Política

Patriarcales

febrero 19, 2020

Casi cuarenta años de lógicas neoliberales estructuradas sobre la base propagandística del individualismo a ultranza, del consumismo y la satisfacción del deseo sin consideraciones; sumadas a la violencia desde el Estado desatada por un sociópata abreviado con imperativos de legitimación y continuadas por un petimetre corrupto y relamido que bordea en su ignorancia atávica y frivolidad los límites de la estupidez, dejaron al país no sólo al borde de la inviabilidad nacional sino que degradaron magistralmente el ya de suyo frágil tejido y cohesión sociales. Porque la sociedad mexicana, desde la imposición a rajatabla del catolicismo, ha sido una sociedad gregaria y fiestera, pero profundamente individualista; lo que fue descrito con precisión en dos obras referenciales para comprender y explicar lo mexicano: El laberinto de la soledad y El ogro filantrópico, de Octavio Paz.

En los doce últimos años de régimen neoliberal la sociedad mexicana fue forzada a cargar el yugo de las lógicas de la guerra de baja intensidad con una virulencia equivalente a las guerras de contrainsurgencia, cualquier guerra de contrainsurgencia, en África, el sureste asiático o en Centro América, de la década de los setenta hasta finales los noventa del siglo pasado. Las consecuencias de ello son devastadoras.

La sociedad se ha degradado no sólo al punto de la normalización de la violencia, sino hasta la liberación de las más abyectas expresiones de una distorsión de origen que lastra a la especie desde hace más de dos mil años, la sociedad patriarcal.

Se considera el machismo como motor de la violencia contra las mujeres. No lo es, el machismo es un subproducto de un problema estructural de larga data: el patriarcado. El patriarcado es violento porque es atávicamente inseguro, no tiene remedio. Las mujeres, pese a todo, suelen ser reproductoras de la lógica patriarcal. Pero eso no lo determinante. Lo determinante son las inseguridades del patriarcado que en una sociedad envilecida por la guerra y el individualismo, la emprende contra la fuente de sus temores más oscuros y profundos: las mujeres o, mejor dicho lo femenino.

La sociedad mexicana está obligada a responsabilizarse de sí misma y aceptar de una buena vez que es una sociedad enferma. No sólo por las deformaciones religiosas, que de suyo son patriarcales, sino porque la sociedad no puede ser indiferente con lo que pasa hoy en contra de lo femenino. Es letal y no considera edades.

Las sociopatías que suceden hoy día en el país, son resultado directo de las políticas violentas que aplicaron los dos últimos gobiernos federales; el de Felipe Calderón con fines de legitimar el fraude electoral, y el de Enrique Peña Nieto con el fin de ser bisagra de concreción de un proyecto que casi desmantela por completo la fábrica nacional para favorecer a un puñado de tecnócratas apátridas.

Lo que se hizo en materia social y económica durante los doce últimos años es traición a la patria, tanto por el intento de enajenar las riquezas nacionales para beneficiar a un puñado de gobernantes y oligarcas que se enquistaron en los procesos de toma de decisiones públicas, como por la instrumentación de un conflicto armado artificial que, además dejar 50 mil viudas y, por lo menos, cien mil huérfanos, tuvo la consecuencia de exacerbar los traumas que liberan las peores sociopatías: la letal vileza contra lo femenino.

La sociedad no puede ser indiferente y debe exigir a la Fiscalía de la Ciudad de México y al Poder Judicial de la Federación que los responsables las políticas que desataron tales patologías sociales, la normalización de la feminización del odio, sean llamados a cuentas y sometidos al escrutinio legal de sus decisiones. El presidente López Obrador ha dicho que no lo asiste un ánimo persecutorio porque hay mucho por hacer en materia de apaciguamiento y reconstrucción nacionales. Bien, no es el caso ni de la FGR ni del Poder Judicial, su labor es imprescindible no sólo para la pacificación del país , sino para contener y, por lo pronto, compensar las abyectas lógicas perversas del neoliberalismo patriarcal y sus devastadoras consecuencias sociales: la feminización del odio. La violencia contra las mujeres simplemente debe cesar ya, y debe tener consecuencias en concreto ya. Y si no lo hacen motu proprio, pues será por la presión y exigencia ciudadanas, y lo mismo aplica en el caso de Veracruz.