Política

Maquinas como yo, de Ian McEwan

febrero 20, 2020

Mientras pasea en un parque, el protagonista, un treintañero llamado Charlie, ve a una mujer maltratar a un niño y sin pensarlo interviene en defensa del pequeño, pero la extraña le pide apoyo a su pareja, que acude amenazante; sin embargo, no le pega a Charlie por "metiche".

Solo le pregunta por qué no se lleva al chico, ya que al parecer le interesa...y la cosa no se reduce a un incidente absurdo y desagradable para Charlie, pues unos días después el chico toca a su puerta y Charlie, que se encuentra con su novia, Miranda, se ve obligado a atenderlo y entre otras cosas bañarlo; el niño exige un barquito para jugar en la tina, y entonces se lo hace Adán, con el cartón de una caja de cereales. El caso es que Adán es un androide, que Charlie adquirió con el dinero que obtuvo por la venta de la casa de su madre, fallecida recientemente.

Todo esto ocurre en Londres hacia 1982, pero en un mundo alterno, donde la guerra de las Malvinas no terminó con la derrota de Argentina, sino con la de Inglaterra, gracias a los Exocet franceses adquiridos por los milicos, y hay otros hechos parecidos, pues se menciona el nuevo álbum de los Beatles, que se han vuelto a reunir, y Charlie en la carretera ve que en la mayoría de los automóviles solo van pasajeros, es decir que son verdaderos auto-móviles. Por si fuera poco, Alan Turing el matemático que logró descifrar el código Enigma de los nazis y salvó así a cientos de miles de soldados al acortar la guerra, no se suicidó en 1954, como en nuestro mundo, sino que siguió viviendo y trabajando en innumerables proyectos; él se encuentra detrás de los 25 androides fabricados, trece "evas" y doce "adanes", entre ellos el adquirido por Charlie. También la novia de Charlie, Miranda, tiene su historia, que recuerda un cuento de Borges, "Emma Zunz", pero el principal problema que plantea McEwan es el de la programación de los androides, que siempre hacen lo correcto – Do the right thing – sin miramientos, a diferencia de nosotros.

El principal problema en la toma de decisiones es que manejamos códigos a menudo contradictorios, y a los androides todo les parece claro y no titubean. El libro incluye una dosis considerable de erudición sobre la historia de la informática y, desde luego, humor. Hay momentos en que recuerda textos de Arreola y de Felisberto Hernández, que no creo que McEwan haya leído.