Política

G19, o cuando la mejor política interna es la política exterior

junio 13, 2019

Seguramente pocos lo recuerdan, pero después del primer encuentro entre López Obrador como presidente electo y el todavía presidente Peña en julio de 2018, se anunció que éste había invitado a aquél a acompañarlo a una reunión de la Alianza del Pacífico con el fin de que el proceso de transición fuese lo más terso posible con relación a las actividades de México dentro de ese mecanismo de integración, donde comparte membresía con Chile, Colombia y Perú. Me pareció una buena noticia que, en principio, López Obrador aceptara la invitación puesto que era un gesto de reconocimiento a la importancia de los asuntos internacionales para la labor de un presidente de la República, independientemente de que a él personalmente no le interesara mucho el tema y se aferrara a su anacrónica sentencia de que "la mejor política exterior es la política interna". A los pocos días, sin embargo, canceló su participación.

Los acontecimientos de la última semana, que obligaron al gobierno mexicano a modificar considerablemente la política migratoria que habían anunciado durante el periodo de transición y ejecutado las primeras semanas de la administración, mostraron cómo el rumbo del país y el destino del proyecto que encabeza López Obrador están condicionados a una buena relación con Estados Unidos, lo cual en tiempos de Donald Trump es sumamente complicado. Las correrías del canciller por Washington la semana pasada deberían haber llevado al presidente a darse cuenta que, contrario a lo que cree, acaso hoy la mejor política interna es la política exterior.

A la luz del documento entregado por Marcelo Ebrard al Senado reseñando el desarrollo y resultados de su encomienda (disponible aquí: https://bit.ly/2Xb2P6Q), el desenlace de las pláticas de Washington fue tan sólo la obtención de un periodo de gracia de 45 días sin la consumación de la amenaza arancelaria de Trump a cambio de que México ponga en marcha las políticas de seguridad y migración necesarias para disminuir drásticamente el número de inmigrantes no autorizados que cruzan México para llegar a territorio estadounidense. No es poca cosa cuando se está lidiando con el actual presidente estadounidense y se trata de una amenaza cuyo cumplimiento tendría consecuencias nocivas de largo plazo tanto para la economía mexicana como para los vínculos entre esta y la estadounidense (en estas páginas escribí de eso la semana pasada: https://bit.ly/2IakNOA).

Esto significa que el asunto no está cerca de resolverse y, como el propio canciller lo ha reconocido, México tiene 45 días para articular una estrategia multidimensional y de mediano plazo para enfrentar la evaluación discrecional que al término de ese plazo hará Estados Unidos de la situación migratoria, así como cualquier rabieta de Donald Trump contra nuestro país o la comunidad de mexicoestadounidenses residente en el suyo. Por tal motivo, resulta incomprensible que el presidente López Obrador se rehúse a asistir a la Cumbre de Líderes del G20 que se llevará a cabo a finales de junio de Osaka, Japón.

De entrada, la razón que el presidente esgrimió para ausentarse – no promover confrontaciones en el tema comercial con su homólogo estadounidense – fue desactivada temporalmente por las negociaciones de Washington. Pero más importante, se trata del espacio donde López Obrador conocería personalmente a los 19 de jefes de Estado y de Gobierno de las economías más importantes del mundo, más algunos otros de los países invitados que suelen asistir a encuentros de esta naturaleza. A menudo se suele criticar, con razón hay que decir, a estas cumbres como meros espacios protocolarios sin mayor sustancia ni consecuencias para los problemas reales de las sociedades. Lo relevante, sin embargo, no son los acuerdos a los que se llegan o los comunicados que se firman, sino las relaciones personales que se establecen entre los líderes. Por ello, para un presidente entrante representa un espacio idóneo para conocer a sus pares, identificar a aquellos con quienes se comparten prioridades o intereses para desarrollar una agenda de trabajo conjunta, y dar impulso a procesos que estén en curso en las relaciones con cada uno de esos países y que, por incercias burocráticas han ido quedando rezagados.

En la situación específica en la que se encuentra México, la Cumbre de Osaka es también un escenario para buscar aliados en los temas más apremiantes – comercio internacional y migración – y, pensando en el mediano y largo plazos, para incidir en la configuración de nuevas reglas formales e informales para el sistema internacional que apenas está naciendo. Desaprovechar la oportunidad es dejar que otros decidan por nosotros el tipo de mundo en el que como país nos vamos a desenvolver en las próximas décadas y, peor aún, es decidir enfrentar solos el escenario internacional más adverso que se ha dispuesto frente a México en mucho tiempo. Al presidente puede no gustarle salir del país (en principio nada hay de malo en ello), pero si el interés nacional lo demanda debe ser capaz de hacer a un lado las preferencias personales. Por el bien de México, y de su propio proyecto de gobierno, espero sinceramente que reconsidere y viaje a Japón. ■