A los 50 de la Preparatoria Ricardo Flores Magón
octubre 28, 2019 | Roberto Yerena Cerdán

Disculpe, amable lector, el tono personal de este artículo, pero me resulta inevitable y necesario para lo que quiero compartir. En principio, el tener la convicción de que toda institución educativa debería celebrar año con año su presencia y razón de ser en cualquier sociedad. El que ascendentes, descendientes familiares y uno mismo hayamos sido educados en las aulas, resulta una experiencia humana significativa y trascendente. Educar para el conocimiento; educar para el saber; educar para la conciencia; educar para acción; educar para desenvolverse con buenos modales; educar los sentimientos; educar para el placer.

¿Alguna vez nos hemos preguntado qué de lo que sabemos a lo largo de nuestra vida, alguien nos lo enseñó, y si hemos sido lo suficientemente generosos para reconocerlo? Cierto que existen caminos propios para apropiarse de diversos saberes; pero el primer contacto ordenado con el conocimiento de las cosas aparece de manera sorprendente cuando nos hayamos entre las cuatro paredes de un salón de clases, donde el profesor se convierte en el maestro, la materia es la cátedra; donde nosotros somos discípulos y los compañeros de generación son condiscípulos; donde cada ladrillo del edificio se convierte en "la escuela". El alfabeto para leer el mundo, los números para jugar con las ecuaciones, la geografía para saber dónde nos situamos y dónde están los otros, la historia para saber quiénes somos, la filosofía para extraviarnos en un mundo de preguntas sin respuesta. ¿De dónde provino todo este delirio? Pues de la pura y vetusta ortodoxia académica.

Bueno, pues resulta que la preparatoria "Ricardo Flores Magón" ha cumplido 50 años de presencia en el sistema de enseñanza media superior en Veracruz, contribuyendo a la formación de jóvenes que tienen y tuvimos el privilegio de cursar el bachillerato en unas instalaciones modestas, sin mayor pretensión que albergar a estudiantes que quizá no percibían el ambiente intelectual que resguardaba.

En los bajos fondos, la "Flores Magón" era mejor conocida como la "Oficial B", porque de acuerdo al reglamento de la entonces Dirección General de Enseñanza Media, esta modalidad permitía que estudiantes que provenían del nivel secundaria y que debiesen hasta tres materias, podían inscribirse y tener posibilidades de regularizarse; aunque no era el caso de todos. Hoy, para estar en "la Oficial" se requiere a un perfil que corresponda al prestigio que ha ganado a lo largo de los años.

Pero entiéndase que, sin arrogancia, lo que día a día se iba introduciendo en la mente de los estudiantes eran contenidos lo suficientemente estimulantes como para revalorarlos en el presente con genuino entusiasmo. Lo cierto es que las nociones esenciales de algunas disciplinas que decidimos estudiar posteriormente se debieron a esos primeros contactos; y mucho se debió a la labor seria y generosa de los maestros, todos ellos entrañables. Lamento que, por involuntaria injusticia, mencione a algunos y obvie a otros sin menoscabo de su prestigio. La química impartida por el maestro Morales; la literatura de Sixto; la lógica y la filosofía de Luz del Carmen; la psicología de Mario; las etimologías de Generosa Montiel; la antropología de Ramón Arellanos; la pedagogía de Silvia; la geografía humana de Lucio Sampieri; la higiene general del doctor Bringas.

¿Cómo no entusiasmarse cuando se impartían tres cursos de literatura (hispanoamericana, mexicana y universal)? El elenco de autores y obras no tenía desperdicio. En lo personal, pese a que decidí estudiar economía por otro tipo de afinidades, lo que más influyó en mí fueron ciertos conocimientos que, más que apelar a la razón, tocaban la emoción. Y fue el maestro Pepe Grajales el responsable. Claro y ameno profesor de geometría analítica y cálculo diferencial e integral –aunque no lo crean– alternaba las matemáticas impartiendo Historia del arte; un curso que a lo largo del año escolar abrió puertas y ventanas a los grandes temas de la condición humana.

Así, La Ilíada, La Odisea y la tragedia griega se equilibraban con la comedia francesa y El médico a palos. Kafka, su Metamorfosis y su Proceso podían ser un tormento si no hubiese aparecido con su humor y flema británica Oscar Wilde, con La importancia de llamarse Ernesto, El fantasma de Canterville y El retrato de Dorian Gray. Sir Arthur Conan Doyle y Edgar Allan Poe convidaban del misterio de sus novelas policíacas con El perro de los Baskerville, El escarabajo de oro y Los crímenes de la calle Morgue. Shakespeare acaparaba la lista con sus obras, incluyendo la sorprendente Comedia de las equivocaciones. La novela picaresca y costumbrista mexicanas encontraban sus resonancias en Rulfo, de El llano en llamas y Pedro Páramo; y en Juan José Arreola, con "El Guardagujas" en una de bonita edición de Ariel publicaba Confabulario y Varia invención. Y estos escritores jaliscienses fueron el mejor preámbulo para leer por primera vez a Jorge Luis Borges; no "El Aleph", sino Ficciones. De Dostoievski, me propuse leer El jugador, que lo escribió a la par de Crimen y castigo, para saldar sus deudas de juego, y explicaba por qué el escritor soviético se considera uno de los precursores del psicoanálisis.

Una experiencia aparte fueron las lecturas de Fausto y Werther, de Goethe. Y Hermann Hesse, cuyas extrañas novelas del escritor de la Selva Negra alemana eran ávidamente leídas por los jóvenes. El paraíso perdido de John Milton y La divina comedia de Dante Alighieri merecieron explicaciones rigurosas; sobre todo este último, cuando el maestro Grajales nos explicó por qué este poema condensa los saberes medievalistas que ya vislumbraban la aparición del renacimiento. Por algo –decía el profesor– Dante fue amigo de Giotto y el filósofo Pico della Mirandola, quienes junto con el pintor florentino Cimabue, serían los representantes del bajo renacimiento, destacando la rigidez de movimiento en sus pinturas. Ya instalado en esta expresión artística, nos acercó a Miguel Ángel, de quien decía, había agotado todas las formas del movimiento del cuerpo. Nos hablaba de las sutilezas formales y temáticas de Sandro Boticelli. Y se regodeaba hablando de las concepciones universales de Leonardo da Vinci.

Luego, inopinadamente, nos presentó a Jackson Pollock y su pintura gestual. Kandinsky y el construccionismo ruso aparecían a la par que Piet Mondrian. Pero no bastaba la literatura y la pintura. El maestro Grajales transitaba como si nada a la música y comenzaba a vincular obras y autores con verdadera pasión. A través de Ibsen –de quien leímos Casa de muñecas, El pato silvestre y Peer Gynt– nos hizo apreciar el vínculo de esta última obra del escritor noruego con la música incidental del mismo nombre, compuesta por Edvard Grieg. Con tal solvencia daba sentido a la relación entre los pintores impresionista franceses y unos finísimos Claude Debussy (Études para piano y Preludio a siesta de un fauno) y Maurice Ravel (Bolero y Pavana para una infanta difunta), como una reacción a las grandes orquestaciones alemanas.

¿Y cómo es que escuchábamos esto? Pues, porque el maestro llevaba al aula un pequeño tocadisco (no existía CD, USB, Bluetooth o Spotify) tecnológicamente suficiente para reproducir los Cantos gregorianos, la suite Echos, de Pynk Floyd, e Integrales, Edgard Varèse, interpretadas a la luz de la lectura de Cómo escuchar la música, del compositor estadounidense Aaron Copland.

Observarán, amables lectores, la importancia social y personal que puede tener una institución educativa capaz de impulsar saberes y valores que, a los años, adquieren un significado aparentemente inusitado. Y digo aparentemente porque detrás de esa destacada labor educativa hubo un cuerpo académico valioso, generoso y humilde capaz de tocar el interés y la imaginación de los estudiantes.

Salud por la preparatoria "Ricardo Flores Magón" –mi Oficial "B"–, por sus maestros, su personal administrativo, y por mis compañeros de generación que pueden testimoniar mi entusiasmo y agradecimiento.

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