Política

Golpismo en nombre de dios

noviembre 13, 2019

Luego de la renuncia forzada del presidente Evo Morales, el presidente norteamericano emitió breve comunicado por escrito con sus reacciones. Alaba al pueblo y ejército bolivianos por la acción y lanza impensadamente una advertencia a los gobiernos de Venezuela y Nicaragua diciéndoles que lo sucedido en Bolivia bien podría ocurrir también con ellos. La dudosamente amable advertencia bien podría entenderse como un encomio para que las fuerzas armadas de esos países hicieran algo similar. Sería inquietante si no fuera porque el actual gobierno estadunidense no ha estado realmente atento a los acontecimientos ni las circunstancias del subcontinente latinoamericano y menos aún los de Centroamérica. Su agenda se ha abocado a relacionarse con el gobiernos de reputación dudosa como Corea del Norte, Irán, Siria o el ruso al que se ha esmerado en complacer con el retiro de tropas en Turquía dejando a sus ex aliados kurdos en total indefensión.

A punta de tuits ha indicado que pondrá su atención en los acontecimientos de Bolivia para garantizar elecciones libres.

Falta por ver lo que hará la OEA luego del llamado del presidente López Orador para una reunión del Consejo Permanente para definir sin posibilidad de malas interpretaciones el posicionamiento del organismo multilateral. Esto en el entendido que el organismo regional no siempre actúa de acuerdo con los intereses democráticos del hemisferio y sí en el de Estados Unidos. La voces más fuertes en la OEA son las de los que dan más dinero para su mantenimiento, esto es: Estados Unidos, Canadá y Brasil. El desbalance es evidente.

Lo sustantivo es que en realidad el actual gobierno estadounidense no ha observado con la atención requerida la agenda continental. Su disposición hacia México obedece más a las realidades político electorales que a un verdadero interés por lo que pasa en el país o el continente. Providencialmente. Aunque eso implica molestias para México, está por resolverse el asunto de los migrantes acogidos a DACA.

Así, hay razones para sospechar que el golpe de Bolivia ha sido promovido más por la urdimbre de intereses corporativos interesados en las materias primas vitales para el funcionamiento de los gadgets de quinta generación tecnológica.

No es cosa en absoluto menor si nos atenemos a la reconfiguración de gobiernos latinoamericanos hacia la derecha. Bolsonaro, de explícitas simpatías fascistas, y ahora el líder del movimiento cívico que derrocó a Morales, Luis Fernando Camacho, no deja de pedir. A lo largo de la crisis sus demandas escalaron con rapidez. Primero con la segunda vuelta electoral; luego con nuevas elecciones; después, pidiendo la renuncia del presidente, y ahora, la renuncia de todos los parlamentarios oficialistas y de los tribunales de justicia. Este lunes ha tratado de matizar su postura haciendo un llamamiento a una transición constitucional. El hombre desprecia los procedimientos democráticos y apela al populismo.

Excepto por su extremo catolicismo y racismo no parece haber claridad de los alcances del personaje en cuanto a agenda. Un empresario de Santa Cruz, bastión de la oposición furibunda contra Morales. En este sentido, es consistente con la tradición golpista y de extrema derecha del catolicismo latinoamericano. Será interesante ahora ver cómo procesa el Vaticano las referencias extremistas católicas del empresario golpista quien suele ofrecer sus discursos rosario en ristre y de rodillas para orar en público. Su meta: "devolver a Dios al Palacio de Gobierno" ante la laicidad del Estado promulgada en 2006.

Las derechas latinoamericanas actuales apuestan por la globalización y la vinculación con las potencias centrales.

Algo que bien podría entenderse como reflejo reactivo frente al arribo de un gobierno anti cíclico y anti sistémico como el mexicano. Una reacción a destiempo por tardía y a realizada de forma equivocada. El mundo está cambiando, y hay reconfiguraciones que van desde el terreno político hasta el tecnológico –incluyendo una nueva revolución productiva–, aunque a menudo no avanzan en el sentido en que estos gobiernos pretenden. Por eso sería un error dar por sentado que las nuevas derechas globalistas latinoamericanas hayan llegado para quedarse. Antes bien, la moneda está en el aire pero se avecinan tiempos complicados.