La autonomía de la guerra mexicana
octubre 20, 2019 | J. Enrique Sevilla Macip

Hace ya varios meses que el Presidente López Obrador declaró por primera vez que daba formalmente por terminada la ‘guerra contra el narcotráfico’, declarada por Felipe Calderón a los pocos días de asumir la presidencia en 2006. Sin embargo, y como ya he comentado en estas páginas (particularmente aquí https://bit.ly/2MrgErR), la implementación de esa loable decisión ha enfrentado diversos problemas, derivados en gran medida de una incapacidad del nuevo gobierno de terminar de descifrar cómo "se construye la paz". Es cierto que, más allá de la opinión particular que se pueda tener sobre los programas sociales emblema de este gobierno, el Presidente es congruente con su afán de atender las causas estructurales de la espiral de violencia que ha envuelto al país en la última década: la ausencia de oportunidades económicas para millones de mexicanos, combinada con el encumbramiento de la lógica del interés individual como medida de valor de todas las acciones.

Como es obvio, sin embargo, todo esfuerzo por atender un problema estructural verá sus resultados sólo en el mediano o largo plazos. En el corto plazo, el gobierno ha confiado en que la constitución de la Guardia Nacional dará algún respiro en términos de imagen pública a las fuerzas de seguridad por un lado; y en que su desistimiento de la persecución y captura de ‘objetivos prioritarios’ provocaría una reducción en los incentivos de las organizaciones criminales para utilizar espectacularmente la violencia, por otro. La Guardia Nacional, en efecto, tiene buenos índices de aprobación entre la población –supongo que su asociación directa con la figura del Presidente le transmite algo de su popularidad. En cuanto al otro punto, lo cierto es que la ausencia de vistosos operativos para detener a los principales capos de los grupos criminales no se ha traducido en una reducción de la violencia.

Por el contrario, 2019 será posible y tristemente recordado como el año más violento de la guerra. No sólo por el número de homicidios dolosos, que apunta una vez más a romper el récord histórico al final del año; sino particularmente por la espectacularidad de varios episodios violentos. Tan sólo la semana pasada ocurrieron tres: la emboscada y masacre de 14 policías estatales de Michoacán; el enfrentamiento en Tepochica, Guerrero, que resultó en la muerte de un soldado y 14 presuntos criminales, y la batalla por Culiacán alrededor de la fallida aprehensión de uno de los hijos del Chapo Guzmán. A estos tres eventos, habría que agregar las masacres de Minatitlán en abril, y la de Coatzacoalcos en agosto, donde murieron más de 40 civiles.

A pesar de todo esto, el Presidente insiste en el discurso que su política de seguridad "ya no es como la de antes", y que él "no quiere guerra ni masacres". Esta retórica parte de una comprensible aunque injustificable fe de López Obrador en el poder de la voluntad presidencial. Sí, puede ser que la violencia se haya disparado en función de la decisión del exPresidente Calderón –la evidencia en este sentido es abrumadora. Sin embargo, a casi 13 años de esa decisión, el conflicto ha creado sus propias reglas, y no responde exclusivamente a lo que las fuerzas de seguridad del Estado hagan o dejen de hacer. En este sentido, que el Presidente no quiera guerra o masacres es lo de menos. Las masacres han seguido ocurriendo. Y ante sí tiene a un país en guerra. Querer terminarla en el discurso, lo demuestran los primeros años de Peña Nieto, es una quimera. En contraste, atender las causas estructurales es una respuesta adecuada pero insuficiente ante las amenazas inmediatas.

La necedad del Presidente ha rendido fruto en otras ocasiones. Puedo pensar escenarios donde pueda tener esa misma suerte en este caso, pero ello requerirá de una dosis adicional de paciencia por parte de una ciudadanía que lleva más de una década atrapada en el estado de excepción… De entrada, en mucho ayudaría alejarse de esas narrativas que esbozan varios panegiristas del gobierno, que pretenden sugerir que los eventos violentos de la semana son producto de una oscura conspiración para desprestigiar al régimen obradorista. Esa vocación de fracaso, que desde el inicio de un proyecto ya está pensando en justificarse ante las dificultades, es el mejor antídoto contra un auténtico cambio de régimen. Otra vez, la guerra mexicana pudo haberse desatado desde el Ejecutivo, pero hoy ya no responde a ninguna voluntad particular sino sólo a sus propias reglas.

Twitter: @jesevillam

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