Política

Violencia, problema de salud pública

mayo 20, 2019

Fin de semana definido por la violencia o, dicho de forma más precisa, definido por la violencia que dos administraciones de terror, la de Javier Duarte y la de Miguel Ángel Yunes, dejaron como problema sistémico capital. Formas de gobierno deformado en las que la toma de decisiones pasó siempre por anteponer el beneficio económico del que podían apropiarse los gobernantes antes que el del interés de los gobernados.

Pese a que la violencia en México tiene características particulares derivadas de que el Estado fue durante 18 años el factor catalizador de las dinámicas patológicas vividas en el país, conserva lugares comunes con otros países que también han padecido dinámicas de violencia viciosa.

Algunos de esos países cambiaron hace tiempo radicalmente la forma de enfocar el problema. Cuando se habla de violencia, suele asumirse como un comportamiento innato e inmutable, y que quienes caen en ella quedan atrapados sin remedio. Así que, con frecuencia, se busca la solución a este mal en el sistema judicial a través del endurecimiento de las penas y las formas de enfrentarla. Ésa es la razón, por ejemplo, del despliegue de elementos policiacos híper armados patrullando en camionetas abiertas por las ciudades del estado. Una suerte de estado de sitio light de peregrinas intenciones disuasivas y sí mucho de relaciones públicas, con el que vivimos desde que los factótum del régimen anterior, el prian, decidieran burlar a la nación y robarse la elección en 2006.

Pero la ley y la fuerza, sin embargo, no siempre funcionan en la lucha contra los crímenes violentos, especialmente cuando el andamiaje institucional es apenas funcional y sirve más a propósitos formales y de simulación.

Muchas ciudades del mundo han adoptado en los últimos años una forma distinta de abordar esta problemática: enfocándola como un problema de salud pública. No como un problema meramente policiaco y de tecnologías llamativas, a propósito de los pírricos y fraudulentos drones y cámaras de videovigilancia del gobierno anterior.

En Cali, Colombia, enfocaron el combate a la violencia como un problema de salud pública que se expandía por contagio. La combatieron no como un problema policíaco sino como uno epidemiológico. Y los veracruzanos bien sabemos por experiencia que la violencia se transmite por contagio. Para combatir enfermedades contagiosas los datos son determinantes. Las autoridades de salud localizan en mapas los focos de mayor infección y después ya pueden centrarse en frenar el contagio en estas áreas. Con frecuencia la infección se controla promoviendo que la gente cambie sus hábitos para que se pueda ver un efecto rápido, incluso cuando existen factores estructurales que no pueden ser abordados.

Existen experiencias sistematizadas y documentadas en varias ciudades del mundo, varias de ellas norteamericanas. Chicago, por ejemplo, una de las ciudades más violentas de los Estados Unidos en sus áreas marginales.

Es deseable que las autoridades del estado exploren tales experiencias toda vez que el peso del desastre dejado en los ocho últimos años equivale a una hecatombe, una matanza sacrificial de bueyes.