De la integración a la coexistencia a...
junio 04, 2019 | J. Enrique Sevilla Macip

La idea y el proyecto de integración de América del Norte, cuya piedra angular fue el TLCAN, comenzaron a erosionarse desde la primera década del siglo XXI, justo cuando la relación trilateral alcanzó su mayor nivel de institucionalización y respaldo político mediante el establecimiento de la Cumbre de Líderes de América del Norte. A partir de 2006, el mecanismo se fue convirtiendo cada vez más en un acto protocolario centrado en la foto de los dos presidentes y el primer ministro, y menos en la construcción de vínculos operativos entre las burocracias y el empresariado de los tres países. El ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, montado en una agresiva retórica antimexicana y contra el TLCAN, terminó por sepultar de forma contundente la viabilidad de la idea de América del Norte como el proyecto geopolítico de México.

Con todo, y a pesar de los inexcusables aranceles a las importaciones mexicanas y canadienses de acero y aluminio que permanecieron vigentes por casi un año, la renegociación exitosa del instrumento comercial y su transfiguración en el Tratado México-Estados Unidos-Canadá (TMEC) sugería que podríamos quedarnos cuando menos con una relación funcional de negocios. Sin embargo, el intempestivo anuncio de Donald Trump en el sentido de que implementará un arancel de 5% a todas las importaciones mexicanas de Estados Unidos a partir del 10 de junio si considera que México no toma acciones contundentes para detener los flujos de migrantes centroamericanos antes de que lleguen a la frontera estadounidense, amenaza con desarticular la relación mexicano-estadounidense en el nivel más básico del interés económico compartido.

Y es que, como se sabe, el resultado del TLCAN no ha sido sólo un incremento exponencial en los flujos de comercio sino la integración de procesos productivos en varias industrias, notoriamente la automotriz. Es decir, mucho de lo que se comercia a través de la frontera mexicano-estadounidense son bienes intermedios, por lo cual un arancel generalizado no sólo incrementará los precios al consumidor de productos terminados, sino que fracturará severamente (sobre todo si se llegan a incrementar hasta el 25% con el que amenaza Trump a partir de octubre) las cadenas productivas de las industrias integradas. En los hechos, el presidente estadounidense demuestra su disposición a destruir el concepto de América del Norte en el único plano en el que parecía todavía tener sentido, el material y económico.

Mención aparte merece la justificación que Trump hizo de su amenaza, a saber, una supuesta falta de voluntad por parte del gobierno mexicano para detener los flujos de drogas y migrantes centroamericanos hacia Estados Unidos. Aunque se puede argumentar que es ingenuo seguirse sorprendiendo por alguna decisión o declaración del mandatario vecino, la vinculación directa entre sanciones comerciales y la gestión migratoria y política de drogas es algo inédito aún para los estándares trumpianos. Y hay que insistir, somete el único ámbito de la relación que ha funcionado en los últimos años a una agenda política sin fundamento empírico y sí mucho de prejuicios.

Consistente con sus posicionamientos frente a Estados Unidos desde que asumió la presidencia, Lopez Obrador se pronunció ante la amenaza con una carta conciliadora en la que anunció que enviaría a una delegación encabezada por el canciller Marcelo Ebrard a negociar con funcionarios algún acuerdo que evite la entrada en vigor de los aranceles en comento el próximo 10 de junio. Igualmente, consistente con su comportamiento, Trump incrementó la presión refiriéndose a la delegación mexicana y acusándola de ser pura palabrería, sin acciones. De implementarse los aranceles generalizados a partir del próximo lunes, la relación bilateral sufrirá un cambio cualitativo de consecuencias imprevisibles y de largo plazo. El propio canciller mexicano parece tenerlo claro cuando tuitea que "debemos encontrar el diseño político de coexistencia con el vecino del norte…" (2 de junio). Ya el objetivo no es la integración o

siquiera la cooperación, sino apenas la coexistencia. Como idea, América del Norte había ya fracasado ostensiblemente, un problema serio pero no una amenaza existencial para México. Si termina fracasando también como realidad material, nuestro país se verá en una situación de vulnerabilidad como no la ha enfrentado quizás en más de un siglo, en medio de un escenario internacional inestable. Eso está en juego esta semana.

Twitter: @jesevillam

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