Política

Lo que toca

mayo 17, 2019

No ha habido un sólo día en el estado que no reporte un hecho de violencia letal y sangrienta. Esto, desde hace por lo menos una década. Muchos de esos hechos tuvieron ingredientes de violencia macabra. Ya sea entre rivales criminales, o por las tácticas disuasivas de la criminalidad organizada.

Apenas ayer, en las proximidades de Coatepec, más de medio centenar de impensados disparos a plena luz del día finiquitaron los días de tres personas e hirieron a otras ocho que pasaban por el lugar. Así, nomás.

A esto se suma la violencia cotidiana contra tribus y grupos urbanos, la violencia intrafamiliar, la violencia contra las mujeres, contra la comunidad LGBTT. Hace dos días La Jornada Veracruz daba cuenta del número de mujeres desaparecidas, 750, razón por lo que se solicitará una tercera alerta de género en el estado.

La violencia adicional del rezago y, junto con ésta, la de la impotencia y su enojo.

Todo joven que hoy está en sus tempranos veintes ha crecido en este ambiente, entre la crispación y el miedo amortiguado en la edad y una enorme oferta de evasiones. Cuando se tiene suerte, porque para muchos nomás no hay salida, o las que hay oscilan entre las tachas, los solventes y la criminalidad.

La causas de la violencia en el estado son muchas y puede haber claridad respecto a ellas, puede incluso hacerse un diagnóstico y definir políticas públicas para serenarnos. Desde luego la solución pasa por ahí. Pero hay una parte de la solución que no pasa por la acción de gobierno sino por el de la sociedad. Específicamente por la de los individuos que forman la sociedad.

Ya va siendo tiempo que los veracruzanos nos reconozcamos como una sociedad violenta, no sólo como una sociedad sometida a la violencia. Reconocernos violentos es el principio para empezar a serenarnos. De no hacerlo, poco valdrá haber cambiado de régimen.