimientos sociales o las doctrinas democráticas no hubieran recorrido camino histórico que las justifiquen.

En un mundo donde los problemas han casi perdido su centralidad nacional para ser retos transnacionales de una nueva agenda global, hoy a prueba y remarcada ante 75 años de la ONU, el oficio por la política debe recuperar el sentido contemporáneo de más que una vieja razón de Estado, un sentido estratégico para buscar respuestas a retos que convocan a los gobiernos nacionales, pero que en solitario son imposibles resolver. El cambio climático, el narcotráfico, la migración, el lavado de dinero, son algunos de esos retos mayúsculos. La política y su responsabilidad democrática tiene en gobernar una centralidad que es saber comunicar para saber conducir e incluir. El desperdigado sentido de pertenencia, balcanizado por el mapa sociopolítico en varias naciones, es una de las responsabilidades de la política si no se quiere regresar al darwinismo social que a rajatabla es peor que la ley de la selva. La alarma debe entenderse, quién convoca a unos cuantos y excluye, más temprano que tarde tendrá una nueva emergencia social que escalará más en la lucha de los resentimientos mutuos. El famoso arte de la política que descansa en "lo posible" debe evitar ese peligro. El regreso de la utopía democrática, más allá de la jornada electoral, sino como capacidad de gobernabilidad y reconocimiento de unos y otros, es imperativo para no seguir siendo una sociedad de autómatas, dividida en lo estéril y unida en los odios y en el "externo", el nuevo bárbaro.

La crisis de la política está anclada en buena parte porque se olvidó la responsabilidad primaria del político; resolver problemas de la sociedad. La gerencia del poder hizo del político un manager con los mismos estipulados para el Norte que el Sur, Occidente y Oriente. ¿Por qué ya no encontramos el ramillete de estadistas del ayer? No por voluntarismos, sino porque el sistema cerró el paso para crearlos. Se administró y se perdió el oficio de gobernar. Reavivar la oportunidad del estadista democrático es una de las mayores metas hoy para fortalecer un nuevo régimen abierto, plural y de una ética en las decisiones que tendrán impacto con los que hoy estamos en el mundo, pero también con los que vendrán. Decisiones oficiales, pero también la de la capacidad de regular un cúmulo de nuevos actores que rivalizan con la responsabilidad de un Estado social. En ese reto la democracia representativa debe alentar debates y soluciones, no ecos mudos para ser islote de los privilegiados con curul o posición ejecutiva, pero sin oficio político. La célula que recorre el cuerpo no como enjambre que apela a la emotividad, sino al sentido weberiano de nacer para hacer política, debe atacar la metástasis que está acabando el quehacer político profesional, no de ocasión, regalo de la buena fortuna, que como diría el consejero florentino, es excepción.

Si la política navega entre la utopía y el realismo en la barcaza del sueño anarquista del fin de la autoridad, recordemos que Bakunin insistió que, en la ruta para derribar a la autoridad, era necesario tener políticos astutos y preparados pues no basta una sola cualidad. ¿De qué sirve el poder si no se está preparado para gobernar? ¿Para qué la técnica pura si no se lleva en la sangre vocación social? Mucho se le debe reconocer a Maquiavelo su vigencia de más de cinco centurias como recordatorio que si la lucha política está desprovista de moral, el Príncipe seguirá enmarcando en la política del siglo XXI, la capacidad para generar consensos y conducir en una nueva bisagra entre poder democrático y su lucha contra los falsos iluminados que creen que reencarnan "su democracia y su política" vulnerando más la gobernabilidad y la convivencia social.