Política

En defensa de la autonomía universitaria

junio 12, 2019

El impacto histórico-social que ha tenido la autonomía universitaria en la nación mexicana ha sido y será siempre de paradigmática importancia, ya que es esta facultad la que ha permitido no sólo la libre expresión, dentro de las universidades, sino que también ha sido factor clave para el progreso de toda la nación, para la incubación de grandes mentes, para el desarrollo del arte, de la cultura, de la ciencia y del pensamiento, para generar y volver accesible el conocimiento, la innovación, la cultura y las artes a toda la sociedad.

Ha marcado paradigmas para la libre crítica y el libre pensamiento, para impulsar esa tan anhelada ambición intelectual que está incubada en cada joven universitario. Es esta facultad la que le da a las universidades públicas la oportunidad de seguir siendo un rayo de luz en las tinieblas de la ignorancia y la mezquindad, de ver nacer a grandes individuos que el día de mañana serán el punto de partida de una nueva forma de pensar y definir cursos de acción en pro de los contextos de donde vienen los universitarios; individuos que serán los que destierren al fantasma de la mediocridad y la crítica sin sentido.

Al hablar de autonomía universitaria valdría la pena recordar al año de 1917 donde por primera vez en la historia de la nación se la concede la autonomía a la Universidad Autónoma de Michoacán. Acto seguido, en 1923, la Universidad de San Luis Potosí logra su autonomía, pero no sería hasta el año de 1929 y gracias a diversos movimientos estudiantiles que clamaban al unísono algo que es intrínseco e inseparable de la educación en nuestros días, como lo es la libre expresión, que la Universidad Nacional Autónoma de México obtuvo su autonomía, que, en efecto, tenía limitaciones pero marcaba un gran precedente en la historia universitaria del país, al recibir la carga histórica no sólo de la conquista de la libertad en el sentido más puro, sino de un punto de relevancia para impulsar la libertad de ideas y de la crítica fundamentada para exorcizar a los demonios que han provocado los vicios intelectuales de nuestro país.

Desde ese momento empezaría una revolución intelectual en cada una de las universidades públicas de la nación, para que progresivamente y pasando por caminos amplios y azarosos fueran conquistando su autonomía, es donde podemos y debemos resaltar a la Universidad Veracruzana donde en el año de 1996 logra esta misma conquista anhelada por su comunidad y que marcaría un antes y un después en la historia de esta casa de estudios.

En el terreno de la autonomía universitaria, valdría la pena rescatar lo que le antecede, que si bien puede ser la educación como génesis y motor del progreso humano, igual podríamos voltear hacia la defensa de la libertad íntimamente ligada a la pugna consecuente contra la opresión intelectual que ha distinguido al Estado cuando algo no le parece –o más bien, no le conviene– dado que la aspiración de poder que conservan los sujetos que lo comprenden, entran en combate con las ideas firmes, a veces efectivas y razonables, contra aquellas promesas o discursos retóricos que distan de fondo y pensamiento crítico bajo dos fines: mover masas por medio del sentimiento y, como producto, adquirir poder a través de las excitadas muchedumbres en contextos democráticos como el de México.

La figura humana que podemos resaltar en esta tesitura es Erasmo de Rotterdam, quien desde pequeño sufrió la opresión que significaron las instituciones educativas para él y, al final de cuentas, determinó que los colegios e, incluso, la Iglesia no permitía pensar libremente, distanciándose para siempre de cualquier figura de "autoridad" que oprimiera su libertad genuina y legítima de pensar.

En aquella época, la segunda mitad del siglo XV y principios del XVI, oponerse al Estado o a la Iglesia era una empresa suicida, para algunos física, para otros muchos intelectualmente. No fue de otra manera con Erasmo: "El Concilio de Trento" puso sus extensas obras en el índice de obras prohibidas acallándolo por cierto tiempo, puesto que las portentosas obras en torno a la libertad no podían seguir plazo indeterminado.

En tal sentido, ¿cuál es la relación entre Rotterdam y la Autonomía Universitaria? Bueno, suerte similar corre nuestro país, plagado de un sistema que más allá de enseñar a aprender libremente, reproduce los vicios, fobias y avatares adquiridos durante decenas de años atrás por nuestros docentes. Es el sistema. Un sistema que parte, se crea y reproduce desde el Estado para sus conciudadanos. Un sistema que pone como marco ciertas directrices de cómo, qué y cuándo aprender.

Sin embargo, cuando la Universidad amplía las visiones que han nublado la Educación Básica y Media Superior, y la comunidad universitaria se convierte en combativa de los autoritarismos y la opresión, el Estado se acobarda como una tortuga que cuando tocas su caparazón mete hacia dentro la cabeza, las patas y la cola para protegerse –comparación atrevida, por supuesto; disculpaámonos con las tortugas–. Pero, al no tener el Estado un caparazón que lo proteja como la tortuga, utiliza medios por los cuales intenta legitimarse: las leyes que atentan contra la autonomía universitaria y todo lo que ello implica; medios de comunicación serviles; distractores; "equivocaciones"; y, una serie de pantomimas perversas que minan las libertades, destruyen las bases del sistema democrático sobre el cual le ha costado sangre a nuestro país consolidar, haciéndonos dudar sobre la importancia o la necesidad de la Autonomía Universitaria. Falacia barata que se apoya por los gobiernos estatales en turno o por aquellos degenerados que sólo les importa el poder y la raja política.

Pero a quienes no nos importa ninguna de esas dos cosas, las y los estudiantes, aquí estaremos defendiendo a la sombra del sol o la de la luna de plata, el nido de los Halcones, la niña de los ojos de este estado, la que es Arte, Ciencia y Luz, que es nuestra Alma Máter: la Universidad Veracruzana; y allá donde por mi raza, hable el espíritu; no podemos hallar nada sino las mismas circunstancias.

Si la autonomía universitaria no fuera necesaria, si esta no fuera la montaña más alta en el ideal de la educación, si no fuera la meca a la que todos los feligreses del conocimiento peregrinan; ésta, la autonomía, no sería nada sino el sueño dorado de los que perpetuamos la noble tarea de llegar a conocer. Pero, piénsese en lo siguiente: lo que entendemos como educación, por progreso académico, por pluralidad de ideas, ¿pudiera ser realmente llevada a cabo sin autonomía?

Para dar respuesta a esto es necesario pensar en si lo ἀυτός νόμοι, la propia regulación, da las condiciones necesarias para que esto se lleve a cabo y, después, vislúmbrese si en ausencia de esta es posible llegar a estos fines tan nobles como la misma vocación filosófica, en estricto sentido de φιλία, con la que se nace al hallarnos incompletos en este mundo de cosas por conocer.

La autonomía universitaria no es sino dar cuenta de que las cosas dentro de la Universidad son de una manera específica. No reflejan nada que no sea tener plena conciencia de que dentro de la Institución Académica, las cosas operan en un diferente sentido: con claridad, con honestidad, con nobleza, con dignidad; pero sobre todo, con respeto a lo que significa la tarea del académico, de la persona que ha consagrádose para con la tarea del pensamiento y de la reflexión. En esa medida, la autonomía manda un mensaje que, en la tesitura de lo intelectual, es medular y no se anda con rodeos en lo que representa para la sociedad por parte y como entero.

Este mensaje es el que se clava en la mente de cualquiera que escuche y que entienda lo que la autonomía significa, y no deja nada sino una marca que, entre sus líneas, dice ser la patria de la cultura, la madre del conocimiento, la nodriza del arte, el mensajero de lo justamente verdadero y, sobre todo, la semilla de la conciencia. Porque, atrevémonos a preguntar, ¿qué es peor que carecer de conocimiento si no lo es tenerlo sin la plena sapiencia de sus consecuencias e implicaciones necesarias?

Este caso fatal carece de génesis en lo que es autónomo universitariamente hablando. Lo anterior por una simple y sencilla razón que no tardará en ser explicada, pues esta no es implícita ni se extiende debajo de un mantel opaco de lo aparente. No es posible carecer de conciencia en la autonomía universitaria porque ahí, en la misma autonomía, en la autodeterminación, se encuentra patente, necesariamente, la libertad. La posibilidad de dirigir su propio camino: un espacio donde no hay pronóstico que valga y donde las ideas confluyan en un vórtice tan vertiginoso, que sea necesario mover a la sociedad.

En esta medida, la conciencia forma parte intrínseca de la Universidad Autónoma, pues es donde la actividad racional se manifiesta de la manera más focal; siendo el ojo del huracán del activismo, de la revolución del pensamiento y, sobre todo, de la sociedad en general. Porque una sociedad sin Universidad Autónoma es una sociedad que no sabe pensar y que no le da el papel que merece el individuo: el de ser pie y parte de la determinación de su devenir como persona y como sociedad. Porque nos es patente que, ni el Estado ni las Instituciones ajenas a la Universidad, no han demostrado sino incompetencia para definir caminos en virtud de lo que la sociedad demanda.

SERGIO ALCÁNTARA CHÁVEZ

UNIVERSIDAD VERACRUZANA

ALBERTO CARLOS DE LA ROSA HERNÁNDEZ

UNIVERSIDAD VERACRUZANA

JULIO CÉSAR SASTRÉ CISNEROS

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

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