Política

Morena en el espejo boliviano. Una advertencia

noviembre 22, 2019

El proceso de renovación de la dirigencia nacional de Morena es un asunto que compete no sólo a los militantes y simpatizantes del partido oficial sino a la sociedad en general. Corrijo, quizás no el proceso como tal sino sólo el hecho de que resulte exitoso y sea reconocido como tal por todos los aspirantes a dirigir esa fuerza política. Es importante porque de la capacidad, o falta de ella, de Morena para institucionalizar el partido y avanzar en la formación de cuadros y liderazgos, dependerá mucho del futuro del proyecto del presidente López Obrador, y particularmente de cómo se resolverá uno de los grandes problemas –acaso el más grande– de los regímenes populistas: la sucesión.

Un partido fragmentado, sin instituciones sólidas y reconocidas por toda su militancia, cohesionado únicamente por la figura de López Obrador, difícilmente será capaz de construir liderazgos formados en el programa ideológico y partidista que puedan tomar la estafeta en el próximo lustro. En tal escenario, el futuro del proyecto obradorista dependerá de la permanencia de López Obrador como su líder. Ahora bien, en condiciones normales podría ser pronto para ponerse a pensar en los problemas inherentes a la sucesión de 2024; sin embargo, para una fuerza política que está construyendo un nuevo régimen y que pretende su impacto sea tan trascendente en la historia nacional como la guerra de Independencia, la Reforma o la Revolución, la temporalidad adquiere otras dimensiones.

En tal escenario, resulta interesante escudriñar algunas partes de la discusión que se ha estado configurando en el país en torno al golpe de Estado en Bolivia que orilló a Evo Morales a asilarse en México. Porque creo que la lección que el partido oficial quiera leer en la experiencia de Morales condicionará de manera importante la trayectoria política del proyecto del Presidente y de Morena como partido. Específicamente, si Morena es capaz de evaluar críticamente la experiencia boliviana tendrá mayores incentivos para ponerse a trabajar en la institucionalización de sus procesos y la formación de sus cuadros. En contraste, si prefiere concentrarse en la supuesta existencia de una "derecha golpista" que, a todas horas y por todos los medios, conspira en las sombras para descarrilar su proyecto a la menor muestra de debilidad, el problema de la sucesión podría inadvertidamente convertirse en el problema de la reelección.

Por evaluar críticamente la experiencia boliviana me refiero a la importancia de entender cuál fue la insuficiencia principal del Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales durante sus más de 10 años en el poder, i.e., precisamente la incapacidad de formar liderazgos relevantes que, llegado el momento, pudieran haber tomado la estafeta de Morales y continuar tutelando su proyecto, evitando que el desgaste de la figura del líder y algunas irregularidades procesales configuraran un estado de cosas propicio para el golpe que terminó destronando al MAS hace algunas semanas. Al respecto, apuntó bien Gibrán Ramírez (https://bit.ly/348YrWz) que "es injusto fundar el problema de la sucesión en el poder durante un cambio de régimen sólo en la decisión del líder [pues] es demandarle acción que corresponde a todo el bloque social que representa, y se les demanda porque todo mundo prefiere depositar la responsabilidad de decidir en otro sitio".

Creo que López Obrador entiende esto cuando insiste en no meterse en el proceso de selección de dirigencia de su partido. Es importante entonces que Morena entienda que su incapacidad de institucionalización es potencialmente muy nociva para el proyecto obradorista; y que recurrir a la figura del Presidente como factor de unidad puede ser funcional en el corto plazo, pero que en última instancia es el partido el que debe resolver o al menos articular los espacios para dirimir sus contradicciones internas, formar y canalizar liderazgos. Desafortunadamente, buena parte de los ideólogos miembros o simpatizantes de Morena ha preferido concentrarse más bien en leer en Bolivia una advertencia, según la cual "la derecha fascista vendrá también por nosotros", de lo cual se sigue necesariamente una urgente necesidad de alinearse detrás del presidente y darle todo el poder necesario para defenderse del supuestamente inminente golpe de Estado.

Ahora, el griterío sobre la posibilidad de un golpe de Estado no se inauguró a partir de la llegada de Evo Morales a México –de hecho veníamos de una semana de discutirlo a propósito de los forcejeos políticos entre el Ejecutivo y las fuerzas armadas después del fiasco de Culiacán. Sin embargo, la experiencia de Morales ha sido entusiastamente explotada por aquellos que desde el 1º de diciembre del año pasado advierten maquinaciones, golpes blandos, y demás. Un ejemplo: con motivo de la reciente visita del expresidente ecuatoriano Rafael Correa a México, decía Rafael Barajas "El Fisgón", que la coyuntura en América Latina demostraba que el curso de acción inmediato que debía seguir Morena era el de la movilización, defender su proyecto en las calles frente al asalto de –¿quién creen?– la derecha golpista.

La declaración es particularmente lamentable porque viene de quien ostenta el cargo de director del Instituto Nacional de Formación Política (Infp) de Morena, es decir, del órgano encargado de formar ideológicamente a los cuadros del partido. El fracaso, hasta hoy, en la puesta en marcha de ese instituto, junto con la incapacidad de la dirigencia de procesar adecuadamente el proceso de renovación de liderazgo nacional es preocupante porque, ante el espejo boliviano, Morena parece preferir aglutinarse detrás de López Obrador y acusar intentos de desestabilización ante toda dificultad que encuentre el gobierno. Es una táctica funcional en el corto plazo, cierto, pero que terminará pasando factura más temprano que tarde. Y cuando eso ocurra, perderá no sólo el obradorismo y Morena, sino todo México.

Twitter: @jesevillam