La vida a trazos
julio 25, 2019 | Roberto Yerena Cerdán

Hubo un tiempo, seguramente en el breve cruce de la infancia a la adolescencia, en que nuestra vida era una imagen extendida de las cuatro ramas familiares. Más que un árbol genealógico, era una lienzo preciso y colorido donde las siluetas y rostros proporcionaban una placentera sensación de seguridad. Cualquier salida efímera y el posterior retorno a casa se hacían con la plena convicción de que nadie en el cuadro nos iba a faltar, y que éste se rehacía automáticamente en nuestra pueril imaginación. Ahí posaban, sin proponérselo, nuestros padres; hermanos; abuelos; con suerte, bisabuelos; y una gama diversa de primos y tíos, cada uno con historias delirantes y un remoto temor de que toda esta armonía terminaría por la simple acción de la naturaleza.

Ausente de nobleza y de opulencia, propias de la tradición retratista de las cortes, la composición de nuestro cuadro –para deleite de la memoria– contenía una impresionante variedad de personajes plebeyos cuya versatilidad constituía una auténtica alegoría de la vida. Sin duda, si Velázquez, como en Las Meninas; o Goya, como en La familia de Carlos IV, hubiesen pintado este fresco, seguramente expresarían en los rostros la profundidad de carácter, la dualidad del alma y la confusa educación sentimental. Pero claro, si incluyéramos en la pintura a los amigos, ésta sería más lo mas parecido a El jardín de las delicias, de El Bosco.

Para percibir estos claroscuros, bien se podría cambiar de perspectiva y no solo sentirse un personaje más, sino, al igual que aquellos dos genios españoles, aparecer en la imagen como el autor que testimonia la perennidad de tres generaciones familiares que, sin embargo, comienzan a emprender la fuga. Y entonces quisiéramos que permanecieran intactos la tía que gozó como nadie su soltería; el tío calavera, sin oficio y con beneficios; los hermanos que se protegen y todo se encubren; ciertos primos impresentables; la madre amorosa y aprehensiva; el padre dandi de presencia distante; parentela masculina gozando de la complicidad en parrandas de alturas dionisiacas; y mujeres agobiadas por los desatinos de sus esposos y los apuros económicos a los que eran sometidas.

El plácido retrato se va desvaneciendo en una ordenada secuencia cronológica, en cuanto el ciclo vital se cumple inexorablemente. Y las causas de las desapariciones comienzan a volverse palabras fatales e indeseables: infarto, diabetes, embolia, cáncer, insuficiencia renal. Pena y dolor son nuestras nuevas experiencias que aprendemos a manejar luego de la necesaria acción del tiempo. Sin embargo, las causas naturales resultan irreprochables, incluyendo la inefable fatalidad de los accidentes. En ello no existen culpas sino, acaso, descuidos e imprudencias.

Pero el dolor se multiplica cuando las pérdidas se encuentran vinculadas a factores que el propio hombre inflige. No hay reposo ni ánimo para continuar. Es en la debacle cuando el retrato de familia comienza a derrumbarse trazo a trazo. El personaje no solo se desfigura, sino que también comienza a desvanecerse y acaba desapareciendo. No se respetan edad y género, y las formas para eliminarlo del lienzo están marcadas por la tosca crueldad.

Al exterior del cuadro, como en un museo, transitan espectadores vándalos dispuestos a arrojar ácido a la obra. Así, tristemente a los padres de los estudiantes desaparecidos en Iguala les faltan 43 jóvenes en el mural de la escuela normal rural de Ayotzinapa "Raúl Isidro Burgos"; sin que hasta la fecha exista institución de impartición de justicia o comisión de la verdad alguna que hayan podido restaurar el cuadro.

Pareciera que la demografía de nuestro país debiese incluir como factores de merma poblacional a las distintas formas de violencia multitudinaria iniciada con el auge de los cárteles de la droga y extendida bajo las más diversas variantes de delincuencia que operan con criterios de ganancia inmediata, exterminio selectivo o azaroso, y absoluta impunidad.

En tanto se ponen a prueba estrategias de seguridad que contengan la escalada de violencia, a diario falta la hija levantada, el familiar desaparecido, el hombre que se incendió por vivir del huachicol, el periodista osado y vulnerable, la alcaldesa abatida, el empresario secuestrado, el comerciante que se negó a pagar el derecho de piso, el migrante flotando en cualquier río fronterizo, la mujer violentada en su propio hogar, el estudiante acribillado en la universidad, el niño alcanzado por el fuego cruzado, los pasajeros desvalijados en el transporte público, o cualquier ingenuo que cae víctima de la extorsión.

Cada modalidad delictiva sugiere un perfil patológico tipificado penalmente, pero éste parece haberse estandarizado. Detrás de cada acto hallamos a un transgresor cargado de violencia a punto de crueldad e indolencia genérica, que actúa bajo condiciones ventajosas que posibilitan minimizar sus riesgos y, generalmente, su arrojo frente a la debilidad de las víctimas se traduce en vil cobardía. ¿Quiénes son estos seres zafios y brutales que, de ser pintados, debiesen ser atormentados bajo el brazo implacable de un Cristo poderoso en el Juicio Final, de Miguel Ángel?

Las preguntas pertinentes serían, en todo caso, aquellas cuyas respuestas las diesen los propios transgresores. ¿En verdad les preocupa cómo se organiza la parafernalia de los aparatos de seguridad; ¿acaso se inhiben frente a la desactivación de los múltiples factores que inciden en la violencia las etapas de prevención, combate y medidas punitivas?; ¿son absolutamente impenitentes ante el sufrimiento de sus víctimas directas e indirectas?; ¿les provocaría un acto de contrición el promover una cultura de paz?

Es posible que, aplicados integralmente y con la suficiente contundencia, todas estas estrategias pudiesen resultar efectivas, y a la larga podrían mantener el problema en márgenes aceptables. Pero viéndolo desde su posición, el interrogante esencial es a partir de cuándo y a través de qué mecanismos se fue gestando un amplio sector de la sociedad mexicana capaz de vivir, reproducirse y permanecer a lo largo de las últimas tres décadas teniendo como principal y único aliciente el delito en grados insospechados.

Se debe admitir que ellos no disciernen lo que ocurre en el entorno, más allá de sus simples motivaciones; de tal suerte que se puede suponer que llegó a engendrarse en el país un núcleo social suficientemente diferenciado, integrado y autonomizado del resto de la población a partir de la ruptura radical de valores y el desacato de normas coactivas; proceso que se inicia prácticamente con acciones cotidianas inciviles de todo tipo. Un ciudadano con una alta propensión al delito y capacidad de respuesta frente a un escenario de alto riesgo.

Ya nadie se atreve a convocar a la familia y posar para un cuadro perdurable y entrañable. El óleo, la acuarela o el grabado se escurren como lágrimas. Si acaso, los rostros extintos reaparecen desperdigados, pegados en muros, postes y ventanas. Nadie firma el retrato y solo se suscribe la leyenda generalizada y tristemente común, como si fuera la firma del autor: #Nos falta

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