Ciudad
junio 27, 2019 | Roberto Yerena Cerdán

Si las ciudades hablaran, cuánto tendrían que expresar a sus creadores. [...] Lástima que no tengan el don de la palabra.

Virginia Serrano

Más allá del nostálgico arrebato provinciano que apela a la autoridad de quien se acredite un origen genuinamente xalapeño, los cuestionamiento cotidianos a las condiciones que hoy existen en la ciudad se fundamentan en percepciones legítimas de lo que no está funcionando, y que debería funcionar con relativa normalidad, independientemente del perfil del gobierno local y el proyecto de ciudad que se proponga impulsar. Sin embargo, se observa una enorme distancia entre la realidad citadina y cualquier concepción urbanística que gravite en las mentes de los actuales funcionarios municipales – comenzando por el actual alcalde de Xalapa– y que se encuentra proyectada en los contenidos del Plan Municipal de Desarrollo 2018.

Como cualquier otro proceso de planeación indicativa, los parámetros que orientan el documento estratégico del gobierno municipal muestran una notable diferencia discursiva respecto a los planes anteriores; pero en nada se distinguen en cuanto a la inoperancia de las acciones orientadas a concretarlos; no como actos de voluntarismo político sino como transformaciones y adaptaciones en marcha que se traduzcan, gradualmente, en un nuevo escenario democrático del espacio urbano. El perfil académico del diagnóstico y las políticas públicas que de él deberían desprenderse no han adquirido la consistencia y direccionalidad propias del cambio esperado, en un contexto donde las ideas tienen la oportunidad de expresarse en políticas de gobierno, y ya no como la simple capacidad de influencia o incidencia en la toma de decisiones; algo tan anhelado y tan precariamente concretado por las élites académicas.

Los asentamientos humanos originales, los núcleos poblacionales y la posterior urbanización en países que experimentaron condiciones coloniales, aún dejan ver las fracturas estructurales y las desigualdades sociales que se generaron y que se reprodujeron en escala histórica. Se trata de cambios tectónicos que modificaron la morfología y la funcionalidad de la ciudad. En este sentido, resulta imprescindible, como afirma la misma Virginia Serrano, efectuar una lectura integral "...desde su núcleo histórico a su periferia y sus zonas de nueva expansión" que posibilite dialogar con la multiplicidad de perfiles ciudadanos que hoy habitan Xalapa.

En este sentido histórico, Xalapa manifiesta problemas de estructura, de diseño y de gestión que sólo podrían resolverse con políticas efectivas de mediano y largo plazo. Sin embargo, el cumplimiento de una agenda inmediata e ineludible para cualquier acción del gobierno local sería suficiente para proyectar la certeza de que alguien está al mando de la ciudad. Pero lo que ocurre es que cualquier acercamiento al entorno urbano inmediato muestra una capital en franco deterioro; un descuido en los aspectos básicos de su operatividad: limpia pública; alumbrado; infraestructura; recuperación y rehabilitación de espacios públicos; atención e integración de zonas periféricas marginadas; la ausencia de una política cultural; problemas agudos de movilidad urbana y transporte público; informalidad descontrolada; y, sobre todo, la creciente inseguridad que, hay que decirlo, rebasa por mucho la capacidad de intervención efectiva del gobierno municipal, pese a los distintos enfoques que se le han dado al problema desde la misma academia y las instituciones de seguridad, pero que muy bien han servido para abrir nichos de investigación innovadora de nula trascendencia.

Los resabios de gobiernos anteriores –mediocres y penosos, todos ellos– no pueden ser la permanente justificación para la inacción actual. Esos asuntos se resuelven en su ámbito, lo que no implica paralizar las iniciativas de la administración municipal. Y esta ha sido la tónica discursiva del alcalde Hipólito Rodríguez frente a cuestionamientos concretos: apelar a la rectificación a partir de hechos consumados que han transgredido la ley. Pero mientras esto se ajusta, acaso, nada nuevo y mejor le ocurre a la ciudad. El alcalde debe entender que frente a los distintos sectores de opinión y grupos de presión no puede asumir una actitud sobrada y arrogante, como si estuviera en sus cómodos círculos intelectuales de reciclaje de ideas.

Para colmo, la lamentable declaración del munícipe acerca de dos casos notables de influyentismo en su administración, deja claro que los más de 30 millones de votos atribuidos a Morena en las pasadas elecciones presidenciales pueden llegar a tener la peor interpretación y los mayores costos para quienes se instalaron en una posición política que se presume trascendente y que, sin embargo, naufraga por la mera incompetencia de representantes populares y funcionarios adscritos a distintos niveles de gobierno, en una especie de auto sabotaje.

Ahora, Hipólito Rodríguez supera la retórica de José López Portillo, quien, sin rubor, decía que su hijo José Ramón –entonces subsecretario de la SPP– era el orgullo de su nepotismo; aunado este descaro a los cargos que en su momento tuvieron su hermana, su primo y su amante. Y al respecto, el alcalde, gracias a su versátil perfil profesional, nos añade una nueva versión de esta práctica ancestral de corrupción política: si el currículum y las capacidades se ajustan a las necesidades de su administración no le importa "que sean hermanos o sobrinos del diablo". Y si de resolver problemas de alumbrado y de obras públicas se trata, qué mejor que este perfil óptimo felizmente coincida con el hecho de que los funcionarios resulten ser Canek García Jiménez y Sulekey Hernández Garrido: hermano y prima, respectivamente, del actual gobernador Cuitláhuac García. Así las cosas, cuando Hipólito Rodríguez retorne a su cubículo, habrá que organizar un seminario donde debata con sus colegas estos novedosos conceptos de ciencia política y antropología del parentesco.

Los peores enemigos de Morena y su proyecto no son la prensa fifí, el panismo revanchista y estridente, ni el PRI en peligro de extinción. No lo serán, tampoco, los electores entusiasmados con un proyecto de transformación que, ante la falta de resultados, gradualmente puedan sentirse defraudados. Serán las prácticas recurrentes de un renovado autoritarismo de izquierda que campeará el sexenio o cuatrienio y que, probablemente, no hará mejor las cosas respecto a los anteriores gobiernos. En elecciones intermedias próximas, Morena desplazará votantes y atraerá nuevas clientelas, si es que esto es lo que más importa en sus cálculos, pero no es lo sustancial de esta transición.

No obstante, en la escala local de problemas a resolver en esta ciudad, los únicos afectados son los ciudadanos que perciben la atrofia en se resuelve su presencia en las colonias, calles y plazas. Visto así, en el inmediatismo, tan sólo bastaría que remendaran las avenidas; que repusieran las luminarias; que contuvieran a las mafias de taxistas; que se reorganizara el transporte público; que se tuviera algún indicio de que existen autoridades de tránsito; que las policías tuvieran capacidad de reacción; que de vez en cuando pensaran la ciudad como un entelequia cultural.

Y sí, no hay duda que el ser xalapeño permite hacer una lectura más sensible y práctica hacia la construcción de una ciudad imaginable, incluyente y funcional. Y no se necesita ser Ernesto P. Uruchurto; pero tampoco Saskia Sassen. Atender una agenda mínima que el alcalde supervisara con el mismo interés con el que se cuida la propia casa. Esta ciudad y sus habitantes lo exigen y lo merecen.

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