Política

Paciencias

febrero 23, 2020

Ayer, dos ciudades del estado fueron objeto de ataques de la delincuencia organizada: Huatusco, en donde las instalaciones de la Fuerza Civil fueron atacadas a balazos por parte de un convoy de hombres armados. Y Córdoba, que sufrió dos ataques con un saldo fatal de cuatro elementos de seguridad pública que perdieron la vida.

No son ataques que tengan el objetivo de disputar la plaza entre facciones antagónicas del crimen organizado. Antes bien, tienen el propósito didáctico de sensibilizar al personal de campo de seguridad pública, respecto a su vulnerabilidad.

Una operación normal en las guerras de baja intensidad, las guerras de guerrillas, que es el escenario en que metieron al país gobernantes como Felipe Calderón.

Los costos sociales en materia de salud pública por las consecuencias de la violencia son inmensos. Venimos de una semana de horrores misóginos desplegados a todo color para beneplácito del morbo y de la nota roja.

Países sometidos por décadas a la lógica de la violencia como Colombia han apelado con éxito a aproximaciones psicoterapéuticas para facilitar los procesamientos individuales del trauma colectivo de la guerra. Eso ha facilitado el procesamiento del dolor y los rencores. En algún momento, la sociedad mexicana tendrá que pensar seriamente sobre la forma de procesar y encarar los dolores y rezagos por los casi tres lustros de guerra irregular. Una vez examinado el daño, tendrá que llamar a cuentas a los perpetradores y facilitadores que permitieron el abuso de haber puesto al respetable en los límites de lo tolerable.