Cultura

Mirar el mundo desde la primera persona. Entrevista a Santiago Gamboa

diciembre 08, 2019

Santiago Gamboa es uno de los referentes indiscutibles de la literatura latinoamericana contemporánea. Su literatura tiene la virtud de la prosa sencilla, pero profunda, donde situaciones de la vida cotidiana arrojan, silenciosamente, cuestionamientos existenciales acerca de pertenecer a un lugar, el sentimiento de extrañeza frente a la ciudad en la que se vive, y que producen una especie de rito de iniciación por el que pasamos todos. Agradezco su gentileza a él y a La Jornada Veracruz por la aparición de esta entrevista.

José Antonio Gaar: La novela con la que comienzas a figurar en los reflectores de la nueva narrativa hispanoamericana es con El síndrome de Ulises. Finalista en el premio Rómulo Gallegos y en el Premio Medicis, ¿marca un antes y un después en tu producción literaria?

Santiago Gamboa: El síndrome de Ulises es para mí una novela que rompe en dos mi trayecto literario. Yo, hasta El síndrome de Ulises, había escrito novelas que ocurrían en diferentes países pero que tenían la idea de perseguir una ficción que estuviera relacionada con algún lugar en específico. A partir de esta novela, yo comienzo a escribir en primera persona y empiezo a mirar la realidad desde el interior de mí con muchísima profundidad. De manera que nace una especie de personaje –que utilizaré después en cuatro o cinco novelas– que ya había sido esbozado un poco antes en un libro que se llama Vida feliz de un joven llamado Esteban, pero que se desarrolla profundamente en El síndrome de Ulises y en mis libros posteriores.

JAG: De alguna forma Esteban dejó de ser un personaje y pasó a ser un alter ego.

SG: Es un personaje que mira el mundo desde la primera persona. Es un personaje que primero es un joven y después quiere ser un escritor, y tal vez por eso El síndrome de Ulises es un libro que es muy bien recibido por la juventud. Es un personaje perdido en París, que se reconoce un poco también en sus preguntas, en su fragilidad, y al mismo tiempo en la fuerza con la que lleva a cabo un proyecto a cambio de nada, pero que lo desespera y trata de salir adelante. Esa es la maravilla y la fuerza de la juventud: tener la capacidad de hacer algo sin ninguna esperanza pero hacerlo bien; y a veces funciona.

JAG: Además está el erotismo como la única vía posible de la felicidad y de seguridad en sí mismo.

SG: Por supuesto. Cuando uno está perdido, cuando uno no tiene la seguridad, cuando tiene la autoestima por el suelo; cuando uno está en un lugar donde uno es un fantasma, la sensualidad nos devuelve la vida, la identidad. Entonces, es un libro donde el erotismo y la sensualidad son muy fuertes; y nunca se viven con más intensidad que durante la juventud. Ahí yo creo que los jóvenes encuentran que les están hablando de ellos mismos.

JAG: Un tema que es muy recurrente en tu obra es la ciudad. La ciudad como un motivo completamente literario.

SG: Sí. Yo creo que la ciudad es muy importante en la literatura a partir del siglo XIX. En realidad, en el siglo XIX, uno de los primeros grandes autores urbanos fue Balzac. Bueno, siempre se dice que el inventor de la novela moderna es Cervantes, y hay mucha razón, pero para mí Balzac es fundamental porque se dirige hacia la ciudad, que va a ser el territorio privilegiado de la novela durante todo el siglo XX. También Dickens, pero fue primero Balzac, cronológicamente fue primero, tal vez sin haberse leído el uno al otro, pero fue primero Balzac. Entonces, la ciudad se transforma en el espacio privilegiado porque en la ciudad están los desconocidos, está la gente anónima; en la ciudad la gente se enloquece, están los problemas de esa cosa tan extraña que nos parece tan normal. Pero si lo pensamos un momento, es extraño. ¿Por qué la gente se reúne para vivir junta? Es decir, por qué no se queda cada uno debajo de un árbol en algún lugar. No, las comunidades poco a poco se dieron cuenta que se vivía mejor juntas y las ciudades son como la transformación, ya final, de ese proceso.

JAG: Y las ciudades van adquiriendo una personalidad que luego le transfiere a sus habitantes.

SG: La ciudad está hecha de personas, pero esas personas globalmente son distintas a lo que es cada una individualmente. Entonces, las ciudades también los modifican, los transforman, los hieren, los hacen felices, los mortifican, les dan ideas, los destruyen. A nosotros, nuestras ciudades nos destruyen, por eso tal vez las amamos tanto; uno ama lo que lo destruye. El amor a primera vista es eso: es cuando descubres que alguien te puede destruir y entonces te enamoras. Por eso queremos tanto a las ciudades.

JAG: Tú siempre estás viajando. Y en una entrevista dijiste que para escribir sobre Colombia, sólo vas una vez al año. Después, mencionaste que aprendiste a pensar en Colombia a la distancia. Me parece que un tercer elemento, que rompe esa paradoja de ciudad-persona, es el viajero, alguien que ya no es permeado por la ciudad que habita, o en todo caso es permeado por todas y ninguna, ¿cuál es tu papel como viajero, que dejas plasmado en dos de tus libros, Octubre en Pekin y Océanos de arena?

SG: Bueno, siempre ha sido una operación mental, estética y psicológica, casi idéntica a la escritura. Viajar, para mí, no es alejarme, sino acercarme a donde yo quiero, a dónde yo siento que está palpitando algo que puede ser una idea literaria; es una forma de vivir muy cerca de la escritura. Por ejemplo, yo adoro los hoteles y todo lo que tiene que ver con el viaje: desde el momento en el que uno se sube a un avión y el avión toma impulso, y uno se hunde en el sillón y siente una gran libertad. Me gusta el momento en el que uno llega a un sitio, donde nadie lo conoce y todo el mundo vive de acuerdo a reglas completamente diferentes a las suyas. Todo eso me parece a mí absolutamente fascinante. Todo el tiempo eso me está diciendo que aquí hay algo que debo ver, que aquí hay una frase que debo recordar. El choque con las ciudades hace que uno se transforme, y lo que uno escribe es el resultado de esa transformación.

JAG: Comienzas un viaje como una forma de continuar la literatura. A la manera de Sergio Pitol.

SG: Yo creo que es el centro de algo literario. Desconocerse por completo es el objetivo de la literatura. Los viajes van descubriendo y enriqueciendo un modo de ver el mundo. Llegar a una cultura nueva es como llegar a un autor que no habías leído. Y de repente te gusta y quieres todos sus libros, quieres que ese autor te modifique. A veces uno odia las cosas que más admira en el fondo, entonces toda esa relación traumática, hermosa, estética con las ciudades, con los viajes, se transforman literatura para mí. Por cierto, ya no puedo ir a darle un abrazo a mi amigo Sergio Pitol, pero sí puedo darle las condolencias a todos sus lectores por ese hombre tan maravilloso que nos abandonó recientemente.

JAG: En cuanto a esta relación de los viajes y la literatura y la ciudad, ¿qué autores y sus estéticas te han impresionado más, qué libros han sido un viaje de no retorno?

SG: Yo creo que uno de los más importantes escritores en el tema de los viajes es un argentino que se llama Martín Caparrós. Tiene muchos libros sobre diferentes temas, pero todos sus libros, en el fondo, están basados en ideas de viajes, de desplazamientos, de diferentes culturas. El misterio, la sorpresa de estar en un lugar diferente, nuevo, y todo eso, para mí se encuentra en las obras de Martín Caparrós. Cees Nooteboom es para mí uno de los grandes maestros de la literatura de viajes. Y, por supuesto, V. S. Naipaul, que tiene los libros de viaje más profundos, sobre todo acerca de India y África.